VÉRTICE 1 — El ícono espectral: del Cristo filósofo al Pantocrátor caligulesco
La respuesta del gobierno a la derrota frente a Kicillof no fue política: fue iconográfica. La misma foto —Milei con idéntica ropa y postura, multiplicada en distintas “reuniones del grupo rojo”— opera como señal de continuidad en medio de la emergencia. En El Destape llegaron incluso a plantear la pregunta más incómoda: ¿estaba realmente allí o asistíamos a una proyección? Esa duda no es un detalle: convierte al presidente en meme real. El cuerpo se vuelve prescindible; manda la imagen. El ghost in the machine.
La respuesta del gobierno a la derrota frente a Kicillof no fue política: fue iconográfica. El meme Caligulesco de Milei en diferentes reuniones del Círculo Rojo confirmó que el rol del Presidente es virtual.
Tweet

No es un encuadre cualquiera. Esta puesta en escena salta por encima del Milei con carpeta sobre la ingle, Cristo filósofo de las catacumbas —el maestro entre discípulos, precariedad comunitaria, carisma pedagógico— y del Cristo entronizado de Santa Pudenziana —autoridad doctrinal, comunidad organizada—, para plantarse de lleno en el Cristo Pantocrátor bizantino: frontalidad absoluta, mirada que bendice o condena, tiempo suspendido. Ese es el gesto. Tras la derrota, no hay repliegue táctico; hay endurecimiento litúrgico.


El Pantocrátor no dialoga; preside. Su eficacia es teológica: no convence, somete por repetición. La foto repetida hace exactamente eso. En medio del ruido, ofrece una garantía visual: el líder está “ahí”, aunque no importe si está. El aura se conserva por simulacro. La imagen, al replicarse, se vuelve más verdadera que la presencia. Eso es lo que la política pop del siglo XXI aprendió a perfeccionar: cuando el cuerpo cuesta, la plantilla rinde.

Si uno mira la composición, el efecto es clásico: simetría, frontalidad, foco central. El resto —ministros, asesores, papeles, tazas— es decorado. Como en los mosaicos absidales, el entorno existe para apuntalar la figura, no para disputarla. La apuesta, en términos estrictos, es imperial. De ahí la tonalidad caligulesca que se filtra: una soberanía que no necesita el trabajo de la persuasión. Mira y decide. En este caso, Milei le habla visualmente al que no lo voto y le dice: “Ahora vas a ver lo que te va a pasar”.
En esa mirada Milei se metamorfosea de Cristo Maestro Protocristiano a Caligula y le dice al votante que lo “traicionó”: “Ahora vas a ver lo que te va a pasar”.
Tweet

Esta liturgia visual no es un capricho estético. Es el modo en que el gobierno intenta blindar un programa que excede el vaivén doméstico: disciplina deuda, alineamiento internacional (FMI), y una arquitectura de intereses que hoy se reordena entre Washington, Tel Aviv y Silicon Valley. La repetición del ícono no busca consenso; busca inevitabilidad. Si la política no puede ofrecer bienestar, ofrecerá ontología: “esto es así”. El Pantocrátor reemplaza a la paritaria que Moyano se encargó de hacer desaparecer. El Peronismo ya murió.
Si la política no puede ofrecer bienestar, ofrecerá ontología: “Esto es así”. El Pantocrátor reemplaza a la paritaria que Moyano se encargó de hacer desaparecer. El Peronismo ya murió. Moyano, Milei, Caligula.
Tweet
La potencia memética completa la jugada. Convertir al presidente en plantilla parece contraintuitivo —¿no lo vuelve objeto de burla?—, pero logra lo contrario: instala su forma en el feed. Cada burla reproduce la imagen; cada chiste refuerza la centralidad. El meme purifica el miedo: lo vuelve consumible. Y a un poder que opera como proyección le basta con eso: que la plantilla viaje, que el rostro esté, que la mirada no ceda.
¿Por qué ahora? Porque la derrota abre una grieta en la fe y la respuesta es teológica. Donde falta gestión, se ofrece sacralidad; donde falta política, ritual. El Pantocrátor es la forma de decir: no nos mueve nadie, ni siquiera “El Pueblo”. Que el ícono sea “el mismo” en fotos distintas no es un error: es el mensaje. La inamovilidad no se declara; se muestra.
El Pantocrátor es la forma de decir: no nos mueve nadie, ni siquiera “El Pueblo”. Que el ícono sea “el mismo” en fotos distintas no es un error: es el mensaje. La inamovilidad no se declara; se muestra.
Tweet
La escena, entendida así, es menos comunicación que catequesis. No intenta convencer al adversario ni animar al propio de manera deliberativa. Busca suspender el tiempo hasta que el programa material —tarifas, ajuste, reformas, compromisos externos— se vuelva un hecho consumado. “Primero la imagen, después la vida.” Ese es el orden. Y en ese orden, el presidente puede estar o no estar: lo importante es que la imagen presida.

