Scroll Down for the English Version

Nuevo video del curso de El Greco a Velazquez: El Retrato Inflacionario.

En el siglo XVII español, la inflación monetaria coincidió con otra inflación: la de los signos. En La dama boba de Lope de Vega, el amor, el honor y las palabras comienzan a comportarse como monedas cuyo valor ya no es estable.

La Dama Boba

Hay momentos históricos en los que las imágenes, las palabras y el dinero comienzan a comportarse de la misma manera. No es una metáfora. Cuando la relación entre signo y valor se rompe —cuando la moneda deja de equivaler a su contenido material— algo similar empieza a ocurrir con el lenguaje y con aquello que las sociedades creen que las representa. Eso es exactamente lo que ocurre en la España del siglo XVII. Y curiosamente, también es lo que empieza a observarse hoy en la Argentina.

El punto de partida puede parecer inesperado: la comedia La dama boba de Lope de Vega. Una de mis favoritas. A primera vista, parece un simple culebrón de matrimonio de dos hermanas con dotes diferentes. Sin embargo, leída en su contexto histórico, la obra revela algo más profundo: una sociedad en la que todo se ha vuelto intercambiable. Empezando por el amor… la mafia de…

Para Lope, el amor (al que hay que diferenciar de los afectos) se expresa en términos de dotes, herencias, dinero. Los personajes hablan de valor, precio, cálculo. Incluso el lenguaje se vuelve una especie de moneda de cambio: Amigo! Esto significa que las palabras circulan, prometen, persuaden, pero cada vez dicen menos. Cuando me cancelaron las chicas de Nosotras Proponemos, una de ellas dijo: Chicas, ojo con las palabras (refiriéndose a que a mi me acusaba, más o menos, de ser Atila violando a Ursula y las 1000 vírgenes) porque despues no vamos a tener cómo denominar a los verdaderos malvados. 

En la Madrid de los Austrias, el retrato funcionaba como una moneda social: encargarse uno era producir una identidad pública. Pero cuando todos pueden representarse como nobles, el retrato corre el riesgo de volverse un signo inflacionario.

Juan de Mariana y la Mafia del Amor

En Espan1a, ese fenómeno no apareció por casualidad y tenia que ver con América. España vivía entonces una crisis monetaria profunda. Durante el siglo XVII la Corona emitió grandes cantidades de vellón, una moneda de cobre cuyo valor legal era muy superior a su valor material. La consecuencia fue una inflación persistente y una desconfianza incremental en su propia moneda. El teólogo Juan de Mariana describió con precisión el problema: la moneda posee dos valores, uno intrínseco —el metal— y otro legal —la autoridad que lo respalda—. Cuando la distancia entre ambos se vuelve demasiado grande, el sistema entra en crisis.

Pero, paralelamente, la sociedad española del Siglo de Oro comenzó a experimentar algo que podríamos llamar inflación ‘amorosa’. Los signos proliferaban, pero su valor era cada vez más incierto. La palabra, el status, el amor, los compromisos eran mas que un signo, una señal. De verde podia pasar a roja, en un segundo. 

El retrato cortesano forma parte de ese mismo sistema. De eso me ocupo en el ultimo video que los miembros pagos a mi Canal de YouTube pueden acceder. En el Madrid de los Austrias, el retrato se convirtió en una herramienta fundamental para construir identidad social. Encargar un retrato no significaba simplemente registrar una apariencia física. Significaba producir una imagen pública de autoridad, honor o nobleza. No solo producirla sino estabilizarla. 

La respuesta de Velázquez fue formal: austeridad, reducción, control del gesto. En Las Meninas, la identidad no es un título ni un signo vacío: se construye en una red de miradas y reconocimiento mutuo.

Nordelta Barroco

Pero a medida que más personas encargaban retratos, también aparecía un problema similar al de la moneda. Si cualquiera podía representarse como noble, el retrato corría el riesgo de convertirse en una moneda devaluada. Argentina tiene mucho de eso en la clase media progresista y del MALBA. La posibilidad de la simulación. En la España barroca, teoricos como Vicente Carducho denunciaban precisamente ese fenómeno: personas comunes haciéndose retratar como aristócratas. El retrato podía fácilmente convertirse en un instrumento de ascenso social mediante la falsificación de la propia identidad. Un amigo argentino me cuenta del puto virreinal que esta a cargo de la Asociación de Amigos del Fernandez Blanco y que reclama ser el consul honorario de España o Laetitia d’Aremberg que reclama ser Su Alteza Imperial, habiendo sido adoptada y luego divorciada de un heredero de ese titulo pero heredero “de cortesía”. Es muy interesante los reportes que me llegan del mundo social argentino. Es todo simulación. Las gatanas! 

