En Argentina, la muerte nunca es solamente muerte: sino que es una forma de construir ciudadanía. El ejemplo más evidente y post-peronista por sus constradicciones ocurrió durante la pandemia, el velorio de Diego Armando Maradona en la Casa Rosada mostró el final de un régimen incapaz de integrar como gobernanza la contradicción entre preservar la vida de sus ciudadanos y el emocionalismo casi teológico que la muerte de Maradona generó. El emocionalismo, en cuestión, transformó al cadaver en un catalizador del “pueblo” pero lo hizo poniendo en peligro a aquellos que pretendía “elevar”.  La presidencia de Javier Milei pone a la muerte en el centro de la escena por lo que su procesamiento “teórico” pareció quedar a cargo de alguien “violento” como Alejandro Rozitchner. La muerte como gobernanza bajo Milei es parte de un programa que transforma al Estado en el administrador de quien merece morir y quien no. Por eso, el modo que eligió fue el de la muerte como pedagogía que incluye al desamparo como prueba de carácter. Entre uno y otro no hay progreso ni regresión, sino una mutación en la forma en que el país usa a sus muertos para decidir quién pertenece y quién sobra.

En Argentina, la muerte nunca es solamente muerte: sino que es una forma de construir ciudadanía

La escena Maradoniana de noviembre de 2020 fue dantesca. El país pedía distancia sanitaria y, al mismo tiempo, exigía presencia amorosa junto a un cadáver. Alberto Fernandez, como Presidente, tenia que adaptar la lógica Maradoniana derivada de la teología que se generó en la muerte de Eva Perón y nunca abandonó los modos del luto popular. Esa teología del peronismo historico (reafirmada por el modo en el que Maradona fue endiosado en vida y no tanto tras su muerte) consiste en una gramática política que dice que el pueblo debe estar con su muerto y si no lo acompaña lo estarï traicionando. Pero el contexto era excepcional y ademas, global. Esto exigía del gobierno prudencia sanitaria y eso debía ser administrado. No lo fue y la consecuencia fue que la celebración de un cadaver pudo haber provocado muchas muertes por COVID. Dicho mas en mis términos: la muerte producía más muerte pero lo paradójico es que esto era enunciado en nombre del amor. Si observamos el fenómeno en el contexto historico de las muertes de los heroes del progresismo argentino que van desde Eva Perón pasando por Néstor Kirchner cuyo gobierno, dicho sea de paso, construyó su legitimidad política, que inicialmente venia floja de papeles en materia electoral, con una arquitectura memorializante que tuvo  como fundamento la temática de la muerte. Lo también paradójico del caso es que en el caso de los desaparecidos, esa muerte no puede alcanzarlos. En otras palabras, Nestor Kirchner completó la labor peronista de casi un siglo de convertir el duelo colectivo en el idioma natural de la legitimidad pública argentina. El problema es que esto no fue de la mano de un Estado que asumió el rol de educar a la ciudadanía en cuestiones vitales como la muerte. Muy por el contrario, con Alberto Fernandez el emocionalismo ocupo todas las paradas. 

La escena Maradoniana de noviembre de 2020 fue dantesca. El país pedía distancia sanitaria y, al mismo tiempo, exigía presencia amorosa junto a un cadáver.

Este fenómeno peronista produjo un vocabulario público capaz de nombrar violencias que la democracia argentina había preferido mantener en voz baja. Pero la consecuencia de esto es que la política pasó a organizarse a través de los muertos. Con el tiempo, la pregunta deja de ser qué deuda histórica sigue abierta y en lugar de eso la responsabilidad se desplazó a determinar colectivamente (mediante la generación de mafias del amor)  quién tiene derecho a hablar en nombre del muerto. Maradona murió en el momento exacto en que esa liturgia ya no sabía distinguir entre honrar a un cadáver y exponer un cuerpo vivo al contagio. Fue el último gran reflejo de una comunidad que todavía necesitaba tocar a su muerto para sentirse real — y también la prueba de que esa necesidad ya no podía cuidarse a sí misma.

Con el tiempo, la pregunta deja de ser qué deuda histórica sigue abierta y en lugar de eso la responsabilidad se desplazó a determinar colectivamente (mediante la generación de mafias del amor)  quién tiene derecho a hablar en nombre del muerto.

