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Hay una forma de discutir el presente que evita dos trampas simétricas: la ingenuidad tecnófila (“la innovación nos salva”) y la moralina simplista (“todo es culpa de dirigencia”). El problema central no son las máquinas, ni la “maldad” como esencia humana, sino un orden social específico —las relaciones de producción, distribución, intercambio y comunicación— que convierte capacidades liberadoras en dispositivos de extracción, disciplinamiento y, en escenarios de crisis, en plataformas para la reorganización autoritaria.
Hay una forma de discutir el presente que evita dos trampas simétricas: la ingenuidad tecnófila (“la innovación nos salva”) y la moralina simplista (“todo es culpa de dirigencia”).
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1) El rescate como “tarjeta de crédito”: socialización de pérdidas y disciplina
El punto de partida es una lectura de la crisis de la deuda: lo que se presenta como “rescate” opera muchas veces como una tarjeta de crédito usada para pagar otra deuda previa. No resuelve insolvencias estructurales; compra tiempo para reordenar quién paga y quién queda a salvo. Los acreedores quedan “hechos” y la población absorbe el costo vía austeridad que destruye la infraestructura social —hospitales, universidades, Garraham, tejido productivo— mientras la economía se contrae. El mecanismo no es un accidente: su racionalidad es financiera y política. Financiera, porque preserva balances; política, porque disciplina a un país y marca un precedente sobre soberanía: cuando una decisión de gobierno se vuelve imposible sin autorización externa, la democracia se reconfigura como administración tutelada. Argentina desde Martinez de Hoz.
El punto de partida es una lectura de la crisis de la deuda: lo que se presenta como “rescate” opera muchas veces como una tarjeta de crédito usada para pagar otra deuda previa. No resuelve insolvencias estructurales; compra tiempo para reordenar quién paga y quién queda a salvo.
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De ahí se abre una intuición importante: la verdad no suele estar en la dramaturgia pública de la política (no es inocente que los comentaristas políticos de hoy sean los periodistas de chimentos de ayer), sino en documentos y correspondencias privadas como lo que se vio estos días con Epstein, donde la élite escribe con una franqueza que revela su sensación de inmunidad. Esa “inmunidad” no es mero discurso sino el resultado de instituciones cuyo objetivo ha pasado a ser la reducción del costo de la impunidad y la criminalización de la disidencia.
La verdad no suele estar en la dramaturgia pública de la política (no es inocente que los comentaristas políticos de hoy sean los periodistas de chimentos de ayer), sino en documentos y correspondencias privadas como lo que se vio estos días con Epstein, donde la élite revela su sensación de in(m)(p)unidad
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2) Meritocracia como teología secular: de los “lords” (en UK) o “caudillos provinciales y barones del Conurbano” (en la Argentina) a la plutocracia
Toda sociedad necesita una narrativa justificatoria del poder. En el feudalismo, el rey se legitimaba por mandato divino; los lords heredaban prominencia como “defender” el orden “divino”. En el capitalismo liberal, la nueva teología se llama meritocracia: los lords contemporáneos (riqueza extrema) estarían ahí porque “trabajaron duro” y “fueron inteligentes”. En términos del PRO: “se rompieron el lomo”. Esa historia cumple la misma función: naturaliza jerarquía y transforma privilegio en virtud.
La crítica no niega que exista trabajo real o innovación. Lo que impugna es el relato causal que vincula riqueza extrema con esfuerzo productivo. La figura comparativa es deliberadamente brutal: un docente precarizado que necesita ser chofer en UBER para sostener su vida y su aula trabaja más —en esfuerzo y desgaste— que el magnate que delega en ejércitos de especialistas. Lo que se llama “trabajo” en la cumbre de la pirámide alimenticia es, muchas veces, mera administración de asimetrías: control de flujos financieros, usufructo de rentas, monopolización de decisiones. Pero jamás producción socialmente útil.
