You can find the English Version scrolling down.
Podes ver La Mala Educación de ayer aquí mismo y no te olvides de subscribirte.
En la edición de La Mala Educación de ayer se llegó a una conclusión que resulta tan simple como perturbadora: figuras como Brun, Cattaneo, Benzacar y Alicia de Arteaga no explican el estado actual del arte argentino, sino que lo encarnan. No son responsables de una crisis ni agentes de una decadencia; son el síntoma de un momento histórico en el que el arte no desaparece ni “muere”, pero sí pierde su función sin que exista todavía un vocabulario capaz de articular esa pérdida. Lo que se desarma no es una escena ni un conjunto de instituciones, sino el marco conceptual que hasta hace poco permitía pensar al arte como espacio de exterioridad, de demora entre gesto y captura, y de circulación pública no inmediatamente destructiva. El arte ya no ofrece un afuera desde el cual hablar, ya no dispone de tiempo para decantar sin ser absorbido, y ya no cuenta con una esfera pública que no neutralice aquello que vuelve visible. Esa triple erosión no produce silencio ni vacío, sino desorientación: el sistema sigue funcionando, pero lo hace sin horizonte. Es desde esa desorientación —no desde la nostalgia ni la denuncia— que se vuelve necesario pensar qué ocurre cuando el arte deja de operar como lo conocíamos, mientras todavía no sabemos cómo nombrar lo que emerge en su lugar.
Brun, Cattaneo, Benzacar y Alicia de Arteaga no explican el estado actual del arte argentino son el síntoma de un momento histórico en el que el arte no desaparece ni “muere”, pero sí pierde su función sin que exista todavía un vocabulario capaz de articular esa pérdida.
Tweet
¿Qué es “eso” que ya no va?
“Eso” es un régimen histórico específico: la idea de que la cultura —y en particular el arte— funciona como un sistema de legitimación progresiva donde el reconocimiento institucional (premios, museos, crítica, mercado, prensa, cargos) produce valor simbólico, y ese valor simbólico organiza deseo, sentido y futuro. Durante décadas, ese régimen fue operativo incluso cuando era injusto, endogámico o corrupto, porque ofrecía algo a cambio: trayectoria, visibilidad, pertenencia, promesa.

Lo que ya no va no es la existencia de instituciones, sino la creencia de que su reconocimiento todavía significa algo más que autoafirmación del sistema. El régimen sigue funcionando mecánicamente, pero dejó de producir orientación, atracción o expectativa. No genera horizonte. Repite gestos que antes abrían mundo y ahora solo lo confirman. Por eso no estalla: se vuelve irrelevante fuera de sí mismo.
¿Qué ocurre cuando el optimismo deja de ser cruel y se vuelve impracticable?
El “optimismo cruel” describía una relación dañina pero todavía deseable: se seguía apostando a algo que fallaba porque no había otra cosa que organizara la vida. Hoy el problema es distinto. Persistir en esa relación ya no es solo frustrante, es activamente destructivo. La visibilidad ya no amplifica: reduce. La consagración ya no protege: fija. La integración ya no abre: neutraliza.
Hoy el problema es distinto. La visibilidad ya no amplifica: reduce. La consagración ya no protege: fija. La integración ya no abre: neutraliza.
Tweet

Por eso el optimismo no se “critica”: se abandona. No por lucidez moral, sino por imposibilidad práctica. Seguir deseando lo mismo implica aceptar la desaparición acelerada de cualquier singularidad. El corte no es ideológico, es adaptativo.
¿Qué se redefine cuando se redefine el paradigma relacional?
Hoy, estamos frente a la redefinición de lo que significa vincularse. Antes, relacionarse con instituciones, escenas o públicos era una forma de mediación productiva: permitía que algo individual adquiriera espesor colectivo. Hoy esas mediaciones funcionan como dispositivos de extracción: todo vínculo visible se convierte en identidad, contenido o capital simbólico.

