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Cambio Estructural en USA y en Argentina 

Lo ocurrido en Minneapolis con el asesinato de Alex Pretti, un enfermero de 37 años ejecutado a plena luz del día por agentes federales durante una operación de ICE, no puede leerse como un “exceso”, un “error táctico” ni una anomalía del sistema. Tampoco puede entenderse aislado del contexto político que lo produjo. Es, por el contrario, el síntoma más claro de una mutación profunda: el paso de un régimen de gestión autoritaria encubierta a un régimen de violencia estatal visible, pensado no solo para reprimir sino para reconfigurar la percepción pública de lo que es tolerable, normal y administrable.

La comparación entre Estados Unidos y Argentina no es moral ni ideológica. Es estructural. Lo que está en juego no es quién es “peor”, sino cómo opera la violencia estatal y qué tipo de respuesta social produce —o neutraliza— en cada país. La clave no está en el contenido del autoritarismo, sino en su forma perceptiva.

Oposiciones Ineptas  

En Estados Unidos, la violencia estatal actual es visible, explícita y performativa. El asesinato de Alex Pretti en Minneapolis por agentes federales de ICE no ocurrió en una zona opaca ni en un procedimiento administrativo silencioso. Ocurrió a plena luz del día, frente a cámaras, con múltiples registros visuales que circularon de inmediato. Esa visibilidad no es un detalle: es el detonante político. Cuando la violencia se vuelve visible, deja de ser un problema abstracto o sectorial y se convierte en un hecho intolerable incluso para sectores que históricamente no se percibían como blancos del Estado. Que la víctima sea un ciudadano blanco, de clase media, enfermero del sistema público y veterano del VA hospital no es anecdótico: rompe el pacto racial implícito que durante décadas permitió administrar la violencia como algo “dirigido a los negros”.

Esa visibilidad produce resistencia, no oposición. Hakeem Jeffries encarna hoy la forma más inútil y peligrosa de oposición en Estados Unidos: una oposición retórica sin consecuencias, perfectamente funcional al avance autoritario. No es que no vea lo que ocurre; es que elige no intervenir donde duele. Condena en tweets lo que habilita con votos, denuncia en abstracto lo que se niega a bloquear en lo concreto, y administra la indignación como si fuera capital simbólico, no una urgencia política. Su negativa a whip contra el financiamiento de ICE —incluso después de ejecuciones a plena luz del día— no es moderación ni pragmatismo: es complicidad estructural. Jeffries opera como gestor del colapso democrático, no como freno; como válvula de contención del malestar social, no como articulador de una alternativa. En un contexto donde el Ejecutivo actúa como si nunca fuera a rendir cuentas, la función histórica de una oposición sería obstruir, deslegitimar, forzar crisis institucionales. Jeffries hace lo contrario: preserva las formas mientras el contenido se vacía. No lidera una resistencia, administra una derrota anticipada.

Lo que ocurre en Minnesota no es el resultado de una estrategia partidaria ni de una conducción institucional. Es una reacción social localizada, intensa y concreta: protestas sostenidas, redes comunitarias activadas, sindicatos que llaman a huelgas, vecinos que se organizan para frenar operativos federales. Es resistencia en sentido estricto: una interrupción material del avance del Estado. Minneapolis muestra algo fundamental: cuando la violencia se ve, la sociedad todavía puede reaccionar, incluso si las instituciones fallan.

Lo que ocurre en Minnesota no es el resultado de una estrategia partidaria ni de una conducción institucional. Es resistencia en sentido estricto: una interrupción material del avance del Estado.

Oposicion versus Resistencia: El Desacople Realmente Peligroso 

Pero ahí aparece el límite estadounidense y también el Argentino. Pero sigamos con el Norte.  Mientras hay resistencia en las calles, no hay oposición institucional efectiva. El Partido Demócrata condena, tuitea, lamenta, pero no bloquea presupuestos clave, no disciplina votos, no enfrenta estructuralmente a ICE. La oposición existe como retórica, no como fuerza. El resultado es un desacople peligroso: una sociedad que empieza a reaccionar, pero un sistema político que administra la indignación sin convertirla en límite real al poder.

Argentina opera en un registro radicalmente distinto. Aquí la violencia estatal no necesita mostrarse porque la invisibilidad ya está incorporada como forma histórica de gobierno. El terror no se despliega como espectáculo, sino como trámite. El decreto reciente del gobierno de Javier Milei, que reorganiza y amplía las facultades del sistema de inteligencia y seguridad bajo el lenguaje técnico de la “prevención” y la “anticipación de amenazas”, no genera shock perceptivo porque el país ya fue entrenado durante décadas para no ver.

