Ayer, en el stream diario abordé las críticas de Avelina Lésper y Gabriel Levinas sobre Damien Hirst y Fortunato Lacámera, respectivamente. Formulé una pregunta que escapa a los lugares comunes de si Damien Hirst es arte o fraude, como afirma la mexicana o si Lacámera merece más reconocimiento y por qué sino qué públicos necesitan el discursos de esos críticos para sentir que conectan con el arte. La conclusión es simple y compleja, a la vez. Lésper apela a un espectador excluido que encuentra en la denuncia de fraude su revancha moral; Levinas da al porteño de fantasías de pasados culturales ‘no latinoamericanos’,  una promesa de continuidad y comunión cultural a través de la pintura en medio de la desintegración del país.

Lésper apela a un espectador excluido que encuentra en la denuncia de fraude su revancha moral; Levinas da al porteño de fantasías de pasados culturales ‘no latinoamericanos’,  una promesa de comunión cultural en medio de la desintegración.

Paralelamente, hoy publiqué un nuevo episodio del Curso de Arte Colonial Latinoamericano en mi canal de YouTube (en su nivel Intermedio), dedicado a la iglesia de la Contrarreforma y la complejidad de los sistemas alegóricos que no fueron simplemente importados de Europa sino alterados para un indígena al que se valoraba como parte de un legado cristiano desviado pero compartido. Parecen temas separados, pero tienen un punto común: el arte no solo muestra imágenes; sino que, a través, del modo en el que se lo mira, comunidades de creencia son construidas. 

Hoy publiqué un nuevo episodio del Curso de Arte Colonial Latinoamericano en mi canal de YouTube (en su nivel Intermedio), dedicado a la iglesia de la Contrarreforma y la complejidad de los sistemas alegóricos importados pero alterados.

Los actores son bien diferentes: la iglesia virreinal, Radio Mitre, el retablo colonial y una mexicana que repite ad nauseam el mismo discuso en YouTube desde hace más de una década, con sorprendente éxito. Encontramos animales como motivos iconográficos en comun: desde el pelicán eucarístico celebrado hasta en domicilios privados como Tunja al denostado tiburón de Damien Hirst. Ambos animales difieren en el tipo de actitud que provocan al ser filtrados por la crítica como institucion. Mientras el primero protegía a Cristo, el segundo genera indignación mexicana. Ambos, sin embargo, tienen algo en común: dan alivio a un público que se sentía y aún se siente excluido de las instituciones que albergan esas imágenes o, al menos, que las validan. 

En la iglesia colonial, la imagen no estaba allí para expresar la libertad del espectador. Estaba para producir un fiel. El retablo, la serie de mandamientos de Miguel de Santiago, los pecados capitales de Santa Cruz de Tlaxcala, los animales simbólicos de Tunja o la nave triunfante de la Iglesia no solo mostraban doctrina: entrenaban una forma de mirar que no se limitaba a la imposicion sino que establecía un diálogo. El público colonial era construido como pecador, penitente, creyente, súbdito, cuerpo a convertir pero tambien como participante de algo nuevo y diferente. Mirar una imagen era aprender que el lugar que se les ofrecia dentro del mundo cristiano (muchas veces con trabajo forzado y espada) ya los estaba esperando desde antes. 

El público colonial de Tlaxcala o Tunja era construido como pecador, penitente, creyente, súbdito, cuerpo a convertir pero tambien como participante de algo nuevo y diferente.

Eso es lo que vuelve interesante el salto hacia Avelina Lésper y Gaby Levinas, los protagonistas del stream de ayer. Ninguno de ellos presupone un publico con pasado sino que lo crean. Lésper es una ingeniera del espectador de arte excluido, herido… resentido: alguien que se siente expulsado del arte contemporáneo y necesita que esa exclusión se convierta, por arte de magia, en un acto lucidez. Su público no quiere que le expliquen a Hirst; quiere que lo descarten porque representa todo lo que lo excluye. En Lesper, la incomodidad cultural es transformada en superioridad moral. El espectador deja de ser un ignorante y pasa a ser un héroe (romántico) moral que no se deja engañar.

En Lesper, la incomodidad cultural es transformada en superioridad moral. El espectador deja de ser un ignorante y pasa a ser un héroe (romántico) moral que no se deja engañar.

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El caso de Gaby Levinas en Radio Mitre es diferente. El le habla a un espectador melancólico y envejecido de la cultura argentina. Su Lacámera no es solo un pintor inmigrante, de interiores, naturalezas muertas y luces contenidas. Es una promesa de continuidad de esa gloria imaginada que une a la porteñidad. Levinas le habla a un oyente intelectualmente vago que necesita creer que todavía hay una Argentina reconciliable en el reconocimiento de valores culturales perdidos como el oficio, el barrio, la familia, la galería buena, el Museo Nacional Nacional de Bellas Artes como instancia de consagración. Sin embargo, todos sabes que todo esto es una quimera. Su público no quiere mirar hacia dentro de las instituciones que construyen ese objeto cultural porque si lo hace se daría cuenta de los paralelismo con la desintegracion circundante. En lugar de eso quiere sentir que esa mediación todavía puede llamarse amor al arte o, mejor aún, amor a un arte de “buenos tipos” que pintan con “humildad’. La Boca como mito de

Levinas le habla a un oyente intelectualmente vago que necesita creer que todavía hay una Argentina reconciliable a través de valores culturales perdidos como el oficio y el Museo de Bellas Artes como instancia de consagración. Well…

La diferencia con la iglesia colonial es que no ocultaba su operación: quería formar fieles. Lésper y Levinas, en cambio, presentan una pedagogía del gusto como sentido común. Lésper dice “esto no es arte, es arte VIP” cuando en realidad está fundando una comunidad del resentimiento anti-mediación. Levinas dice “esto es nuestro patrimonio” cuando en realidad su nostalgia cultural valida a Lacámera a traves de Hopper y el suprematismo (que es su exacto opuesto). Una convierte al público en jurado indignado; el otro, en heredero sensible de una tradición inexistente. 

Por eso el arte latinoamericano no puede pensarse solo desde las obras, ni siquiera desde sus instituciones. Hay que mirar el público que cada discurso necesita producir. La iglesia barroca fabricaba fieles para un orden de salvación. Lésper fabrica espectadores heridos que necesitan venganza. Levinas fabrica espectadores melancólicos que necesitan una patria cultural en miniatura… una suerte de Ciudad de los Niños en la que nadie sabe demasiado, como dijo Edith Wharton, ‘incluso un suspiro podría destruir todo’. En los tres casos, la imagen no termina en lo que muestra: empieza de verdad en el tipo de comunidad que convoca.

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