El punto de partida del streaming —y también su trampa— es la afirmación de Tamara Tenenbaum según la cual el resentimiento funcionaría como impulso vital de la literatura. La frase seduce porque parece otorgar densidad existencial a la escritura, pero en realidad simplifica un problema mucho más complejo (y, además, formaliza exageradamente la escritura de Virginia Woolf, vaciándola de potencia política). Para la escritora del Bloomsbury, el resentimiento no es un principio explicativo suficiente, sino, en el mejor de los casos, una materia prima inestable cuya productividad depende enteramente de su mediación. Ahí es donde la discusión deja de ser psicológica o moral y se vuelve formal, retórica y, en última instancia, epistemológica.

El punto de partida del streaming es la afirmación de Tamara Tenenbaum según la cual el resentimiento funcionaría como impulso vital de la literatura. La frase seduce porque parece otorgar densidad existencial a la escritura, pero en realidad simplifica un problema mucho más complejo (y, además, formaliza exageradamente la escritura de Virginia Woolf, vaciándola de potencia política)

Handwritten text about Virginia Woolf's life and feminist themes on paper with her portrait faintly visible
A handwritten note reflecting on Virginia Woolf’s struggles and legacy

Si uno toma en serio el diagnóstico contemporáneo del malestar —tal como lo formula Mark Fisher— el problema no es la ausencia de afecto sino el modo en el que las intensidades fueron secuestradas por el mercado. El capitalismo tardío produce experiencias intensas de precariedad, pérdida de futuro y desposesión, pero al mismo tiempo bloquea su inteligibilidad. Uno se pierde en un océano de deseos cuyo objeto siempre tiende a pasar fugazmente y desaparecer. El resultado no es una conciencia política clara, sino una proliferación de afectos sin traducción: ansiedad, depresión, frustración. En ese contexto, el resentimiento aparece, pero no como crítica, sino, para Fisher, como síntoma mal canalizado. Pero Tenenbaum no entiende esto y, mezclando registros de lectura, culpa a la teoría critica de justificar la ira y al hacerlo, de liberar una fuerza “oscura” que, según ella, acaba convirtiéndose en “odio” lo que, también según ella, habilita el ascenso del fascismo. Para peor convierte ese síntoma en “motor de la literatura” lo que implica aceptar su forma más inmediata sin interrogar su condición de posibilidad.

Aquí es donde la lectura se vuelve problemática no solo para el lector sino para ella. Este es un libro que Tenembaum se arrepentirá de haber escrito. No por su aparente osadía sino por su falta de comprensión de la situacionalidad de las teorías en las que se apoya para establecer un dialogo con Virgina Woolf que, creo, le van a costar su carrera. El uso de Fisher en el libro de Tenenbaum, “Un millón de cuartos propios” no opera como herramienta analítica, sino como instrumento de auto legitimación. Se toma el registro afectivo —el malestar— y se lo convierte en argumento sin pasar por la reconstrucción de las condiciones que lo producen. Lo que se pierde en ese movimiento es precisamente lo que hacía de Fisher un pensador incisivo: la insistencia en que el sufrimiento contemporáneo no puede comprenderse sin una lectura de sus mediaciones económicas, institucionales y culturales. La teoría crítica aparece así descontextualizada, reducida a un repertorio de intensidades que respaldan una posición previa que oscila entre la de la autora y la de Woolf, siendo ambas lecturas equivocadas.

Este es un libro que Tenembaum se arrepentirá de haber escrito. No por su aparente osadía sino por su falta de comprensión de la situacionalidad de las teorías en las que se apoya para establecer un dialogo con Virgina Woolf que, creo, le van a costar su carrera.

