Por Rodrigo Cañete / LoveArtNotPeople

La muestra de Victoria Colmegna, titulada Lolita Taxi. Standard Futura, se presenta en la Galería Hipopoety en Buenos Aires desde el 17 de Octubre. El título refiere tanto a la serie como al universo visual que Colmegna despliega: un híbrido entre lo escolar, lo erótico y lo institucional. La elección de Hipopoety no fue casual. Este espacio, ubicado en la Ciudad de Buenos Aires, se ha convertido en los últimos años en un punto clave del mapa independiente. Define su programa como un “proyecto de hacer colectivo, afectivo y queer”, con una política de exhibición que combina lo performático, lo poético y lo político. Allí confluyen artistas jóvenes, curadores en formación y figuras que transitan la frontera entre lo íntimo y lo institucional. Es, en otras palabras, un espacio donde el arte intenta escapar de la solemnidad del cubo blanco, pero muchas veces termina confirmando su dependencia simbólica de él. Y en ese marco, Lolita Taxi. Standard Futura encaja a la perfección: una muestra que simula una transgresión mientras construye su propio espejo.

La muestra de Victoria Colmegna, titulada Lolita Taxi. Standard Futura, se presenta en la Galería Hipopoety en Buenos Aires. El título refiere tanto a la serie como al universo visual que Colmegna despliega: un híbrido entre lo escolar, lo erótico y lo institucional.

La fecha no es inocente

El 17 de octubre, Día de la Lealtad peronista, no es un punto neutro en el calendario argentino. Es una fecha cargada de mito, de populismo y de rituales de pertenencia. Que Colmegna haya elegido ese día para su apertura no puede ser casual. Lolita Taxi. Standard Futura se abre al público justo en el aniversario de una alianza emocional entre el pueblo y el poder. Y lo que la artista ofrece es, precisamente, una reflexión —o una parodia— de ese vínculo entre obediencia y deseo.

El perfume del título

“Lolita”, “Taxi”, “Standard Futura”. Tres palabras que podrían ser un perfume, una tipografía o una marca de auto. La combinación es ambigua: el cuerpo adolescente, la movilidad y la racionalidad moderna. Juntas producen una sintaxis del deseo social argentino. El resultado suena a catálogo: Lolita Taxi. Standard Futura podría ser una publicidad para la clase media ilustrada que sigue creyendo que la rebeldía se compra en cuotas.

Colmegna pertenece a ese mundo y lo sabe. No viene de la periferia ni del trauma proletario; viene del colegio San Andrés, cuna de la anglomanía rioplatense. Desde ahí construye su discurso crítico. Su arte es la traducción estética de una biografía de privilegio: habla de su clase, pero con los modales de su clase. No denuncia: diseña. No expone la violencia: la estetiza. Y en eso consiste su eficacia.

Colmegna no viene de la periferia ni del trauma proletario; viene del colegio San Andrés, cuna de la anglomanía rioplatense. Desde ahí construye su discurso crítico. Su arte es la traducción estética de una biografía de privilegio.

El archivo sentimental del poder

La muestra se compone de acuarelas, pinturas de trazo infantil y objetos escolares que remiten a una infancia institucionalizada. Las figuras que aparecen en las obras —niñas uniformadas, banderas, cuadernos, autos setentistas— no son simples recuerdos. Son íconos de una educación sentimental construida sobre la obediencia y la represión.

En cada gesto de color se esconde una disciplina. La aparente inocencia de la infancia se vuelve alegoría de la docilidad de clase. Esas alumnas no aprenden, repiten. No piensan, posan. Y esa repetición —esa forma de socializar la jerarquía— es lo que Colmegna convierte en imagen. El efecto es inquietante: mientras el público cree estar frente a una crítica a la educación conservadora, la artista reproduce el goce del privilegio. Porque lo que se mira no es la culpa, sino su disfrute. La obra no invita a juzgar; invita a participar del placer de mirar desde arriba.

El efecto de Colmegna es inquietante: mientras el público cree estar frente a una crítica a la educación conservadora, la artista reproduce el goce del privilegio. Porque lo que se mira no es la culpa, sino su disfrute. La obra invita a participar del placer de mirar desde arriba.

