Ya está disponible un nuevo episodio de La Mala Educación de esta semana en mi canal de YouTube. Lo podés ver al final de este post.

No es un homenaje. No es una nota conmemorativa. Es una lectura incómoda sobre cómo se construyen los héroes del periodismo político argentino y qué se sacrifica —emocional, corporal y simbólicamente— para sostener ese relato.

A partir de audios, entrevistas recientes y materiales que circularon en el aniversario de la muerte de Jorge Lanata, este episodio se mete donde casi nadie quiere mirar: la figura de Kiwi de Lanata como testigo sacrificial, el rol de Romina Manguel y María Laura Oliván en la liturgia del recuerdo, y el modo en que el periodismo blinda su propia herencia incluso después de la muerte.

Drogas, poder, devoción, paternidades simbólicas y gestión narrativa de la vida privada: ¿qué pasa cuando la experiencia deja de vivirse y empieza a escribirse como texto? ¿Quién paga los costos reales del mito? ¿Y por qué el periodismo necesita estas absoluciones póstumas para seguir funcionando?

▶️ Mirá el episodio completo acá:

Si te interesa pensar el periodismo más allá de la épica y el sentimentalismo, este episodio es para vos.

Seguimos.

6 respuestas a «Kiwi de Lanata: la beata del periodismo como religión civil»

  1. affablefd01d9d526

    el varón, en general, tiende más a la autodestrucción para llegar a algún lugar; podría tener ambiciones más grandes que la mujer; asiste menos al médico; es más pasible de tener enfermedades cardiovasculares y enfermedades genéticas; además tiene que soportar la violencia y agresividad de, en general, otros varones.

    Quizás, el problema con los héroes como Lanata es querer llegar a trascender o estar en los demás, y eso debe ser un costo corporal tan alto que necesita suplementarse con otras personas que banquen su proyecto personal de canonización.

    En otros términos, el problema de base quizás sean las ambiciones desmesuradas, y la pérdida de desmesura se ve en la destrucción de su cuerpo, y en la suplementación vampírica o macbethiana de la energía de otras personas para cumplir con sus objetivos.

    Sin embargo, no hay un funcionamiento anómalo a lo que sucede en una empresa típica: líder que para cumplir con su proyecto empresarial contrata personal para la continuidad de su proyecto.

    Quizás, en la Argentina en la que vos viviste (Argentina con Lanata más funcional y entero) el liderazgo pasó por algo mucho más precario, caudillezco, religioso o espiritual: querer ser quien murió por los demás e inmortalizarse…?

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  2. Es una reflexión muy interesante y bien formulada, sobre todo cuando traés la idea del costo corporal del liderazgo y la suplementación con otros cuerpos para sostener un proyecto. Coincido en parte: hay algo estructural ahí que no es “anómalo”, sino bastante típico de los liderazgos fuertes, incluso en el mundo empresarial.

    Donde yo pondría un matiz es en no naturalizar del todo esa equivalencia. En el caso argentino —y ahí entra Lanata con fuerza— el liderazgo no solo es organizativo o productivo, sino sacrificial y casi religioso. No alcanza con “dirigir”: hay que encarnar, padecer, morir un poco por los demás. Eso excede la lógica empresarial y se acerca más al caudillismo simbólico que mencionás.

    Y ahí es donde la figura de Kiwi se vuelve central: no solo como soporte funcional, sino como garante moral del sacrificio, como cuerpo que permite que el mito se sostenga limpio. Eso es lo que me interesa problematizar, más que juzgar ambiciones individuales.

    Gracias por leer con esa densidad. Da gusto cuando el intercambio va por acá.

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  3. Hablando de periodistas, fijate la angustia que esta atravesando la periodista (y funcionaria) Gabriela Cerruti.

    Mientras el pueblo surfea la crisis habitacional alquilando ratoneras, sin acceso al crédito, ella llora por el destino de su capital acumulado. Capital cultural, pero capital al fin.

    Problemas de gente blanca palermitana.

    «La gran transferencia sin espacio: qué hacemos con los libros y los objetos que una generación acumuló durante toda su vida.

    Bibliotecas, discos, ropa y casas llenas forman parte de una herencia silenciosa que empieza a volverse problema colectivo. En un mundo cada vez más digital, la pregunta ya no es solo económica, sino cultural: qué se conserva, qué se suelta y qué sentido tiene hoy guardar aquello que durante décadas dio identidad y seguridad»

    https://www.infobae.com/sociedad/2026/01/04/la-gran-transferencia-sin-espacio-que-hacemos-con-los-libros-y-los-objetos-que-una-generacion-acumulo-durante-toda-su-vida/

    Saludos, ES.

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  4. Franco Assanelli

    Algunas aclaraciones:

    0. Acabo de enterarme que WordPress tiene un formato estilo red social para los comentarios. Yo contestaba desde lo que me llegaba a mi bandeja de mail…

    1. Quería firmar mi comentario con mi nombre completo, Franco Assanelli, pero quedó mal firmado con affablefd01d9d526.

    2. La ventaja de responder por acá es que queda a libre escrutinio externo, lo que podría ayudar a mejorar la postura personal; la desventaja de responder por acá es que puede ser criticado por comentarios bastante poco constructivos, hasta destructivos; por eso te hablaba por otros canales.

