Amnesia de Presas y Deudoras
La foto no es un simple retrato de ocasión: condensa la paradoja argentina. Dos mujeres blancas vinculadas al poder de maneras distintas aunque siempre, en última instancia, por delegación patriarcal: una por matrimonio, la otra por herencia. Una, perseguida por una justicia que no protege a opositores ni a pobres; la otra, empobrecida posando como rica. Hija de Bartolomé Mitre y exesposa de Darío Lopérfido.
La foto no es un simple retrato de ocasión: condensa la paradoja argentina. Dos mujeres blancas vinculadas al poder de maneras distintas aunque siempre, en última instancia, por delegación patriarcal: una por matrimonio, la otra por herencia.
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De un lado, Cristina Fernández de Kirchner, la figura que durante dos décadas encarnó el discurso de derechos humanos: hija política de un relato que sitúa a Madres y Abuelas de Plaza de Mayo no solo en el centro de la legitimidad democrática sino también como sus productoras monopólicas, creando —quiera o no— una nobleza de sangre. En la Argentina kirchnerista, la proximidad sanguínea con un desaparecido otorgó un halo de heroicidad

Del otro lado, Esmeralda Mitre: (des)heredera de la familia que comandó La Nación, diario que durante la dictadura cívico-militar fue sostén discursivo de la desaparición forzada y de la doctrina de la seguridad nacional. Una mujer que llegó a relativizar públicamente la cifra de 30.000 desaparecidos, gesto que la volvió símbolo de una derecha social que se niega a procesar la memoria del terror.
Esmeralda Mitre: (des)heredera de la familia que comandó La Nación, que durante la dictadura fue sostén discursivo de la desaparición forzada y de la doctrina de la seguridad nacional. Una mujer que llegó a relativizar públicamente la cifra de 30.000 desaparecidos,
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Este encuentro exhibe la desesperación de Cristina —principalmente—, aunque la otra viene desesperada hace rato. Ubicar a Esmeralda Mitre en la narrativa que ella misma asumió, en su versión victimológico-kirchnerista, es clave: un oportunismo supremo que, en privado y hasta que comenzó a rematar bienes para pagar comida —nunca trabajó en el sector privado salvo por herencia—, se jactaba de pertenecer a ese mundo.
Una Herencia Incobrable y Vergonzosa
A quien Cristina recibe es descendiente directa de un presidente, y no cualquiera. Bartolomé Mitre (1821–1906) murió mucho antes de la última dictadura, pero lo que importa no es él sino el linaje que fundó. Como militar, presidente y escritor, legó La Nación (1870), empresa mediática transmitida de generación en generación, convertida en pilar de la prensa e instrumento de poder cultural y político.

Durante la dictadura (1976–1983), La Nación —junto con Clarín y La Razón— funcionó como sostén ideológico del Proceso: editoriales que legitimaban la represión, relativizaban las denuncias de violaciones a los derechos humanos y repetían la “lucha contra la subversión”. Esa línea continuó la tradición oligárquica de usar la prensa como disciplinamiento social. En 1976 llegó la operación clave: la venta irregular de Papel Prensa, única planta de papel para diarios. Clarín, La Nación y La Razón, con apoyo del gobierno militar, se quedaron con la empresa tras presiones, amenazas y el secuestro de la familia Graiver. Desde entonces, ambos diarios aseguraron control monopólico de la materia prima, consolidando su poder económico y político.

