Este texto se inscribe en el Curso de Arte de Paisajes que desarrollo en La Mala Educación, un curso extenso —25 episodios— dedicado a pensar el paisaje no como fondo natural sino como archivo político, estético y colonial. El episodio al que remite este post dura casi dos horas y trabaja de manera específica la relación entre paisaje, memoria, negación y violencia. Lo que sigue no es una digresión: es una aplicación directa del método que trabajamos ahí.

Un Nuevo Nerón pero en el 2026 sin Nada que lo Redima
Mientras la Patagonia ardía durante semanas —bosques nativos destruidos, brigadistas sin recursos suficientes, comunidades evacuadas, territorios perdidos para generaciones— el presidente argentino Javier Milei cantaba en un teatro de Mar del Plata junto a Fátima Flores. No se trata de juzgar gustos personales ni de moral privada. Se trata de escena política. De puesta en escena.
Un Nuevo Nerón pero en el 2026 sin Nada que lo Redima. Mientras la Patagonia ardía, el presidente argentino Javier Milei cantaba en un teatro de Mar del Plata junto a Fátima Flores.
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La imagen es brutal no porque niegue la catástrofe, sino porque la desplaza. El incendio queda fuera de campo; el espectáculo ocupa el centro. La devastación territorial no interrumpe la performance presidencial. El poder no está ausente: está en otro lado. Y esa elección espacial y simbólica no es neutra. Es una decisión política.
Esta escena no es un error de comunicación ni una torpeza coyuntural. Es coherente con una forma de gobierno que administra la realidad mediante el desplazamiento simbólico. El fuego existe, pero no organiza la agenda. La catástrofe ocurre, pero no exige centralidad. El presidente actúa como si el incendio no fuera una urgencia estructural del Estado. Y eso no sucede en el vacío cultural. Para entender por qué esta escena es socialmente tolerable hay que volver a una relación histórica más profunda: la relación de la sociedad porteña con la Patagonia como terra nullius. Desde el siglo XIX, la Patagonia fue pensada como un “afuera” vacío, disponible, distante. No como territorio habitado, sino como escenario. Un espacio donde “no pasa nada” o donde lo que pasa no compromete al centro.
El presidente actúa como si el incendio no fuera una urgencia estructural del Estado. Y eso no sucede en el vacío cultural. Para entender por qué esta escena es socialmente tolerable hay que volver a una relación histórica más profunda: la relación de la sociedad porteña con la Patagonia como terra nullius.
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Patagonia como Terra Nullius
La terra nullius no es solo una categoría jurídica colonial. Es una tecnología cultural. Supone que el territorio no tiene sujeto político, que la vida que allí existe es secundaria, que el daño puede ser absorbido sin alterar el orden general. Esa lógica permitió primero la conquista, luego la explotación, más tarde la extranjerización de la tierra, y hoy legitima la indiferencia. El paisaje arde “allá”. El show ocurre “acá”. Y esa distancia —geográfica, simbólica, afectiva— hace posible que la devastación no genere ruptura política inmediata.

El paisaje arde “allá”. El show ocurre “acá”. Y esa distancia —geográfica, simbólica, afectiva— hace posible que la devastación no genere ruptura política inmediata
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La pintura fue uno de los primeros instrumentos de esta operación. En el siglo XIX, artistas como Thomas Cole o Johann Moritz Rugendas construyeron paisajes grandiosos, sublimes, aparentemente naturales, que ya funcionaban como dispositivos ideológicos. Eran territorios sin conflicto visible, sin pueblos originarios, sin historia en curso. En Rugendas, América aparece como vastedad disponible, como superficie para la mirada europea; en Cole, la naturaleza norteamericana se presenta como destino manifiesto, como promesa moral de expansión.

Estos paisajes no registraban lo que había. Preparaban lo que iba a hacerse. El lienzo legitimaba de antemano la ocupación, la explotación, el despojo. La violencia quedaba fuera de cuadro. El paisaje aparecía como anterior a la historia, cuando en realidad era su producto más eficaz. Esa lógica no desapareció. Cambió de soporte.
Hoy, lo que antes era pintura es performance presidencial, escenificación mediática y retórica emocional. Donde antes había lienzos que borraban la violencia colonial, hoy hay shows, tuits, llamados a la oración, gestos de empatía abstracta. No niegan el incendio: lo neutralizan. Lo convierten en fondo. En clima. En fatalidad. El paisaje vuelve a funcionar como superficie donde la responsabilidad se diluye.

