En los dos últimos episodios del Curso de Arte de Paisajes trabajamos un problema central de la historia visual moderna: el paisaje como dispositivo de poder. La imágen usada para encubrir pero también para deconstruir. La maravillosa capacidad de la pintura de decir sin decir. 

Dos Nuevos Episodios: Thomas Pringle y JW. Turner

Del pintoresquismo británico —esa máquina estética diseñada para convertir la colonización en una postal amable— pasamos ahora a Turner, que acaba de ser publicado para miembros a mi canal de YouTube. En Turner, el paisaje deja de ser decorativo: se vuelve una escena de conflicto donde la luz expone lo que el Imperio necesitaba esconder, y al mismo tiempo puede envolverlo todo en una luminosidad tranquilizadora. Ese doble filo —el paisaje que revela y anestesia— explica su potencia como instrumento colonial.

Del pintoresquismo británico —esa máquina estética diseñada para convertir la colonización en una postal amable— pasamos ahora a Turner, que acaba de ser publicado para miembros a mi canal de YouTube

Esa ambigüedad es clave para entender por qué el paisaje fue una herramienta política tan eficaz: naturaliza la violencia, estetiza la apropiación y convierte el poder en un hecho “natural”. Y ahí entra nuestro método en LANP y en La Mala Educación en YouTube: desarmar las imágenes para mostrar la operación ideológica que las estructura. No miramos el paisaje como un género “bello”, sino como un campo de fuerzas que chocan, un texto visual y violento que hay que leer a contrapelo: ¿quién habla?, ¿quién desaparece?, ¿qué historia se fabrica? En Turner, como en el pintoresco, el paisaje es un archivo. Nosotros lo leemos para desarmarlo. El episodio del pintoresquismo ya está disponible para miembros; el de Turner acaba de ser publicado.

ahí entra nuestro método en LANP y en La Mala Educación en YouTube: desarmar las imágenes para mostrar la operación ideológica que las estructura. No miramos el paisaje como un género “bello”, sino como un campo de fuerzas que chocan, un texto visual y violento que hay que leer a contrapelo: ¿quién habla?, ¿quién desaparece?, ¿qué historia se fabrica?

Blenheim, Oxfordshire, 1833. Joseph Mallord William Turner 1775-1851. Purchased 1986.

La Muy Colonial (y Colonizada) Ofelia Fernandez

En el paisaje colonial y en el discurso tecnofóbico de Ofelia Fernández aparece el mismo síntoma: una resistencia a la complejidad. El pintoresquismo británico convierte la ocupación territorial en una postal ordenada, sin fricción; Ofelia reduce la tecnología a polos morales —buena o mala, alienante o liberadora— sin abordar su dimensión material. En ambos casos se evita la pregunta estructural, porque la complejidad obliga a revisar relaciones de poder que estos discursos prefieren mantener invisibles por diferentes razones. 

En el paisaje colonial y en el discurso tecnofóbico de Ofelia Fernández aparece el mismo síntoma: una resistencia a la complejidad. El pintoresquismo británico convierte la ocupación territorial en una postal sin conflicto; Ofelia reduce la tecnología a polos morales —buena o mala, alienante o liberadora— sin abordar su dimensión material

Lo que hago en LANP y en La Mala Educación apunta justamente al lugar que estos discursos vacían: desarmar la gramática visual del paisaje y el tono moralista de Ofelia para exponer qué operaciones sostienen esas superficies tranquilizadoras. En el curso de la pintura colonial del paisaje, mostrás cómo una imagen puede convertir violencia en naturaleza; en Ofelia, cómo un progresismo de slogan opera con la misma economía simbólica que el pintoresquismo: ordenar la percepción para evitar el conflicto real.

Tanto el Imperio como Ofelia inventan alteridades binarias para sostener su relato. El Imperio construye al “nativo” como un sujeto infantil y pintoresco; Ofelia fabrica al “joven atrapado” como un joven incapaz de vivir, al borde del suicidio que ella salva con sus clases magistrales. Son figuras diseñadas para tranquilizar a quien las produce: otros que no existen, pero cuya función es reforzar una moral. No hay matices porque el matiz obliga a pensar las condiciones materiales donde la desigualdad se produce.

Tanto el Imperio como Ofelia inventan alteridades binarias para sostener su relato. El Imperio construye al “nativo” como un sujeto infantil y pintoresco; Ofelia fabrica al “joven atrapado” como un joven incapaz de vivir, al borde del suicidio que ella salva con sus clases magistrales.

Por eso la reticencia a deconstruir no es ingenua: es un gesto de poder. El Imperio necesitaba un paisaje dócil para legitimar su expansión; Ofelia necesita una tecnología demonizada para sostener un relato paternalista. En ambos casos, la simplificación garantiza que no haya preguntas incómodas sobre infraestructura, economía, trabajo, datos o violencia institucional.

El punto es que ambos discursos —el pintoresco colonial y la tecnofobia progresista— son dispositivos de contención. Ambos producen superficies que calman, atontan y, de paso, moralizan: una acuarela del Imperio o una performance victimologica de líder afectivo-politico dan lo mismo si su función es evitar que el espectador piense en las estructuras que realmente gobiernan la realidad. Ahí es donde mi método entra: no para negar la imagen, sino para abrirla. Para mostrar lo que la imagen —o el discurso—  se propone hacer: que no veamos.

Y el próximo capítulo de la serie de cursos será en El Greco a Velázquez, dedicado a el arte en la corte de Felipe III estará disponible este Lunes.

Si querés seguir todo este recorrido —24 clases de paisaje + los cursos mayores del canal— podés unirte desde la pestaña Membresías en YouTube.

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