Perpetua
Ginette Reynal Blaquier permite leer una escena cultural más amplia que lo que su propia biografía parece mostrar: el uso oportunista de Narcóticos Anónimos como la maquinaria de autoridad moral que es. Desde una entrevista con Pampita, Ginette construye valor personal presentando la adicción como una enfermedad incurable, instalando su identidad como la de una persona inmutablemente “adicta”. El miedo a la droga o, para ser más preciso, a recaer como centro de la vida. Esto desplaza la explicación hacia un poder superior (Dios). La ineficacia de Narcóticos Anónimos aparece justamente ahí: en su incapacidad para devolver al sujeto a una vida que no esté estructurada a traves de la adicción. El consumo puede frenar, pero la identidad queda estable y el relato biografico sigue definido casi teleologicamente por el miedo a una tentacion que inexorablemente llega y…mata. En términos menos trágicos, la recuperación se vuelve una forma de administración ad vitam del yo.
La ineficacia de Narcóticos Anónimos aparece justamente ahí: en su incapacidad para devolver al sujeto a una vida que no esté estructurada a través de la adicción.
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La entrevista con la tambien ex modelo Mariana Arias estructura esa operación de manera emocional pero con una claridad que yo calificaría como…arquitectónica. Primero, el pasado: la ropa, la pasarela, el reconocimiento, el lugar imaginario de la fama. Lo superficial que lleva a la crisis. Después aparece el presente como de supuesta sabiduría: calma, interioridad, nieto, pintura, cierto fetichismo por el color dorado y, como si no tuviera mejor cosa que hacer…Dios. Entre el pasado y el presente hay un proceso de espiritualización que, como siempre, dematerializa. La belleza pública (presentada como adulterante) se convierte en sabiduría privada. El capital que le traía la imagen se reconvierte en el capital que le da el testimonio de una vida “dura” presentada como Fons Sapientiae. Ese bizarro fetichismo Reynaldeano por el color “dorado” funciona como código que permite reconocer (a traves del filtro de su mirada) a la nueva aristocracia emocional: hay gente que lo encarna y gente que queda afuera. La recuperación se vuelve el puente entre ambos mundos. La Blaquier pasa de aristocracia del reviente a aristocracia de las emociones y… la sabiduría.

De la Guerra Fría al Libertarianismo
Narcóticos Anónimos entra en ese relato como matriz de salvación. La fórmula es adventista y tiene su origen en la decada del 50 y la Guerra Fría norteamericana: adicción como enfermedad, abstinencia total de todo, “solo por hoy”, pares a los que se ama “incondicional”, confesión en diferentes niveles, poder superior, testimonio, padrino. El orden que presenta tanto su vida como su recuperacion en NA tiene la estructura de una obra teatral: caída, reconocimiento, rendición, comunidad, rescate y mensaje final.
Pero es, precisamente, esa dramaturgia la que reemplaza el análisis de la vida concreta. La adicción queda convertida en algo esencial que le da al adicto un conocimiento superior pero tambien lo estigmatiza. Salvo que seas una Blaquier (en cierto micromundo), supongo. El grupo de recuperacion tambien estigmatiza salvo que uno se someta a una práctica de vigilancia diaria en la que no se admite el “error” y cuando ese “error” ocurre, vuelta a empezar. Es una tolerancia moralizada.
Un Renacimiento Peligroso
La premisa del stream sobre Ginette es simple: NA permite ordenar, eficazmente, una crisis de dependencia a substancias pero si, tras eso, se convierte en el mito de origen de un “renacer’ de la identidad del sujeto, el costo es demasiado alto. La razón de esto es que , facilmente, puede obturar la recuperación más significativa: la vital. A lo que me refiero con esto es a una vida constituida desde el deseo y no desde el miedo. La permanencia en NA se convierte en una la ficción de una relacionalidad que está basada en el riesgo de recaer (que se asume, por transitividad y por doctrina) como equivalente a la muerte. El resultado de esto es la imposibilidad de dejar entrar al otro con los riesgos que cualquier relacion humana represnta. En su lugar, se impone una retorica del “amor incondicional” que, lejos de incondicional, es transaccional.
NA permite ordenar, eficazmente, una crisis de dependencia a substancias pero si, tras eso, se convierte en el mito de origen de un “renacer’ de la identidad del sujeto, el costo es demasiado alto.
