Lilita Carrió hablando de Antígona con Rosenblat es un síntoma del carpetazo que se le tiró a esta pobre mujer y que la obliga a salir a hacer el trabajo sucio de la derecha para ecualizar la política en la peor dirección posible….siempre. Su operación es la verdadera tragedia argentina: tomar una tragedia feroz y convertirla en una fábula moral tranquilizante. Es decir, transformar a Antigona en una heroína republicana avant la lettre. Una mujer valiente que enfrenta al poder para defender dignidad, memoria, conciencia individual, la voz de las víctimas. Una especie de activista ética antes de tiempo.
Lilita Carrió hablando de Antígona con Rosenblat es un síntoma del carpetazo que se le tiró a esta pobre mujer y que la obliga a salir a hacer el trabajo sucio de la derecha para ecualizar la política en la peor dirección posible….siempre. Su operación es la verdadera tragedia argentina: tomar una tragedia feroz y convertirla en una fábula moral tranquilizante.
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Puede ser emocionante para cierto publico de pelotudos argentinos pero intelectualmente reduce demasiado a Sophocles y no lo digo por purista. Porque Antígona no habla en nombre de la humanidad universal. No comparece diciendo todos los muertos merecen iguales derechos. No es portavoz de una sensibilidad humanitaria abstracta. Habla por su hermano, Polyneices. Habla por una obligación singular, concreta, no universalizable. Ese cuerpo debe ser enterrado porque me une a él un vínculo de sangre. Fin.
Y Creon tampoco es simplemente un burócrata malvado. Es el soberano que llega al poder tras una guerra civil. Eteocles y Polinices se mataron disputandose Tebas. La ciudad viene de la fractura interna. Su decreto brutal intenta restablecer orden: honrar al defensor, castigar al traidor, prevenir nueva guerra intestina. Eso no lo absuelve. Pero lo vuelve comprensible como figura política.

Entonces la tragedia no enfrenta bondad contra maldad. Enfrenta parentesco contra razón de Estado. Rito funerario contra soberanía. Dos legitimidades incompatibles. Y además nada ocupa en la trilogía de Sophocles un lugar estable. Antígona está viva pero ya habla desde la muerte. Pertenece al ámbito doméstico pero toma la palabra pública. El cadáver de Polinices está muerto biológicamente, pero políticamente sigue activo porque no fue enterrado. Creonte parece firme, pero cuanto más proclama autoridad, más revela inseguridad. Nada es lo que parece.
Por eso toda lectura moralizante falla: quiere fijar roles limpios donde la tragedia trabaja con zonas ambiguas, móviles, intermedias.

Ahora bien, para entender Antígona de verdad hay que mirar el ciclo completo de Sophocles: Oedipus Rex, Antígona y Oedipus at Colonus. Porque ahí aparece una teoría política mucho más profunda de la que ofrece la que yo llamo, la lectura ONG contemporánea.
Porque Antígona no habla en nombre de la humanidad universal. No comparece diciendo todos los muertos merecen iguales derechos. No es portavoz de una sensibilidad humanitaria abstracta. Habla por su hermano, Polyneices. Habla por una obligación singular, concreta, no universalizable. Ese cuerpo debe ser enterrado porque me une a él un vínculo de sangre. Fin
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Empecemos por Edipo Rey. Tebas está devastada por una peste. Su rey promete a sus subditos encontrar la causa del desastre. Cree que la inteligencia soberana puede restablecer el orden. Interroga testigos, consulta oráculos, convoca a Tiresias, reconstruye indicios. Pero cada paso hacia afuera es un paso hacia adentro. Descubre que él mismo mató a su padre, se casó con su madre Jocasta y que la contaminación que destruye la ciudad es él mismo. Eso vuelve a Edipo una figura narcisista en sentido trágico. No porque ame su belleza, sino porque todo termina girando alrededor de sí como enigma. El mundo entero le devuelve fragmentos de su propio secreto. Cuando finalmente se ve, no soporta la coincidencia entre identidad y verdad: se arranca los ojos. Edipo todavía cree que la verdad sobre sí puede salvar la ciudad.