Lo que vino después de Maradona en la cultura argentina no es amor por los muertos sino algo diferente. El libertarianismo de Milei y su ideólogo, en estas materias, Alejandro Rozitchner. La sensibilidad libertaria no organiza multitudes alrededor de un cadáver; organiza individuos abandonados por decision de política estatal. Alejandro Rozitchner, en una serie de textos sobre el duelo por la muerte de sus padres (si a lo que expresa en esos posts se lo puede llamar duelo) publicado hace varios años en su blog, ofrece la fórmula filosófica que esa sensibilidad necesitaba: el muerto debe retirarse para que el vivo pueda vivir, o mejor dicho, sobrevivir. Lo que, segun Alejandro Rozitchner es importante tener en cuenta es que la perdida no puede ocupar todo el  campo de la vida. La palabra que el usa es consistencia y la consistencia, según él, se logra ignorando al dolor. Como ética privada, esa idea puede ser sana — nadie sobrevive si cada muerto conserva soberanía absoluta sobre el presente pero planteado como lo plantea el, denota una seria confusion entre lo que es el concepto de melancolía como duelo irresuelto en Freud y una visión de optimismo de autoayuda destinada a no pedirse días del trabajo por la muerte de un padre o una madre. El verdadero problema de la traspolación de la ética de la autodisciplina neoliberal a la erradicación de la propia historia es que ahí lo que se está haciendo es transformar un tema privado en programa político: cuando el ajuste, el despido, la precarización y el abandono institucional se presentan como duelos que el ciudadano debe simplemente metabolizar rápido. La pérdida se convierte en ética laboral y el desamparo al que el ciudadano e sometido por parte del Estado libertario es presentado como libertad. El desamparo se convierte en libertad. Y el sujeto que no reclama demasiado cuidado pasa a ser el único ciudadano legítimo.

La sensibilidad libertaria no organiza multitudes alrededor de un cadáver; organiza individuos abandonados por decision de política estatal.

La diferencia entre el regimen populista progresista y el regimen libertario es que en  el primero, el amor al muerto autorizaba la reunión de cuerpos que debían mantenerse separados. En el segundo, la aceptación de la muerte autoriza la separación de cuerpos que antes constituían comunidad e idea de nación con un destino comun. En el primero, la ciudadanía se probaba acompañando al muerto. En el segundo, se prueba tolerando que otros caigan sin convertir esa caída en demanda colectiva. Por eso la muerte libertaria no necesita velorio. Si pensamos cómo se homenajea hoy a los muertos no solo en la Argentina pero en la Argentina especialmente, lo que reemplazo al velorio es un post en X en donde todos usan el lenguaje emocional que, y había establecido por el peronismo como el lenguaje oficial de la muerte en Argentina. El problema que esto plantea es que ese lenguaje es una jerga de reparación y satisfacción moral. En la era libertaria esto es prueba de que el mundo finalmente premia a los fuertes.

Un análisis crítico de esto no puede elegir sentimentalmente entre las dos necrofilias, porque ambas confirman elites, de diferente tipo pero elites al fin. La primera demostró que una comunidad puede amar con tanta intensidad que se vuelve peligrosa para sí misma. La segunda demuestra que se puede construir identidad a través del aislamiento total de los individuos, incluso de su propio pasado. Lo que nos queda claro es que la Argentina siempre necesitó de sus muertos para definir pertenencias.  La tarea a futuro no consistiría en imaginar un país sin duelo ni sin pérdida — eso no existe — sino en preguntar qué otra cosa, además del cadáver o la caída del otro, podría organizar alguna vez una idea de colectividad argentina o ya es esto demasiado tarde. Esa pregunta, todavía sin respuesta, es lo único que impide que la intemperie libertaria se declare a sí misma como destino final.

Argentina is a Country Whose Citizenship Depends on Different Forms of Necrophilia: From Maradona to Libertarian Exposure

In Argentina, death is never only death: it is a technology of legitimacy, a machine for manufacturing citizens. The dead don’t leave Argentine politics — they change jobs. During the pandemic, Diego Armando Maradona’s wake in the Casa Rosada marked the exhausted end of one regime: the corpse that summons a people, organizes a crowd, distributes belonging through contact. Under Javier Milei’s government, another regime unfolds — colder, newer: death as pedagogy, exposure as virtue, abandonment as proof of character. Between the two there is no progress and no regression, only a mutation in how the country uses its dead to decide who belongs and who is disposable.

The scene from November 2020 had a brutal precision. The country demanded sanitary distance and, at the same moment, loving presence beside a corpse. Maradona summoned more than footballing nostalgia — he summoned a political grammar older than any protocol, the one that says a people must stand with its dead or betray them. Caution looked suspicious. Distance looked like coldness. That is where the formula that defines the moment appeared: death was producing more death in the name of love. It wasn’t an isolated emotional excess. It was the visible limit of an affective architecture that Kirchnerism had spent nearly two decades building around other bodies — Néstor Kirchner, Evita, the disappeared, the recovered grandchildren — turning collective mourning into the natural language of public legitimacy.

That architecture wasn’t a lie. It produced memory, produced trials, produced a public language capable of naming violence that Argentine democracy had preferred to handle quietly. But any politics that builds its legitimacy around the dead runs a risk: over time, the question stops being what historical debt remains open and becomes who has the right to speak in the dead’s name. Justice turns into liturgy. Reparation turns into belonging. Maradona died at the exact moment that liturgy could no longer distinguish between honoring a corpse and exposing a living body to contagion. It was the last great reflex of a community that still needed to touch its dead to feel real — and also proof that the need could no longer take care of itself.