En este contexto por qué no introducir la pintura de Velázquez. Su respuesta a este “problema” no fue moralista ni doctrinario sino formal. En lugar de exagerar el prestigio aristocrático, sus retratos introducen una austeridad radical. Fondos neutros, gestos contenidos, pocos objetos.  En otras palabras: Velázquez intenta reducir la inflación visual del retrato. Un gesto que llega a su máxima expresión en Las Meninas. Allí la pintura se convierte en una reflexión sobre la propia construcción del sujeto.

La Argentina actual vive otra forma de inflación: precios que suben mientras los salarios se destruyen y el discurso oficial insiste en que la inflación está “controlada”. Cuando los signos se separan de la experiencia material, aparece la disociación

La escena está organizada como una red de miradas cruzadas. El pintor mira al espectador. La infanta mira hacia adelante. Los personajes observan distintos puntos del espacio. En el fondo, un espejo refleja a los reyes. El sujeto no aparece como una identidad fija. Se construye relacionalmente, a través de miradas. La identidad es un sistema de reconocimiento mutuo. 

Sin embargo lo que diferencia a la Argentina actual de Velazquez es que este ultimo es profundamente humanista porque reconoce algo fundamental: la identidad humana existe sólo en relación con otros. Ahora bien, si trasladamos esta lógica a la Argentina contemporánea, el contraste es brutal. La economía argentina vive hoy una situación que recuerda, en ciertos aspectos, a la inflación del siglo XVII. Sin embargo, con una diferencia crucial: en la España barroca, la inflación era visible. Los precios subían, la moneda perdía valor, la crisis era evidente. En la Argentina actual, bajo el gobierno de Javier Milei: la inflación se niega. Hoy lo escuché decir, al lunático ese, que había sacado de la pobreza al treinta por ciento de la población. 

Esto ocurre cuando el ajuste económico no se realiza reduciendo precios sino destruyendo salarios. En una economía fuertemente extractiva y con escasa industria, la caída del consumo puede desacelerar ciertos precios sin que desaparezca la inflación estructural. Los bienes básicos continúan encareciéndose, pero la población pierde capacidad de compra. El resultado es una especie de inflación disociada. Los precios siguen reflejando la dependencia de exportaciones primarias, concentración económica, falta de productividad industrial, extractivismo, timba financiera mientras que el discurso político insiste en que la inflación está “controlada”.

Se produce así una fractura entre experiencia material y discurso público. Y aquí volvemos a Lope de Vega. En La dama boba, el lenguaje también empieza a funcionar como una moneda inflacionaria. Las palabras circulan, prometen, seducen, pero cada vez tienen menos relación con la realidad. Algo similar ocurre hoy en la política argentina. No sólo con el gobierno, sino también con gran parte de la oposición. El lenguaje político se ha vaciado de contenido programático. Las palabras —república, libertad, justicia social— circulan como signos intercambiables cuyo significado real se ha erosionado. Cuando eso ocurre, la ciudadanía también entra en una forma de disociación y este es un modo de ser heredado de la dictadura. Tal vez por eso fuimos elegido laboratorio mundial del posliberalismo brutal. 

Cuando las palabras, las imágenes y el dinero pierden relación con la realidad, la sociedad entra en una crisis de reconocimiento. Por eso Las Meninas sigue siendo útil: no para explicar el Barroco, sino para entender la Argentina de hoy.

Una parte significativa del electorado argentino eligió a Milei como respuesta a un sistema político desacreditado. Pero lo más notable es que, incluso después de experimentar las consecuencias materiales del ajuste, ese apoyo se mantuvo en elecciones legislativas. No se trata simplemente de ignorancia o manipulación mediática. Se trata de un fenómeno más profundo: una sociedad que ha perdido la capacidad de conectar signos con experiencias reales. Como en una economía inflacionaria, los símbolos políticos continúan circulando aunque su valor haya cambiado radicalmente.

Las Meninas como Espejo Humanista

Y aquí es donde Las Meninas se vuelve una imagen sorprendentemente actual.La pintura de Velázquez nos muestra un mundo donde las identidades se construyen a través de relaciones visibles. Cada mirada reconoce la existencia del otro. La Argentina contemporánea, en cambio, parece moverse hacia una forma de deshumanización política donde el otro desaparece como sujeto. La disociación económica —inflación sin reconocimiento— se combina con una disociación social. El ciudadano deja de verse reflejado en los demás.