Lo que impugna es el relato causal que vincula riqueza extrema con esfuerzo productivo. La figura comparativa es deliberadamente brutal: un docente que necesita ser chofer en UBER para sostener su vida y su aula trabaja más —en esfuerzo y desgaste— que el magnate que delega en ejércitos de especialistas.
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3) La tecnología no es el enemigo; el enemigo es la forma social que la gobierna
En este punto entra la tecnología. La innovación podría reducir la carga laboral, sostener salarios y expandir el tiempo libre. Sin embargo, bajo relaciones capitalistas, la tecnología se usa primariamente para desplazar trabajo, concentrar responsabilidad y transferir riesgo. El ejemplo de la inteligencia artificial entre los médicos es clave: la IA puede ayudar a detectar señales y mejorar diagnósticos, pero se comercializa como sustitución de personal. El resultado es doble: destrucción de puestos y “concentración de culpa” en el trabajador que se salva. Ese trabajador no puede verificar con plena autonomía si el sistema “alucina”, pero absorbe la responsabilidad legal y moral cuando algo falla.
El ejemplo de la inteligencia artificial entre los médicos es clave: la IA puede ayudar a detectar señales y mejorar diagnósticos, pero se comercializa como sustitución de personal. El resultado es doble: destrucción de puestos y “concentración de culpa” en el trabajador que se salva.
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Karl Marx no criticó la máquina en sí, sino su propiedad y su función social. Las máquinas podrían liberarnos del trabajo necesario; pero si pertenecen al 0,1% —o al 0,0001% en el caso de plataformas y algoritmos— el mundo se invierte: en vez de ser nuestras herramientas, nosotros nos convertimos en auxiliares de su lógica. La contradicción no es “tecnología mala”; es tecnología subsumida en acumulación privada.

La codicia ilimitada no es naturaleza humana como los libertarios pretender hacer creer; es un resultado de la lógica social que premia la apropiación y castiga la cooperación. La injusticia es el subproducto de un sistema irracional que corroe la vida y degrada la capacidad de disfrutarla. Lejos de ser moral, lo que estoy diciendo es politico.
La codicia ilimitada no es naturaleza humana como los libertarios pretender hacer creer; es un resultado de la lógica social que premia la apropiación y castiga la cooperación. La injusticia es el subproducto de un sistema irracional que corroe la vida y degrada la capacidad de disfrutarla.
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4) Sindicatos, estructuralmente, entregados desde hace décadas; hoy, se venden literalmente.
La pregunta práctica frente a lo que parecería una crisis terminal de, al menos, una forma de capitalismo es: ¿cómo se organiza políticamente la salida?. Esto es más que evidente, hoy, en Estados Unidos, en Inglaterra y, en ese laboratorio llamado Argentina.

Esto tiene que quedar muy claro: los sindicatos entregaron sus armas a la patronal-plutócrata cuando abandonaron la idea de que el lugar de trabajo debería ser un lugar de “crecimiento social”. Para no parecer estrictamente Marxista, lo voy a decir, en términos peronistas: la idea de que el trabajo “dignifica”. Cuando ocurrió esa entrega? Cuando se limitaron a negociar salarios y condiciones de trabajo. Ese giro redujo la política a gestión defensiva de daños, dejando intacta la decisión fundamental: quién controla la tecnología, la inversión y el excedente. Es en ese contexto en el que en la Argentina se está discutiendo la ley laboral y en el que en Estados Unidos e Inglaterra avanza, de manera galopante, una crisis del mercado de trabajo.
Los sindicatos entregaron sus armas a la patronal-plutócrata cuando abandonaron la idea de que el lugar de trabajo debería ser un lugar de “crecimiento social”. Para no parecer estrictamente Marxista, lo voy a decir, en términos peronistas: la idea de que el trabajo “dignifica”. Cuando ocurrió esa entrega?
