En la era Milei, donde la austeridad es el telón de fondo impuesto sobre millones, estas imágenes de red carpet “a beneficio” en el Salón Dorado del Teatro Colón producen una fricción improductiva. Todo es déjà vu con variaciones: como el track de una película, pero sin belleza melodramática; aquí todo se pudre a pesar del brillo. Algo está off porque es el eterno retorno de los mismos y lo mismo. El símbolo de eso es Ana Rusconi y sus gowns de Oscar de la Renta comprados de segunda mano a la Gatana Della Giovampaola. Esto no es un chiste. A esta altura, lo que queda claro es que cierto mundo de la “cultura benéfica” de la élite porteña no es culto, a duras penas es benéfico y aparece como un negocio. Y cuando hablamos de negocios, la que posa como rica no es rica, ya que compra ropa usada. No hay nada malo en eso, pero es el síntoma de una pose: donde hay pose no hay autenticidad, y donde no hay autenticidad no hay gracia ni arte.

La red carpet “a beneficio” en el Salón Dorado del Teatro Colón de Devorik producen una fricción improductiva. Algo está off porque es el eterno retorno de lo mismo. El símbolo de eso es Ana Rusconi y sus gowns de Oscar de la Renta comprados de segunda mano a la Gatana Della Giovampaola. Legit.

La velada tuvo a Elīna Garanča, la reconocida mezzosoprano letona, como protagonista “a beneficio” de la Fundación Teatro Colón. El concierto —enmarcado en el ciclo Aura, el programa de recitales líricos de MH Live y Elisa Wagner— tuvo lugar el sábado 18 de octubre en el Salón Dorado. Ocurrió tras una comida en el propio salón, lo que viola todas las reglas de protección del patrimonio: no por comer en el Dorado, sino porque, en la preparación, los hornitos y el calor deben ubicarse cerca de las mesas y ponen en riesgo el dorado a la hoja, los cristales y demás elementos irreemplazables de esa suerte de loggia del Teatro Colón. Esta ha sido una práctica —desesperada— primero impuesta por el PRO en el Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires. Un símbolo de la mancha de estos objetos es Gino Bogani y Roberto Devorik. Huellas de otra época que mantienen vigencia —y lo bien que hacen— a través de este experimento anacrónico.

El concierto —enmarcado en el ciclo Aura, el programa de recitales líricos de MH Live y Elisa Wagner— tuvo lugar el sábado 18 de octubre en el Salón Dorado. Ocurrió tras una comida en el propio salón, lo que viola todas las reglas de protección del patrimonio

Dos cosas me llaman poderosamente la atención. El artículo que muestra cinco fotos del evento —y mantiene el formato compositivo típico de las parejas paradas mirando a cámara, a lo Anthony van Dyck— fue el tercero en visitas en el diario La Nación hace dos días. ¿Quién lee esto? ¿A quién le interesa? Lo digo con respeto, pero lo que vende es lo sexy o aquello a lo que aspiramos. Ninguno de estos personajes ocupa —ni por casualidad— ese lugar. Al lado de Bogani, en la foto principal, no está la cantante —que pasa a ser parte del texto de justificación de la imagen, casi un epígrafe menor—, sino Mora Furtado. Me pregunto y me sorprende: ¿a quién puede interesarle ver a Furtado fotografiada con ropa de segunda calidad, sin diseños que inspiren o dinamicen una industria de la moda? Es de una esterilidad preocupante y dice mucho de la cultura argentina como pozo cloacal.