El cierre del vértice vuelve al principio: del Cristo filósofo (comunidad frágil, palabra) y del Cristo de Santa Pudenziana (trono, doctrina) al Cristo Pantocrátor (imperio, juicio). La Argentina sale de la escena democrática —disputa de proyectos— y entra en la teología de la imagen: un poder que gobierna por estampa. El resto del triángulo explicará cómo esa estampa se verbaliza (Karina, doctrina de la bala fantasma) y cómo se traduce en consumo afectivo (la progresía cool, con Rosemblat y Alijalad como curadores del meme). Pero la clave ya está acá: el gobierno decidió ser ícono. Y un ícono no dialoga. Se obedece o se quema.
VÉRTICE 2 — Karina Milei y la doctrina de la bala fantasma
La derrota en la provincia de Buenos Aires por casi quince puntos no se narra como victoria de Kicillof sino como fractura interna de La Libertad Avanza. Pero el modo en que el oficialismo reacciona revela otra lógica: no hay duelo ni repliegue, sino la instalación de un guión inmunizado. Esa tarea le corresponde a Karina Milei, la hermana y operadora central del círculo presidencial.

Su discurso en Tucumán, flanqueado por Carlos Menem como reliquia simbólica, condensa la estrategia. Circular, errático, plagado de errores performativos —“habramos”— y con frases que no verifican nada, funciona menos como argumentación que como ritual de repetición. El mensaje no está en lo dicho sino en la resistencia al daño: aunque derrotados, siguen hablando igual, como si nada los tocara. Karina inaugura así la doctrina de la bala fantasma: los impactos existen, pero no dejan marca; las palabras son cicatrices preventivas. La torpeza no es accidente, es método.
En Karina Milei, entiéndanlo de una vez; la torpeza no es accidente, es método.
Tweet
Este estilo —tan rudimentario que parece suicida— espeja la estrategia de Donald Trump. Como él, Karina y el círculo libertario insisten en que el mandato popular es impermeable a los resultados inmediatos. Trump tras perder en 2020: “Me robaron la elección, pero sigo siendo el presidente legítimo”. Milei tras perder en Buenos Aires: “Tengo un mandato y voy a fondo”. La bala atraviesa pero no perfora. El cuerpo político se vuelve robótico, insiste como máquina en su mandato programado.

