El Peronismo nunca superó la feminización patriarcal de Evita
Roberto Navarro editorializaba exultante por la derrota de un implosivo Milei quien, evidentemente, compró la idea de ser un líder mesiánico al punto de llegar a convencerse de que su hermana es inteligente: ‘El Peronismo derrotó al Fascismo’. Me río. Cuán lejos estuvo el Cristinismo del fascismo? Por lo menos, Alberto lo ejercía en su alcoba con una Nikita implantada por los servicios. Sin embargo, la trayectoria de Axel Kicillof invita a reflexionar sobre los símbolos del poder político en la Argentina actual. Tradicionalmente, el poder (el “falo”, en términos psicoanalíticos) ha estado encarnado en figuras masculinas y estilos masculinizados de autoridad: la imagen del presidente o gobernador fuerte, decidido, paternalista-autoritario, ha sido la norma cultural. El caudillo peronista. El gordo de la CGT. El General. Incluso las mujeres que fueron elevadas por fuerza de intercambio de flujos matrimoniales –como Evita y Cristina Kirchner– se vieron obligadas, en cierto modo, a “masculinizar” aspectos de su liderazgo para ser tomadas en serio (CFK desplegó, junto a su carisma, un ejercicio férreo y personalista del mando).
El liderazgo de Kicillof puede describirse como de persuasión por default. No por iniciativa, sino por contraste. Su estilo callado, casi “femenino” en términos performativos, lo vuelve un líder que aparece solo cuando “el otro” implosiona.
Tweet

El liderazgo de Kicillof puede describirse como de persuasión por default. No persuade por iniciativa, sino por contraste. Su estilo callado, casi “femenino” en términos performativos, lo vuelve un líder que aparece solo cuando “el otro” implosiona –Milei, Cristina, la oposición–. La persuasión no es activa sino reactiva: depende de la crisis ajena. Su liderazgo no es ni reactivo ni “responsive” sino residual. Por eso su visibilidad es la de un “invisible visible”: se lo ve, pero no se lo escucha; ocupa el vacío que dejan los otros. Ese modo de estar –presente en la foto, ausente en la voz– no es una mera timidez estética, sino una táctica de supervivencia en un ecosistema político donde hablar a destiempo es regalar material a los servicios de inteligencia y a los medios que administran el escarnio.
La visibilidad de Kicillof es la de un “invisible visible”: se lo ve, pero no se lo escucha; ocupa el vacío que dejan los otros. Ese modo de estar –presente en la foto, ausente en la voz– no es una mera timidez estética, sino una táctica de supervivencia
Tweet
La Argentina como Metrópolis de Fritz Lang
Este punto nos lleva a “la otra Argentina”: la que no se elige en las urnas sino que opera por debajo de ellas. La política argentina contemporánea funciona como una doble ciudad. Arriba, el foro institucional con su liturgia de discursos, alianzas y gestos; abajo, la geología de carpetas de inteligencia, escuchas, expedientes, recortes fuera de contexto, y la spin machine mediática que vuelca ese sedimento en narrativa pública. En ese subsuelo –la Metrópolis de Fritz Lang– la cuestión no es quién gobierna, sino quién controla qué se muestra y qué se oculta. Esa mecánica derrotó a Milei. En el Destape lo que sorprendía a Navarro no era que se cobrara coimas sino el ocho por ciento: el famoso tres por ciento. Pensar que Kicillof se mueve fuera de este sistema de corrupción es, a esta altura, ser demasiado ingenuo. Lo que tiene Kicilloff es auto-control neoliberal de cosplay de tecnócrata prudente: delega voz, retacea exposición, deja que otros –Navarro, Alijaldad, Madres y Abuelas– hablen por él o, mejor dicho, lloren por él. Su registro es el melodrama que es la experiencia femenina de la injusticia en modo de autovictimización. Su neutralidad aparente no es inocencia: es una forma de blindaje político. El precio de ese blindaje es claro: su liderazgo queda condicionado por esa superestructura. Kicillof nunca crea épica; la administra cuando y si llega. Hoy, Alijalad hablaba de Axelismo mientras los periodistas del programa de YouTube financiado por Kicillof festejaban su calidad de “periodistas” independientes. Esta gente piensa lo que dice?