¿A quién puede interesarle ver a Furtado fotografiada con ropa de segunda calidad, sin diseños que inspiren o dinamicen una industria de la moda? Es de una esterilidad preocupante

Garanča —pobre santa— interpretó Mon cœur s’ouvre à ta voix (Samson et Dalila), Musica proibita (Stanislao Gastaldon) y la célebre Habanera (Carmen), acompañada al piano por el escocés Malcolm Martineau. Es decir, música que no debería cantarse con piano sino con orquesta y, además, arias pensadas para un público que las identifique como símbolos de “alta cultura” de manera inmediata. Eso no es sofisticación sino kitsch en su peor acepción. En esto, el traje del novio de Roemmers —quien realmente podría conseguir a esta altura algo mejor que un “chongo de gimnasio”— da cuenta de su propia inseguridad y de cómo el dinero se usa como barrera para evitar crecer. No es nuevo el gusto del empresario farma por este tipo de jóvenes, y no soy quien para dar recomendaciones de parejas ni amantes, pero alguien con su potencia económica podría no humillar a su novio dejándolo vestir con un traje que parece alquilado para fiesta de quince de una clase más baja. Ahí no hay amor, sino cierta afirmación de la diferencia que, como vemos, es solo económica. Me sorprende profundamente la incapacidad de cierta clase social argentina de transubstanciarse con su dinero.

El traje del novio de Roemmers —quien realmente podría conseguir a esta altura algo mejor que un “chongo de gimnasio”— da cuenta de su propia inseguridad

Sin embargo, la estrella de la noche no fue la soprano sino —en palabras de la pedestre ministra de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, Gabriela Ricardes— el “empresario y asesor de artistas” Roberto Devorik. Dijo: “Su trabajo, su amor al teatro y su dedicación han hecho posible que tengamos el honor de escuchar a las mejores cantantes del siglo XXI, como Garanča”. Devorik no es pobre, pero es clase media, y su prestigio es inexistente. Lady Di estaba desequilibrada y, en sus momentos de desequilibrio, Devorik se coló y generó —hacia Buenos Aires, ya que en Londres no existe— un aura de jet-setter totalmente injustificada. Es un tipo sin ningún tipo de llegada ni recurso real. 

La estrella de la noche no fue la soprano sino Roberto Devorik que no es pobre, pero es clase media, y su prestigio es inexistente. Es un tipo sin ningún tipo de llegada ni recurso real. 

Lo que aquí se vende como “a beneficio” opera, en los hechos, como un negocio privado con envoltorio filantrópico: Aura —ciclo curado y producido por MH Live y Elisa Wagner— selecciona artistas, paga cachés, vende entradas y gestiona sponsors; usa espacios públicos como el Salón Dorado mediante alquiler o convenio, pero no integra la programación ni el presupuesto del Colón. En ese esquema, la Fundación aparece como beneficiaria eventual de un porcentaje de recaudación/mesas/donaciones (con los agradecimientos de rigor), mientras la productora capitaliza marca y base de datos. Devorik es agradecido como colaborador/mecenas, sin cargo orgánico conocido en el Teatro o su Fundación, aportando la “cara de (pretendido) prestigio” que cierra la foto; que el Teatro Colón, de la mano de la ministra, lo nomine como alguien prestigioso plantea un problema. Este señor es el que proclamaba tener un Renoir en su casa de Recoleta. Un fantoche, realmente.

El problema no es la filantropía sino la opacidad y la falta de CV: ¿quién facturó y cobró, con qué CUIT, bajo qué concepto, qué porcentaje fue efectivamente transferido, qué recibos de donación se emitieron y cómo figura el evento en los registros del Colón (¿alquiler de terceros o programación)? Sin esa trazabilidad, el front goffmaniano produce equivalencias morales —lujo y beneficencia en el mismo plano— y el relato “a beneficio” se desarma al primer pedido de papeles (convenio de uso + constancia de fondos vía Ley 104 CABA). La mezcla es tanta —y tan tersa— que el “para qué” del evento se vuelve ruido de fondo: ni lo social es social, ni lo artístico, artístico. La gala, el Dorado, Garanča, el piano, el aplauso: todo sucede como si lo social y lo artístico compartieran un único espejo. Pero el espejo de Goffman no es inocente: el front funciona cuando el backstage se mantiene oculto. Aquí, en cambio, se filtra: sponsors, protocolo, networking y reputaciones en busca de sentido bajo la etiqueta “fundación”.