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Creo que el error en este contexto es ver a la tecnología, como la culpable y de alguna manera, es lo que nos están queriendo hacer creer. Tomemos como ejemplo, el siguiente: una fábrica con mil trabajadores produce mil unidades de un producto. Una máquina permitiría producir lo mismo con quinientos trabajadores. Si la empresa pertenece a un private equity fund, se despide a la mitad, sin dudarlo. Esto es lo que está pasando en Estados Unidos y en Inglaterra. Si la empresa es concebida como propiedad social (“un trabajador, una acción, un voto”), la decisión cambia: se incorpora la máquina y se reduce la jornada a cuatro o cinco horas, manteniendo ingresos y ganando tiempo para cuidado, comunidad y vida. Nadie pierde. La misma tecnología, con otra relación social, produce otro mundo. Entonces la cuestión no es una cuestión de optimización de la ganancia ni de codicia sino de control de seres humanos que se consideran superiores sobre otros.
La cuestión no es una cuestión de optimización de la ganancia ni de codicia sino de control de seres humanos que se consideran superiores sobre otros.
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5) Estancamiento político, consolidación corporativa y chivos expiatorios
Hoy por hoy, las élites mundiales comienzan a reconocer el conflicto porque las empieza a afectar, directamente —la inestabilidad social, el deterioro de servicios, la pérdida de legitimidad— pero quedan atrapadas en dilemas de acción colectiva. Saben qué convendría hacer (invertir en educación, salud, cohesión social), pero ahi entra el famoso dilema del prisionero (así llamado por la ciencia política norteamericana) o lo que en Europa se llama “la tragedia de los commons”: “si los demás no lo hacen, ¿por qué voy a pagar con el costo de hacerlo solo?”. El resultado es la parálisis de la dirigencia empresarial que hemos venido viviendo en todo el mundo.

Pero a eso se suma, hoy, algo que degrada esa parálisis de manera cotidiana y la convierte, para seguir con las metáforas médicas en una suerte de esclerosis múltiple o en una enfermedad degenerativa. Me refiero a la consolidación corporativa y control (siempre ascendente) de precios, a través de carteles y oligopolios, cuando no, monopolios. Cuando unos pocos competidores dominan mercados, se hace más fácil recortar calidad y aumentar precios sin perder posición. El consumidor promedio percibe la decadencia, pero no logra identificar su causa. En esa niebla, prospera la política reaccionaria: la inestabilidad se traduce en relatos que culpan a grupos vulnerables (por ejemplo, “la culpa es de los trans o los inmigrantes”), desviando la atención desde la estructura del problema hacia el chivo expiatorio. Esa técnica es eficaz y contribuye a explicar cómo se llega a figuras como Donald Trump, Javier Milei, Nigel Farage o Patricia Bullrich
Cuando unos pocos competidores dominan mercados, se hace más fácil recortar calidad y aumentar precios sin perder posición. El consumidor promedio percibe la decadencia, pero no logra identificar su causa. En esa niebla, prospera la política reaccionaria: la inestabilidad se traduce en relatos que culpan a grupos vulnerables
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6) Fascismo como “solución” de las élites al miedo de la izquierda
El argumento se vuelve histórico y en eso, los Argentinos, podemos dar clase porque el trauma lo tenemos bajo la piel. Me refiero al retorno de formas autoritarias no como anomalía, sino mecanismo “corrector”. Esto ha ocurrido históricamente cuando el liberalismo entra en crisis. Y, en este punto, hay que mirar la historia de los últimos dos siglos por, para tomar un ejemplo, en el período de entreguerras, sectores liberales temieron más a la izquierda popular que a la derecha autoritaria; por eso, cuando hay que elegir, habilitan el autoritarismo creyendo que podrán “controlarlo”. Y este es el error porque la lección de la historia es inequívoca. Es en ese momento en el que la burguesía pierde el control en manos de la corporación fascista: Hitler, las Juntas en la Argentina. Pero esta vez, esa situación aparece magnificada. Porque Estados Unidos se sacó la careta, una superpotencia nuclear con capacidades tecnológicas sin precedentes.
