Este es un post para los hijos únicos en un nuevo orden mundial en el que nada es fijo y la membrana que separa realidad y fantasía, objetivo e imaginario, real y simbólico, se vuelve cada vez más delgada.
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Un 3er Ataque Anticipado y Compartido con Amigos Internacionalmente
Hace más de una semana sufrí el tercer ataque vinculado con una causa en la que la torpeza de los acusados terminó por auto-implicarlos. El resultado es que me trasladaré a Dublín, a la casa de muy buenos amigos —de esos que casi no quedan— para recuperar mi sentido de ciudadanía y de ser humano.
Hace más de una semana sufrí el tercer ataque vinculado con una causa en la que la torpeza de los acusados terminó por auto-implicarlos. El resultado es que me trasladaré a Dublín
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Chevening y Multi-Culturalismo
En el vídeo de la BBC —una investigación de Panorama, uno de los programas de investigación más prestigiosos de Inglaterra— se pone al descubierto, o mejor dicho, se vuelve a poner al descubierto, una cultura racista, xenófoba y de impunidad que, tras un cuarto de siglo viviendo en Londres, no pensé que existiera. (Ver al final de este post) Cuando gané la beca Chevening recuerdo aterrizar y ver en la pantalla del avión de British Airways un anuncio que encarnaba el ethos del multiculturalismo que, como ahora se ve, resultó ser una trampa. En el vídeo se aprecia una cultura subterránea de odio a lo diferente y al extranjero. Esa cultura —subterránea— es con la que me topé hace dos años y que transformó mi vida, posiblemente para siempre. Pero, como en el Quijote de Cervantes —la que muchos llaman la primera novela—, no sólo cambia el protagonista: también cambia el mundo que lo rodea.
En el vídeo que pueden ver abajo, se aprecia una cultura subterránea de odio a lo diferente y al extranjero. Esa cultura —subterránea— es con la que me topé hace dos años y que transformó mi vida, posiblemente para siempre.
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Ataques a una Víctima que no se siente como tal
Como he contado antes, en enero de 2024 fui víctima de un ataque en mi casa. Me costó mucho aceptar, durante el propio proceso de investigación, que aquello había sido efectivamente un ataque. Durante meses no entendí qué había pasado ni cómo, de víctima, había pasado —como en un acto casi crístico de transubstanciación— a acusado: a estar bajo fianza por un supuesto ataque sexual que teóricamente implicaba haber tocado el bulto de guardias privados del hospital que debía cuidarme. Mi mejor amiga y encargada de mi salud por testamento me abandonó en ese momento y comenzó un proceso de criminalización cuyo objetivo era declararme loco para quedarse, digámoslo así, con lo mío. Tras escaparme a Londres después de haber sido torturado y hecho confesar por la policía, acudí al Consulado Argentino donde recibí un trato que distó de ser humanitario. Sería fácil demonizarlos, pero prefiero pensar que no comprendieron el nuevo orden en el que nos movemos: cómo alguien solo y extranjero puede convertirse en blanco de organizaciones criminales que operan sistémicamente con, si no con la Policía como institución, al menos con una cultura policial tóxica.
Cómo alguien solo y extranjero puede convertirse en blanco de organizaciones criminales que operan sistémicamente con, si no con la Policía como institución, al menos con una cultura policial tóxica.
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Nueva Tortura: 1999 y 2025
La fianza que se me impuso fue draconiana para una persona cuya salud está en riesgo por una enfermedad crónica: “no poder acercarse a la única Sala de Emergencias de la ciudad”. Además, estar bajo fianza hacía que cualquier conflicto, por mínimo que fuera, me dejara a merced de quienes me habían torturado, si entendemos por tortura usar las debilidades médicas de alguien y potenciarlas con deshidratación, falta de comida y entrevistas sin aviso consular en estado de disociación. Cuando días más tarde, en enero de 2024, me refugié en un hotel, pedí las cámaras de seguridad, las de tránsito y los informes toxicológicos porque no quería que se activaran los estigmas que recaen sobre minorías como yo —extranjero, mestizo, homosexual— y que incluso fueron usados en Argentina para no ayudarme. Esos resultados y las cámaras me fueron negados hasta que desplacé a un abogado que me dejó sin dinero, me negó acceso a mi causa y me durmió durante un año con promesas hasta que comenzó a culparme, sin pruebas y con epítetos ridículos.
