La reseña de Sebastian Dunphy, persona a la que conozco y tengo gran aprecio,  sobre La manzana de Cézanne, el libro de D. H. Lawrence recientemente publicado por Objetos Encontrados y traducido por Valentín Huarte, me interesa precisamente porque deja ver un problema crítico más amplio al que me referiré en otro post. Pero, hoy quería hacer la crítica del critico. Un poco en honor a Lawrence que hace exactamente eso.  Como decía, Le tengo aprecio a Dunphy y ademas me hizo una nota en El Destape hace años titulada “Cañete: El Caballero Infiel del Arte Argentino”.

“El problema de leer a Lawrence sólo en clave victoriana es que se pierde lo central: para él, el terror al sexo y la ruptura entre cuerpo y conciencia empiezan mucho antes, ya en Shakespeare y en Hamlet.”

En su reseña, Dunphy, su reseña tiene inteligencia, pero confirma algo que me parece cada vez más visible en cierto progresismo cultural y especialmente en El Destape: la tendencia a leerlo todo en clave moral, o peor, eticista, incluso cuando el texto en cuestión está intentando pensar otra cosa.

Reducir el libro de Lawrence a una genealogía moral del puritanismo aplana su ambición real: no está pensando sólo la represión sexual, sino una crisis más profunda en la relación entre percepción, cuerpo y crítica.

El primer problema aparece en la periodización. La reseña en El Destape ubica el comienzo del terror (inglés) al sexo y la irrupción del problema en la época victoriana. Pero eso no es exactamente lo que hace Lawrence. En Lawrence, el desplazamiento es mucho más temprano y mucho más violento. El problema aparece ya en Shakespeare, en Hamlet, cuando describe el miedo a las consecuencias, el espanto ante la vida sexual y el modo en que ese terror comienza a instalarse en la conciencia del norte de Europa hacia fines del siglo XVI. No es un detalle menor. Cambiar ese punto de partida altera por completo el marco del argumento. Si se lo traslada al victorianismo, el problema queda reducido a una variante de puritanismo decimonónico que sí es el contexto de lectura de Lawrence. En él, en cambio, estamos ante una mutación histórica mucho más profunda: una reorganización de la relación entre cuerpo, sexo, imaginación y conciencia en la modernidad europea que no la ve en el pánico moral de la formación de las megaciudades sino en los orígenes del capitalismo. Esto es clave. 

Lo mismo ocurre con otra formulación de la reseña, cuando se afirma que esa afección de la salud “se transformaría con el tiempo en una genealogía de la moral”. El problema de esa frase no es sólo su pobre sintaxis ya que “con el tiempo” esta de más, sino que aplana el texto. Lo domestica. Lo vuelve legible dentro de una grilla que hoy parece obligatoria: la de la moral, la norma, el disciplinamiento. Y en esto coinciden MAGA, el Destape, y el Mileismo. Pero Lawrence no está escribiendo, al menos no solamente, una genealogía moral. Está pensando algo bastante más incómodo y menos digerible para la crítica cultural contemporánea: cómo una transformación histórica del cuerpo y del miedo altera la percepción misma, la crítica misma, la posibilidad misma de una relación no alienada con la materia. Su reflexión tiene que ver con el capitalismo que deberia ser el verdadero enemigo del medio del empresario Navarro. 

Y ahí está, creo, el punto decisivo. Lo que me interesa del libro no es sólo lo que dice sobre sexualidad, sífilis o cultura inglesa. Me interesa el modo en que Lawrence construye una idea de la crítica completamente distinta de la dominante hoy. No parte de la obra para extraer un contenido moral. No lee a Cézanne como síntoma ideológico. No convierte la pintura en ejemplo de una tesis previamente armada. Hace algo mucho más raro y mucho más exigente: intenta describir cómo, en ciertas obras, la forma recupera una presencia material que la cultura moderna había sofocado.

Cuando la crítica de arte traduce todo a moral, deja de pensar la forma, la presencia y la materia de la obra, y termina leyendo incluso a Cézanne como si fuera apenas un caso de pedagogía ética.

Por eso las manzanas de Cézanne son tan importantes para él. No porque encarnen una moraleja, ni porque ilustren una pedagogía de la sensibilidad, ni porque “representen” una reparación ética. Son importantes porque parecen existir por fuera del signo vacío que se llena con la transaccionalidad. Porque no están subordinadas ni al sentimentalismo del artista ni al aparato interpretativo del crítico. Porque en ellas la materia deja de ser el accidente de una subjetividad y recupera densidad propia. Eso es lo escandaloso del texto de Lawrence. Y también lo que cierta crítica progresista parece incapaz ya no de soportar sino de ver.

Porque el progresismo cultural argentino —y El Destape es un buen ejemplo de eso— tiende a leer el mundo entero en términos de reparación moral colectiva. Todo debe pasar por la norma, por la denuncia, por la virtud, por el encuadre correcto y es ahi donde se agota. El resultado es una crítica que se cree radical pero que en realidad es profundamente conservadora en su estructura: no sabe qué hacer con una obra (o la represión de una de sus periodistas en el Congreso) salvo traducirla en términos morales. Y cuando se encuentra con un texto como el de Lawrence, que está intentando pensar la relación entre cuerpo, percepción y forma en un nivel que no es reducible a la ética, inmediatamente lo reconduce a un relato reconocible: represión, moral, subjetividad disciplinada, genealogía del puritanismo. Todo muy sensato. Todo muy legible. Todo un poco muerto. Tan muerto como que nadie se atreve a contradecir a Navarro en las discusiones que tiene entre si en su programa de YouTube. 

Dicho brutalmente: lo que el texto de Dunphy revela no es sólo una lectura discutible de Lawrence. Revela el límite de un progresismo que ya no sabe leer otra cosa que no sea su propio vocabulario moral. Y Lawrence, por suerte, sigue siendo bastante más peligroso que eso.

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