El texto como tranquilizante

Ahí entra el texto curatorial de Claudio Iglesias, una pieza literaria que pretende ordenar el caos. Iglesias, con su prosa de mediador ilustrado, define la muestra como “una reflexión sobre la historia reciente desde el afecto y el archivo”. Es decir: traduce la provocación en terapia. Donde la imagen grita, él murmura. Donde hay deseo, él escribe “memoria”.

Ese procedimiento es típico de cierto circuito del arte porteño: convertir la incomodidad en discurso académico. El texto llega para anestesiar la imagen. Iglesias no describe lo que ve: lo justifica. Cubre el goce con moral. Pero Colmegna no cabe en ese molde. Sus imágenes no obedecen al texto. No ilustran: contradicen. Si la éxfrasis clásica subordinaba la pintura a la palabra, aquí ocurre lo contrario. Las imágenes se rebelan. Son más perversas que las frases que las acompañan.

El texto curatorial de Claudio Iglesias, una pieza literaria que pretende ordenar el caos y define la muestra como “una reflexión sobre la historia reciente desde el afecto y el archivo”. Es decir: traduce la provocación en terapia.

El coleccionista que juzga

En ese punto aparece otro personaje inevitable: Gustavo Bruzzone, juez penal y coleccionista. Figura central del arte argentino de las últimas tres décadas, Bruzzone representa el cruce perfecto entre ley y deseo. Firma sentencias por delitos y al mismo tiempo colecciona obras sobre el trauma y la marginalidad. Es juez y parte, literalmente.

En ese punto aparece Gustavo Bruzzone, juez penal y coleccionista que representa el cruce perfecto entre ley y deseo. Firma sentencias y colecciona obras sobre el trauma y la marginalidad. Es juez y parte, literalmente.

Bruzzone es, quizás sin saberlo, el verdadero protagonista de este relato. Porque Lolita Taxi. Standard Futura funciona también como una trampa para él. Las obras de Colmegna —esas niñas, esos símbolos, esos gestos entre la represión y el erotismo— están diseñadas para seducirlo. No lo denuncian: lo convocan. Y él, fiel a su rol, responde con halagos y una posible compra. El intercambio es perfecto: la artista vende la culpa; el juez la compra para su redención simbólica. Así, la crítica se vuelve mercado. Y el mercado, moral.

El uniforme como emblema

Colmegna no se excluye del sistema que critica: se pone en el centro. En muchas obras aparece con su uniforme del San Andrés, ese atuendo de disciplina y distinción. No lo usa como disfraz, sino como marca de origen. En su gesto hay una conciencia: el privilegio también puede ser performático.

Colmegna no se excluye del sistema que critica: se pone en el centro. En muchas obras aparece con su uniforme del San Andrés, ese atuendo de disciplina y distinción. No lo usa como disfraz, sino como marca de origen.

Aquí el narcisismo se vuelve clave. Pero no el banal del selfie, sino el estructural: el yo que solo puede pensarse en el reflejo del otro. Colmegna hace de su propia imagen una tesis: la artista como síntoma, la obra como espejo. En lugar de salir del círculo del privilegio, lo ilumina desde adentro.

Colmegna hace de su propia imagen una tesis: la artista como síntoma, la obra como espejo. En lugar de salir del círculo del privilegio, lo ilumina desde adentro.

El whisky, el tarot y el poder oculto

Entre las pinturas, hay una que concentra todo el dispositivo: una figura femenina —probablemente la propia artista— toma whisky y juega al tarot. Dos objetos, dos símbolos, un mismo linaje. El whisky es la bebida de la educación británica, la señal de una clase que aprendió a modular la voz y los gustos para distinguirse. El tarot, en cambio, pertenece al repertorio de las creencias ocultistas que fascinaron a la burguesía argentina de los setenta.

El resultado es una síntesis perfecta de una época. Durante el auge de López Rega y la Triple A, el poder combinó represión y esoterismo, racionalidad y magia. Las clases altas encontraron en esa mezcla una nueva legitimidad: ser elegidas por un saber superior. Colmegna, sin explicarlo, lo evoca. La copa y las cartas son los símbolos de esa ideología.

