Castos y con Ricotita: La Misa Mistica Invertida del Gordo Dan
Jóvenes libertarios se tiran al piso, se golpean entre risas. Se mueven como si estuvieran protagonizando una guerra santa de varones vírgenes que aún no aprendieron a usar sus cuerpos para nada que no sea golpearse entre sí.
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Es una masculinidad sin objeto sexual. No hay mujeres en la escena. Lo que circula es la adrenalina del contacto entre hombres, el código visual de una masturbación sublimada: uno se lanza sobre el otro, no para dañarlo, sino para experimentar algo del orden del éxtasis colectivo. La pelea es litúrgica. Es La Misa, después de todo, El cuerpo del otro no es enemigo: es pantalla de deseo.
Este tipo de escena responde al modelo de homosexualidad sublimada donde el contacto físico entre varones opera como válvula de expresión de una pulsión no reconocida. Es el reverso ruidoso de lo que Borges narra en La intrusa: dos hermanos que comparten una mujer a regañadientes y terminan matándola para no interrumpir el lazo entre ellos. La mujer no es deseada. Estorba.
Este tipo de escena responde al modelo de homosexualidad sublimada donde el contacto físico entre varones opera como válvula de expresión de una pulsión no reconocida.
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El joven asceta libertario – Ciro Andrés Patiño Smokvina
Y luego está Ciro. Aislado, contenido, silencioso. Su foto es el extremo opuesto del tumulto libertario: cuerpo erguido, camisa abotonada, mirada que no seduce sino que suplica reconocimiento. No hay libido, no hay humor. Ni siquiera hay cuerpo. O, mejor, dicho, hay demasiado cuerpo pero es un cuerpo de clausura. Lo que hay es renuncia.
Ciro Andres Patiño Smokvina es lo opuesto del tumulto libertario: su mirada no seduce sino que suplica reconocimiento. No hay libido, no hay humor. Ni siquiera hay cuerpo. O, mejor, dicho, hay demasiado cuerpo pero es un cuerpo de clausura.
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Pero no es cualquier renuncia: es autorrenunciamiento católico, del tipo que hace carrera a través de la negación del placer. Es evidente en la foto que se bloque con una estampita. El cuello cerrado hasta arriba, sin arrugas, sin un pliegue de vulnerabilidad. El pelo, prolijamente dispuesto como si ningún deseo hubiera pasado por ahí. La boca, cerrada, apenas contenida, como si reprimir el goce fuera ya parte del lenguaje corporal. Las manos fuera de cuadro, sin gestos, sin caricia, sin desborde. El cuerpo no se ofrece: se presenta como un documento.
Pero la de Ciro no es cualquier renuncia: es autorrenunciamiento católico, del tipo que hace carrera a través de la negación del placer. Es evidente en la foto que se bloque con una estampita.
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Nada en su postura habla de deseo. Todo habla de mérito, control, espera. Es el tipo de castidad que no busca la salvación del alma, sino la mirada del Falo. De un padre económico, teológico o político, da igual. Lo que pide Ciro con esa imagen es acceso a un lugar indefinido: permiso para representar la pureza en nombre de algo más grande, más viril, más serio que él. Ciro no quiere coger: quiere que sepamos que no quiere. Su atractivo pasa por el rechazo al atractivo. En lugar de mostrarse deseante, se presenta como digno de autoridad. Como los místicos españoles del Siglo de Oro —Teresa de Ávila, San Juan, Juana de la Cruz—, su capital simbólico radica en la renuncia espectacular al placer.
Lo que pide Ciro con esa imagen es acceso a un lugar indefinido: permiso para representar la pureza en nombre de algo más grande, más viril, más serio que él
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Esta es la masculinidad libertaria en modo asceta: quiere poder a través de la castidad visible, no del deseo satisfecho. Es la forma libertaria de la santidad: el joven que, para entrar al templo del poder masculino, debe ofrecer su propio cuerpo como sacrificio estético. Esa imagen ascética busca ser observada por otros hombres, no para abrirse sino para cerrarse, como una puerta blindada que solo reconoce jerarquías. No hay promesa, ni acceso, ni exposición. Solo hay forma. Superficie tersa. Presentación sin contacto.
Esta es la masculinidad libertaria en modo asceta: quiere poder a través de la castidad visible, no del deseo satisfecho. Es la forma libertaria de la santidad: el joven que, para entrar al templo del poder masculino, debe ofrecer su propio cuerpo como sacrificio estético mas no carnal.
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Y sin embargo, en ese encuadre limpio se cuela algo más turbio: una forma de ligazón entre varones que se articula a través del sometimiento a una ley que no requiere castigo físico porque ya está inscrita en la postura, en el ángulo del mentón, en el modo en que el cuerpo se saca a sí mismo del plano. Lo que une a estos hombres no es el afecto ni la diferencia, sino la vigilancia mutua de sus cuerpos. La autoridad no es exterior: es el pacto no hablado de no desviarse, de no mostrar nada que no haya sido previamente autorizado. Pero por quién?
Lo que une a estos hombres no es el afecto ni la diferencia, sino la vigilancia mutua de sus cuerpos. La autoridad no es exterior: es el pacto no hablado de no desviarse, de no mostrar nada que no haya sido previamente autorizado. Pero por quién?
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En ese orden, el cuerpo es siempre el enemigo: no por lo que hace, sino por lo que podría mostrar si no estuviera bajo control. Golpearse entre varones, como en el set del Gordo Dan, o exhibirse como emblema de sobriedad católica libertaria, como Ciro, no son gestos opuestos: son variantes de una misma coreografía de la hombría defensiva, donde el cuerpo se vuelve medio de inscripción de una pertenencia que nunca puede afirmarse del todo, y por eso necesita reafirmarse una y otra vez, ya sea con puños o con botones cerrados hasta el cuello.
