Ayer a las 21 horas hice un streaming sobre los videos de Gavino Silva. Antes de que terminara, Gavino había denunciado el canal en YouTube. El video fue bajado.


No voy a tratar eso como un escándalo. Lo voy a tratar como lo que es: un dato. Porque la denuncia no refuta el argumento. Lo confirma.
Pero lo más interesante no fue la denuncia. Lo más interesante fue adónde llegó el análisis hacia el final del streaming, cuando dejamos de hablar de Gavino en particular y empezamos a hablar de la estructura generacional que lo produce.

Pero lo más interesante no fue la denuncia. Lo más interesante fue adónde llegó el análisis hacia el final del streaming, cuando dejamos de hablar de Gavino en particular y empezamos a hablar de la estructura generacional que lo produce.

Hay tres momentos en la historia reciente de la homosexualidad masculina argentina que vale la pena distinguir con precisión, porque se confunden todo el tiempo y esa confusión tiene consecuencias políticas.
La Generación X vivió la represión.


Generación X y Trauma

No como metáfora. Como hecho material. Para mi generación, el closet era una institución social con consecuencias concretas: pérdida de trabajo, expulsión familiar, violencia policial, patologización médica. La homosexualidad era algo que se administraba en silencio, que se negaba en público, que se ejercía en espacios clandestinos. El insulto no era un accidente: era una tecnología de control. Servía para ubicar, para señalar, para recordarle a alguien dónde estaba su lugar. La subjetividad gay de esa generación se formó en gran medida como respuesta al insulto, como supervivencia frente a una institución que la declaraba ilegítima.

Para mi generación, el closet era una institución social con consecuencias concretas: pérdida de trabajo, expulsión familiar, violencia policial, patologización médica. La homosexualidad era algo que se administraba en silencio, que se negaba en público, que se ejercía en espacios clandestinos. El insulto no era un accidente: era una tecnología de control.


Los Millennials respondieron con el payasismo.
Eso también tiene una lógica. Si la represión funcionaba por silencio y vergüenza, una respuesta posible era hacer ruido, volverse visible, convertir la homosexualidad en performance, en gracia, en entretenimiento. El gay millennial (Martin Cirio, por ejemplo) encontró un lugar social siendo gracioso, siendo camp, siendo el amigo divertido, siendo la figura que podía hablar de sexo sin amenazar a nadie porque todo quedaba enmarcado como show. Eso tuvo un costo. El costo fue que la visibilidad se compró a precio de inofensividad. Para que te dejen existir en público, tenías que resultar inofensivo. Y la forma más eficiente de resultar inofensivo era convertirte en personaje cómico. Fue una forma de supervivencia. Y también fue una trampa.

El gay millennial (Martin Cirio, por ejemplo) encontró un lugar social siendo gracioso, siendo camp, siendo el amigo divertido, siendo la figura que podía hablar de sexo sin amenazar a nadie porque todo quedaba enmarcado como show. Eso tuvo un costo. El costo fue que la visibilidad se compró a precio de inofensividad.


La Generación Z produjo algo que, según entiendo, todavía estamos leyendo mal. Se lo llama liberación. A veces se lo llama orgullo “gay”. Incluso diversidad. Pero hay una corriente dentro de la homosexualidad masculina Z que no es ninguna de esas cosas. Es una neorepresión. Y su eje central no es el closet ni el humor: es el cuerpo, y más específicamente, es la posición sexual como marcador de identidad y de valor.

La Generación Z produjo algo que, según entiendo, todavía estamos leyendo mal. Se lo llama liberación. Pero no es ninguna de esas cosas. Es una neorepresión. Y su eje central no es el closet ni el humor: es el cuerpo, y más específicamente, es la posición sexual como marcador de identidad y de valor.

Ser Pasivo en la GenZ
El mecanismo es el siguiente. La pasividad sexual —ser penetrado— sigue siendo el lugar estigmatizado. Eso no cambió. Lo que cambió es la forma en que ese estigma se administra. Ya no se dice “soy activo y los pasivos me dan asco”. Eso sería demasiado explícito, demasiado viejo, demasiado fácil de criticar. Lo que se dice ahora es “soy versátil”. Vuelta y vuelta.
Esa categoría merece un análisis que rara vez recibe.


“Vuelta y vuelta” no es necesariamente una identidad más libre. En muchos casos es una tecnología de posicionamiento. Permite el acceso a la pasividad —con sus propias formas de deseo, de intimidad, de experiencia— sin pagar el costo simbólico de ser identificado como pasivo. Es una forma de tener leverage: mantener abierta la posibilidad de penetrar, y por lo tanto mantener abierta la posibilidad de no ser ubicado en el lugar estigmatizado.


El resultado es una economía de la identidad donde la pasividad sigue siendo lo que se oculta, lo que se negocia, lo que se menciona con cuidado, lo que aparece como confesión o como debilidad. Y la versatilidad funciona como zona de escape: ni del todo activo, pero tampoco expuesto como pasivo. Eso es misoginia internalizada. No en el sentido de que odien a las mujeres. En el sentido de que el lugar de quien recibe, de quien es penetrado, sigue siendo el lugar de lo femenino degradado, y la identidad se construye evitando quedar fijado ahí.

Gavino Silva es un caso claro de ese mecanismo. En su video con la travesti, la secuencia es precisa: ella se define pasiva porque se siente mujer. Él responde que es vuelta y vuelta. Después aclara que tiene la cola dura. Después, ante un insulto en la calle, aclara que no es pasivo. Esa cadena no es anecdótica. Es una gestión permanente de la posición simbólica. Es alguien que necesita que quede claro, en todo momento, que no ocupa el lugar estigmatizado. Y eso, en alguien que se presenta como figura de apertura sexual, como referente de diversidad, como el chico que fue a la India y tomó ayahuasca y no tiene prejuicios, revela exactamente hasta dónde llega la apertura. Hasta el límite de la pasividad.

Que Gavino haya denunciado el streaming no cambia nada de esto. Lo que sí cambia es que ahora hay un registro público de que el análisis incomodó lo suficiente como para intentar bajarlo. Un argumento que necesita ser silenciado para sostenerse no es un argumento fuerte. Es un síntoma.​​​​​​​​​​​​​​​​

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