La violencia estatal en la Argentina no genera resistencia popuar sostenida y no se interrumpió con la caída de la Dictadura y recomenzó con MIlei. Hay indignación episódica, hay conmoción ante casos extremos —como el ataque que dejó gravemente herido al fotógrafo Pablo Grillo—, pero no hay acumulación política. El hecho circula, conmueve, se agota y desaparece. No porque falte conciencia moral, sino porque la capacidad colectiva de percibir la violencia como sistema está dañada. El percepticidio ya ocurrió.

La violencia estatal en la Argentina no genera resistencia popuar sostenida y no se interrumpió con la caída de la Dictadura y recomenzó con MIlei. Hay indignación episódica, hay conmoción ante casos extremos —como el ataque que dejó gravemente herido al fotógrafo Pablo Grillo—, pero no hay acumulación política.

La Impotencia del Peronismo 

A esa invisibilidad se suma un vacío aún más grave: la inexistencia de una oposición política con capacidad de agenda. La oposición argentina está fragmentada, provincializada, sin liderazgo nacional ni narrativa común. Cuando ocurre algo estratégicamente decisivo —la intervención del puerto de Ushuaia, los incendios masivos en la Patagonia, la expansión de facultades de inteligencia— la reacción queda confinada a actores locales, sin proyección ni articulación. Nadie conecta los hechos. Nadie los convierte en programa. Nadie disputa el sentido. En Buenos Aires, los streamers progresistas se ofenden en clave de ironía, como si fueran superiores a la derecha. De hecho, no lo son.. Son cómplices: algunos lo saben y otros no. 

Cuando ocurrenla intervención del puerto de Ushuaia, los incendios masivos en la Patagonia, la expansión de facultades de inteligencia— la reacción no se articula. Nadie conecta los hechos ni los convierte en programa. Los streamers progresistas se ofenden en clave de ironía, como si fueran superiores moralmente a la derecha. De hecho, no lo son. Son cómplices: algunos lo saben y otros no.

Ahí está la diferencia clave. En Estados Unidos hay resistencia sin oposición. En Argentina no hay ni resistencia ni oposición. En Estados Unidos, la violencia visible todavía puede generar reacción social, aunque no logre traducirse plenamente en poder institucional. En Argentina, la violencia invisible neutraliza de antemano la posibilidad misma de reacción. El conflicto no estalla porque no se percibe como tal.

Esto explica por qué Minnesota puede convertirse —aunque sea momentáneamente— en un faro, y por qué en Argentina incluso los hechos más graves tienden a disiparse sin consecuencias políticas. También explica por qué Milei no necesita una estrategia trumpiana de shock visual. No hace falta desplegar agentes enmascarados en las calles cuando el aparato de invisibilidad ya funciona. Mientras Trump intenta normalizar la violencia mostrándola, Milei la sublima en su propia vulgaridad freak. 

La Violencia es Argentina y su Tolerancia También: El Pais de Priebke. 

Como decía, la violencia se reorganiza en ciclos. Con Macri adoptó la forma de endeudamiento como disciplina social y de espionaje ilegal como tecnología de gobierno: la deuda no fue solo económica, fue moral y política, un modo de producir obediencia futura, mientras el aparato de inteligencia operaba contra opositores, periodistas y propios aliados, naturalizando la vigilancia como gestión. Con Cristina, la violencia mutó de signo pero no de lógica: la persecución regulatoria del Estado se volvió arma selectiva contra la disidencia, al mismo tiempo que el progresismo era expulsado del espacio crítico y reemplazado por una autofetichización del liderazgo, donde toda crítica se leía como traición o alineamiento con el enemigo. El kirchnerismo tardío no eliminó la violencia estatal: la moralizó, la volvió identitaria y la puso al servicio de su propia reproducción simbólica. Alberto Fernández llevó esa deriva a su forma más degradada: un régimen de hipocresía moralizante, donde el lenguaje de derechos, cuidados y diversidad se utilizó como instrumento de silenciamiento blando contra cualquiera que pensara distinto, mientras el Estado se vaciaba de decisión real y la violencia estructural seguía intacta. Lo que une a los tres momentos no es la ideología, sino la incapacidad —o la negativa— a desarmar el núcleo autoritario del Estado, que se desplaza del espionaje al endeudamiento, de la regulación a la moral, pero nunca deja de operar.