La historia de los últimos dos siglos por, para tomar un ejemplo, en el período de entreguerras, sectores liberales temieron más a la izquierda popular que a la derecha autoritaria; por eso, cuando hay que elegir, habilitan el autoritarismo creyendo que podrán “controlarlo”. Right!
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Por eso, la situación actual es tan paradójica, más allá del fatalismo que el progresismo pretende proyectar. Vivimos en una época de tecnologías capaces de liberar y generar formas de libertad inéditas pero, al mismo tiempo, vivimos en épocas en donde el cortoplacismo de líderes en medios de comunicación, parlamentos, sistemas judiciales, están dispuestos a desestabilizar todo creyendo que estabilizan, a cambio de un “sobre” o una “promoción”.

7) Hablar con respeto como fórmula contra el fachismo streamer MAGA (USA) y de las Fuerzas del Cielo (Argentina)
Lo que me resulta incendiario es como el progresismo norteamericano y argentino tratan a los votantes de Trump como fascistas. Ese modo palermitano a mirar desde arriba es el huevo de la serpiente. A Trump y a Milei se los tiene que llamar por lo que son: fascistas, sádicos y criminales. Pero hay que tener mucho cuidado en abandonar al votante disconforme con el patetismo de la socialdemocracia y dejarlo en manos de una aún mayor polarización. Nadie es fascista, por esencia. El votante historico del fascismo es el que ha sido empujado por precariedad, humillación y pérdida de horizonte. La política eficaz exige hablar con respeto y empezar por necesidades materiales universales —salud, vivienda, seguridad— donde el desacuerdo cultural se vuelve secundario frente a lo básico. El problema es que ese debate ya no se puede dar ni en los medios corporativos (comprados) ni en el parlamento (comprados). Ese diálogo tiene que ser relacional y, habiendo llegado al punto que llegamos, no va a ocurrir de un día para el otro.
A Trump y a Milei se los tiene que llamar por lo que son: fascistas, sádicos y criminales. Pero hay que tener mucho cuidado en abandonar al votante disconforme con el patetismo de la socialdemocracia y dejarlo en manos de una aún mayor polarización. Nadie es fascista, por esencia.
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Este es mi gran enojo con la progresía que, muy estúpidamente, creyó que lo decía desde el “resentimiento” de mi propia cancelación. Si bien tiene que ver con la cancelación, eso jamás me importó. Lo que sí me indignó de la progresía internacional y sobretodo, universitaria y cultural, tanto en Inglaterra, como en Estados Unidos como en la Argentina Kirchnerista y Post-Kirchernista fue la moralización de la relaciones sociales. El modo en el que Ari Alijalad se refiere despectivamente a la polarización política en su propia familia, por ejemplo. El horror que dejó el progresismo fue hace de todo vinculo social una potencial acusación moral. El progresismo bloqueó las conversaciones. Mi supervisora en Warwick me dijo que si yo decía algo que ofendía a alguien aun sin intención de hacerlo, eso podia costarme mi puesto. Y remarco: Aquí no hay First Amendment! Cómo si el First Amendment nos protegiera en este momento o lo protegiera a Alijalad en el juicio penal que tiene en su contra por parte de Milei. Boom…erang!
Lo que sí me indignó de la progresía internacional y sobretodo, universitaria y cultural, tanto en Inglaterra, como en Estados Unidos como en la Argentina Kirchnerista y Post-Kirchernista fue la moralización de la relaciones sociales.