La analogía con Trump se extiende más allá de la retórica. En ambos casos la negación de la herida justifica la militarización de la fase siguiente. Trump la ensayó con la toma del Capitolio y con su retórica contra el “deep state”. Milei la ensaya ahora con la idea de que la oposición conspira en el Senado y entre gobernadores para reemplazarlo. Frente a esa narrativa, el gobierno no ofrece conciliación: ofrece resistencia robótica. “Perdí, pero no importa. Estoy blindado. Voy a fondo.” La inmunidad se transforma en estilo.
La analogía con Trump es obvia. Ambos niegan la herida que justifica la militarización de la fase siguiente por la torpeza de la progresía cool. Trump ya la ensayó con la toma del Capitolio. Milei la ensaya ahora desafiando la conspiración Senatorial que Navarro, Alijalad y Rosenblat alimentan. Quién es el golpista?
Tweet
Karina, en esta coreografía, no representa a la política profesional —no negocia, no argumenta— sino a la sacerdotisa del guión repetitivo. Su rol no es producir sentido, sino garantizar la continuidad de la repetición. En la medida en que los opositores esperan un error, reciben una letanía. En la medida en que el periodismo espera explicación, recibe tautología. Lo que parece debilidad se transforma en muestra de invulnerabilidad: la bala no duele si no se reconoce la herida.

Lo crucial es que esta lógica no se queda en la Argentina. Como en el caso de Trump, está conectada con un eje internacional de radicalización: Trump–Netanyahu, el reacomodamiento de Brasil y Venezuela tras la condena a Bolsonaro, y las urgencias de Silicon Valley por minerales raros. En ese escenario, el discurso de Karina no es local ni parroquial: es la versión criolla de una tecnología de poder global, donde la disociación entre realidad y mentira no es defecto, es la condición misma del liderazgo.
La política deja de ser la gestión de lo real para convertirse en la insistencia performativa de la mentira. La verdad ya no se debate; se replica como mantra. El resultado es un poder psicótico, en el sentido clínico del término: incapaz de reconocer la herida, impermeable a la contradicción, sostenido en la repetición de un delirio funcional. Y como en toda psicosis, el entorno —medios, oposición, aliados— queda atrapado en la liturgia. Esperan razón; reciben robotismo. Esperan cuerpo pero reciben un automatismo que los desespera y los vuelve aún más elitistas y endogámicos.

VÉRTICE 3 — La progresía joven capitalina: Rosemblat, Alijalad y la liturgia de la sensibilidad
El tercer vértice del triángulo no está dentro del gobierno, sino en su traducción cultural. Se trata de la progresía joven capitalina, con Pedro Rosemblat y Ari Alijalad como figuras paradigmáticas. Ambos encarnan una oposición estetizada que convierte la política en melodrama sentimental y farándula pop. Sus discursos no organizan resistencia, sino que curan emociones; funcionan como corifeos que acompañan la tragedia imperial, administrando la temperatura afectiva para que nada estalle.
Pedro Rosemblat y Ari Alijalad como figuras paradigmáticas Palermo cool encarnan una oposición estetizada que convierte la política en melodrama sentimental y farándula pop. Sus discursos no organizan resistencia, sino que curan emociones y alimentan a la bestia.
Tweet

Pedro Rosemblat, con casi un millón de seguidores, organiza el mundo mileísta a partir de una taxonomía rudimentaria: los “boludos honestos”, como el neonazi Gordo Dan, y los “boludos corruptos”, representados por Karina Milei y los Menem. Su diagnóstico culmina en una frase que resume la lógica: “Massa se los hubiera puesto en el bolsillo en dos minutos”. La metáfora del bolsillo no es ingenua; naturaliza la cooptación como virtud. No importa la corrupción en sí, sino la eficacia con que se la ejerce. De ese modo, Massa queda posicionado como un corrupto competente y sensible, frente a Milei como un corrupto torpe e insensible. La oposición se legitima no por su proyecto político sino por su capacidad de conmover. A este capital se suma la farándula sentimental: ser novio de Lali Espósito, convertida en icono pop y militante politizada, aporta a Rosemblat un aura de sensibilidad que se transforma en capital cultural. La política se vuelve espectáculo amoroso, romance público presentado como garantía ética.