La violencia argentina se reorganiza en ciclos. Con Macri adoptó la forma de endeudamiento. Con Cristina, la persecución regulatoria del Estado se volvió arma selectiva contra la disidencia, al tiempo que se autofetichizaba, transformando crítica en traición. El Kirchnerismo tardío usó la moral como arma. La violencia estructural siguió intacta.

La diferencia decisiva no es, entonces, perceptiva en un sentido ingenuo. En Argentina la violencia sí se percibe. Lo que falla no es la visión, sino el reconocimiento. El problema no es que el argentino “no vea”, sino que ve y consiente, ve y desplaza, ve y goza de una forma torcida. Hay una dimensión sádica y racista que no se asume como tal porque se presenta bajo la forma de orden, mérito, normalidad o “realismo”. La autocolonización opera justamente ahí: en la adopción interna de la mirada del poder como si fuera propia.

A diferencia de Estados Unidos —donde la violencia visible desata resistencia porque quiebra un pacto racial implícito—, en Argentina la violencia estatal no produce ruptura moral porque confirma jerarquías históricas profundamente interiorizadas. El pobre, el migrante, el mapuche, el villero, el trabajador precarizado, el periodista golpeado, el indígena desplazado, el habitante del sur incendiado, son percibidos como cuerpos disponibles, sacrificables, “algo habrán hecho” o “algo habrá detrás”. No hay sorpresa: hay validación. El sadismo no se expresa como crueldad explícita, sino como indiferencia activa, como chisme, como burla, como deshumanización cotidiana.

En Argentina la violencia estatal no produce ruptura moral porque confirma jerarquías históricas profundamente interiorizadas. El pobre, el migrante, el mapuche, el villero, el trabajador precarizado, el periodista golpeado, el indígena desplazado, el habitante del sur incendiado, son percibidos como sacrificables, “algo habrán hecho” o “algo habrá detrás”.

Pablo Grillo… (sonido de grillos)

Eso explica por qué el caso de Pablo Grillo produjo indignación pero no resistencia. Se vio la cabeza rota, se comentaron las imágenes, se compartieron posteos, pero no se tradujo en ruptura política. No porque falte información, sino porque la sociedad argentina ha aprendido a convivir con la violencia como paisaje, y a descargarla siempre sobre otros cuerpos. El terror no necesita ocultarse del todo: basta con que sea moralmente justificable en clave clasista, racista o meritocrática.

Eso explica por qué el caso de Pablo Grillo produjo indignación pero no resistencia. El terror no necesita ocultarse del todo: basta con que sea moralmente justificable en clave clasista, racista o meritocrática.

Ahí la autocolonización es clave. El argentino medio no se identifica con el poder estatal, pero tampoco con las víctimas. Se ubica imaginariamente del lado del orden, aunque ese orden lo empobrezca, lo degrade y lo expulse. Esa es la herencia más profunda del terrorismo de Estado: no solo la desaparición física, sino la producción de un sujeto que internaliza la lógica del verdugo y la administra socialmente. No hace falta que el Estado reprima todo el tiempo: la sociedad ya aprendió a hacerlo simbólicamente.

Esa es la herencia más profunda del terrorismo de Estado: no solo la desaparición física, sino la producción de un sujeto que internaliza la lógica del verdugo y la administra socialmente. No hace falta que el Estado reprima todo el tiempo: la sociedad ya aprendió a autocolonizarse.

Por eso la oposición política argentina fracasa incluso antes de actuar. No solo porque esté fragmentada o carezca de liderazgo, sino porque no interpela el núcleo sádico-racista de la subjetividad social. Habla en términos técnicos, jurídicos o morales, pero no confronta el goce que organiza el consenso. No nombra la autocolonización. No dice lo que duele decir: que buena parte de la sociedad tolera —cuando no celebra— la violencia mientras no la tenga que encarnar.

Estados Unidos muestra hoy un experimento distinto: una violencia que se vuelve tan visible que empieza a desbordar incluso los límites del pacto racial histórico. Argentina, en cambio, muestra el otro extremo: una sociedad donde la violencia puede intensificarse sin escándalo porque el escándalo ya fue absorbido como forma de normalidad. No hay resistencia porque no hay ruptura moral; no hay oposición porque no hay sujeto dispuesto a dejar de mirar hacia abajo.