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La moraleja es simple: cuando la conversación se bloquea; cuando se desplaza a intereses concretos (por ejemplo, el costo del seguro de salud en USA o Argentina, o la semiprivatizacion de la NHS en UK ), se abre una vía de persuasión. No se trata de “ser blandos”; se trata de no confundir denuncia moral con estrategia política. Esto es lo que el progresismo no termina de entender. Tiene que cambiar el tono con el que le habla a su interlocutor pero para eso tiene que definir, de manera no narcisista, a su interlocutor que no tiene que ser el converso sino el votante del fascismo.
Fin de la primera parte.
Seven Practical Tips to Reverse the Descent into Barbarism — and for the Left to Abandon Its Narcissistic Shame
There is a way of discussing the present that avoids two symmetrical traps: technophile naivety (“innovation will save us”) and simplistic moralism (“it’s all the fault of ‘evil’ leaders”). The central problem is not machines, nor “evil” as a human essence, but a specific social order — the relations of production, distribution, exchange, and communication — that turns liberating capacities into devices of extraction and discipline, and, in moments of crisis, into platforms for authoritarian reorganization.
There is a way of discussing the present that avoids two symmetrical traps: technophile naivety (“innovation will save us”) and simplistic moralism (“it’s all the fault of ‘evil’ leaders”). The central problem is not machines, nor “evil” as a human essence, but a specific social order
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1) The bailout as a “credit card”: socialized losses and discipline
The starting point is a reading of the debt crisis: what is presented as a “bailout” often functions like a credit card used to pay off a previous debt. It does not resolve structural insolvency; it buys time to rearrange who pays and who is kept safe. Creditors are “made whole” and the population absorbs the cost through austerity that destroys social infrastructure — hospitals, universities, Garrahan, the productive fabric — while the economy contracts. The mechanism is not an accident: its rationality is financial and political. Financial, because it preserves balance sheets; political, because it disciplines a country and sets a precedent about sovereignty: when a government decision becomes impossible without external authorization, democracy is reconfigured as tutelary administration. Argentina has lived this since Martínez de Hoz.
When a government decision becomes impossible without external authorization, democracy is reconfigured as tutelary administration.
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From there an important intuition opens up: the truth is usually not in the public dramaturgy of politics (it is not innocent that today’s political commentators are yesterday’s gossip journalists), but in documents and private correspondence — like what we saw in recent days with Epstein — where elites write with a frankness that reveals a sense of immunity. That “immunity” is not mere discourse but the result of institutions whose purpose has become the reduction of the cost of impunity and the criminalization of dissent.
“Immunity” is not mere discourse but the result of institutions whose purpose has become the reduction of the cost of impunity and the criminalization of dissent.
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2) Meritocracy as secular theology: from “lords” (UK) or “provincial caudillos and Conurbano barons” (Argentina) to plutocracy
Every society needs a justificatory narrative for power. Under feudalism, the king was legitimized by divine mandate; the lords inherited prominence as “defenders” of a “divine” order. Under liberal capitalism, the new theology is called meritocracy: today’s lords (extreme wealth) are supposedly there because they “worked hard” and were “smart.” In PRO-speak: “they broke their backs.” The story serves the same function: it naturalizes hierarchy and turns privilege into virtue.
The critique does not deny that real work or innovation exists. What it rejects is the causal story that links extreme wealth to productive effort. The comparative figure is deliberately brutal: a precarious teacher who has to drive for platform apps to sustain their life and their classroom works more — in effort and wear — than the magnate who delegates to armies of specialists. What is called “work” at the top of the food pyramid is often merely the administration of asymmetries: control of financial flows, extraction of rents, monopolization of decisions — never socially useful production.
What is called “work” at the top of the food pyramid is often merely the administration of asymmetries: control of financial flows, extraction of rents, monopolization of decisions — never socially useful production.
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3) Technology is not the enemy; the enemy is the social form that governs it
This is where technology enters. Innovation could reduce the workload, sustain wages, and expand free time. Yet under capitalist relations, technology is used primarily to displace labor, concentrate responsibility, and transfer risk. The example of AI in medicine is decisive: AI can help detect signals and improve diagnoses, but it is marketed as staff substitution. The result is double: job destruction and a “concentration of blame” in the worker who remains. That worker cannot fully verify whether the system is “hallucinating,” yet absorbs the legal and moral responsibility when something goes wrong.