La política argentina contemporánea funciona como una doble ciudad. Arriba, el foro institucional con su liturgia de discursos, alianzas y gestos; abajo, la geología de carpetas de inteligencia, escuchas, expedientes, recortes fuera de contexto,
Tweet
El Humanismo Ampliado de Kicillof vs. El Humanismo Católico de Grabois
El “feminismo” de Kicillof es un feminismo de segunda ola, institucional: paridad, cuotas, ministerios, protocolos, fotografías con referentes. Es un feminismo que no rompe el patriarcado; lo reinscribe como memoria moral. El panteón de Madres y Abuelas –figuras ineludibles– se convierte en el marco maternal de un Estado que hace justicia mirando hacia atrás pero en clave patriarcal. La épica familiar como condición de aceptabilidad ciudadana. Ese memorialismo tiñe de sacralidad una agenda de derechos que, por su propia óptica se vuelve pedagogía de Estado, pierde filo antagonista y pierde lo que acababa de ganar. Vuelve a excluir a los jovenes que lo único que pueden ver en el matrimonio es un subsidio estatal y vuelve así, el circulo vicioso del endeudamiento pero de otro tipo. Timba versus clientela.
El panteón de Madres y Abuelas –figuras ineludibles– se convierte en el marco maternal de un Estado que hace justicia mirando hacia atrás pero en clave patriarcal. La épica familiar como condición de aceptabilidad ciudadana.
Tweet
En vez de discutir cómo desarmar la masculinidad como categoría de poder (el gesto de los transfeminismos y la tercera ola), se opta por una inclusión cordial: “sumar varones al feminismo”. El resultado práctico es un humanismo ampliado –todos podemos ser feministas. Esto aplaca la crítica, distribuye cuotas y conserva intacto el garante masculino del dispositivo (el varón técnico, sensible, moderno). El gesto luce progresista; el arreglo, sin embargo, es profundamente patriarcal: la mujer permanece como ícono moral, el hombre –ahora amable– como arquitecto del orden. Kicillof, al dia de hoy, no logro embarazarse pero sus tácticas son las tradicionales de la mujer domesticada en el hogar que convence al marido con silencios y atracción sexual.
Kicillof, al dia de hoy, no logro embarazarse pero sus tácticas son las tradicionales de la mujer domesticada en el hogar que convence al marido con silencios y atracción sexual.
Tweet
El humanismo ampliado, por llamarlo de alguna manera, de Kicilloff se enfrenta –retóricamente– con el humanismo católico del que se nutre la moralización kirchnerista (Grabois): amor contra odio, pobres como sujetos redentores, el pueblo como comunidad y el Estado como redentor. Las analogías con Felipe III y IV Habsburgo son alarmantes por las implicancias políticas y económicas de ese gesto que para tenerlo hay que ser Carlos V o, de ultima, Felipe II en el Escorial. En otras palabras para reclamar la redención de la comunidad desde arriba se necesita mucha fe o mucho dinero. Ninguna de las dos cosas abundan en nuestra querida Argentina. Por esto, Grabois porta ese estandarte con un mesianismo retro y anda por los canales de television enojado; y como mencioné antes, Roberto Navarro lo catequiza en el aire: “el peronismo derrotó al fascismo”.
Grabois porta representa al mesianismo católico retro y anda por los canales de television enojado; mientas Roberto Navarro lo catequiza en el aire: “el peronismo derrotó al fascismo”.
Tweet

El dilema es que, al moralizar lo público, se cambia la pregunta política (“¿qué hacemos?”) por la pregunta pastoral (“¿quién es el bueno?”). Eso es fascismo. La categoría “odio” deviene instrumento de clasificación, no de análisis: habilita quién puede hablar, cancela a quién no. Así, el orden del discurso queda bajo custodia: la empatía estatal decide qué es discrepancia y qué es pecado. En ese régimen, Kicillof funciona como coordinador silencioso de una liturgia donde cada actor ocupa un lugar: el periodista moraliza, la Madre bendice, el ministro de Seguridad (Berni) ejecuta el gesto de dureza que el gobernador no encarna. Berni es sheriff, no apóstol. Hace, no habla. Su existencia sirve para que Kicillof no se manche con el punitivismo mientras no renuncia a sus efectos. Mena, espía.
Kicillof funciona como coordinador silencioso de una liturgia donde cada actor ocupa un lugar: el periodista moraliza, la Madre bendice, el ministro de Seguridad (Berni) ejecuta el gesto de dureza que el gobernador no encarna.