El gesto se repite en otras obras: niñas jugando a la iniciación, compañeras que entre whisky y secretos ensayan el paso de la infancia a la sexualización. Son Lolitas disciplinadas, hijas del privilegio que aprenden a convertir la vulnerabilidad en estilo.

Narcisismo y automonumentalización

En ese punto, la artista deja de representar para actuar. Su obra ya no observa al poder: lo encarna. El narcisismo se vuelve motor y estructura. Freud decía que el yo ama su imagen porque no puede amar otra cosa; Colmegna parece decir lo mismo, pero con sarcasmo. Su yo se multiplica en el lienzo, se convierte en mercancía y se vende como autocrítica. No destruye el mito de su clase, lo reinventa con humor y brillo. La crítica deviene objeto. La culpa, decoración. La automonumentalización reemplaza a la subversión.

El divorcio entre texto e imagen

Aquí el concepto de éxfrasis vuelve con fuerza. Tradicionalmente, la imagen servía para ilustrar el texto. En Colmegna ocurre lo contrario: el texto de Iglesias queda atrapado dentro de la imagen. Las palabras intentan encauzar una energía que las desborda. La relación entre ambos no es armónica: es un divorcio.

En Colmegna ocurre lo contrario: el texto de Iglesias queda atrapado dentro de la imagen. Las palabras intentan encauzar una energía que las desborda. La relación entre ambos no es armónica: es un divorcio.

Ese divorcio, sin embargo, es productivo. Permite ver cómo el sistema del arte necesita de esa tensión: la teoría como red de contención, la imagen como fuga. Colmegna juega con ambas. Se sabe atrapada, pero disfruta del encierro.

La galería como escenario

La Galería Hipopoety refuerza ese juego. Nació con la promesa de un arte alternativo, queer, afectivo. Pero su éxito la volvió marca. Lo que empezó como resistencia terminó en boutique simbólica. Y Lolita Taxi. Standard Futura lo evidencia: es una exposición sobre el privilegio montada en un espacio que lo estetiza. Nada más coherente: el arte argentino es experto en convertir la autocrítica en marketing. Colmegna, Iglesias, Bruzzone y la galería forman parte del mismo ecosistema. Todos saben que el espejo vende.

La Galería Hipopoety refuerza ese juego. Nació con la promesa de un arte alternativo, queer, afectivo. Pero su éxito la volvió marca. Lo que empezó como resistencia terminó en boutique

Epílogo: el espejo como ideología

Al final, Lolita Taxi. Standard Futura no es una denuncia ni una reparación. Es una parábola sobre el poder de mirarse. Colmegna convierte su biografía en alegoría, su clase en discurso y su reflejo en mercancía. Iglesias la traduce en teoría; Bruzzone en colección. Y el sistema sonríe satisfecho.

Porque en la Argentina contemporánea el arte ya no busca representar el mundo, sino reflejar su propio privilegio. Colmegna lo muestra con una claridad inquietante. No hay salida del espejo, pero hay belleza en mirarlo.

Lolita Taxi. Standard Futura es, en definitiva, la historia de una artista que transforma la autocrítica en lujo y la memoria en diseño. Una obra que nos recuerda que, en el arte argentino, la imagen nunca ilustra el texto: lo desmiente. Y en ese desmentido, en esa distancia irónica, brilla la verdadera política de nuestra cultura visual.

© Rodrigo Cañete 2025 – LoveArtNotPeople

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2 respuestas a «Lolita Taxi. Standard Futura de Victoria Colmegna es narcisismo progre que transforma la autocrítica en lujo y la memoria en diseño»

  1. glittertalentedd53d63bb8b

    Cañete, usted es demasiado generoso al hacer todo este análisis en base a creaciones absolutamente banales. La conversación del video es vomitiva. La lectura de Alicia que hace la «artista es cuasi inexistente. Son ilustraciones. El diario de Argentina sobre las obras del artista yanqui «porque sucedió en Argentina» (? es carente de todo significado. Todo lo que veo son imágenes vacías. ¿Esto es arte?

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  2. No, es una mierda pinchada en un palo. Cañete no se lo puede decir así…¿comprende?…

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