La introducción de Virginia Woolf le permite a Tenenbaum, prima facie, desplazar el problema hacia otro plano. Woolf no niega la existencia del agravio ni la legitimidad de ciertos afectos, pero desconfía de su capacidad para organizar la experiencia sin empobrecerla. Cuando la conciencia queda capturada por una lógica reactiva —herida, identificación de culpable, respuesta— la percepción se rigidiza. Se pierde la complejidad temporal, la ambigüedad, la textura misma de la experiencia. En este sentido, el resentimiento no es simplemente una emoción; es una forma de reducción perceptiva. Escribir desde ahí, sin mediación, no produce intensidad, sino simplificación. Esta es una postura modernista pero el trabajo de Tenembaum debería haber sido el de trazar la curva entre esa forma que originalmente podia proyectar potencia política al presente y evitar caer en nihilismos. Fracasa estrepitosamente, al volverse, sentimental, eticista y lo más alarmante, proponer un programa de acción feminista basada en la conciencia ética. Todo esto con Peter Thiel en Argentina….

Para Virginia Woolf, el resentimiento es una forma de reducción perceptiva. Escribir desde ahí, sin mediación, es simplificación. Esto es modernismo y el trabajo de Tenembaum debería haber sido el de trazar la curva entre la estética política Woolfiana y el presente. Pero fracasa al volverse sentimental y proponer un programa feminista basada en la disuasión ética. Con Peter Thiel en la Argentina!.

Es precisamente en ese punto donde la comparación con Flannery O’Connor se vuelve decisiva. En sus ensayos sobre la enseñanza de la literatura —recogidos en Mystery and Manners— O’Connor formula una exigencia que desarma por completo la idea de la emoción como motor suficiente: la literatura no trabaja con sentimientos en bruto, sino con su encarnación formal en lo concreto. No hay acceso directo del afecto al texto. Lo que hay es trabajo: selección, estructura, ritmo, construcción de escenas, organización del detalle. El escritor no transmite resentimiento; construye una situación en la que algo ocurre bajo determinadas condiciones.

Esta distinción entre impulso e instrumento es el núcleo del problema. El resentimiento puede ser un impulso inicial —como cualquier otro afecto—, pero no constituye un criterio de valor ni un principio de organización. Confundir ambos niveles implica degradar la escritura a expresión. Y aquí la crítica se vuelve más incisiva: cuando un texto se limita a sostener una intensidad afectiva sin someterla a transformación formal, lo que produce no es literatura sino expresión. La forma ahí no es un añadido estético sino la condición misma de inteligibilidad artística.

En este sentido, el problema del texto de Tenenbaum no es que trabaje con resentimiento, sino que lo hace sin una premisa clara ni un problema bien formulado. La teoría aparece como soporte, no como método; la referencia a Woolf funciona como interlocución imaginaria más que como contextualización rigurosa; y el resultado es un circuito cerrado donde el afecto se confirma a sí mismo. La escritura se convierte así en un diálogo narcisista, no porque hable de sí, sino porque no logra salir de su propia lógica de validación.

Volver a Woolf y a O’Connor en este punto no es un gesto erudito, sino una forma de reintroducir exigencia. Woolf obliga a complejizar la percepción, a resistir la tentación de la reacción inmediata. O’Connor obliga a materializar esa complejidad en forma concreta. Entre ambas se dibuja una línea de demarcación clara: no alcanza con sentir intensamente ni con tener razón en el plano moral. La literatura comienza cuando esa intensidad se somete a una disciplina que la transforma.

Mi conclusión, entonces, es violenta pero necesaria. El resentimiento puede ser una respuesta legítima al daño, incluso un punto de partida para la escritura. Pero sin mediación crítica y sin trabajo formal, no produce ni conocimiento ni literatura. Produce, en el mejor de los casos, una reiteración de la herida; en el peor, una estetización de la queja. La diferencia entre ambas cosas no es menor: es la diferencia entre escribir y simplemente reaccionar. Al traducir esto del plano estético al ético, Tenenbaum se vuelve mística lo que la acerca más a Milei que a Fisher o… Woolf. La pregunta del millón es cómo es posible que este libro haya sido premiado y qué dice de los premios literarios esta micro-catástrofe.

Al traducir esto del plano estético al ético, Tenenbaum se vuelve mística lo que la acerca más a Milei que a Fisher o… Woolf. La pregunta del millón es cómo es posible que este libro haya sido premiado y qué dice de los premios literarios esta micro-catástrofe.

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