Antígona viene después de ese fracaso cuando la verdad estalló en mil pedazos. La casa real ya está arruinada. Los hijos de Edipo se mataron. Y lo único que queda es el problema del cadáver. El cuerpo que la ciudad no sabe cómo integrar. Por eso Antígona no busca saber. Busca cumplir. No investiga una verdad oculta. Insiste en una obligación funeraria.
Y luego llega el tercer momento: Oedipus at Colonus. Edipo ya no es el rey investigador. Ya no es simplemente el contaminante expulsado. Es un viejo ciego, exiliado, errante. Pero ocurre algo extraordinario: su cuerpo adquiere un nuevo valor político. La ciudad que reciba su tumba obtendrá protección y legitimidad.
Es decir. En Edipo Rey, el cuerpo del soberano vivo contamina la ciudad. En Antígona, el cuerpo del hermano muerto divide la ciudad. En Edipo en Colono, el cuerpo del exiliado anciano protege la ciudad que sepa alojarlo. Eso es inmenso. Porque muestra que la política no se juega solo en leyes o discursos. También se juega en el destino material de los cuerpos: dónde descansan, quién los expulsa, quién los honra, quién los deja al sol, quién los incorpora al territorio.
En Edipo Rey, el cuerpo del soberano vivo contamina la ciudad. En Antígona, el cuerpo del hermano muerto divide la ciudad. En Edipo en Colono, el cuerpo del exiliado anciano protege la ciudad que sepa alojarlo. Eso es inmenso.
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Y acá quiero del clip iraní donde Donald Trump descubre que está muerto y se ve rodeado de espejos dentro de una tumba. (Ver streaming) Muchos lo verán como propaganda grotesca. Pero incluso ahí sobrevive una intuición antigua: el poder solo se comprende plenamente cuando entra en relación con su propia muerte. El espejo normalmente confirma identidad: esto sos vos! La tumba normalmente clausura identidad: esto se acabó acá! Como diría Adorni. Fin. El tema es que cuando ambos se unen, aparece otra cosa: el líder solo se reconoce cuando ya es fantasma de sí mismo. Solo se ve cuando ya no puede actuar. La tragedia de Trump es que nunca logra verse o, como dicen los iraníes, al final del videoclip: “You are a joke without a punchline”.
Pero… ¿Qué hicieron luego los grandes lectores modernos de Antígona? Cada época inventó su propia versión. Hegel leyó la obra como conflicto entre dos órdenes éticos legítimos: la familia y el Estado. Antígona encarna la ley doméstica del parentesco; Creonte la ley pública de la ciudad. Es una lectura enorme porque toma en serio a ambos lados. Pero también ordena demasiado. Convierte una lucha sucia por un cadáver después de una guerra civil en una elegante lección filosófica. Lacan la leyó como figura del deseo absoluto. Antígona fascina porque no cede, porque va hasta el final más allá de cálculo social o utilidad. Eso rescata lo insoportable de la obra. Pero evapora bastante la materialidad política: el cadáver real, la ciudad real, la soberanía real. Judith Butler mostró que Antígona no representa la familia tradicional, porque proviene de la genealogía monstruosa de Edipo. La usa para pensar parentesco no normativo, reconocimiento, duelo, vidas llorables. Muy inteligente. Pero también puede traducir la tragedia al lenguaje contemporáneo del reconocimiento y dejar en segundo plano la brutalidad física de los restos humanos y la guerra civil.
Mi crítica a los tres (de manera resumida sería la siguiente): Hegel institucionaliza, Lacan sublima, Butler contemporaneiza. Y los tres, a su modo, corren el riesgo de perder algo central en Sófocles: la política de los cuerpos o el cuerpo como eje de la política. Porque Sófocles escribe en una Atenas atravesada por una democracia hackeada. No por el ideal que nosotros pensamos cuando pensamos en el agora ateniense. Escribe desde una polis donde la pregunta por quién merece tumba era inmediatamente política. Si el suelo de la polis es sagrado, ser enterrado allí no es un derecho humano sino el de una elite y eso se logra con armas. O pasaportes… que al final y al cabo es lo mismo. Eso es lo que en su romanticismo de telenovela de la tarde, la Carry On, no puede ver.
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