El actual cambio de paradigma no afecta solo al arte, sino a la forma de estar con otros. Las relaciones ya no se evalúan por su potencial de expansión, sino por su capacidad de no destruir lo que conectan. El problema deja de ser expresivo (“cómo decir”) y pasa a ser ecológico (“qué relaciones son sostenibles”).
El actual cambio de paradigma no afecta solo al arte, sino a la forma de estar con otros. Las relaciones ya no se evalúan por su potencial de expansión, sino por su capacidad de no destruir lo que conectan. El problema deja de ser expresivo (“cómo decir”) y pasa a ser ecológico (“qué relaciones son sostenibles”).
Tweet
¿Dónde ocurre hoy lo importante cuando toda visibilidad implica captura?
Ocurre fuera de los espacios diseñados para mostrar. No porque esos espacios mientan, sino porque funcionan demasiado bien. Todo lo que entra ahí es inmediatamente traducido, clasificado y agotado. Lo importante ocurre en zonas de baja intensidad pública: conversaciones sin audiencia, trabajos lentos, lecturas compartidas, intercambios no programados. No son espacios “alternativos” en sentido político, sino espacios donde el tiempo no está comprimido por la lógica de la circulación. No producen impacto; producen continuidad.
¿Dónde ocurre hoy lo importante cuando toda visibilidad implica captura? Fuera de los espacios diseñados para mostrar. Todo lo que entra ahí es inmediatamente traducido, clasificado y agotado. Lo importante ocurre en zonas de baja intensidad pública: conversaciones sin audiencia, trabajos lentos, intercambios no programados.
Tweet
¿Por qué quedarse donde uno está puede ser una estrategia y no un fracaso?
Porque el movimiento ascendente perdió su valor simbólico. Antes, avanzar significaba ampliar posibilidades. Hoy, avanzar suele significar quedar atrapado en una posición que ya no se puede abandonar sin costo. La verdadera marginalidad no es inmovilidad; es control del daño. Es elegir no exponerse a mecanismos que ya no devuelven sentido. No garantiza plenitud, pero evita la disolución inmediata. En este contexto, no escalar puede ser una forma racional de cuidado.

La verdadera marginalidad no es inmovilidad; es control del daño. Es elegir no exponerse a mecanismos que ya no devuelven sentido. No garantiza plenitud, pero evita la disolución inmediata. En este contexto, no escalar puede ser una forma racional de cuidado.
Tweet
¿Qué pasa con el juicio cuando deja de ser crítico?
El juicio crítico clásico suponía que señalar algo podía transformarlo. Hoy, señalar suele integrarse como estilo o contenido. La crítica no interrumpe; decora. Por eso el juicio se desplaza hacia la reflexión. La reflexión no busca corregir ni convencer. Busca entender sin producir efectos automáticos. No organiza bandos; organiza atención. Permite decidir qué merece tiempo y qué no, sin convertir esa decisión en programa público.
El juicio crítico clásico suponía que señalar algo podía transformarlo. Hoy, señalar suele integrarse como estilo o contenido. La crítica no interrumpe; decora. Por eso el juicio se desplaza hacia la reflexión. La reflexión no busca corregir ni convencer. Busca entender
Tweet
¿Cómo se redefine hoy la noción de margen cultural?
El margen ya no es el lugar de la transgresión visible ni de la oposición frontal. Es el lugar de lo incompatible con la lógica de captura. Aquello que no puede ser integrado sin perder su razón de ser. No es un margen heroico. Es frágil y poco espectacular. Su valor no está en desafiar al centro, sino en no depender de él. No se define por confrontación, sino por opacidad.