Uniformes imaginarios y cuerpos frustrados: la fantasía de hombría militar en clave libertaria
En el video del Gordo Dan, todos visten igual: jeans, campera negra, alguna remera neutra. Esa repetición configura una estética de uniforme sin institución: no son soldados, pero juegan a serlo. La ropa de estos liberarios de la Misa actúa como camuflaje: oculta los cuerpos desbordados, incapaces de cumplir su propia fantasía de masculinidad contenida. Ninguno es atlético, pero todos actúan como si lo fueran. La gordura no es fracaso físico, es exceso simbólico: sobra carne donde debería haber forma.
La ropa de estos liberarios de la Misa actúa como camuflaje: oculta los cuerpos desbordados, incapaces de cumplir su propia fantasía de masculinidad contenida. Ninguno es atlético, pero todos actúan como si lo fueran.
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Este vestuario homogéneo es una versión civil del homoerotismo militar: una comunidad de varones que se observa, se mide y se valida a través de la presencia del otro. Como en los regímenes de iniciación castrense, hay contacto físico, sudor compartido, fricción. No hay erotismo explícito, pero sí una atmósfera de excitación comunitaria, sostenida por la violencia simbólica y literal. No hay mujeres presentes, ni falta que hacen. La función de la pelea no es liberar tensión, sino sellar pertenencia.
Este vestuario homogéneo es una versión civil del homoerotismo militar: una comunidad de varones que se observa, se mide y se valida a través de la presencia del otro
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En este universo visual, el cuerpo no es vehículo de placer ni de dominio, sino escenario de ensayos de masculinidad supervisada. El jean oscuro y la campera negra no visten: recubren el cuerpo como armadura low cost, como si alcanzar la virilidad dependiera de parecer listo para una guerra que nunca llega. Y el ring improvisado en el set es solo una versión infantil y derrotada de esa guerra deseada.

De Teresa de Ávila al Gordo Dan: el goce como carrera mística
El cuerpo excedido, la ropa negra, el encierro en misa pagana, los golpes entre varones como autoexorcismo: todo en ese episodio de La misa del Gordo Dan recuerda menos a una pelea que a un trance casto. Pero no cualquier trance. Lo que estos cuerpos representan —sin saberlo— es una versión degradada y masculina de la mística barroca española, donde el dolor, el éxtasis contenido y la teatralización de la abnegación eran una carrera.
El cuerpo excedido, la ropa negra, el encierro en misa pagana, los golpes entre varones como autoexorcismo: todo en ese episodio de La misa del Gordo Dan recuerda menos a una pelea que a un trance casto
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Como Teresa de Ávila que narraba sus visiones con un cuchillo en el alma, o Juana de la Cruz que predicaba en trance frente a multitudes, estos libertarios gordos y uniformados no desean anonimato: desean ser vistos sufrir, ser testigos del propio renunciamiento. No hay placer en la escena, pero sí hay goce —no como gratificación, sino como exhibición. Golpearse entre risas, tirarse al piso, repetir el gesto del sacrificio inútil: todo es una forma de liturgia libertaria, donde el cuerpo masculino se expone como campo de prueba y castidad grotesca.
Lo hiperbólico —el volumen del cuerpo, la intensidad de la música, la sobreactuación de la pelea— no es casual: es parte de la lógica barroca de la mística, donde la exageración es la vía al reconocimiento. No se trata de autocontrol silencioso, sino de hacer de ese control una forma de espectáculo. Ser varón, en este régimen, es renunciar al goce con tanto ruido que todos lo noten.
Ser varón, en este régimen, es renunciar al goce con tanto ruido que todos lo noten.
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La masculinidad libertaria, en su versión adolescente, entonces, no se afirma en el placer sino en la teatralización de su supresión. El jean ajustado y la campera negra no son moda: son cilicio simbólico. La pelea no es conflicto: es performance de castidad. No buscan convencer a las mujeres, sino conmover al Padre —al espectro de una autoridad viril que mira desde algún lugar del set o del algoritmo.
Conclusión: el cuerpo masculino como fortaleza paranoica
Tanto en la escena grotesca del Gordo Dan como en la imagen ascética de Ciro, lo que emerge no es una masculinidad segura de sí, sino una masculinidad asediada, frágil, que necesita de coreografías cada vez más absurdas para mantenerse en pie. Ya sea golpeándose entre iguales o anulando toda huella de encarnadura, el cuerpo del varón libertario no se ofrece al mundo, se defiende de él.
Porque lo intolerable para el Gordon Dan y San Ciro —lo verdaderamente insoportable— no es la mirada del otro, sino la posibilidad de disolverse en ella. Por eso se uniforman hasta el cuello como monjas de clausura.
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Porque lo intolerable —lo verdaderamente insoportable— no es la mirada del otro, sino la posibilidad de disolverse en ella. Por eso se golpean, por eso se uniforman, por eso se fotografían con la camisa cerrada hasta el cuello como monjas de clausura. En ellos, no hay comunidad real, no hay amor fraterno ni ligazón sensible: hay cuerpos que se miden entre sí para comprobar que los limites aún están allí. Que nada ha sido atravesado, penetrado o haya penetrado. En el fondo, toda esta violencia sobre sí mismos —ya sea en forma de golpes cómplices o de auto castidad performativa— es el precio que pagan por no exponerse a nada que no puedan controlar y lo que pueden controlar es bien poco.





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