Ese es el verdadero peligro del presente argentino. No que no veamos lo que ocurre, sino que sabemos exactamente lo que ocurre y, aun así, seguimos adelante. Eso no es ignorancia. Es autocolonización. Y desmontarla exige algo que hoy no existe ni en la política ni en la cultura dominante: una confrontación directa con el sadismo social que sostiene al poder.

© Dr. Rodrigo Cañete

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The Shift in the Political Regime and the Dilemma of a Political System That Has Failed to Alter Argentines’ Love of Self-Colonisation (ENG)

Structural Change in the USA and Argentina

What happened in Minneapolis with the killing of Alex Pretti, a 37-year-old nurse executed in broad daylight by federal agents during an ICE operation, cannot be read as an “excess,” a “tactical error,” or a systemic anomaly. Nor can it be understood in isolation from the political context that produced it. On the contrary, it is the clearest symptom of a deep mutation: the transition from a regime of covert authoritarian management to a regime of visible state violence, designed not only to repress but to reconfigure public perception of what is tolerable, normal, and administrable.

The comparison between the United States and Argentina is neither moral nor ideological. It is structural. What is at stake is not who is “worse,” but how state violence operates and what kind of social response it produces—or neutralises—in each country. The key lies not in the content of authoritarianism, but in its perceptual form.

Inept Oppositions

In the United States, contemporary state violence is visible, explicit, and performative. The killing of Alex Pretti in Minneapolis by ICE federal agents did not occur in an opaque zone or through a silent administrative procedure. It happened in broad daylight, in front of cameras, with multiple visual records that circulated immediately. That visibility is not incidental; it is the political trigger. When violence becomes visible, it ceases to be an abstract or sector-specific problem and turns into an intolerable fact even for sectors that historically did not perceive themselves as targets of the state. That the victim was a white, middle-class citizen, a public-system nurse and VA hospital veteran, is not anecdotal: it breaks the implicit racial pact that for decades allowed violence to be administered as something “directed at Black people.”

That visibility produces resistance, not opposition. Hakeem Jeffries today embodies the most useless and dangerous form of opposition in the United States: rhetorical opposition without consequences, perfectly functional to authoritarian advance. It is not that he fails to see what is happening; he chooses not to intervene where it hurts. He condemns in tweets what he enables with votes, denounces in the abstract what he refuses to block in concrete terms, and manages indignation as symbolic capital rather than political urgency. His refusal to whip against ICE funding—even after executions in broad daylight—is neither moderation nor pragmatism; it is structural complicity. Jeffries operates as a manager of democratic collapse, not as a brake; as a valve that contains social unrest, not as an articulator of an alternative. In a context where the Executive acts as if it will never be held accountable, the historical function of an opposition would be to obstruct, delegitimise, and force institutional crises. Jeffries does the opposite: he preserves forms while substance is emptied. He does not lead resistance; he administers an anticipated defeat.

What is happening in Minnesota is not the result of a party strategy or institutional leadership. It is a localised, intense, concrete social reaction: sustained protests, activated community networks, unions calling strikes, neighbours organising to block federal operations. It is resistance in the strict sense: a material interruption of state advance. Minneapolis shows something fundamental: when violence is visible, society can still react—even if institutions fail.

Opposition Versus Resistance: The Truly Dangerous Decoupling

But here the U.S. limit appears—and Argentina’s as well. While there is resistance in the streets, there is no effective institutional opposition. The Democratic Party condemns, tweets, laments, but does not block key budgets, does not discipline votes, does not structurally confront ICE. Opposition exists as rhetoric, not as force. The result is a dangerous decoupling: a society beginning to react, but a political system that manages indignation without converting it into a real limit on power.

Argentina operates in a radically different register. Here, state violence does not need to show itself because invisibility is already incorporated as a historical form of governance. Terror does not deploy as spectacle, but as procedure. It does not appear in viral videos, but in decrees, resolutions, protocols, and grey zones of administrative law. The recent decree of Javier Milei’s government, which reorganises and expands intelligence and security powers under the technical language of “prevention” and “anticipation of threats,” produces no perceptual shock because the country has been trained for decades not to see.

State violence in Argentina does not produce sustained resistance and did not end with the dictatorship; it restarted under Milei. There is episodic indignation, shock at extreme cases—such as the attack that left photojournalist Pablo Grillo gravely injured—but no political accumulation. The event circulates, moves people, exhausts itself, and disappears. Not because of a lack of moral awareness, but because the collective capacity to perceive violence as a system is damaged. The percepticide has already occurred.

