Ya está disponible el Episodio 9 del Curso de Teoría del Arte del Siglo XX basado en documentos primarios. Esta semana trabajamos con siete textos de 1902 a 1912 — Simmel, Weber, Lenin, Bergson, Blok, Marinetti y los futuristas — que constituyen el mapa intelectual de lo que Europa llamó “la modernidad” antes de que la Primera Guerra Mundial llegara a confirmar, con metralla, que el diagnóstico era correcto. La clase dura una hora y está organizada en torno a una sola pregunta: si la modernidad produce la Jaula de Hierro y el especialista sin espíritu que Weber describe, ¿qué se supone que tiene que hacer el arte? Las respuestas que dan estos autores son incompatibles entre sí, y esa incompatibilidad es parte del argumento.

Lo que ninguno de estos textos menciona explícitamente, pero que forma el telón de fondo médico y cultural de todos ellos, es la epidemia de neurastenia que recorre Europa y Estados Unidos desde la década de 1870. El neurólogo norteamericano George Beard acuñó el término en 1869 para describir un síndrome de agotamiento nervioso crónico producido exactamente por las condiciones que Simmel analiza: la hiperestimulación del sistema nervioso en la ciudad moderna, la multiplicación de decisiones, la velocidad de la vida urbana, la economía del dinero que convierte todo en cálculo. La neurastenia era, en términos médicos, lo que Simmel describía en términos sociológicos: el sistema nervioso humano colapsando bajo el peso de la modernidad. La diagnosticaban con entusiasmo los médicos de toda Europa, y la padecían —o creían padecerla— artistas, escritores, e intelectuales en cantidades industriales. William James la tuvo. Herbert Spencer la tuvo. Charlotte Perkins Gilman escribió sobre ella. Era, literalmente, la enfermedad de la época.

La neurastenia era, en términos médicos, lo que Simmel describía en términos sociológicos: el sistema nervioso humano colapsando bajo el peso de la modernidad. La diagnosticaban con entusiasmo los médicos de toda Europa, y la padecían —o creían padecerla— artistas, escritores, e intelectuales.

La respuesta farmacológica más celebrada de ese momento fue la cocaína. Y aquí entra Sigmund Freud, que en 1884 publicó “Über Coca” —Sobre la Coca—, un texto entusiasta en el que defendía la cocaína como tratamiento para la neurastenia, la depresión, la debilidad nerviosa y la adicción a la morfina. Freud la tomaba él mismo, la recomendaba a su prometida Martha, se la administraba a pacientes y colegas. La describía como una sustancia que eliminaba el cansancio, suprimía el hambre, producía euforia y energía sostenida: exactamente el antídoto químico de la actitud blasé que Simmel estaba por describir. La cocaína prometía invertir farmacológicamente lo que la modernidad producía psíquicamente — restaurar la intensidad de la experiencia que la hiperestimulación había embotado. El experimento terminó mal: el amigo de Freud Ernst von Fleischl-Marxow, a quien Freud había convencido de sustituir su adicción a la morfina con cocaína, desarrolló una adicción severa y murió en 1891. Freud nunca terminó de procesar ese fracaso.

La respuesta farmacológica más celebrada de ese momento fue la cocaína. Y aquí entra Sigmund Freud, que en 1884 publicó “Über Coca” —Sobre la Coca—, un texto entusiasta en el que defendía la cocaína como tratamiento para la neurastenia, la depresión, la debilidad nerviosa y la adicción a la morfina

Lo que hace interesante este episodio histórico para los que estamos siguiendo este curso es que la cocaína y los siete textos que trabajamos esta semana son respuestas al mismo problema. Simmel y Weber diagnostican la crisis; Bergson propone la intuición como salida filosófica; Lenin propone la organización política; Blok espera la catástrofe purificadora; Marinetti celebra la destrucción. Pero todos ellos están respondiendo al mismo agotamiento del sistema nervioso moderno que Freud creyó poder curar con alcaloides de la hoja de coca. El futurismo, leído desde este contexto, tiene una dimensión farmacológica evidente: las noches sin dormir escribiendo manifiestos que Marinetti describe en la apertura narrativa de su texto, la fiebre de velocidad y energía, el desprecio por el sueño y el reposo, la celebración del peligro como antídoto de la inercia — todo eso lee diferente cuando se sabe que el mundo intelectual de Marinetti era exactamente el mundo que Freud estaba tratando con cocaína. La estética futurista es, entre otras cosas, la estetización del estar puesto.

Simmel y Weber diagnostican la crisis; Bergson propone la intuición como salida filosófica; Lenin propone la organización política; Blok espera la catástrofe purificadora; Marinetti celebra la destrucción. Pero todos ellos están respondiendo al mismo agotamiento del sistema nervioso moderno que Freud creyó poder curar con alcaloides de la hoja de coca.

El trayecto de Freud desde “Über Coca” hasta el psicoanálisis es también el trayecto desde la solución química hasta la solución interpretativa: si la cocaína no puede curar el agotamiento nervioso de la modernidad de manera sostenida, quizás lo que hay que hacer es entender los mecanismos inconscientes que producen ese agotamiento. El psicoanálisis nace, en parte, del fracaso de la farmacología de la modernidad. Y en ese sentido tiene una relación estructural con lo que Bergson estaba proponiendo en paralelo: que la solución al problema de la modernidad no está en el exterior — ni en la velocidad de Marinetti ni en el partido de Lenin ni en la coca de Beard — sino en el acceso a algo más profundo que la inteligencia calculadora puede capturar. Para Bergson ese acceso es la intuición. Para Freud es el inconsciente. Para los expresionistas alemanes que vimos en los episodios anteriores es la necesidad interna. Todos están buscando, en distintos lenguajes, la misma cosa: lo que la modernidad sepultó.

El psicoanálisis nace, en parte, del fracaso de la farmacología de la modernidad. Y en ese sentido tiene una relación estructural con lo que Bergson estaba proponiendo: ni en la velocidad de Marinetti ni en el partido de Lenin ni en la coca de Beard — sino en el acceso a algo más profundo que la inteligencia calculadora puede capturar.

Este episodio está disponible ahora. Si lo están viendo antes de la clase, les recomiendo leer aunque sea el fragmento de Simmel — es breve, es preciso y es una de las páginas de sociología más directamente aplicables al mundo contemporáneo que existen. La metrópolis que Simmel describía en 1902 es la misma que ustedes atraviesan con el celular en la mano produciendo exactamente la actitud blasé que él diagnosticó, con la única diferencia de que ahora la hiperestimulación ya no requiere salir a la calle.

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