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El relato de Ginette de que consumía los jueves y no paraba durante todo el fin de semana y esto la llevaba a situaciones de violencia de género con sus parejas (en las que ella se asume, al menos en algunos casos, ser la victimaria) abre la puerta a un tipo de consideración mucho más peligrosa que la de vivir con miedo y que no recae, necesariamente, en la metafísica de NA. Esta consideración tiene dos niveles: la negación doctrinaria de una capacidad de elección condicionada pero que sigue allí y la revictimización de la posible víctima, con todo lo que esto puede implicar (tanto traumatológica como penalmente). Durante la semana se sostiene, el jueves empieza a permitirse, la euforia sube, llega el consumo y después se derrumba: culpa, depresión, mal humor, hangover (como ella lo llama) y dolor físico. Ahí no aparece una enfermedad misteriosa ni una fuerza sino la necesidad del alivio inmediato. El presente, en ese contexto, pesa más que el futuro. La garantía de euforia instantanea gana sobre el cálculo a largo plazo. La repetición, entendida como habito, enseña al cuerpo a buscar el atajo de anestesiar algo que aparece en la forma culpogena de la postergacion de la interrupción del consumo. Consumir substancias, y dejarlas demanda una elección difícil pero es una elección al fin, y planteada en estos términos es mucho más humana que la fórmula sábana esgrimida por Ginette, quien encuentra valor en ser una “enferma, sin cura”.
Consumir substancias, y dejarlas demanda una elección difícil pero es una elección al fin, y planteada en estos términos es mucho más humana que la fórmula sábana esgrimida por Ginette, quien encuentra valor en ser una “enferma, sin cura”.
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Culpable o Víctima?
Pero acá viene lo realmente grave, ya que, en su relato Ginette aborbe la violencia externa dentro del lenguaje de la responsabilidad personal. Acá, debe tenerse en cuenta que Ginette proviene de una familia que, supo pertenecer, a la oligarquía agricologanadera argentina de principios de siglo. Pero cuando la ex modelo cuenta lo violentas de sus relaciones con los hombres y el relato termina reordenado alrededor de su consumo, salta a un lugar que estudios sobre la limitada eficacia de NA definen como problemático. En principio, hay cuestiones que tienen que ver no necesariamente con el consumo sino con el contexto de crianza y vida. Cuáles fueron los mandatos, de quién, qué modelos de hombres moldearon sus preferencias y con qué exigencias. Tambien debería hacerla reflexionar sobre lo cosificante que su profesión de modelo conlleva. Digo esto porque la recuperación en NA tiende a convertir la vida entera en material de confesión moral individual. El individuo admite, confiesa, se repara, perdona, agradece. Incluso el abuso o el daño hecho a ella puede alquimicamente convertirse en una serie de incidentes que NA le impone como el resultado de su incurable enfermedad y no del accionar de un contexto y de individuos particulares. Es en ese punto en donde el pastoralismo de NA puede volverse criminalizante y exculpatorio del perpetrador del daño contra la víctima: desplazando la violencia del mundo hacia una falla del sujeto. Esto se llama “revictimización”. Transformar la reparación en una obligación íntima e incluso en la culpa del que tiene que recibir esa reparacion es equivalente a decir que el Partenon está en Inglaterra porque todos los Griegos son vagos incorregibles.
Transformar la reparación en una obligación íntima e incluso en la culpa del que tiene que recibir esa reparacion es equivalente a decir que el Partenón está en el British Museum porque todos los Griegos son patológicamente irresponsables.
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La entrevista entre las dos ex modelos muestra cómo esa identidad recuperada empieza a proteger una segunda carrera artística. La pintura aparece rodeada de confesión pública, nieto, sufrimiento, abstinencia y poder superior. La obra llega blindada por la biografía pero tanto el espectador como la “artista” saben que la obra en discusion no es la pintura sino una vida vista como “digna de pena”. Antes de mirar la pintura, ya se nos pidió mirar a la “enferma”. Y esto abre la puerta de otras consideraciones: en qué condiciones sociales (clase?) un enfermo es “artista” y cuáles es un potencial “peligro para la sociedad”?. La respueta a esta pregunta plantea un continuum que va desde la emergencia de un mercado cultural victimológico post-MeToo de “víctimas redimidas” a la cuestión de la recaída como fallo de autodisciplinamiento neoliberal “altamente condenable”. Como vemos con Ginette, ciertas vidas heridas se convierten en credenciales de profundidad con aspiraciones, incluso, de convertirse en autoridad estética: primero con su cuerpo como modelo y ahora, con su pintura, como artista. Su confesión funciona como prólogo emocional de una obra que todavía no fue discutida como obra. Pero esa confesión, por más, apellidada que sea, viene con un costo.
