Ayer en el streaming discutimos una secuencia de Olga Streaming que parece revela mucho de nuestra cultura no solo sexual sino de la capacidad Argentina de pensar un futuro. La “Licenciada” Cecilia C. se sentó frente a una mesa de varones argentinos —con Germán Beder y el hijo de Granados entre otros— para hablar de, no more no less than… sexo anal. Si, en la Argentina! La escena produjo un documento político sobre la masculinidad argentina, obviamente, sin que ninguno de los participantes hubiera intentado ni por un segundo que lo fuera.

“Tengo ganas de probar pero no quiero que me digan trolo”. Esa es una confesión y, al mismo tiempo, un suicidio, en el sentido mas amplio del termino.

Antes de que Cecilia C, a quien rebautice la Jueza Servini Encubría, explicara nada, la mesa ya había organizado su defensa. Era un tribunal en el que, en lugar de expedientes, había testigos que, al mismo tiempo, eran acusados y acusadores. El papeleo se borraba en cada oración con risas nerviosas. Aparecieron los apodos, los chistes internos, la violencia simulada, el miedo a “quedar ubicado” e incluso, como confeso uno de ellos, a tentarse a coger en un proximo viaje de trabajo con un compañero con el que compartirían cuarto de hotel. Los slogans no tardan en aparecer pero hubo una que ordenó toda la discusión: “Tengo ganas de probar pero no quiero que me digan trolo”. Esa es una confesión y, al mismo tiempo, un suicidio, en el sentido mas amplio del termino.

El varón argentino sentado en esa mesa estaba desesperado por preguntar. Quiere saber. Quiere escuchar. Pero no puede mostrarse interesado sin defenderse al mismo tiempo. Entonces no se deja escuchar, él mismo, por esquizofrénico que parezca. Cada pregunta debe venir acompañada por una broma. Cada pregunta debe ser compensada por una retirada y la retirada, sorprendentemente, aunque no sea aceptado asi por un argentino….. es entendida como señal de virilidad. Germán Beder y los otros no sólo se ríen del sexo anal. Se ríen para que no se les note el deseo. No el deseo homosexual, sino la el deseo de explorar aquello que su propia educación les amputó: el ano.

Germán Beder y los otros no sólo se ríen del sexo anal. Se ríen para que no se les note el deseo. No el deseo homosexual, sino la el deseo de explorar aquello que su propia educación les amputó: el ano.

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La masculinidad argentina dominante no es violenta porque ocasionalmente se descontrole. De hecho, ojalá se descontrolara. La masculinidad argentina es violenta porque está construida como una tecnología de vigilancia a través de la infelicidad y el humor. Oh, paradoja!. Ser un macho argentino es vigilar el deseo de los otros varones y el propio. Vigila el modo de hablar, el modo de preguntar, el modo de sentarse, el modo de reír, el modo de tener cuerpo. El ser “trolo”, como insulto, no describe una orientación sexual, ni siquiera una identidad sino que funciona como una amenaza de exclusion de una comunidad que es heterosexual pero, aunque no lo reconozcan, de “trolos”. Lo que define a esa comunidad es la delimitacion del cuerpo y sus zonas de goce. Marca qué zonas del cuerpo masculino pueden existir públicamente y cuáles deben ser negadas, incluso en el ámbito privado. Es por eso que la Dra Encubría (Ceci Ce) está obsesionada con cartografiar el sistema nervioso entorno de lo genital. Y al hacerlo no para de contradecirse. Por un lado, dice que la sexualidad es cultural pero, por el otro lado, no para de mapear los puntos biológicos del goce. Según ella, el orgasmo de próstata es el “más intenso”. El resultado de esto es que siempre esta a centímetros de la guardia clínica y el ano aparece asociado, aun por la negativa, con el cancer, el HIV, la lesión y la necesidad de relajarse. Hay alguna otra forma de tener una relación sexual que relajado?

Por un lado, Ceci Ce dice que la sexualidad es cultural pero, por el otro lado, no para de mapear los puntos fisiológicos del goce. Esto la deja a centímetros de la guardia clínica y el ano aparece asociado, aun por la negativa, con el cáncer, el HIV, la lesión y la necesidad, presentada como imposible, de relajarse. Hay alguna otra forma de tener una relación sexual que relajado?

Este contexto se niega a entender que el varón heterosexual no como el opuesto tranquilo del homosexual sino como alguien que administra una represión. La heterosexualidad normativa no elimina el deseo homoerótico; lo organiza, lo subordina, lo convierte en chiste, en asco, en insulto o, como Milei en Davos, en pánico. Por eso la mesa de Olga no está simplemente “haciendo humor”. Está defendiendo una frontera como si de una segunda conquista del desierta se tratara.

Norman O. Brown dice que la sexualidad adulta normal se organiza como una tiranía de la genitalidad: el falo ocupa el centro y subordina las demás zonas del cuerpo. El problema del sexo anal no es que introduzca algo nuevo. El problema es que devuelve al varón una zona que la masculinidad le había ordenado perder. El culo masculino no fue amputado. Fue acusado. Pero cuerpo lo conserva; sigue ahi mientras la cultura, ahora en forma de sexología, lo judicializa.