The Impotence of Peronism

Added to this invisibility is an even graver void: the absence of a political opposition with agenda-setting capacity. Argentina’s opposition is fragmented, provincialised, without national leadership or a shared narrative. When strategically decisive events occur—the intervention of the port of Ushuaia, massive fires in Patagonia, the expansion of intelligence powers—the reaction remains confined to local actors, without projection or articulation. No one connects the dots. No one turns facts into programme. No one disputes meaning. In Buenos Aires, progressive streamers take offence through irony, as if they were superior to the right. They are not. They are not the best of Argentina. They are accomplices—some knowingly, others not.

That is the key difference. In the United States there is resistance without opposition. In Argentina there is neither resistance nor opposition. In the U.S., visible violence can still generate social reaction, even if it does not fully translate into institutional power. In Argentina, invisible violence pre-emptively neutralises the very possibility of reaction. The conflict does not explode because it is not perceived as such.

This explains why Minnesota can become—even momentarily—a beacon, and why in Argentina even the gravest events tend to dissipate without political consequences. It also explains why Milei does not need a Trumpian strategy of visual shock. There is no need to deploy masked agents in the streets when the apparatus of invisibility already functions. While Trump tries to normalise violence by showing it, Milei sublimates it through his own freakish vulgarity.

Violence Is Argentine—and So Is Its Tolerance: The Country of Priebke

As noted, violence did not begin with Milei nor is it a recent anomaly; it reorganises in cycles. Under Macri it took the form of debt as social discipline and illegal spying as a technology of government: debt was not only economic, but moral and political, a way of producing future obedience, while the intelligence apparatus operated against opponents, journalists, and even allies, normalising surveillance as management. Under Cristina, violence changed sign but not logic: regulatory persecution by the state became a selective weapon against dissent, while progressivism was expelled from the critical space and replaced by self-fetishisation of leadership, where any critique was read as betrayal or alignment with the enemy. Late Kirchnerism did not eliminate state violence; it moralised it, made it identitarian, and put it at the service of its own symbolic reproduction. Alberto Fernández carried that drift to its most degraded form: a regime of moralising hypocrisy, where the language of rights, care, and diversity was used as a tool of soft silencing against anyone who thought differently, while the state emptied itself of real decision-making and structural violence remained intact. What unites the three moments is not ideology, but the inability—or refusal—to dismantle the authoritarian core of the state, which shifts from spying to debt, from regulation to morality, but never stops operating.

The decisive difference is therefore not perceptual in a naïve sense. In Argentina violence is perceived. What fails is not vision, but recognition. The problem is not that Argentines “do not see,” but that they see and consent, see and displace, see and enjoy in a twisted way. There is a sadistic and racist dimension that is not acknowledged as such because it presents itself as order, merit, normality, or “realism.” Self-colonisation operates precisely there: in the internal adoption of the gaze of power as one’s own.

Unlike the United States—where visible violence triggers resistance because it breaks an implicit racial pact—in Argentina state violence does not produce moral rupture because it confirms deeply internalised historical hierarchies. The poor, the migrant, the Mapuche, the villero, the precarious worker, the beaten journalist, the displaced Indigenous person, the burned southern inhabitant are perceived as available, sacrificial bodies—“they must have done something,” “there must be something behind it.” There is no surprise; there is validation. Sadism does not appear as explicit cruelty, but as active indifference, gossip, mockery, everyday dehumanisation.

Pablo Grillo… (crickets)

This explains why Pablo Grillo’s case produced indignation but not resistance. The shattered skull was seen, the images were commented on, posts were shared, but it did not translate into political rupture. Not because of lack of information, but because Argentine society has learned to coexist with violence as landscape, and to always discharge it onto other bodies. Terror does not need to fully hide; it only needs to be morally justifiable in classist, racist, or meritocratic terms.

Here self-colonisation is key. The average Argentine does not identify with state power, but neither with the victims. He imagines himself on the side of order, even when that order impoverishes, degrades, and expels him. That is the deepest legacy of state terrorism: not only physical disappearance, but the production of a subject who internalises the logic of the executioner and administers it socially. The state does not need to repress all the time; society has already learned to do so symbolically.

This is why Argentina’s political opposition fails even before acting. Not only because it is fragmented or lacks leadership, but because it does not confront the sadistic-racist core of social subjectivity. It speaks in technical, legal, or moral terms, but does not challenge the enjoyment that organises consensus. It does not name self-colonisation. It does not say what hurts to say: that a significant portion of society tolerates—if not celebrates—violence as long as it does not have to embody it.