La pregunta de fondo no es si Ginette Reynal tuvo una recuperación valiosa. La pregunta es qué hace la cultura con esa recuperación. Narcóticos Anónimos puede ofrecer contención, rutina y comunidad, pero su fracaso empieza cuando convierte una práctica de supervivencia en identidad permanente, una abstinencia en metafísica, una confesión en autoridad y una biografía en obra pero tambien en una espada de Damocles que, es usada, para establecer jerarquías sociales. Una vida intensa no garantiza una pintura intensa. Un testimonio verdadero no produce automáticamente pensamiento artístico. Una recuperación no convierte a nadie en alguien iluminado y el peligro de aislarse, por miedo al exterior, en un grupo que así lo cree es adoptar una conducta sectaria. La crítica empieza ahí: en separar la experiencia de la forma, la supervivencia de la consagración, y la salida del consumo del mercado que aprende a venderla como profundidad.
Narcotics Anonymous, Self-Revictimization, and Theological Pathologizations: The Blaquier Case
Ginette Reynal allows us to read a cultural scene larger than what her own biography seems to show: the opportunistic use of Narcotics Anonymous as the machinery of moral authority that it is. Since an interview with Pampita, Ginette has been producing personal value by presenting addiction as an incurable disease, installing her identity as that of an immutably “addicted” person. Fear of the drug — or, to be more precise, fear of relapse — becomes the center of life. This shifts explanation toward a higher power: God. The inefficacy of Narcotics Anonymous appears precisely there: in its inability to return the subject to a life that is not structured through addiction. Consumption may stop, but identity remains stable, and the biographical narrative continues to be defined, almost teleologically, by the fear of a temptation that inexorably arrives and… kills. In less tragic terms, recovery becomes a form of ad vitam administration of the self.
The interview with fellow former model Mariana Arias structures that operation emotionally, but with a clarity I would describe as… architectural. First, the past: clothes, the runway, recognition, the imaginary place of fame. The superficiality that leads to crisis. Then the present appears as supposed wisdom: calm, interiority, a grandchild, painting, a certain fetishism around the color gold and, as if He had nothing better to do… God. Between past and present there is a process of spiritualization which, as always, dematerializes. Public beauty, presented as adulterating, becomes private wisdom. The capital brought by image is reconverted into the capital provided by the testimony of a “hard” life presented as Fons Sapientiae. This bizarre Reynaldean fetishism around the color “gold” functions as a code that allows one to recognize, through the filter of her gaze, the new emotional aristocracy: there are people who embody it and people who are left outside. Recovery becomes the bridge between both worlds. The Blaquier passes from an aristocracy of excess to an aristocracy of emotions and… wisdom.

Narcotics Anonymous enters this narrative as a matrix of salvation. The formula is Adventist and has its origin in the 1950s and the North American Cold War: addiction as disease, total abstinence from everything, “just for today,” peers who are loved “unconditionally,” confession at different levels, higher power, testimony, sponsor. The order presented as both her life and her recovery in NA has the structure of a theatrical work: fall, recognition, surrender, community, rescue, and final message.
But it is precisely that dramaturgy that replaces the analysis of concrete life. Addiction is turned into something essential that gives the addict superior knowledge while also stigmatizing them. Unless you are a Blaquier, within a certain microworld, I suppose. The recovery group also stigmatizes, unless one submits to a daily practice of surveillance in which no “mistake” is admitted and, when that “mistake” occurs, everything starts again from zero.