Ari Alijalad, por su parte, dramatiza la política en clave telenovelesca. Sus relatos sobre el Garrahan, los jubilados en la cola del banco o los discapacitados golpeados por las políticas de Milei componen un pathos que busca conmover más que organizar. La denuncia se vuelve escena lacrimógena: la virtud está en emocionarse, en llorar con los pobres y en indignarse con la crueldad oficial. Como en toda telenovela, el clímax es moral y la resolución, inexistente. La sensibilidad reemplaza al programa.
Entre ambos se dibuja una fenomenología del amor político. Milei aparece como virtual y anormal, mientras la oposición se presenta como sensible y normal. Esa gramática arma un mapa peligroso donde lo honesto se superpone con lo deshonesto, lo inteligente con lo estúpido, lo sensible con lo insensible, lo bueno con lo malo. El resultado es un desplazamiento de lo político a lo moral, de lo material a lo afectivo. En lugar de discutir deuda, FMI, minerales raros o alineamientos internacionales, se debate si un dirigente “es sensible”. La oposición se vuelve terapeuta, no estratega.
El riesgo es que esta estetización sentimental cubre un lenguaje abiertamente destituyente. Mientras El Destape habla de charlas en el Senado y entre gobernadores para reemplazar a Milei, Rosemblat y Alijalad dramatizan al mileísmo como torpeza insensible. En ese esquema, Milei responde a lo Trump: “Tengo mandato popular; aunque pierda, voy a fondo”. La dialéctica alimenta el escenario de militarización: la oposición justifica la fuerza, el oficialismo la ejecuta.
El riesgo es que esta estetización sentimental de los changuitos Palermo Soho cubre un lenguaje abiertamente destituyente. Mientras El Destape se regodea por rumores golpistas senatoriales para reemplazar a Milei; Rosemblatt y Alijalad dramatizan al mileísmo como torpeza insensible (en oposición a ellos, uno tiene que suponer)
Tweet

El problema, en última instancia, es de escala. La progresía cool piensa en parroquia, cuando lo que está en juego es un eje internacional de desestabilización y guerra. El FMI actúa como disciplinador, Trump y Netanyahu como anclaje ideológico, Silicon Valley como demandante de minerales críticos, Brasil y Venezuela como territorios bajo presión. Reducir todo eso a la dicotomía entre inteligentes y estúpidos o sensibles e insensibles no solo simplifica: desarma la resistencia real. Lo que se ofrece como amor cura la escena, pero no la interrumpe.
Conclusión — La continuidad negada
El triángulo se cierra volviendo al punto que la progresía joven prefiere ignorar: la continuidad, y no la ruptura, entre las dictaduras y la democracia. Rosemblat y Alijalad, bañados en privilegio, leen la política como si fuera una dramaturgia de buenos y malos, sensibles e insensibles, inteligentes y estúpidos. En su narrativa, Caputo, operador politico transnacional, puede hasta caer simpático: lo ven como “uno de los suyos”, un chico bien de club y universidad al que, sin embargo, no terminan de entender porque siguen viendo la pelea en términos Braden o Perón. Esa reducción de la escena a un debate parroquial anestesia el problema de fondo: no estamos ante un gobierno extravagante que puede ser corregido por sensibilidad, sino ante un dispositivo que prolonga las formas de control, vigilancia y disciplinamiento heredadas de los años de plomo.
Rosemblat y Alijalad, bañados en privilegio, leen la política como si fuera una dramaturgia de buenos y malos, sensibles e insensibles, inteligentes y estúpidos. En su narrativa ven a Caputo chico como propio pero no entienden lo transnacional de sus operaciones.
Tweet

Milei, en ese marco, se vuelve cada vez más mercurial. A medida que avanza su gobierno, la figura se desliza del filósofo de catacumbas al emperador bizantino, de Cristo a Calígula, de líder excéntrico a ícono espectral. No se trata de anomalía; se trata de continuidad. Lo que la progresía cool llama “torpeza” es en realidad un lenguaje de poder aprendido de los servicios de inteligencia, que no son otros que los ex torturadores reciclados en democracia. Esa red sigue activa, aceitada por amigos y cómplices que atraviesan partidos, centros de estudiantes y clubes de fútbol.