Cuando días más tarde, en enero de 2024, me refugié en un hotel, pedí las cámaras de seguridad, las de tránsito y los informes toxicológicos porque no quería que se activaran los estigmas que recaen sobre minorías como yo. Todo me fue negado hasta que desplacé a un abogado que me dejó sin dinero, me negó acceso a mi causa
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En otras palabras, este es un post para los hijos únicos en un nuevo orden mundial en el que nada es fijo y la membrana que separa realidad y fantasía, objetivo e imaginario, real y simbólico, se vuelve cada vez más delgada. En este orden, la polarización de la riqueza en un país clasista como Inglaterra (y, ahora, como Argentina) hace que la educación sea cada vez más esclerótica: quienes tienen recursos son formados para puestos que la IA hace desaparecer, mientras que quienes no los tienen son directamente dejados a la buena de Dios. Y por “la buena de Dios” me refiero también a esa sutil diferencia entre farmacología y adicción: la primera se vuelve cada vez más inaccesible y la segunda se criminaliza, generando una crisis de salud mental que puede ser problema o ventaja, según para quién y cómo se use.

Cuando en enero de 2024 ocurrió el primer ataque, la vergüenza de haber sido violado con un objeto por, al menos dos personas, que accedieron a mi casa con llaves —mi mejor amiga las tenía y mi vecino trabajaba de mantenimiento del edificio— y con control de las cámaras que yo había instalado a instancias de ella, fue enorme. Esa misma amiga acusó a una vecina a quien le había dado mis llaves durante mis vacaciones en Grecia de subalquilar mi departamento. Las cámaras mostraron ese año que el novelista llevó a dos personas a mi casa posiblemente a hacer un inventario. Su conducta posterior fue tan inexplicable como su pedido de llaves. El mes anterior me hizo preguntas raras sobre precios y valores de mis cosas. Las cámaras de la habitación dejaron de funcionar dos días antes del incidente y, justo cuando me fui a dormir una siesta —o mejor dicho, a leer un libro y me quedé dormido— entraron. La sincronización era sorprendente. En este tercer ataque lo entendí porque presté atención a los controles de cámaras: siempre me estuvieron vigilando. Tras el ataque de esta semana, todas las cámaras (una de ellas no funcionaba) comenzaron a funcionar perfectamente. Se colocaron andamios frente y detrás de mi casa durante casi un año: algo muy raro. De la semana pasada recuerdo solo algunas horas. Lo bueno de mi argentinidad es que no siento miedo, aunque esta vez algo de miedo sí sentí al levantarme con la sábana ensangrentada. Esta vez no me violaron: me hicieron un tajo cuando me desmayé. Fue un mensaje. Pero volvamos a enero de 2024, porque no fue muy diferente. Al despertarme tras aquel ataque y violación con un objeto, los documentos oficiales de la policía declaran que acudían a mi casa porque yo estaba en el balcón pidiendo ayuda a gritos y diciendo que me habían atacado y violado. Nadie salió a ayudar, pero un vecino anónimo llamó. En estos casos hay procesos formales y legales: la sigla en inglés es SARC y es el protocolo mediante el cual se trata la habitación como escena de un crimen y a la víctima se la lleva a un área de atención sexual para análisis forense. Como nadie venía, corrí semidesnudo a la casa de mi amiga y lo primero que le pedí fue que llamara a mi consulado. La policía llegó rápido y en lugar de activar el SARC la escuchó a ella, que les dijo que yo había consumido drogas y tenido episodios psicóticos. Lo primero pertenece a mi vida privada y es genérico; los informes toxicológicos liberados un año y medio después demostraron que yo estaba limpio y nunca había tenido episodios psicóticos. Si mi ex amiga fue entregadora, parte de una banda, una hija de puta o tuvo miedo, no importa: el problema fue la policía, que decidió creerle a ella en lugar de a la víctima. A partir de ese momento, fui convertido —en lugar de víctima— en una suerte de no sé qué sexual.