The premise of the stream on Ginette is simple: NA can effectively organize a crisis of substance dependence, but if, after that, it becomes the origin myth of a “rebirth” of the subject’s identity, the cost is too high. The reason is that it can easily block the most meaningful recovery: the vital one. By this I mean a life constituted through desire rather than fear. Remaining in NA becomes the fiction of a relationality based on the risk of relapse, which is assumed, by transitivity and by doctrine, as equivalent to death. The result is the impossibility of letting the other enter, with all the risks that any human relationship entails. In its place, a rhetoric of “unconditional love” is imposed which, far from being unconditional, is transactional.

Ginette’s account of consuming on Thursdays and not stopping throughout the weekend, which led her into situations of gender violence with her partners — in which she assumes herself, at least in some cases, to have been a perpetrator — opens the door to a type of consideration much more dangerous than living in fear, and one that does not necessarily fall back into NA metaphysics. During the week she holds herself together; on Thursday she begins to allow herself; the euphoria rises; consumption arrives; and then everything collapses: guilt, depression, bad temper, hangover, as she calls it, and physical pain. There, what appears is neither a mysterious disease nor a force, but the need for immediate relief. The present, in that context, weighs more than the future. The guarantee of instant euphoria defeats long-term calculation. Repetition, understood as habit, teaches the body to seek the shortcut of anesthetizing something that appears in the guilt-ridden form of postponing the interruption of consumption. Although it is a difficult choice, it is a choice nonetheless, and framed in these terms it is much more human than the blanket formula proposed by Ginette, self-defined NA champion for being “ill, without cure.”
But here comes what is truly serious, because in her account Ginette absorbs external violence into the language of personal responsibility. Here, it must be remembered that Ginette comes from a family that once belonged to the Argentine agricultural and cattle-raising oligarchy of the early twentieth century. But when the former model speaks about the violence of her relationships with men and the story ends up reorganized around her consumption, she jumps to a place that studies on the efficacy of NA define as, to be generous, problematic. To begin with, there are questions that do not necessarily have to do with consumption but with the context of upbringing and life: what the mandates were, whose mandates they were, what models of men shaped her preferences and under what demands. It should also make her reflect on the objectifying nature of her profession as a model. I say this because recovery in NA tends to turn an entire life into material for individual moral confession. The individual admits, confesses, repairs herself, forgives, gives thanks. Even the abuse or harm done to her can alchemically become a series of incidents that NA imposes on her as the result of her incurable disease, rather than as the action of a context and of particular individuals. It is at that point that NA pastoralism can become criminalizing and exculpatory of the perpetrator of harm against the victim: displacing the violence of the world onto a flaw in the subject. This is called “revictimization.” Transforming repair into an intimate obligation, and even into the guilt of the person who ought to receive that repair, is equivalent to saying that the Parthenon is in England because all Greeks are incurably lazy.

The interview between the two former models shows how this recovered identity begins to protect a second artistic career. The painting appears surrounded by public confession, grandchild, suffering, abstinence, and higher power. The work arrives shielded by biography, but both the spectator and the “artist” know that the work under discussion is not the painting, but a life seen as “worthy of pity.” Before looking at the painting, we have already been asked to look at the “sick woman.” And this opens the door to other considerations: under what social conditions — class? — is a sick person an “artist,” and under what conditions is a sick person a potential “danger to society”? The answer to this question traces a continuum that runs from the emergence of a post-MeToo victimological cultural market of “redeemed victims” to the question of relapse as a highly condemnable failure of neoliberal self-discipline. As we see with Ginette, certain wounded lives become credentials of depth with aspirations, even, to become aesthetic authority: first with her body as a model and now, with her painting, as an artist. Her confession functions as the emotional prologue to a work that has not yet been discussed as a work. But that confession, however pedigreed the surname attached to it, comes at a cost.
The underlying question is not whether Ginette Reynal had a valuable recovery. The question is what culture does with that recovery. Narcotics Anonymous can offer containment, routine, and community, but its failure begins when it turns a practice of survival into a permanent identity, abstinence into metaphysics, confession into authority, and biography into work — but also into a sword of Damocles used to establish social hierarchies. An intense life does not guarantee an intense painting. A true testimony does not automatically produce artistic thought. A recovery does not turn anyone into an enlightened being, and the danger of isolating oneself, out of fear of the outside world, in a group that believes it does, is the adoption of sectarian behavior. The critique begins there: in separating experience from form, survival from consecration, and the exit from consumption from the market that learns to sell it as depth.





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