Bosques Patagonia y Amnesia
Aquí es donde el cruce con Simon Schama resulta decisivo. Schama insiste en algo que la historia del arte y la política suelen evitar: el paisaje no es inocente. Es memoria organizada. Pero también olvido organizado. El paisaje puede archivar la violencia o puede hacerla tolerable. Puede recordar o puede anestesiar.
Lo más peligroso no es el horror explícito. Es la ausencia administrada. El bosque sigue ahí, pero sin Estado. El fuego avanza, pero sin responsables visibles. El territorio se quema mientras el poder ocupa otro escenario. El paisaje, en lugar de interpelar, amortigua. Y me pregunto a quienes esos bosques escondieron. A aquellos que masacraron judíos a escondidas en los bosques de Lithuania durante la Segunda Guerra Mundial?
El territorio se quema mientras el poder ocupa otro escenario. El paisaje, en lugar de interpelar, amortigua. Y me pregunto a quienes esos bosques escondieron. A aquellos que masacraron judíos a escondidas en los bosques de Lithuania durante la Segunda Guerra Mundial?
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Por eso la comparación con Anselm Kiefer no es inocente. Kiefer entiende que, después de la catástrofe, el paisaje no puede consolar. Sus campos quemados, sus tierras agrietadas, sus superficies pesadas no buscan belleza ni reconciliación. Buscan impedir el olvido. En Kiefer, la tierra no es fondo: es acusación material. Es memoria que pesa.
Por eso la comparación con Anselm Kiefer no es inocente. Kiefer entiende que, después de la catástrofe, el paisaje no puede consolar. Sus campos quemados, sus tierras agrietadas, sus superficies pesadas no buscan belleza ni reconciliación. Buscan impedir el olvido.
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Pero ahí aparece una paradoja central. Kiefer trabaja dentro de un sistema artístico y museístico que también mercantiliza la memoria. La culpa nacional alemana se monumentaliza, se exhibe, se circula. El paisaje herido se convierte en objeto cultural de alto valor simbólico y económico. Kiefer lo sabe, y juega con ese límite. Su obra se sitúa en una tensión constante entre exorcismo y espectáculo, entre memoria necesaria y riesgo de estetización del trauma.
Esa tensión es clave para leer el presente argentino. Mientras Kiefer sobrecarga el paisaje para que no pueda olvidarse, el mileísmo lo aligera para que pueda ignorarse. En uno, el campo quemado pesa. En el otro, el campo quemado se vuelve estadística tardía. En uno, el paisaje acusa. En el otro, el paisaje se naturaliza.

Nada de esto es abstracto. El incendio tiene historia y tiene economía. Ha sido funcional a la corrupción, a la especulación inmobiliaria y a la extranjerización del territorio. Quema bosque nativo, devalúa tierras, habilita negocios. Reactiva la lógica de la terra nullius. El territorio vuelve a presentarse como vacío, disponible, reescribible. Y, en silencio, el país mira para otro lado.
El incendio tiene historia y tiene economía. Ha sido funcional a la corrupción, a la especulación inmobiliaria y a la extranjerización del territorio. Quema bosque nativo, devalúa tierras, habilita negocios. Reactiva la lógica de la terra nullius. El territorio vuelve a presentarse como vacío, disponible, reescribible. Y, en silencio, el país mira para otro lado.
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Por eso este episodio del Curso de Arte de Paisajes no es solo una clase de historia del arte. Es una lectura crítica del presente. Durante casi dos horas, analizamos cómo el paisaje funciona como archivo de memoria, como superficie de borramiento y como escenario de violencia administrada, cruzando pintura colonial, Schama, Kiefer y la política argentina contemporánea.
Este episodio forma parte de un curso completo de 25 episodios, exclusivo para miembros pagos del canal La Mala Educación. Si querés ver el video completo y acceder al curso entero, podés sumarte desde el área de Membresías / Unirse en mi canal de YouTube.
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El paisaje no es fondo. La Patagonia no es vacío. Y la negación, cuando se vuelve costumbre, también gobierna.
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