El problema del sexo anal no es que introduzca algo nuevo. El problema es que devuelve al varón una zona que la masculinidad le había ordenado perder. El culo masculino no fue amputado. Fue acusado.

Por eso y en nombre de esa judicializacion, la Lic Cecilia Ce no se aparta de una charla sobre higiene que no entiende y por eso, rápidamente, transforma en salud publica. Para ella, la lubricación no hace que la pija entre cómoda sino que previene el VIH. Los hemorroides son peligrosos para el sexo anal. Yo le diría que todo es potencialmente peligroso si se piensa en esos términos. Su explicación de la ‘douche’ es risible y demuestra que o nunca fue cogida por el culo o que si lo hizo, dejó el cuarto manchado de marrón. Para ella el enema es irrecomendable. Solo basta limpiarse con un poquito de jabón. Mamu… ese orto está intacto!

La explicación de Cecilia Ce de la ‘douche’ es risible y demuestra que o nunca fue cogida por el culo o que si lo hizo, dejó el cuarto manchado de marrón. Para ella el enema no es recomendable. Solo basta limpiarse con un poquito de jabón y una toallita. Mamu… ese orto está intacto!

Ese es el momento en el que aparece el asco y no puede, en ese contexto, funcionar sino como proyección. La mesa llama “sucio” a aquello que reconoce como imposibilidad propia y no lo puede admitir. Cecilia C. intenta ordenar el asunto con protocolos varios: consentimiento, lubricante, cuidado, pausa, técnica y un sin numero de aparatos y parafernalia. Pero incluso esa normalización muestra el mismo problema: el sexo anal sólo puede entrar al discurso público si se convierte en procedimiento administrable y por eso…. Imposible. Cecilia C está ahi para hacer técnicamente imposible y moralmente peligrosos el “pecado nefando”.

Según entiendo, la parte, culturalmente, mas significativa es la discusión sobre activo y pasivo. La mesa de Olga parte de la gramática básica del macho: activo es quien penetra; pasivo es quien recibe. Cecilia C. dice otra cosa: quien recibe administra el ritmo, la entrada, la pausa y el movimiento. Esa inversión destruye la fantasía masculina pero viene con tantos conocimientos que esa administración del ritmo es ciencia ficción. Pero Cecilia C no dice que el agujero no es pasivo, que recibir no es perder, que ser penetrado no es desaparecer. Para ella la receptividad no puede tener agencia porque está expuesta a los gérmenes… al peligro, a la muerte. En eso, la mesa entera está de acuerdo. Si bien no se enuncia que la masculinidad implica dominio, lo que se deja en claro, que la analidad es un problema y un peligro. Ese es el momento en el que Servini de Encubría nos recomienda hacerlo del modo que no pueda ser hecho o que deje una experiencia traumática o memorable por el olor a mierda.

Virginia Finzi Ghisi permite llevar el análisis al terreno económico. La represión sexual no es sólo una cuestión moral. Produce cuerpos útiles. El varón que no puede habitar su propio placer es más fácil de convertir en instrumento de trabajo, rendimiento y obediencia. La heterosexualidad sin culo abierto no es sólo una identidad: es una disciplina productiva que ahora no va a la fabrica porque ya no las hay. Ahora produce contenido. La mesa de Olga reproduce ese orden cuando convierte el cuerpo masculino en zona vigilada, en nombre de la amistad y la camaradería. No será que esa amistad argentina solo puede existir como condición de lo titilante de ese deseo prohibido?

Por eso el episodio no trata solamente de sexo anal. Trata de cuánto cuerpo le roba la cultura argentina al hombre que fabrica como macho. Le roba el ano como zona de placer. Le roba la pasividad como posibilidad. Le roba la vulnerabilidad como experiencia legítima. Le roba la curiosidad y se la devuelve como chiste. Le roba el deseo y se lo devuelve como insulto.

Germán Beder, Granados y la Ce quedan entonces en una posición incómoda: preguntan porque quieren saber, pero se burlan porque no pueden aparecer sabiendo demasiado. Lo increíble del caso es que la sexologa contratada es consagrada, precisamente, porque no sabe. Son varones (incluso la sexologa) en el umbral de la deserción del ejército de la normalidad. Quieren acercarse al tema, pero el grupo los llama al orden. El chiste funciona como disciplina militar. El que se acerca demasiado al culo debe demostrar inmediatamente que sigue siendo macho. Pero el proceso deja algo más político a la vista. El cuerpo del macho no obedece al mito del macho argentino potente sino que lo desintegra como algo que nunca fue tan heterosexual como la cultura necesitaba creer. La pregunta que queda no es si a los hombres les gusta o no el sexo anal. La pregunta es más brutal: ¿cuánto cuerpo le roba a un hombre la cultura que lo produce como macho?

Dr. Rodrigo Cañete (Warwick)

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