Tweet
Si el kirchnerismo re-territorializa el feminismo en la memoria maternal, también reterritorializa el peronismo en Evita. El movimiento nunca superó su feminidad patriarcal originaria: Evita como abanderada sacrificial, el Padre Perón como conductor. El lugar de la mujer –mediadora emocional, madre de la patria– fue siempre adjunto del mando. Kicillof, en esa tradición, no es caudillo de voz cavernosa; es padre ascético que abraza desde el amor que demuestra en base a autodisciplina y ascetismo. Su aggiornamento feminista no altera la gramática: feminiza la estética, conserva la lógica. Por eso la presencia de una Madre de Plaza de Mayo en el escenario, tras el triunfo, es un gesto de rechazo a la apologética de Villarruel, sí; pero también reedita la dicotomía Videla/Madres, dictadura/democracia, como escudo moral. No la supera. La repite, reclamando estar en el lado correcto de la historia. Se vuelve al mito fundante como garantía simbólica. Se ofrece un pasado reparador en lugar de una lengua nueva de derechos.
La presencia de una Madre de Plaza de Mayo en el escenario, tras el triunfo de Kiciloff, es un gesto de rechazo a la apologética de Villarruel, sí; pero también reedita la dicotomía Videla/Madres, dictadura/democracia, como escudo moral ficticio. No la supera.
Tweet

El Ateniense Kicillof vs. El Milei Romano Imperial
Este juego simbólico convive con otro, más clásico: Atenas y Roma. Milei –con su invocación a las “Fuerzas del Cielo”, su iconografía de León/Pontifex/Imperator– repone una teología política imperial: el poder como violencia trascendental, unipersonal, “descendida” sobre el líder. La ciudadanía allí debe obediencer al ungido por Dios. Kicillof, en cambio, habita en Atenas: ágora, asambleas, plazas, didáctica, deliberación. Pero, no nos engañemos, la violencia no desaparece: se sublima. La inclusión tiene fronteras –el “odiador” queda afuera– y la pedagogía corrige. Paternalismo y violencia aparecen en ambas matrices: explícitos en Roma, moralizados en Atenas. La diferencia es de forma, no de fondo ya que la moralidad es siempre una amenaza de violencia. El resultado subjetivo, sin embargo, cambia: Milei produce adoración y miedo; Kicillof produce consenso y culpa.
Milei repone una teología política imperial: el poder como violencia “descendida” sobre el líder. Kicillof, en cambio, habita en Atenas: ágora, asambleas, plazas, didáctica, deliberación. Pero, no nos engañemos, la violencia no desaparece: se sublima.
Tweet
Ahí se inserta la comparación con el Cordobes Llaryora. Si Kicillof y Milei son teologías –comunitaria y imperial–, Llaryora es secularismo de gestión. Su liderazgo no depende de la implosión ajena ni del madrinazgo; no convoca milagros ni beatifica símbolos: asfalta, equilibra, negocia. No es ágora moral ni imperium; es pragmatismo productivista. Ese contraste ilumina a Kicillof: su liderazgo por default en Buenos Aires nace de dos hechos negativos (la implosión mileísta, el repliegue de Cristina) y se ordena a través de mediadores. Llaryora, en cambio, asume riesgo, pone la cara, gana o pierde por lo que hace, no por lo que silencia. En el reparto de densidades, Milei es exceso; Kicillof, vacío táctico; Llaryora, espesor administrativo.
Cristina Tudor
El vacío táctico kicillofista incluye una lectura freudiana que no conviene eludir. Si Cristina es la madre simbólica del presente peronista, Kicillof sólo crece al desafiarla. Con la madre cautiva (inhabilitada, judicializada), su poder de movilización permanece. El hijo, entonces, no puede competir hablando: debe dislocar. De ahí el silencio. Otros hablarán por él: Navarro dirá “el peronismo venció al fascismo”, las Madres mostrarán el costado moral, Berni el brazo fuerte. La ventriloquía es la forma de existencia del hijo en una casa donde la madre todavía nombra. Al desplazar el eje del hablar al hacer técnico, Kicillof rescata una autoridad masculina que no compite con la voz materna, sino que la procesa: contratos, obras, indicadores, presupuestos. Es una masculinidad sublimada: no se impone gritando, persuade no hablando. Minimiza pero se infantiliza.
El vacío táctico kicillofista incluye una lectura freudiana que no conviene eludir. Si Cristina es la madre simbólica del presente peronista, Kicillof sólo crece al desafiarla. Al estar preso, el hijo, no puede competir hablando: debe dislocar. De ahí el silencio.