A diferencia de Clarín, que durante el kirchnerismo fue blanco directo por Papel Prensa, La Nación se movió en segundo plano. Con un perfil “institucional” y un discurso de “seriedad republicana”, logró escudarse en su tradición y evitar el centro del conflicto. Esa estrategia le permitió “zafar”: ningún integrante de la familia Mitre fue condenado por esa apropiación, el caso se diluyó en tribunales y terminó sin sentencia firme —algo de lo que Esmeralda suele jactarse. Repitámoslo para que quede claro: Bartolomé Mitre legó el diario; sus descendientes lo convirtieron en herramienta de poder; durante la dictadura se beneficiaron de la represión a través de Papel Prensa; y finalmente evadieron responsabilidades gracias a protección institucional y a un relato cuidadosamente cultivado.
Uno ama a quien se le enseña a amar
En 2016, Darío Lopérfido —entonces Ministro de Cultura porteño y pareja de Esmeralda— declaró que “en la Argentina no hubo 30.000 desaparecidos” y que la cifra fue “inventada” para obtener subsidios y beneficios políticos. El escándalo fue inmediato; renunció meses después. Lejos de desmarcarse, Esmeralda respaldó esas afirmaciones: en entrevistas sostuvo que los 30.000 eran “una mentira instalada”. No fue un exabrupto aislado: formó parte de una corriente discursiva de sectores de la élite que buscan reducir o deslegitimar la memoria del terrorismo de Estado. La paradoja: mientras Lopérfido cayó en desgracia política, Mitre capitalizó esa postura como marca personal —primero como “rebeldía” contra el consenso de derechos humanos, luego como provocación estable en el espacio público.
Esmeralda respaldó las afirmaciones de su ex marido sobre el numero de desaparecidos como “una mentira instalada”. La paradoja: mientras él cayó en desgracia política, Mitre capitalizó esa postura como marca personal —primero como “rebeldía”.
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Más tarde supo aprovechar el lado fascistoide de cierta cultura tardo-kirchnerista, abrazando la lógica cancelatoria de políticas de identidad que inflaron términos por oposición e hipérbole al “lenguaje del odio”, sin advertir el boomerang inevitable. En otras palabras: no solo cobró dividendos de un diario consolidado por su apoyo a la dictadura bajo el mando de su familia, sino que usó —con oportunismo quirúrgico— las herramientas punitivistas de un feminismo privilegiado porteño para irrumpir en la interna judía, religión a la que dice despreciar.
En 2018, en TV, afirmó que los judíos “tienen mucho poder en los medios” y cuestionó el número de víctimas del Holocausto (“no fueron exactamente seis millones”). Luego intentó relativizarlo como “comentario filosófico”, pero el repudio fue inmediato. La DAIA condenó sus dichos.
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En 2018, en TV, afirmó que los judíos “tienen mucho poder en los medios” y cuestionó el número de víctimas del Holocausto (“no fueron exactamente seis millones”). Luego intentó relativizarlo como “comentario filosófico”, pero el repudio por antisemitismo y negacionismo fue inmediato. La DAIA condenó sus dichos. El entonces presidente, Ariel Cohen Sabban, se reunió con Mitre para oír disculpas; ese encuentro derivó en un escándalo mayor: ella lo acusó públicamente de presión en un contexto que insinuó como abuso de poder. Cohen Sabban renunció. Un comentario negacionista terminó detonando la caída del titular de la principal institución judía del país, desplazando la atención de las palabras de Mitre hacia una crisis de conducción.
El entonces presidente, Ariel Cohen Sabban, se reunió con Mitre para oír disculpas; ese encuentro derivó en un escándalo mayor: ella lo acusó públicamente de presión en un contexto que insinuó como abuso de poder. Cohen Sabban renunció.
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Después vino el escándalo por la herencia de La Nación y el relato —extendido en su entorno— de cómo Magnetto “lo cagó” a su padre: un hombre malicioso pero poco inteligente, dicen, que se casó con Nequi Galotti. Fue entonces cuando Esmeralda devino mediática para ganarse la vida: tras divorciarse de Lopérfido, se evaporó el brillo de creerse “Primera Dama del Colón”, cargo que me perjuró que existe la única vez que nos vimos en persona en la casa de mi amigo Ramón Pilaces, en Chueca, Madrid. De más está decirlo: no existe ningún cargo oficial o estatutario de “Primera dama del Teatro Colón”. El Colón, ente autárquico, tiene directorio, dirección general y artística, y áreas técnicas y administrativas; no contempla roles protocolares para parejas. La “primera dama” fue autodenominación performática: un intento de formalizar que su padre habría presionado para el casamiento con Lopérfido —boda a la que asistieron Macri y Rodríguez Larreta. A fin de cuentas, en la derecha argentina todo se resuelve en un círculo de parientes.
Tras divorciarse de Lopérfido, se evaporó el brillo de creerse “Primera Dama del Colón”, cargo que me perjuró que existe la única vez que nos vimos en persona en la casa de mi amigo Ramón Pilaces, en Chueca, Madrid.
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Cuando Lopérfido se pasó de rosca, afloró la verdadera rosca: la cadena de favores y amistades que ambos cultivaron como poder simbólico. En ese escenario, el roto dejó de tener valor y pasó a tener precio. Esmeralda lo pagó: le compró su parte del departamento —el mismo que hoy va a remate por falta de pago de expensas—, convirtiendo en operación económica lo que antes vendían como narrativa de glamour y pertenencia.
La paradoja también está en la superficie. Cristina, con su chaqueta marrón, luce el uniforme de guerrillera devenida establishment; Esmeralda, con jeans y chaleco largo, encarna la frivolidad de una clase que nunca necesitó legitimarse en política porque la política fue, desde siempre, su sirvienta. La vi en persona: impresiona lo mal que se viste Esmeralda. Le rogué que fuera a Max Mara si pretendía presentarse a una reunión de directorio de La Nación, como perjuraba.

Posar juntas en este living con libros acomodados no es banal: es la reconciliación estética de dos relatos enfrentados. La líder que hizo de los desaparecidos la bandera de su movimiento comparte espacio con quien los puso en duda; pero lo que realmente queda en duda es la convicción de esta última, entre prisión y ostracismo. Lo que une a ambas no es la historia sino la performatividad de la imagen: en Argentina, la política siempre vuelve a ser un juego de familia, herencias, linajes que se cruzan. Lo que ayer fue tragedia hoy puede ser espectáculo.
También las une Leopoldo Moreau y su oportunismo: tanto en la cama de Cristina como en el intento de exprimir el poco plafón mediático de Mitre, quien llegó a denunciar penalmente a su madre octogenaria por querer ayudarla con su adicción. Nadie hace eso salvo si se encarna el espíritu de Caligula.
A ambas las une Leopoldo Moreau y su oportunismo: tanto en la cama de Cristina como en el intento de exprimir el poco plafón mediático de Mitre, quien llegó a denunciar penalmente a su madre octogenaria por querer ayudarla con su adicción.
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Esa es, quizá, la enseñanza más incómoda de la foto: que la memoria puede convertirse en utilería, y que las diferencias más irreconciliables pueden maquillarse como coincidencia fashion. Este es el último clavo en el ataúd político de Cristina Kirchner: tiene la oportunidad de entrar en la historia grande, pero insiste en desperdiciarla.





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