El caso de Augusto Costa, ministro de Ciencia y Técnica sin preparación para ese cargo, vicepresidente de Vélez Sarsfield sin capital propio, ilustra el mecanismo. ¿De dónde sale el dinero? ¿De qué bolsillo paga la campaña? La respuesta no se encuentra en el mérito ni en la sensibilidad, sino en la corrupción estructural que enlaza política, negocios, servicios e instituciones deportivas. El círculo no se abre: se cierra. Los actores parecen nuevos, pero los hilos que los sostienen son los mismos.
El caso de Augusto Costa, ministro de Ciencia y Técnica de Kicilloff es paradigmático. Flamante vicepresidente de Vélez Sarsfield sin capital propio, ilustra el mecanismo. ¿De qué bolsillo pagó esa campaña?.
Tweet
En medio de un realineamiento internacional donde el FMI disciplina, Trump y Netanyahu marcan el ritmo, Silicon Valley exige minerales raros y la región se militariza, la progresía porteña sigue creyendo que sus vivos, podcasts y editoriales producen praxis gramsciana. Pero lo que producen, en rigor, es un acompañamiento terapéutico en la cubierta del Titanic: se tatúan consignas, se emocionan con melodramas, se ríen de la torpeza libertaria, mientras el barco se hunde con la misma tripulación de siempre en el puente de mando.

La tesis es clara: no hay ruptura entre dictadura y democracia, sino continuidad adaptada. Milei, Karina y su círculo son apenas la superficie visible de un sistema que recicla sus cuadros y sus métodos. Y la progresía que pretende denunciarlo, en lugar de interrumpir el decorado, lo engalana con afecto y espectáculo. El poder real sigue intacto. El ícono preside, la sacerdotisa repite, el coro se emociona. El resto —el país, la vida de millones— queda fuera de cuadro.
Conclusión — La continuidad negada
El triángulo se cierra volviendo al punto que la progresía joven prefiere ignorar: la continuidad, y no la ruptura, entre las dictaduras y la democracia. Rosemblat y Alijalad, bañados en privilegio, leen la política como si fuera una dramaturgia de buenos y malos, sensibles e insensibles, inteligentes y estúpidos. En su narrativa, Caputo, operador financiero, puede hasta caer simpático: lo ven como “uno de los suyos”, un chico bien de club y universidad. Esa reducción de la escena a un debate parroquial anestesia el problema de fondo: no estamos ante un gobierno extravagante que puede ser corregido por sensibilidad, sino ante un dispositivo que prolonga las formas de control, vigilancia y disciplinamiento heredadas de los años de plomo.
Milei, en ese marco, se vuelve cada vez más mercurial. A medida que avanza su gobierno, la figura se desliza del filósofo de catacumbas al emperador bizantino, de Cristo a Calígula, de líder excéntrico a ícono espectral. No se trata de anomalía; se trata de continuidad. Lo que la progresía cool llama “torpeza” es en realidad un lenguaje de poder aprendido de los servicios de inteligencia, que no son otros que los ex torturadores reciclados en democracia. Esa red sigue activa, aceitada por amigos y cómplices que atraviesan partidos, centros de estudiantes y clubes de fútbol.
El caso de Augusto Costa, ministro de Ciencia y Técnica de la Provincia de Buenos Aires sin preparación para ese cargo, vicepresidente de Vélez Sarsfield sin capital propio, ilustra el mecanismo. ¿De dónde sale el dinero? ¿De qué bolsillo paga la campaña? La respuesta no se encuentra en el mérito ni en la sensibilidad, sino en la corrupción estructural que enlaza política, negocios, servicios e instituciones deportivas. El círculo no se abre: se cierra. Los actores parecen nuevos, pero los hilos que los sostienen son los mismos.
En medio de un realineamiento internacional donde el FMI disciplina, Trump y Netanyahu marcan el ritmo, Silicon Valley exige minerales raros y la región se militariza, la progresía porteña sigue creyendo que sus vivos, podcasts y editoriales producen praxis gramsciana. Pero lo que producen, en rigor, es un acompañamiento terapéutico en la cubierta del Titanic: se tatúan consignas, se emocionan con melodramas, se ríen de la torpeza libertaria, mientras el barco se hunde con la misma tripulación de siempre en el puente de mando.
La tesis es clara: no hay ruptura entre dictadura y democracia, sino continuidad adaptada. Milei, Karina y su círculo son apenas la superficie visible de un sistema que recicla sus cuadros y sus métodos. Y la progresía que pretende denunciarlo, en lugar de interrumpir el decorado, lo engalana con afecto y espectáculo. El poder real sigue intacto. El ícono preside, la sacerdotisa repite, el coro se emociona. El resto —el país, la vida de millones— queda fuera de cuadro.
Epílogo — El decorado intacto
El recorrido triangular muestra una escena completa. Milei se presenta como ícono espectral, repetido hasta la saciedad, un Pantocrátor que preside por imagen y no por cuerpo. Karina recita el guion de la inmunidad robótica, donde la derrota no hiere y la bala nunca perfora. Y la progresía joven capitalina, con Rosemblat y Alijalad como portavoces, administra la sensibilidad del público en clave de farándula y melodrama, reduciendo la política a una dramaturgia parroquial de buenos y malos, inteligentes y estúpidos, sensibles e insensibles.