¿Qué son los ritos, los restos y los ejercicios no profesionalizables?
Son prácticas que no aspiran a convertirse en carrera, producto o discurso público.
– El rito sostiene una repetición significativa sin necesidad de explicación.
– El resto persiste sin promesa de progreso.
– El ejercicio intelectual no profesionalizable afina pensamiento sin producir credenciales.
No son etapas preliminares de algo “mejor”. Son formas finales, suficientes, diseñadas para no escalar. Su valor está en la duración, no en la visibilidad.
¿Qué ocurre cuando el deseo se vuelve tardío?
El narcisismo contemporáneo no indica exceso de deseo, sino su bloqueo. Aparece cuando la capacidad de intervenir sobre el mundo está suspendida. En lugar de actuar, el sistema se contempla. El deseo cultural no desaparece, pero llega tarde: cuando ya no hay riesgo ni pérdida posible. Sin riesgo no hay erotismo. Lo que queda es una atracción fría, administrativa, que no convoca sino que confirma pertenencia.
¿Por qué hoy no hay política, sino pose?
Porque la acción tiene costos inmediatos y la imagen no. En ese contexto, la imagen reemplaza a la acción como forma de presencia. No para engañar, sino para ocupar el espacio de lo visible sin tocar lo real. La pose no es falsedad: es una solución funcional en un entorno donde actuar implica destrucción. Administra la atención sin intervenir en las condiciones materiales.
¿Qué significa que un sistema ya no pueda ser atractivo?
Significa que ya no puede perder nada. La atracción cultural siempre dependió de la posibilidad de fracaso, de conflicto, de error. Cuando todo está asegurado, validado y protegido, el deseo se extingue. No se trata de decadencia estética, sino de agotamiento libidinal. El sistema sigue produciendo formas, pero ya no genera expectativa.
La atracción cultural siempre dependió de la posibilidad de fracaso, de conflicto, de error. Cuando todo está asegurado, validado y protegido, el deseo se extingue. No se trata de decadencia estética, sino de agotamiento libidinal. El sistema sigue produciendo formas, pero ya no genera expectativa.
Tweet
¿Qué queda cuando el arte deja de ser una categoría operativa?
Queda una reorganización de prácticas. El arte no desaparece como experiencia sensible, pero deja de ordenar el campo. Lo que emerge son formas de vida intelectual que no necesitan legitimación artística para existir. Pensamientos que no quieren circular, vínculos que no quieren exhibirse, trabajos que no quieren concluir. No es un nuevo movimiento: es una adaptación silenciosa.

¿Cuál es, entonces, la forma contemporánea de la inteligencia cultural?
Aceptar que ya no se trata de producir impacto, ocupar centro o ganar reconocimiento. Se trata de preservar condiciones mínimas de sentido en un entorno que destruye todo lo que captura. No salvar la cultura. No reformar el sistema. Simplemente no perder lo poco que todavía puede existir sin ser absorbido. Eso no es retirada. Es lucidez histórica.
© 2026 Rodrigo Cañete. All rights reserved.
In today’s art world, to scale up is to become trapped in a position that is later difficult to escape.
In yesterday’s edition of La Mala Educación, a conclusion was reached that is as simple as it is unsettling: figures such as Brun, Cattaneo, Benzacar, and Alicia de Arteaga do not explain the current state of Argentine art; they embody it. They are not responsible for a crisis nor agents of a decline; they are the symptom of a historical moment in which art does not disappear or “die,” but loses its function without there yet being a vocabulary capable of articulating that loss. What is unraveling is not a scene or a set of institutions, but the conceptual framework that until recently allowed art to be thought of as a space of exteriority, of delay between gesture and capture, and of public circulation that was not immediately destructive. Art no longer offers an outside from which to speak, no longer has time to decant without being absorbed, and no longer possesses a public sphere that does not neutralize what it makes visible. This triple erosion does not produce silence or emptiness, but disorientation: the system continues to function, but it does so without a horizon. It is from this disorientation—not from nostalgia or denunciation—that it becomes necessary to think about what happens when art ceases to operate as we knew it, while we still do not know how to name what is emerging in its place.

What is “that” which no longer works?
“That” refers to a specific historical regime: the idea that culture—and art in particular—functions as a system of progressive legitimation in which institutional recognition (prizes, museums, criticism, the market, the press, official positions) produces symbolic value, and that symbolic value organizes desire, meaning, and futurity. For decades, this regime was operative even when it was unjust, endogamic, or corrupt, because it offered something in return: trajectory, visibility, belonging, promise.
What no longer works is not the existence of institutions, but the belief that their recognition still signifies anything beyond the system’s self-affirmation. The regime continues to function mechanically, but it has ceased to produce orientation, attraction, or expectation. It generates no horizon. It repeats gestures that once opened the world and now merely confirm it. That is why it does not explode: it becomes irrelevant beyond itself.

What happens when optimism ceases to be cruel and becomes impracticable?
Cruel optimism described a damaging yet still desirable relationship: one continued to invest in something that failed because there was nothing else that organized life. Today the problem is different. Persisting in that relationship is no longer merely frustrating; it is actively destructive. Visibility no longer amplifies; it reduces. Consecration no longer protects; it fixes. Integration no longer opens; it neutralizes.
For that reason, optimism is not “criticized”; it is abandoned. Not out of moral lucidity, but out of practical impossibility. To keep desiring the same things implies accepting the accelerated disappearance of any singularity. The break is not ideological; it is adaptive.
What is redefined when the relational paradigm is redefined?
What is redefined is what it means to relate. Previously, relating to institutions, scenes, or publics was a productive mediation: it allowed something individual to acquire collective thickness. Today those mediations function as extraction devices: every visible bond becomes identity, content, or symbolic capital.