Innovation could reduce the workload, sustain wages, and expand free time. Yet under capitalist relations, technology is used primarily to displace labor, concentrate responsibility, and transfer risk. The result is double: job destruction and a “concentration of blame” in the worker who remains.
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Here a Marxian frame appears (without dogma): Karl Marx did not criticize the machine as such, but its ownership and its social function. Machines could free us from necessary labor; but if they belong to the 0.1% — or the 0.0001% in the case of platforms and algorithms — the world inverts: instead of being our tools, we become assistants to their logic. The contradiction is not “technology is bad”; it is technology subsumed under private accumulation.

Unlimited greed is not human nature, as libertarians would like us to believe; it is the result of a social logic that rewards appropriation and punishes cooperation. Injustice is the byproduct of an irrational system that corrodes life and degrades our capacity to enjoy it. Far from being a moral statement, what I’m saying is political.
4) Trade unions: structurally surrendered for decades — today, literally for sale
The practical question, in what looks like a terminal crisis of at least one form of capitalism, is: how do we organize a political exit? This is obvious today in the United States, in England, and in that laboratory called Argentina.
This must be crystal clear: unions handed their weapons to the employer-plutocrat class when they abandoned the idea that the workplace should be a site of “social growth.” To avoid sounding strictly Marxist, I’ll say it in Peronist terms: the idea that work “dignifies.” When did that surrender happen? When they limited themselves to negotiating wages and working conditions. That shift reduced politics to defensive damage management, leaving intact the fundamental decision: who controls technology, investment, and surplus. It is in this context that Argentina is debating labor law, and in which the United States and England are experiencing a galloping crisis of the labor market.
This must be crystal clear: unions handed their weapons to the employer-plutocrat class when they abandoned the idea that the workplace should be a site of “social growth.”
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The mistake, in this context, is to see technology as the culprit — and in a way, that is precisely what they want us to believe. Take the following example: a factory with a thousand workers produces a thousand units of a product. A machine would allow the same output with five hundred workers. If the company belongs to a private equity fund, half the workers are fired without hesitation. This is what is happening in the United States and England. If the company is conceived as social property (“one worker, one share, one vote”), the decision changes: the machine is adopted and the workday is reduced to four or five hours, maintaining income and gaining time for care, community, and life. Nobody loses. The same technology, under a different social relation, produces a different world. So the issue is not optimization of profit or “greed,” but the control exercised by human beings who consider themselves superior over others.
5) Political stagnation, corporate consolidation, and scapegoats
Today, global elites are beginning to recognize conflict because it starts affecting them directly — social instability, deteriorating services, loss of legitimacy — but they are trapped in collective-action dilemmas. They know what would be advisable (invest in education, health, social cohesion), but then comes the famous prisoner’s dilemma (so named by American political science) or what in Europe is called the “tragedy of the commons”: “if others don’t do it, why should I pay the cost of doing it alone?” The result is the paralysis of business leadership we have been living through worldwide.
Global elites are beginning to recognize conflict because it starts affecting them directly — social instability, deteriorating services, loss of legitimacy — but they are trapped in collective-action dilemmas.
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But on top of that, something now degrades that paralysis daily and turns it — to stay with medical metaphors — into a kind of multiple sclerosis or degenerative disease: corporate consolidation and (ever-rising) price control through cartels and oligopolies, if not outright monopolies. When a few competitors dominate markets, it becomes easier to cut quality and raise prices without losing position. The average consumer perceives the decay but cannot identify its cause. In that fog, reactionary politics thrives: instability is translated into narratives that blame vulnerable groups (for example, “it’s the trans people” or “it’s immigrants”), shifting attention from the structural problem to the scapegoat. The technique is effective and helps explain how you arrive at figures like Donald Trump, Javier Milei, Nigel Farage, or Patricia Bullrich.