Si mi ex amiga fue entregadora, parte de una banda, una hija de puta o tuvo miedo, no importa: el problema fue la policía, que decidió creerle a ella en lugar de a la víctima. A partir de ese momento, fui convertido —en lugar de víctima— en una suerte de no sé qué sexual.
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Me mudé a Hastings para procesar el duelo por mi madre. Lo había diferido con mi relación en Brasil y, al volver a Inglaterra, el neoliberalismo había tomado todos los aspectos de la vida. Londres era irrespirable. La flexibilización laboral hacía que un barista en un café trabajara tres días y poco a poco se afianzaba la “gig economy”. Luego vino el lockdown y para un hijo único sin demasiada familia biológica y amigos dispersos en todo el mundo fue especialmente difícil. Sin embargo, mis cursos y la decisión de volver a la vida académica fueron un aliciente. Como hijo de la clase media argentina, no educado en la universidad pública pero criado en su cultura, ese espacio —inaccesible para muchos por más gratuito que fuera— era para mi familia, y así fue inculcado en mí, un lugar de buena fe y esperanza. Aunque mi familia estaba partida por una división racial, la negación porteña de la misma me hizo vivir una vida absolutamente inocente, en un paraíso económicamente inestable donde las relaciones humanas se abrían a los afectos. Ser hijo único no era un problema, más bien una ventaja. Hasta la enfermedad y muerte de mis padres. Lo que intento decir es que nunca había experimentado racismo, soledad ni instituciones como entes opresivos.
Hasta la enfermedad y muerte de mis padres. Lo que intento decir es que nunca había experimentado racismo, soledad ni instituciones como entes opresivos.
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Hacia 2010 mi interés por la historia del arte me llevó, de pronto, a la súper élite neoyorquina. Vi un tipo de riqueza para la que no sólo no estaba preparado, sino que no sabía que existía. Durante años, en mis viajes de Londres a Nueva York, literalmente —y con esto me refiero materialmente— no toqué el piso: del avión al coche, del coche al restaurante, del restaurante a la fiesta, de la fiesta al avión privado. En ese grupo estaba Mehmet Oz, hoy director de Medicaid de Donald Trump y a cargo de dejar sin cobertura esencial a millones de norteamericanos. A pesar de haberme criado en dictadura, no sabía que había gente capaz de usar la maldad de manera tan sistémica y eficiente. Esto no significa que no haya tenido encuentros con, llamémoslo así, el Mal. De hecho, sufrí lo que pareció un secuestro exprés pero fue, en realidad, una respuesta a mi muy inocente obstaculización de la demolición de la ESMA. Como muchos de ustedes saben, compré el sueño capitalista angloamericano no sólo en términos materiales sino también afectivos. Sentía la necesidad de no pensar y seguir hacia adelante como fuera. Viví la vida de la minoría sexual y nacional integrada que busca ser aceptada en los términos de la sociedad hegemónica de consumo. Y vaya que lo conseguí.

Por eso, cuando me mudé a Hastings, buscaba una ciudad al azar en el sur donde pudiera mirar el mar y escapar de la opresión sistémica londinense. Tras el lockdown, que coincidió con el plebiscito del Brexit que separó a Inglaterra del continente, comencé a interactuar con la Inglaterra blanca. Era un momento paradójico: todos querían interactuar con todos. Un momento casi comunitario. Abrí las puertas de mi casa a vecinos y me sorprendió su sorpresa al ver que alguien “como yo” vivía entre arte, que tenía algo que puede considerarse gusto entrenado. Me di cuenta de que no encajaba en sus expectativas. Tras varias copas de champán la mayoría se ponía agresiva y recibí epítetos que iban desde “Nazi” (por ser argentino y tener dos fotos de Sebastián Ingrassia, que investiga a los descendientes de quienes emigraron a la Argentina) hasta “vaya a saber a qué te dedicas”. Me cansé de intentar encajar en una sociedad muy distinta a la londinense, mucho menos cosmopolita, más provincial o compuesta de gente expulsada de Londres, como yo mismo. Esa expulsión genera la sensación de que algo que sienten les pertenece les fue quitado. Y, dada la burbuja financiera en la que se convirtió Londres, es comprensible. Sin embargo, en mi intento de insertarme, recibí insultos velados en ironías y chistes.