What came after doesn’t love the dead — it uses them differently. The libertarian sensibility doesn’t organize crowds around a corpse; it organizes individuals in front of exposure. Alejandro Rozitchner, in his writing on mourning his parents, supplies the philosophical formula that sensibility needed: the dead must withdraw so the living can live, loss cannot be allowed to occupy the whole field of life, one must gain consistency in the face of pain. As a private ethic, that idea can be healthy — no one survives if every death retains absolute sovereignty over the present. The problem starts when that ethic becomes a political program: when layoffs, precarity, and institutional abandonment are presented as griefs the citizen should simply metabolize faster. Loss becomes character. Abandonment becomes freedom. And the subject who doesn’t ask for too much care becomes the only legitimate citizen.

The difference between the two regimes is exact. In the first, love for the dead authorized the gathering of bodies that should have stayed apart. In the second, accepting death authorizes the separation of bodies that once claimed community. In the first, citizenship was proven by accompanying the dead. In the second, it’s proven by tolerating others’ fall without turning that fall into a collective demand. That’s why libertarian death needs no wake — it needs a screen, a viral clip, a poll, a meme, a tweet. It isn’t enough for something or someone to fall — the fall has to be watched, and a moral satisfaction extracted from it: proof that the world finally rewards the strong.

Criticism can’t choose sentimentally between the two necrophilias, because neither offers a model for living together. The first proved that a community can love with such intensity that it becomes dangerous to itself. The second proves that belonging can be manufactured out of the promise that no one is coming to save you. Neither question closes there: if Argentina has always needed its dead to decide who belongs, the task isn’t to imagine a country without grief or loss — that doesn’t exist — but to ask what else, besides the corpse or the neighbor’s fall, might ever organize collective recognition. That question, still unanswered, is the only thing standing between libertarian exposure and its own declaration as final destiny.

para los miembros a mi canal de youtube la experiencia es totalmente diferente.

Una respuesta a «De Maradona a Ernestina Pais: Qué Puede Esperarse de la Argentina, un País que Transformó la necrofilia en su condición de ciudadanía? (Esp) or ‘Argentina is a Country Whose Citizenship Depends on Different Forms of Necrophilia: From Maradona to Libertarian Exposure’ (Eng)»

  1. ella es tan cargos

    Pregunta: en el proyecto político de nuestros gobiernos golpistas, esta premisa coincide o difiere? Me refiero a “convertir el duelo colectivo en el idioma natural de la legitimidad pública argentina”. Es legible en ambos sentidos, de un modo siniestro.
    Me parece notable porque hay un proyecto de mantener a la sociedad en un duelo que forzosamente es colectivo, por la naturaleza del daño padecido y por el ocultamiento de cuerpos e identidades. Pasados 50 años NINGUNO de sus agentes rompió el estricto pacto de silencio respecto de la identidad y el lugar de enterramiento de las víctimas de la represión, garantizándose que este duelo nunca de resuelva.
    Ahora mismo, al crimen brutal de los Palotinos, se está montando una operación de prensa de tratar de decir que fue en venganza por la bomba en el comedor de la Federal (¡!!!!) Lo que me genera varios pensamientos desordenados, pero no deja de maravillarme la plata y el esfuerzo en reescribir la historia.
    Otro pensamiento: hay funerales colectivo que van a suceder si o sí. El de Maradona iba a suceder. No importa cómo. Y el gobierno tiene que poder organizar algo, que nunca va a ser perfecto, porque consiste en encausar una ola, posiblemente una fuerza de la naturaleza. Que paradójicamente tiene en su génesis una fuerza cultural/narrativa como el deporte como gesta y el camino del héroe.
    Veamos los funerales del Bardo: la noche del viernes la policía aporreó a quienes espontáneamente se empezaron a juntar en la plaza de Mayo. Mal podía encausar una ola funeraria este gobierno que como bien decís, solo administra la muerte. Una muerte individual y solitaria. La incapacidad de vernos unidos por una condición humana común, garantiza a los dueños la falta de oportuna reacción.( El sistema de salud está siendo desmantelado y las víctimas no atan un cabo con otro, ni cuando quedan abandonados por la prepaga en una sala de espera de hospital público desmantelado).
    Ese fin de semana fue el ¿justicialismo/ peronismo? el que se arremangó y encausó los funerales imparables del muy querido y ya extrañado señor S.
    Cuando parece que la aplanadora ya ganó (y ni sus beneficiarios pueden creer que hay sido finalmente tan fácil) emerge este funeral.
    Perdón por esta muy borrosa línea de diálogo. Me quedo pensando en el concepto de necrofilia…
    Abrazo de
    Ella es tan (cargosa)

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