6) Fascism as the elites’ “solution” to fear of the left
The argument becomes historical — and here Argentines can teach, because we carry the trauma under our skin. I mean the return of authoritarian forms not as anomaly but as “corrective” mechanism. Historically, this has happened when liberalism enters crisis. And at this point, one has to look at the last two centuries of history: in the interwar period, for example, liberal sectors feared a popular left more than an authoritarian right; and so, when they had to choose, they enabled authoritarianism believing they could “control it.” That is the mistake, because the lesson of history is unequivocal. This is the moment when the bourgeoisie loses control into the hands of the fascist corporation: Hitler, the military juntas in Argentina. But this time the situation appears magnified. Because the United States has taken off the mask: a nuclear superpower with unprecedented technological capacities.
That is why the current moment is so paradoxical, beyond the fatalism progressivism tries to project. We live in an era of technologies capable of liberating us and generating unprecedented freedoms — and at the same time we live in an era in which the short-termism of leaders in media, parliaments, and judicial systems are willing to destabilize everything believing they are stabilizing it, in exchange for an “envelope” or a “promotion.”
We live in an era of technologies capable of liberating us and generating unprecedented freedoms — and at the same time we live in an era in which the short-termism of leaders in media, parliaments, and judicial systems are willing to destabilize everything believing they are stabilizing it, in exchange for an “envelope” or a “promotion.”
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7) Speaking with respect as a formula against streamer fascism (MAGA in the US; “Fuerzas del Cielo” in Argentina)
What I find incendiary is how American and Argentine progressivism treats Trump voters as fascists. That Palermo-style habit of looking down from above is the serpent’s egg. Trump and Milei must be called what they are: fascists, sadists, and criminals. But we must be very careful not to abandon the dissatisfied voter — disgusted by the pathetic performance of social democracy — and hand them over to an even greater polarization. Nobody is a fascist by essence. The historic fascist voter is someone pushed there by precarity, humiliation, and loss of horizon. Effective politics requires speaking with respect and starting from universal material needs — health, housing, security — where cultural disagreement becomes secondary to the basics. The problem is that this debate can no longer happen either in corporate media (bought) or in parliament (bought). That dialogue must be relational and, given how far we’ve gone, it will not happen overnight.
This is my great anger at the progressive milieu, which very stupidly believed I was saying all this out of “resentment” over my own cancellation. If it has something to do with cancellation, that never mattered to me. What did outrage me — internationally and above all in universities and cultural worlds, in England, in the United States, and in Kirchnerist and post-Kirchnerist Argentina — was the moralization of social relations. The way Ari Lijalad refers with contempt to political polarization within his own family, for example. The horror progressivism left behind is that it turned every social bond into a potential moral accusation. Progressivism blocked conversations. My supervisor at Warwick told me that if I said something that offended someone even without intending it, it could cost me my position. And let me underline: there is no First Amendment here! As if the First Amendment were protecting us right now — or protecting Lijalad in the criminal case he faces from Milei. Boom…erang.

The moral is simple: when conversation is blocked, nothing moves; when it shifts to concrete interests (for example, the cost of health insurance in the US or Argentina, or the semi-privatization of the NHS in the UK), a path of persuasion opens. This is not about “being soft”; it is about not confusing moral denunciation with political strategy. That is what progressivism still does not understand. It has to change the tone with which it speaks to its interlocutor — but to do that, it must define its interlocutor in a non-narcissistic way: not the converted, but the voter of fascism.
End of the first part.
© 2026 Rodrigo Cañete. All rights reserved. No part of this text may be reproduced, distributed, or transmitted in any form or by any means—electronic, mechanical, photocopying, recording, or otherwise—without the prior written permission of the author, except for brief quotations in reviews or scholarly citation.
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