Tras el lockdown, que coincidió con el plebiscito del Brexit abrí las puertas de mi casa para integrarme socialmente y me sorprendió su sorpresa al ver que alguien “como yo” vivía entre arte, que tenía algo que puede considerarse gusto entrenado. Me di cuenta de que no encajaba en sus expectativas. Tras varias copas de champán venían los insultos velados en humor ingles.
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Pero el parroquialismo no es exclusivo del condado de Sussex sino que se extiende de manera cosmopolita. Esto, más que parroquialismo, puede llamarse pastoralismo. Si en el pasado (en la primera fase del blog) escribí sobre mis experiencias en el mundo gay con total franqueza y sobre cómo, en soledad y creciente aislamiento (también autoaislamiento), un latino necesita un tipo de tacto que el sur de Inglaterra no puede darle, muchos simplificaron mi realidad para no hacer el esfuerzo de entenderme en mis condiciones. En Hatred of Sex, Oliver Davis amplía la noción foucaultiana de pastoralismo para mostrar cómo el poder contemporáneo no sólo administra el deseo bajo la retórica del cuidado, sino que convierte la herida o la desviación en identidad, generalizando una patología hasta volverla el núcleo mismo de la persona. Gaby Levinas y el embajador argentino entonces en el Reino Unido, un tal Figueroa Reyes, no sé si quisieron ayudar hace dos años o no, pero no supieron ver la sutileza biopolítica del asunto. La diplomacia argentina confundió terror por mala educación o falta de etiqueta. Un mundo que giraba hacia la ultraderecha, donde yo era un significante flotante difícil de catalogar, al que se le acercó una mujer mayor con credenciales literarias que finalmente me entregó en el momento en que más la necesitaba. No vale la pena entrar en detalles, pero sufrí tortura policial, mala praxis médica y ella pasó de ser mi única amiga en la zona a aislarme y dejarme sin las llaves de mi casa y aislado.
Marrón pero Blanco (de una cultura policial tóxica).
Ese fue el momento en que me convertí en un blanco. Pero el día que tenía que morir, no morí. Posiblemente porque mi lado guaraní —que es también sangre olímpica— me hizo sobrevivir y jugar la partida como una partida de ajedrez. Me inyectaron sedantes que hicieron colusión con la medicación que tomaba y luego perdí el conocimiento. Como esta semana, cuando fui atacado en mi casa habiendo sido previamente atontado a través del equivalente local del Rappi o en el café del Starbucks de la zona en el que siempre trabajo, hubo un intento de hacerme pasar nuevamente por loco. Uno pierde la conciencia, luego se despierta aterrado, se activa el Post-Traumatic Stress Disorder y entra en hipervigilancia y, si como en enero de 2024 sale a la vía pública, algún plantado lo acusa de cualquier cosa y los niveles de xenofobia y corrupción institucional contra extranjeros como yo se transforman en odio institucional que luego se extiende al sistema judicial, que comienza otra lenta tortura. El nombre en ingles es punishment by delay.
Al final, lo que esta historia enseña —a los hijos únicos, a los que aprendimos a vivir solos y a quienes encontramos refugio en el aislamiento post-Covid— es que la soledad no siempre protege, pero tampoco condena. Es un laboratorio de lucidez: el lugar donde uno descubre quién es, qué le deben los otros y qué no está dispuesto a negociar. En un tiempo en que la vigilancia se disfraza de empatía y la crueldad de protocolo, preservar la propia intimidad es un acto político. Aprendí que no hay que dejar de confiar, pero sí elegir con precisión quirúrgica a quién se le abre la puerta y donde se vive. Ser independiente no significa vivir sin vínculos, sino aprender a cuidar los pocos que valen la pena.
Al final, lo que esta historia enseña —a los hijos únicos, a los que aprendimos a vivir solos y a quienes encontramos refugio en el aislamiento post-Covid— es que la soledad no siempre protege, pero tampoco condena. Es un laboratorio de lucidez…
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