Ya está disponible el nuevo episodio de Care Curating, con el que comenzamos la segunda parte del curso, dedicada específicamente a la teoría del cuidado a partir de The Care Manifesto. Y quiero empezar por una de las ideas más útiles de esta primera clase: el carewashing. El capitalismo contemporáneo no necesita rechazar el lenguaje del cuidado; puede apropiárselo. Una empresa puede hablar de bienestar mientras precariza, una institución puede promover empatía mientras conserva intactas sus jerarquías y un museo puede convertir el cuidado en programación sin modificar las condiciones materiales de quienes trabajan dentro de él. La pregunta importante deja entonces de ser quién habla de cuidado y pasa a ser qué relaciones concretas organiza ese discurso.

Ya está disponible el nuevo episodio de Care Curating, con el que comenzamos la segunda parte del curso, dedicada específicamente a la teoría del cuidado a partir de The Care Manifesto. Y quiero empezar por una de las ideas más útiles de esta primera clase: el carewashing.

Esta distinción entre el cuidado como lenguaje y el cuidado como práctica permite conectar esta nueva etapa del curso con un streaming que hicimos hace una semana y que ya está disponible en el canal: “Confesión y cuidado: de la ternura como esencia a la forma como responsabilidad”. Aunque aquel programa no formaba parte formalmente de Care Curating, visto desde The Care Manifesto aparece casi como un estudio de caso sobre el mismo problema llevado desde las instituciones hacia la intimidad. Allí la pregunta era qué sucede cuando una cultura empieza a confundir emoción con responsabilidad, confesión con reparación y capacidad de narrar el sufrimiento con capacidad de cuidar.

El caso de Darío Sztajnszrajber permitía volver esa diferencia especialmente visible. En su relato sobre la muerte de sus padres aparecen escenas extraordinariamente concretas de cuidado: un padre que recorre quioscos buscando dos figuritas para su hijo, una madre que continúa cocinando aquello que cree que él todavía ama, un hermano que permanece diariamente junto al padre enfermo. Frente a esas prácticas materiales aparece, años después, la elaboración pública del duelo, la culpa y el arrepentimiento. La cuestión no era negar el valor de esa elaboración, sino distinguir dos operaciones que nuestra cultura confesional tiende a fusionar: haber aprendido a narrar un fracaso de cuidado no equivale a haber reparado ese fracaso.

Darío Sztajnszrajber haber aprendido a narrar un fracaso de cuidado no equivale a haber reparado ese fracaso.

Julian Barnes permite llevar el problema mucho más lejos. En Levels of Life, después de la muerte de Pat Kavanagh, la escritura también obtiene valor de una experiencia privada: hay un libro, un autor, un mercado y una audiencia. Pero Barnes introduce algo que nuestra cultura de la transparencia parece haber olvidado: límites. No cuenta todo, no vuelve completamente disponible a la mujer muerta, preserva información que podría haber transformado fácilmente en capital emocional y construye una forma literaria que continuamente restringe el derecho del sobreviviente a apropiarse de la intimidad de quien ya no puede responder. El cuidado aparece entonces no como intensidad sentimental, sino como responsabilidad respecto de aquello que decidimos no utilizar.

Julian Barnes permite encausar el problema. En Levels of Life, después de la muerte de Pat Kavanagh, la escritura deviene experiencia privada en la que el autor define limites sin renunciar a su fama.

Ahí es donde ambos materiales se encuentran con The Care Manifesto. Si el carewashing describe la posibilidad de apropiarse institucionalmente del vocabulario del cuidado sin transformar las estructuras materiales que producen daño, podríamos preguntarnos si existe también algo semejante en la esfera íntima: una utilización de la confesión, la vulnerabilidad o el duelo que produce legitimidad para quien habla sin responder necesariamente por el otro de quien se habla. En un caso el cuidado se vuelve marca institucional; en el otro puede volverse capital afectivo. En ambos, el problema aparece cuando la representación del cuidado ocupa el lugar del cuidado mismo.

Por eso me interesa que estas dos líneas permanezcan juntas aunque pertenezcan a formatos distintos. El nuevo episodio de Care Curating trabaja el cuidado desde la economía política, la interdependencia, la privatización y el carewashing. El streaming sobre Sztajnszrajber y Barnes lleva la misma sospecha hacia la narración íntima y el duelo. Y ambos terminan conduciendo a una pregunta que probablemente atraviese toda esta segunda parte del curso: ¿cómo distinguimos una práctica que realmente asume responsabilidad por la vulnerabilidad de otros de una cultura que simplemente ha aprendido a hablar extraordinariamente bien el lenguaje del cuidado?

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