Cuando una palabra de máxima intensidad entra en la conversación pública, ya no describe: organiza. «Trata» no es sólo una categoría jurídica. Es una tecnología moral que distribuye roles antes de que haya descripción: la víctima intocable, el monstruo absoluto, el periodista protector, el público convocado a saber de qué lado pararse. El caso de Argentine Castings —una controversia real sobre pornografía entre adultos, contratos, consentimiento y dinero— fue reorganizado bajo esa categoría antes de ser examinado. Eso no es periodismo. Es liturgia. Y la liturgia, como siempre, funciona mejor cuando nadie la llama por su nombre.

La palabra ‘trata’ no describe: organiza. Distribuye roles antes de que haya descripción. Eso no es periodismo. Es liturgia

Lo que esa reorganización volvió invisible es exactamente lo que habría que pensar. Una mujer adulta que participa de una producción sexual puede haber sufrido un daño real, puede haber recibido menos de lo prometido, puede haber visto sus imágenes circular en lugares que no esperaba. Todo eso importa. Pero hay una diferencia entre tomar en serio el daño y convertir a cualquier mujer adulta que firmó un contrato sexual en una figura sin agencia. Esa conversión no es progresista. Es profundamente conservadora, aunque hable el lenguaje de la protección. La víctima sagrada no es una categoría feminista. Es una categoría clerical.

La víctima sagrada no es una categoría feminista. Es una categoría clerical.

El desfase más revelador del caso fue temporal. Una parte de los medios operó sobre el momento anterior del expediente —el de marzo, el del caso todavía abierto bajo la palabra más grave— y dejó caer que una instancia judicial habría acotado la figura de trata al entender que los elementos del delito no estaban configurados. La televisión no busca el estado actual de los hechos. Busca el momento en que la indignación conservaba su máxima temperatura. Ese es un problema de método, pero también de honestidad estructural: se trabaja con una versión del caso que ya había sido modificada y se la presenta como si fuera la única que existe. El escándalo, como el fantasma, vive en el tiempo equivocado.

La televisión no busca el estado actual del expediente. Busca el momento en que la indignación conservaba su máxima temperatura.

Detrás del escándalo moral hay una disputa económica que la moralización vuelve ilegible. Núñez operaba dentro de una economía —acceso pago, deseo administrado, cuerpos convertidos en mercancía visual, monetización de la intimidad— que el capital digital ha vuelto masiva, precaria y técnicamente difícil de regular. Lo que aparece como monstruosidad individual es también el funcionamiento ordinario de esa economía. Pero si el caso se convierte en una escena de pureza —chicas engañadas, varón monstruoso, comunicadores acumulando decencia en cámara—, esa dimensión material desaparece. Y con ella desaparece lo único que podría abrirse a análisis político real.

El escándalo sexual funciona como una pantalla perfecta. No porque el caso no importe —importa demasiado— sino porque permite producir intensidad moral sin tocar los problemas reales del poder. Mientras la conversación se organiza alrededor de víctimas sagradas y monstruos útiles, quedan afuera los sistemas de vigilancia masiva, el deterioro social, la precarización juvenil, el abandono estatal. El incel no es el macho alfa: es una figura producida por la soledad organizada, el colapso de formas viejas de reconocimiento y la economía digital que monetiza frustración y humillación. Llamarlo soberano sexual permite no pensar nada. Nombrarlo víctima del capital no significa absolverlo: significa que hay algo que describir.

El escándalo sexual es una pantalla perfecta: produce intensidad moral sin tocar los problemas reales del poder.

Lo que este caso exige no es menos rigor sino más: más precisión sobre qué dice el contrato, qué prueba el audio, qué significa consentimiento en una economía de la necesidad. Pensar estructura y agencia al mismo tiempo —sin borrar ninguna de las dos— no es una posición cómoda. Pero es la única desde la que se puede producir algo distinto al círculo de la indignación. Una descripción honesta de cómo el capital digital captura cuerpos, deseos, soledades y precariedades no tranquiliza a nadie. Tampoco se lo propone. Se propone, en cambio, que lo que nombramos como escándalo tenga la dignidad de ser pensado, no solamente sentido.

Moral Mass: How the Word «Trafficking» Replaced a Description of Digital Capital

When a word of maximum intensity enters public conversation, it no longer describes: it organizes. «Trafficking» is not just a legal category. It is a moral technology that assigns roles before any description has taken place: the untouchable victim, the absolute monster, the protecting journalist, the public summoned to take the right side immediately. The Argentine Castings case — a real controversy about adult pornography, contracts, consent, and money — was reorganized under that category before it was examined. That is not journalism. It is liturgy. And liturgy, as always, works best when no one calls it by its name.

‘Trafficking’ doesn’t describe: it organizes. It assigns roles before there is a description. That is not journalism. It is liturgy.

What that reorganization made invisible is exactly what needs to be thought. An adult woman who participates in a sexual production may have suffered real harm, may have received less than what was promised, may have found her images circulating in places she did not expect. All of that matters. But there is a difference between taking harm seriously and retroactively turning every adult woman who signs a sexual contract into a figure without agency. That conversion is not progressive. It is profoundly conservative, even when it speaks the language of protection. The sacred victim is not a feminist category. It is a clerical one.

The sacred victim is not a feminist category. It is a clerical one.

The case’s most revealing distortion was temporal. Part of the media operated on an earlier moment in the file — March, when the case was still open under the most severe category — and quietly set aside the fact that a judicial instance had narrowed the trafficking charge, finding the elements of that crime were not established. Television does not look for the current state of the facts. It looks for the moment when outrage was running at maximum temperature. That is a problem of method, but also of structural honesty: a version of the case that had already been modified was being presented as the only version that exists. The scandal, like the ghost, lives in the wrong tense.

Television does not look for the current state of the case. It looks for the moment when outrage ran at maximum temperature

Behind the moral scandal there is an economic dispute that moralization makes unreadable. Núñez operated within an economy — paid access, administered desire, bodies converted into visual commodity, monetization of intimacy — that digital capital has made massive, precarious, and technically difficult to regulate. What appears as individual monstrousness is also the ordinary functioning of that economy. But if the case becomes a scene of purity — deceived girls, monstrous man, journalists accumulating decency on camera — that material dimension disappears. And with it disappears the only thing that might open onto real political analysis.

The sexual scandal is a perfect screen: it produces moral intensity without touching the real problems of power

The sexual scandal works as a perfect screen. Not because the case does not matter — it matters too much — but because it produces moral intensity without touching the real problems of power. While public conversation organizes itself around sacred victims and useful monsters, what falls away are mass surveillance systems, social deterioration, youth precarity, state abandonment. The incel is not the alpha male: he is a figure produced by organized loneliness, the collapse of old forms of masculine recognition, and the digital economy that monetizes frustration and humiliation. Calling him a sexual sovereign allows for no thinking at all. Naming him a casualty of capital does not absolve him — it means there is something to describe.

What this case demands is not less rigor but more: more precision about what the contract says, what the audio proves, what consent means in an economy of necessity. Thinking structure and agency simultaneously — without erasing either — is not a comfortable position. But it is the only one from which something different from the cycle of outrage can be produced. An honest description of how digital capital captures bodies, desires, solitudes, and precarious lives does not comfort anyone. Nor does it intend to. It intends, instead, that what we name as scandal be given the dignity of being thought — not merely felt.

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