    3. Responder a través de la caja de comentarios, no creo que sirva para generar un debate o ida y vuelta nutritivo. Quizás, lo mejor sea que te conteste armando mi propio blog y reblogueando tus posteos en el mío a modo de contestación. Quizás, ese formato sea más dinámico, aunque no sé si pueda hacerlo, sin dejar de lado otros compromisos urgentes.

    4. Sobre mi comentario previo que respondiste, Cañe. Yo lo que planteé era una cuestión de grados igual, no de equivalencias. Pero el vector común a ambos es la Ambición, de nuevo, graduada, dada en grados. Una ambición mesurada te mantiene, dentro de todo, saludable; una ambición desmesurada te autodestruye.

    Aparte, consideraré hacer mi propio blog, citar tus posteos y contestarte, responderte, desde ahí. Aunque No prometo algo que no sé si pueda cumplir, dado que implica invertir tiempo en ello y soltar otros compromisos urgentes, como había dicho antes.

    Y gracias a vos, Cañe, por tu contestación;
    implica también una inversión de tu tiempo para responder, la elección de expresiones adecuadas acordes al marco de contestación (en este caso, una caja de comentarios), defender la hipótesis planteada dentro de lo razonable y soportar el peso de las visiones contrapuestas.

    En resumen, hoy responder y debatir es un esfuerzo, aunque necesario para enriquecer las posturas de cada uno, hasta de quienes presencian las charlas. El problema es encontrar a las personas adecuadas con quienes debatir; y quizás hoy debatir sea una forma de hacer amigos pero no puedo poner las manos en el fuego por esto último que digo (y tampoco apuesto a ello; la amistad debe dejarse florecer; y si uno la busca, entonces se esconde)…

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  5. Gracias, Franco. De verdad. Y gracias también por tomarte el tiempo de aclarar el contexto, el modo y la intención, que no es poco en un espacio como este.

    Entiendo perfectamente lo que decís sobre WordPress y el formato “red social” de los comentarios. No siempre es el mejor dispositivo para pensar en voz alta ni para desplegar matices, y mucho menos para conversaciones que no buscan el golpe rápido sino el desarrollo. Dicho eso, coincido con vos en algo clave: que quede a la vista de otros también obliga a afinar, a hacerse cargo de lo que uno dice y a aceptar el escrutinio. Es incómodo, pero intelectualmente sano.

    Respecto a la cuestión de fondo, me parece muy productiva la idea de grados y no equivalencias. Ahí estamos bastante cerca. No estoy planteando una oposición binaria entre una ambición “buena” y otra “mala”, sino un punto de quiebre donde la ambición deja de ser vector de acción dentro de un sistema y pasa a ser fuerza de descomposición del propio sistema que la hizo posible. En ese sentido, la ambición desmesurada no solo autodestruye al sujeto que la encarna, sino que erosiona las condiciones colectivas que la sostienen. Ahí es donde me interesa poner el foco.

    Me parece muy interesante —y honestamente estimulante— la posibilidad de que respondas desde tu propio blog, citando y discutiendo. Ese formato permite algo que hoy escasea: pensar en paralelo sin necesidad de ganar una discusión. Si lo hacés, genial; si no, también está bien. No hay ninguna obligación ni deuda implícita. Pensar lleva tiempo, y el tiempo siempre compite con otras urgencias.

    Valoro especialmente lo último que decís: debatir hoy es un esfuerzo. Coincido. No porque falten opiniones, sino porque falta escucha, falta paciencia y falta disposición a no cerrar demasiado rápido. Si estas conversaciones sirven para afinar ideas —propias y ajenas—, ya cumplen una función. Si además, en el camino, aparece una forma de afinidad o de respeto mutuo, mejor; pero eso, como bien decís, no se fuerza.

    Gracias de nuevo por el tono, por el cuidado y por la inteligencia del intercambio. Eso, hoy, no es menor.

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  6. Sí, ese texto es muy sintomático. No por lo que dice explícitamente, sino por desde dónde está dicho. La angustia que aparece ahí no es la de una sociedad sin acceso a la vivienda, sino la de una fracción social que empieza a percibir que su acumulación simbólica y material ya no tiene dónde apoyarse.

    Mientras amplios sectores alquilan espacios cada vez más precarios, sin crédito, sin estabilidad y sin horizonte patrimonial, el problema que se formula es qué hacer con bibliotecas, discos, ropa y casas llenas. Es decir: no el drama de no tener espacio, sino el drama de haber tenido demasiado y no saber cómo transmitirlo. Capital cultural, sí, pero capital al fin, sostenido históricamente por condiciones materiales muy concretas.

    Lo interesante es que el texto intenta elevar esa incomodidad a “problema colectivo”, cuando en realidad es el problema de una generación y de una clase específica: gente que pudo acumular, guardar, heredar y ahora descubre que ese modelo no es generalizable ni reproducible. No es casual que aparezca en clave nostálgica y cultural, porque nombrarlo en términos económicos lo volvería inmediatamente obsceno.

    Ahí está la distancia que señalás: para muchos, la herencia es una deuda; para otros, es decidir qué hacer con los restos de una vida llena. No es un conflicto individual ni meramente cultural: es una fractura de época, y también de clase.

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