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Grasávila
Es un lugar común decir que la Argentina está pasando por uno de sus momentos más grasas. Pero la grasa no es solo estética: es una forma de comunicación empobrecida, una incapacidad de traducir, de modular, de decir algo más que lo obvio. En el casamiento Grasávila analizado en la Red Carpet se puede ver que cuando quienes controlan los medios no logran presentarse como elite, no porque fallen en la elegancia sino porque fallan en el significado de lo que pretenden comunicar, lo que se erosiona no es el gusto: es la posibilidad misma de una esfera pública elocuente. Este post, toma la Red Carpet para transformarla en una alegoría de un presente preocupante.
La grasa no es solo estética: es una forma de comunicación empobrecida, una incapacidad de traducir, de modular, de decir algo más que lo obvio. En el casamiento Grasávila analizado en la Red Carpet se puede ver que cuando quienes controlan los medios no logran presentarse como elite.
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Lo verdaderamente inquietante de estas imágenes no es el mal gusto —eso sería anecdótico— sino quiénes las producen y desde dónde. Dueños de medios, ex presidentes, figuras centrales del aparato comunicacional, posibles voceras gubernamentales, esposas convertidas en emblemas: lo que debería equivaler a una elite simbólica incapaz de presentarse como tal. No se trata de lujo ni de marcas, sino de algo más básico: elocuencia. Si el estilo es tener algo para decir y saber decirlo, estas escenas revelan un vacío alarmante en el corazón mismo de los medios tradicionales argentinos.
No se trata de lujo ni de marcas, sino de algo más básico: elocuencia. Si el estilo es tener algo para decir y saber decirlo, esta red carpet revela un vacío alarmante en el corazón mismo de los medios tradicionales argentinos.
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esta es el segundo episodio de la mala educacion dedicado al testimonio de su propia muerte de dario loperfido
Medios, Mediáticos y Mediación
La literalidad de la ropa no es un accidente estético: es un síntoma comunicacional. Vestidos que funcionan como ropa interior ampliada, cuerpos exhibidos sin traducción, ausencia total de mediación. No hay distancia simbólica, no hay construcción de rol, no hay escena. Todo está dado de una vez, sin pliegue ni retórica. El cuerpo aparece como argumento único, del mismo modo en que en el debate público la opinión aparece sin elaboración, magnificada, deformada, repetida hasta el hartazgo. La analogía con la pornografía no es moral sino estructural: no hay narración, no hay intercambio, solo estímulo directo.
Vestidos que funcionan como ropa interior ampliada, cuerpos exhibidos sin traducción, ausencia total de mediación. No hay distancia simbólica, no hay construcción de rol, no hay escena. Todo está dado de una vez, sin pliegue ni retórica. El cuerpo aparece como argumento único.
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Aquí es donde volver a Erving Goffman resulta inevitable —y, al mismo tiempo, insuficiente. En La presentación del yo en la vida cotidiana, Goffman distingue entre front y backstage, presuponiendo que el primero es una representación estratégica de un yo más auténtico que se resguarda en la intimidad. Pero estas imágenes muestran el punto donde esa teoría colapsa. El problema no es que el front se haya vuelto obsceno o excesivo: es que no hay un yo esencial detrás que organizar. Todo es presentación, todo es superficie, todo es posición. La vida social no encubre una verdad interior; funciona como un tablero donde se juegan cartas dadas por condiciones materiales, culturales y simbólicas.
En La presentación del yo en la vida cotidiana, Goffman distingue entre front y backstage, presuponiendo que el primero es una representación estratégica de un yo más auténtico que se resguarda en la intimidad. Pero estas imágenes muestran el punto donde esa teoría colapsa.
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La famosa frase de Mirtha Legrand (a.k.a La V de M) —“como te ven te tratan, si te ven mal te maltratan”— lo intuye con lucidez brutal, pero lo resuelve con un gesto neoestoico: aguantar, sostener el show, seguir adelante. El problema no es que el show continúe, sino la ficción de una autenticidad moral previa al show. La Argentina contemporánea exige autenticidad, transparencia, pureza, mientras niega algo elemental: ese yo auténtico no existe. Lo único que existe es cómo se juega la posición que a cada uno le toca. Ahí —y solo ahí— aparece la elegancia: no como refinamiento aristocrático, sino como inteligencia situacional.
La imposibilidad de reconocer la propia fragilidad
Este colapso de la mediación estética tiene consecuencias políticas. Una sociedad polarizada que ha dejado de dialogar es una sociedad que confunde literalidad con verdad. Cuando los medios —sus dueños, sus figuras, sus representantes— ya no saben construir un front, tampoco saben construir argumento. Se pasa de la presentación al insulto directo, de la opinión a la agresión, de la escena pública al escrache permanente. Sin mediación no hay conversación; solo hay choque.

El lugar de la mujer en estas imágenes merece un señalamiento específico y incómodo. No estamos frente a emancipación ni provocación, sino ante cuerpos dañados por la exigencia de una perfección uniformada, una lucha casi Dorian Gray contra el paso del tiempo, donde la experiencia de vida se confunde con abandono, resentimiento o miedo a desaparecer. Es un antifeminismo profundo: mujeres exitosas, sí, profesionales, sí, con ingresos propios, pero cuya posición simbólica sigue estando facilitada, cuando no directamente garantizada, por maridos poderosos. El cuerpo se convierte en capital cuando el discurso se agota. Nada de esto es anecdótico. Sin elocuencia, no hay diálogo. Solo ruido transaccional.

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