Tweet
Pero la política no es sólo semiótica o psicoanálisis. Es, sobre todo, demografía. ¿Quién vota? ¿Vota? El clivaje actual no se juega únicamente entre “falo duro” y “falo sublimado”, sino entre poblaciones efectivamente movilizadas y poblaciones desenganchadas. Lo que decide elecciones en Buenos Aires –y aquí el dato es brutal– es que cuatro de cada diez habilitados no votan. Ese agujero negro de la democracia reparte silencios. El peronismo necesita conurbano popular “feminizante”: amas de casa, trabajadores precarizados, jóvenes pobres con expectativa en el Estado. Milei necesita juventud digital varonizada: chicos con frustración laboral, anticorporativos, alfabetizados por YouTube más que por sindicatos. Llaryora y los gobernadores “de gestión” necesitan clase media productiva: pymes, profesionales, empleados formales que castigan la cháchara y premian la obra. La disputa ya no es “quién se queda con el falo”, sino quién se queda con el padrón del futuro y quién garantiza que el poder real aliado con los carpetazos no produzcan una corrida: qué segmentos se levantan a votar y cuáles se hunden en la abstención. El mileísmo, por ejemplo, es altamente elástico: se enciende con el algoritmo y se apaga con la frustración; su base es volátil, de “ofendibles” hiperconectados que no sostienen comunidad. Kicillof, en cambio, descansa en una red clientelar-estatal que –nos guste o no– sí sostiene comunidad: comedores, cooperativas, consejos escolares, municipios. Una comunidad, eso sí, administrada desde arriba, pedagógica, paternal. Pero esta es una maquinaria que genera inflación sino entrega el país a la extractivización que la nueva guerra fría internacional impone.

El Catequismo de Kicillof versus Lo Camp de Milei
En ese mapa, la autenticidad –esa palabra que hoy se usa para todo– es, más que una cualidad, un problema. Milei exhibe una autenticidad furiosa, casi queer: un cuerpo que grita, que se disfraza, que se excede. Pero ese exceso no produce pluralidad; produce verticalismo suicida: imperator o nada. Kicillof, en cambio, es la autenticidad del amor en clave cosplay: marido moderno, padre sensible, “doctor en economía”. Pero su feminismo de Estado deja intacta la matriz patriarcal: cuotas, sí; poder, no. Su autenticidad es institucionalizada, cosplay de pueblo –el Clío, la mateada– montado sobre clases de élite (Nacional Buenos Aires, Económicas) y sostenido por aparatos (servicios, medios amigos, Cristina). En ambos casos, lo femenino funciona como estética: en Milei, exceso histriónico que rosa lo camp; en Kicillof, afecto moral que rosa lo catequético. En ambos, el poder se reordena alrededor del falo: exhibicionista en uno, sublimado en el otro.
Kicilloff es cosplay de autenticidad via amor: marido moderno, padre sensible, “doctor en economía”. Pero su feminismo deja intacta la matriz patriarcal: cuotas, sí; poder, no. Su cosplay es también de pueblo ya que está montado sobre élites (Nacional Buenos Aires, Económicas) y aparatos.
Tweet
Falta, todavía, la geografía digital del presente. La elección bonaerense es también el choque entre dos espacios públicos inconciliables. El mileísmo es virtual: YouTube, Twitch, TikTok, X. Su votante es atomizado, de baja tolerancia a la frustración, moldeado por formatos cortos que simulan deliberación sin nunca construirla. Es el INCEL político: aislado, sin comunidad, con fantasías de venganza. Milei responde con un Roy Cohn posmoderno: agresividad jurídica del prime time, vedette como coartada afectiva, fobia a la intimidad real. Kicillof intenta reponer un espacio comunitario: plazas, actos, mateadas. Pero lo hace con la limitación estructural del técnico que no es puntero. Como Emmanuel Macron, su problema no es la inteligencia sino la carencia de organicidad: su pueblo es representación, no tejido. De ahí el cosplay: hay gestualidad colectiva, sí; no hay asamblea como forma de vida. Macron hace de la geopolítica una forma de supervivencia (pero le queda poco) mientras que Kicillof, siempre depende de su propia desaparición.