Velázquez nos ofrece, entonces, algo más que una obra maestra del Barroco. Nos ofrece una lección histórica: cuando los signos —moneda, palabras, imágenes— se separan demasiado de la realidad que deberían representar, la sociedad entera entra en una crisis de reconocimiento. Y esa crisis no es sólo económica. Es también moral y política.

Este análisis forma parte del nuevo episodio que acabo de publicar dentro del curso “De El Greco a Velázquez”, donde analizo el problema del retrato inflacionario desde Alonso Sanchez Coello hasta Velázquez.

Si te interesa entender cómo el arte del Siglo de Oro permite pensar problemas contemporáneos —desde la inflación hasta la construcción de identidades políticas— podés acceder a este y a todos los cursos completos haciéndote miembro pago del canal.

Los miembros tienen acceso a:

• cursos completos de historia del arte

• clases exclusivas y materiales extendidos

• debates y análisis que no publico en abierto

Podés sumarte desde el botón “Unirse” del canal y acceder a todo el contenido completo. El link es el siguiente: Únete a este canal
https://www.youtube.com/channel/UC8VlXkKPD8xnqVdpUn3-ZIw/join

Las Meninas as a key to understanding Argentina’s inflationary dissociation (ENG) 

There are historical moments when images, words, and money begin to behave in the same way. This is not a metaphor. When the relationship between sign and value breaks—when currency ceases to correspond to its material content—something similar begins to happen with language and with what societies believe represents them. That is exactly what occurred in seventeenth-century Spain. And, curiously, it is also what we are beginning to observe today in Argentina.

In seventeenth-century Spain, monetary inflation coincided with another kind of inflation: that of signs. In La dama boba by Lope de Vega, love, honor, and language begin to behave like currencies whose value is no longer stable.

In Habsburg Madrid, portraiture functioned as a social currency: commissioning a portrait meant producing a public identity. But when anyone can represent themselves as noble, portraiture risks becoming an inflationary sign.

The starting point may seem unexpected: the comedy La dama boba by Lope de Vega—one of my favorites. At first glance, it looks like a simple melodrama about the marriages of two sisters with different dowries. Yet when read within its historical context, the play reveals something deeper: a society in which everything has become interchangeable. Beginning with love. For Lope, love—something that must be distinguished from mere affection—is expressed in terms of dowries, inheritances, and money. Characters speak in the language of value, price, and calculation. Even language itself becomes a kind of currency. Words circulate, promise, persuade, but they say less and less.

When the women of the Argentine collective Nosotras Proponemos “cancelled” me years ago, one of them reportedly said: “Girls, be careful with words,” meaning that if accusations are inflated too easily—she was more or less suggesting I was Attila raping Ursula and the thousand virgins—then later we will have no vocabulary left to describe actual wrongdoing. The point is revealing: words inflate, circulate, and eventually lose their capacity to signify.

In Spain, this phenomenon did not appear by accident, and it had much to do with America. The Spanish monarchy was living through a profound monetary crisis. During the seventeenth century the Crown issued large quantities of vellón, a copper coin whose legal value was far higher than its material value. The result was persistent inflation and growing distrust of the currency itself. The theologian Juan de Mariana described the problem with remarkable clarity: money has two values—an intrinsic one, the metal, and a legal one, the authority that guarantees it. When the distance between the two becomes too great, the system enters crisis.

At the same time, Spanish society of the Golden Age began to experience something we might call inflation of signs. Words, status, love, and commitments circulated increasingly as signals rather than as stable meanings. A sign could turn from green to red in an instant. Court portraiture was part of the same system. This is precisely what I discuss in the latest video available to paying members of my YouTube channel. In Habsburg Madrid, portraiture became a fundamental instrument for constructing social identity. Commissioning a portrait did not simply record a physical appearance. It produced a public image of authority, honor, or nobility—and attempted to stabilize it.

Velázquez’s response was formal: austerity, reduction, control of gesture. In Las Meninas, identity is not a title or an empty sign; it emerges from a network of gazes and mutual recognition.

Self portrait
*oil on canvas,
*91.9 x 85 cm
*circa 1633/1638

But as more and more people commissioned portraits, a problem similar to that of currency appeared. If anyone could represent themselves as noble, portraiture risked becoming a devalued symbolic coin. Argentina’s progressive middle classes—particularly the social ecosystem around institutions like Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires—have something of this phenomenon: the possibility of simulation. In Baroque Spain, theorists such as Vicente Carducho openly denounced the problem: ordinary individuals having themselves portrayed as aristocrats. Portraiture could easily become an instrument of social ascent through the falsification of identity.