El problema no es la filantropía sino la opacidad y la falta de CV: ¿quién facturó y cobró, con qué CUIT, bajo qué concepto, qué porcentaje fue efectivamente transferido, qué recibos de donación se emitieron y cómo figura el evento en los registros del Colón (¿alquiler de terceros o programación)?

Desde un punto de vista estrictamente estético, hay un fantasma que acecha: los noventa tardíos. Sastrería rígida, satén de caída pesada, brillos literales, grooming “televisivo” Mirtha-Legrandesco, el duty free (pero no camino a Bayreuth sino a Miami), la mujer de Grobocopatel con una suerte de capa “a lo Miyake”: lugares comunes. Aquí no hay refinamiento ni pueden imaginarlo.

Desde un punto de vista estrictamente estético, hay un fantasma que acecha: los noventa tardíos.

El último punto es el de los gays enclosetados/desenclosetados noventosos, gerontes con amigas modelos que no hicieron de su vida nada más que eso. El closet aparece en todas estas fotos y hay que recordar que no es un lugar, sino un régimen epistemológico que ordena quién puede saber qué, cuándo y cómo. En estas galas opera el secreto a voces: mucha visibilidad estilística y poca enunciación; se muestra sin decir. El resultado es un des-enclosetamiento administrado: afirmación sin riesgo, que preserva los dividendos de la respetabilidad. La foto funciona como glass closet: todo se ve, nada se nombra, ni siquiera el hecho de que, en realidad, no es un beneficio sino un negocio. Entre la lógica universalizante (la diferencia como ornamento integrable) y la minorizante (la diferencia como marca gestionada), vence la primera: modernidad sin conflicto. Y el deseo homosocial —patrocinios, padrinazgos, networking de baja categoría— sostiene la escena mientras el closet asegura su legibilidad pública: diferencia permitida, política diferida. Siempre diferida… y estos personajes ya no tienen demasiado tiempo para seguir difiriendo.

El último punto es el de los gays enclosetados/desenclosetados noventosos, gerontes con amigas modelos que no hicieron de su vida nada más que eso. El resultado es un des-enclosetamiento administrado. La foto funciona como glass closet: todo se ve, nada se nombra, ni siquiera el hecho de que, en realidad, no es un beneficio sino un negocio.

compra mi libro en amazon o cualquier libreria

Una respuesta a «Devorik, Bogani, Roemmers: El Salón Dorado del Colón como closet de cristal para los que sólo están interesados en tranzar diferencia por prestigio artificial.»

  1. Creo que los vestidos que no dicen nada están relacionados con el miedo a la ostentación y al abucheo de «cheto».

    En Argentina, al menos, se tiende a sub-revelar el poder adquisitivo: «soy un pobre proletario» (cuando tiene cargo de jefe o gerente); los vestidos hacia-abajo, «de pobre» o de camuflaje social para pasar lo más desapercibido posible; en definitiva, la evitación de la ostentación…

    Por ahí, pasa por ese lado lo que vos planteás;

    o quizás es que no hay plata para buenos vestidos,
    y como en esos grupos hay que pertenecer, todos compran la misma mierda para parecerse.

    Cuando estaba mirando las fotos, quizás por llevar automáticamente la contra, pensé en que algo de estilo tenían; pero después caí, en que un mozo provinciano que trabaja en Capital vestido con una camisa tiene más estilo que ellos.

    Hay mucho maniquí en esas fotos, mucho duro, rígido, que se rompe fácil, y que se sostiene con distancia, quizás, de la plebe que abuchea «cheto».

    A diferencia de «la suavidad» del retrato de Van Dyck, que parece suave o delicado pero que si lo intentás romper, golpeás, resbalás y te caés vos. Van Dyck es suave pero es una mariposa, resbaladizo y danzarín. (Los otros, son rígidos, feos, aburridos y fáciles de romper.)

    Me gusta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tendencias