La conclusión es brutal: la democracia argentina no es la superación de la dictadura, sino su continuidad disfrazada. Los servicios de inteligencia son los mismos que ayer fueron torturadores; los circuitos de corrupción atraviesan ministerios, clubes y empresas; los vínculos entre política y negocios lubrican ascensos inexplicables. La progresía cool, en vez de develar esta persistencia, la maquilla. Se tatúa consignas gramscianas mientras navega en la cubierta del Titanic, convencida de que produce praxis transformadora, cuando en realidad acompaña la tragedia con estética.
Milei se vuelve menos un accidente y más un engranaje necesario: un ejecutor de programa, un mediador dócil en la arquitectura de coerción global. El ícono imperial y el coro progresista se necesitan mutuamente.
Tweet
En el tablero internacional, la escena es aún más cruda. El FMI disciplina, Silicon Valley exige minerales, Trump y Netanyahu marcan el ritmo, la región se militariza. Y en ese marco, Milei se vuelve menos un accidente y más un engranaje necesario: un ejecutor de programa, un mediador dócil en la arquitectura de coerción global. El ícono imperial y el coro progresista se necesitan mutuamente: uno impone, el otro traduce. La política se disuelve en imagen y emoción, mientras lo material —deuda, extractivismo, desigualdad, represión— avanza sin obstáculos.

La tesis final es entonces doble. Por un lado, que Milei no interrumpe la historia argentina: la continúa bajo nuevas formas, espectrales y mercuriales, pero con la misma matriz de poder. Por otro, que la progresía que pretende enfrentarlo no produce ruptura, sino anestesia. El poder real no se discute; se dramatiza. No se combate; se estetiza. No se interrumpe; se curatoria.
El decorado sigue intacto. En el centro del escenario, el Pantocrátor mira fijo, bendice o condena. A su lado, la sacerdotisa repite el mantra. Frente a ellos, el coro se emociona. Y alrededor, como siempre, los mismos actores —los servicios, los negocios, las coimas, las alianzas internacionales— sostienen la maquinaria. La Argentina no vive una anomalía: vive la persistencia de su continuidad oscura. Lo único que cambia es la puesta en escena.
Hacete miembro a mi canal de youtube para acceder a los videos de mis clases re-grabadas y nuevas cada semana:






Deja una respuesta