This paradigm shift affects not only art, but ways of being with others. Relationships are no longer evaluated by their capacity for expansion, but by their capacity not to destroy what they connect. The problem ceases to be expressive (“how to say”) and becomes ecological (“which relationships are sustainable”).
Where does what matters happen today when all visibility implies capture?
It happens outside spaces designed for display. Not because those spaces lie, but because they function too well. Everything that enters them is immediately translated, classified, and exhausted. What matters happens in zones of low public intensity: conversations without an audience, slow work, shared reading, unprogrammed exchanges. These are not “alternative” spaces in a political sense, but spaces where time is not compressed by the logic of circulation. They do not produce impact; they produce continuity.
Why can staying where one is be a strategy rather than a failure?
Because upward movement has lost its symbolic value. Previously, advancing meant expanding possibilities. Today, advancing often means becoming trapped in a position that can no longer be abandoned without cost. Staying is not immobility; it is damage control. It is choosing not to expose oneself to mechanisms that no longer return meaning. It does not guarantee fulfillment, but it avoids immediate dissolution. In this context, not scaling can be a rational form of care.
What happens to judgment when it ceases to be critical?
Classical critical judgment assumed that pointing something out could transform it. Today, pointing things out is often integrated as style or content. Critique no longer interrupts; it decorates. For this reason, judgment shifts toward reflection. Reflection does not seek to correct or persuade. It seeks to understand without producing automatic effects. It does not organize camps; it organizes attention. It allows decisions about what deserves time and what does not, without turning those decisions into public programs.
How is the notion of the cultural margin redefined today?
The margin is no longer the place of visible transgression or frontal opposition. It is the place of what is incompatible with the logic of capture—what cannot be integrated without losing its reason for being. It is not a heroic margin. It is fragile and unspectacular. Its value lies not in challenging the center, but in not depending on it. It is defined not by confrontation, but by opacity.
What are rites, remains, and non-professionalizable exercises?
They are practices that do not aspire to become careers, products, or public discourse.
– The rite sustains a meaningful repetition without the need for explanation.
– The remainder persists without a promise of progress.
– The non-professionalizable intellectual exercise sharpens thought without producing credentials.
They are not preliminary stages of something “better.” They are final, sufficient forms, designed not to scale. Their value lies in duration, not in visibility.
What happens when desire becomes belated?
Contemporary narcissism does not indicate an excess of desire, but its blockage. It appears when the capacity to intervene in the world is suspended. Instead of acting, the system contemplates itself. Cultural desire does not disappear, but arrives too late: when there is no longer any risk or possibility of loss. Without risk, there is no eroticism. What remains is a cold, administrative attraction that does not call out, but merely confirms belonging.
Why is there pose today instead of politics?
Because action has immediate costs and image does not. In that context, image replaces action as a form of presence. Not to deceive, but to occupy the space of the visible without touching the real. Pose is not falsity; it is a functional solution in an environment where acting implies destruction. It manages attention without intervening in material conditions.
What does it mean that a system can no longer be attractive?
It means it can no longer lose anything. Cultural attraction has always depended on the possibility of failure, conflict, error. When everything is secured, validated, and protected, desire extinguishes itself. This is not aesthetic decadence, but libidinal exhaustion. The system continues to produce forms, but it no longer generates expectation.
What remains when art ceases to be an operative category?
What remains is a reorganization of practices. Art does not disappear as a sensible experience, but it ceases to organize the field. What emerges are forms of intellectual life that do not need artistic legitimation to exist: thoughts that do not want to circulate, bonds that do not want to be exhibited, works that do not want to conclude. It is not a new movement; it is a silent adaptation.
What, then, is the contemporary form of cultural intelligence?
To accept that the task is no longer to produce impact, occupy the center, or gain recognition. The task is to preserve minimal conditions of meaning in an environment that destroys everything it captures. Not to save culture. Not to reform the system. Simply not to lose what little can still exist without being absorbed.
That is not retreat. It is historical lucidity.
Mi libro en librerías, Mercado Libre, Amazon, etc.




Deja una respuesta