The United States today shows a different experiment: violence that becomes so visible it begins to overflow even the limits of the historical racial pact. Argentina, by contrast, shows the other extreme: a society where violence can intensify without scandal because scandal has already been absorbed as normality. There is no resistance because there is no moral rupture; there is no opposition because there is no subject willing to stop looking downward.

That is the true danger of the Argentine present. Not that we fail to see what is happening, but that we know exactly what is happening and, even so, keep going. That is not ignorance. It is self-colonisation. And dismantling it requires something that today exists neither in politics nor in dominant culture: a direct confrontation with the social sadism that sustains power.

© Dr. Rodrigo Cañete

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3 respuestas a «El Cambio de Régimen Politico y el Dilema de un Sistema Político que no ha podido alterar el amor por autocolonizarse de los Argentinos (ESP) or ‘The Shift in the Political Regime and the Dilemma of a Political System That Has Failed to Alter Argentines’ Love of Self-Colonisation’ (ENG)»

  1. Así, de un lado unos y del otro, otros, entre medio transeúntes enfrascados en su vida. Por Av. Callao está garantizado el tránsito vehicular. Las pestañas!!! Había salido de una cueva y me encontré con tantas ratas que regresé, tomé varias pastillas a modo de ruleta… Y después compré pollo vencido pero la empresa con derecho a explotar minas, pibes y extraer petróleo, reintegró el total de la compra inmediatamente y en créditos.

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  2. Estimado Rodrigo, caracterizás acertadamente a los streamers progresistas y, a la par, se observa en los portales de noticias también progresistas un vacío, un solapamiento, y una banalización también desconcertantes, a punto tal que deberíamos revisar si lo que opera es falta de pericia o complicidad activa y programada. En ese caso, amedrenta pensar hasta dónde estarían calando los electrodos del poder real (y en ese sentido escuchaba hace poco una hipótesis que asociaba a Biden y Alberto Fernández como instancia previa de un mismo experimento, que actualmente se encuentra en la fase Trump-Milei).
    Respecto a la autocolonización social, es un diagnóstico agudo, pero no creo que aplique a las grandes mayorías, sí a una minoría intensa, vasta y constante. Creo más bien que hay otra porción social mayor huérfana, desconcertada y desahuciada.

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  3. Yo creo que lo dijiste de manera mucho mas elegante que yo porque dejas abiertas las preguntas correctas. Recuerdo que era el principio del blog y no sabían bien qué hacer conmigo y me invitaron a un programa de TV de cable y yo (iluso) fui y estaba Milei. Y recuerdo, como si fuera hoy, que se prendió la cámara y el tipo empezó a los gritos. Era claramente era una performance pero de un nivel casi disociante. Salí del estudio y llame a un amigo y le pregunte quieren era ese tipo y me dijo (años después no se acordaba habérmelo dicho): “ese tipo es un experimento injertado para ver si prende”. Te estoy hablando de, por lo menos, hace nueve años. Esto te lo cuento porque se aplica por default pero, por oposición, a los streamers. La progresía “educada” fue el gran experimento de cosplay del Kirchnerismo. Convencieron a esa juventud de que son altamente instruidos y cultos, de que entienden cómo funciona el mundo y son, casi sin excepción, todos muy poco inteligentes. Sus análisis son el típico producto de la UBA Sociales y Económicas: aplicación de modelos teóricos macro con actualizaciones de modelos macro que les dio herramientas para insertar la realidad (caótica, compleja e inabarcable) dentro de esas categorías mientras que, por otro lado, se los insto a “militar” (por lo que tienen “la rosca” inserta como un chip en el cerebro). El resultado es un grupo endogamico impuesto desde arriba que satisface a un público que necesita ese tipo de discurso porque fue educado del mismo modo o aspiró a serlo. Su discurso es desde arriba y siempre da respuestas. A diferencia de tu comentario que genera preguntas y que creo que es la forma inteligente de operar en esta realidad. Personalmente, creo que es parte de un proceso complejo de degradación cultural pero también de capacidad de pensar. Trate de investigar para un video a Mengolini pero, honestamente, no la puedo ver. Se cree sexy, inteligente, superior moralmente y es una gran tarada. Respecto al tema de la autocolonizacion, estoy de acuerdo con vos y creo no haber sido especifico: me refería al argentino blanco urbano. El Facundo de Sarmiento mas vigente que nunca.

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