An Argentine friend recently told me about a flamboyant colonial-style character running the Asociación de Amigos del Museo Fernández Blanco who claims to be the honorary consul of Spain, or about Laetitia d’Aremberg who insists on being addressed as “Her Imperial Highness,” despite having been adopted and later divorced from a courtesy heir to that title. Reports from Argentine social life often have the same tone: it is all simulation.

Contemporary Argentina lives through another form of inflation: prices rise while wages collapse, yet official discourse insists inflation is “under control.” When signs detach from material experience, dissociation appears.

Within this context, it becomes interesting to introduce the painting of Diego Velazquez. Velázquez’s response to this “problem” was neither moralistic nor doctrinal. It was formal. Instead of exaggerating aristocratic prestige, his portraits introduce radical austerity: neutral backgrounds, restrained gestures, very few objects. In other words, Velázquez attempts to reduce the visual inflation of portraiture. This gesture reaches its most radical expression in Las Meninas. There the painting becomes a reflection on the very construction of the subject.

The scene is organized as a network of crossed gazes. The painter looks toward the viewer. The Infanta looks forward. Other figures look toward different points in the room. At the back, a mirror reflects the king and queen. The subject does not appear as a fixed identity. It is constructed relationally, through glances. Identity becomes a system of mutual recognition. What distinguishes contemporary Argentina from Velázquez’s world is that Velázquez remains profoundly humanist. He recognizes something fundamental: human identity exists only in relation to others.

When words, images, and money lose their connection to reality, society enters a crisis of recognition. That is why Las Meninas still matters—not to explain the Baroque, but to understand Argentina today.

If we transfer this logic to present-day Argentina, the contrast becomes brutal. The Argentine economy today resembles, in some respects, the inflationary conditions of the seventeenth century—but with a crucial difference. In Baroque Spain inflation was visible. Prices rose, currency lost value, and the crisis was obvious. In Argentina today, under the government of Javier Milei, inflation is increasingly denied. I heard him claim today—this lunatic—that he had lifted thirty percent of the population out of poverty.

This situation occurs when economic adjustment is achieved not by reducing prices but by destroying wages. In a highly extractive economy with little industrial production, collapsing consumption can slow certain price increases without eliminating structural inflation. Basic goods continue to rise in cost while the population loses purchasing power.

The result is a form of dissociated inflation. Prices still reflect dependence on primary exports, economic concentration, weak industrial productivity, extractivism, and financial speculation, while political discourse insists that inflation is “under control.” A fracture thus emerges between material experience and public discourse.

And here we return to Lope de Vega. In La dama boba, language itself begins to function like an inflationary currency. Words circulate, promise, seduce, but increasingly detach from reality. Something similar occurs today in Argentine politics—not only with the government but also with much of the opposition. Political language has been emptied of programmatic content. Words such as “republic,” “freedom,” and “social justice” circulate as interchangeable signs whose real meaning has eroded.

When that happens, citizens themselves enter a form of dissociation—a mode of being inherited, perhaps, from the dictatorship. It may be one reason Argentina has become a global laboratory for brutal post-liberalism.

A significant part of the electorate chose Milei as a response to a discredited political system. But the most striking fact is that even after experiencing the material consequences of economic adjustment, that support persisted in legislative elections. This is not simply ignorance or media manipulation. It is a deeper phenomenon: a society that has lost the ability to connect signs with real experience. As in an inflationary economy, political symbols continue circulating even though their value has radically changed.

And this is where Las Meninas becomes unexpectedly contemporary. Velázquez’s painting shows a world in which identities are constructed through visible relationships. Each gaze recognizes the existence of another. Contemporary Argentina, by contrast, seems to be moving toward a form of political dehumanization in which the other disappears as a subject.

Economic dissociation—inflation without recognition—combines with social dissociation. Citizens cease to see themselves reflected in others. Velázquez therefore offers more than a masterpiece of Baroque painting. He offers a historical lesson: when signs—money, words, images—become too detached from the reality they are meant to represent, society enters a crisis of recognition. And that crisis is not merely economic. It is moral and political as well.

This analysis forms part of the new episode I have just published in my course “From El Greco to Velázquez,” where I examine the problem of inflationary portraiture from Alonso Sanchez Coello to Velázquez. If you are interested in understanding how the art of the Spanish Golden Age can illuminate contemporary problems—from inflation to the construction of political identities—you can access this and all my full courses by becoming a paid member of the channel.

Members receive access to:

• complete art-history courses

• exclusive classes and extended materials

• debates and analyses I do not publish publicly

You can join through the “Join” button on the channel and access the full content.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tendencias