Esa auto invisibilización se compensa con mediadores. Navarro no es un periodista: es un oficiante. Dice lo que el gobernador no debe decir. Santifica el relato, distribuye culpas, otorga absoluciones selectivas. Las Madres no son invitadas: son reliquias vivas de un pasado que –cuando el presente no ofrece horizonte– vuelve como garantía de bondad. Berni no es ministro: es prótesis de autoridad punitiva, una masculinidad tercerizada que tiene permitido pegar, con la condición de no hablar. Y ahí aparece Mena, la figura más silenciosa y más ruidosa: operador entre justicia, inteligencia y cristinismo. Si el poder real –el que no se televisa– sigue residiendo en esas zonas grises, el sostén fálico del dispositivo no es Kicillof: es Mena. Kicillof puede desaparecer porque hay otros que sostienen; su invisibilidad no es vacío, es delegación.

La Madre Sádica pero Fálica
Todo esto vuelve a Cristina. La madre cautiva aún mueve multitudes. Kicillof no puede sustituirla en el registro de la voz; sólo puede ordenar en el registro de la gestión. Para existir, necesita maltratar simbólicamente a la madre –disputarle tiempos, desdoblar elecciones, avanzar donde ella duda– y, a la vez, parasitar su capital: las figuras tutelares, su público, su estética del amor y el cuidado. Desde esa tensión –que no es nueva en la historia del peronismo–, el hijo es el técnico de una transición sin ruptura: desplaza el centro de gravedad del carisma al proceso, de la arenga a la ficha técnica. No es poco; no es revolución. Su arma es el silencio; su aura, la invisibilidad.
El arma de Kicilloff es el silencio; su aura, la invisibilidad.
Tweet
¿Dónde queda Llaryora en este tríptico? En el mundo de lo tangible. Ni teología comunitaria ni teología imperial. Gestión. Lo que propone –carreteras, obras, cuentas– presenta una autenticidad no espectacular que desnuda el carácter teatrizado del antagonismo Milei/Kicillof. Llaryora es “liderazgo posible” y Kicillof, “liderazgo por default”, La posteridad no la escriben los cosplays; la escriben las cosas que quedan. Y, sin embargo, la Argentina no vive sólo de cosas: vive de símbolos. Por eso la disputa se libra en dos tableros: el material (donde Llaryora cotiza) y el teológico-mediático (donde Milei y Kicillof se necesitan mutuamente para existir).
El peronismo –Kicillof y Grabois– depende del conurbano feminizante: redes de cuidado, economía popular, políticas de transferencia. Milei depende de jóvenes varones digitales, un electorado swing que puede encenderse o apagarse con el ciclo del odio, la fascinación, el desencanto. Llaryora depende de la clase media productiva que, sin épica, decide con la factura de luz y el bache de la esquina. Si el 40% no vota, la política es la ciencia de producir asistencia (para que el conurbano vaya), producir entusiasmo (para que los jóvenes vayan), o producir resultados (para que la clase media vaya). Ya no alcanza con disputar el lugar de líder; hay que disputar el padrón. La pregunta urgente no es “¿quién manda?” sino “quién se levanta a votar”.
Lo que se hace evident es que el peronismo no superó a Evita: sigue siendo patriarcal pero femenino, un padre amoroso que abraza desde arriba. Milei no es anti-patriarcal: es su hipérbole grotesca, un patriarcado de cosplay que grita su propia soledad. Entre ambos, la autenticidad no es emancipación, es performance: amor moralizado o furia espectacular. Kicillof convierte el silencio y la invisibilidad en armas: delega la voz, conserva el mando técnico, administra símbolos heredados. Su “feminismo” –de segunda ola– domestica el antagonismo en humanismo estatal. Su “comunidad” es liturgia; su seguridad, tercerizada. El poder duro permanece donde casi siempre estuvo: en las máquinas opacas –inteligencia, justicia, medios– que deciden qué se ve.
Kicillof es lo posible pero jamás será lo nuevo
Kicillof ocupa con eficacia el espacio liminal: guarda un lenguaje amable para tiempos ásperos, evita el exceso, absorbe la voladura del de enfrente, y, cuando la polvareda baja, parece la normalidad que vuelve. Puede que eso sea –hoy– lo único políticamente posible. Pero conviene no confundir posible con nuevo. Nuevo sería desactivar la moralización pedagógica del amor/odio, soltar el memorialismo elitista, abrir un feminismo que desarme privilegios en vez de administrarlos, y hablar con voz propia sin miedo a que el subsuelo te trague. Mientras tanto, el país seguirá girando entre Atenas y Roma, y la democracia se jugará –menos en el púlpito, más en la mesa de entrada– cada vez que alguien decida, simplemente, ir.





Deja una respuesta