Rosalía dice en su canción “Reliquia” que “el cielo nació en Buenos Aires”. Esto es muy poético pero parece ser potencialmente más importante de lo que parece a primera vista ya que, de acuerdo a un articulo del New York Times, la ventaja competitiva de la Argentina no son solo los minerales raros sino su cielo, como infraestructura.
De acuerdo a un articulo del New York Times, la ventaja competitiva de la Argentina no son solo los minerales raros sino su cielo, como infraestructura.
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El 13 de mayo de 2026, Donald Trump aterrizó en Beijing acompañado por Elon Musk, Jensen Huang de Nvidia, Tim Cook de Apple y los CEOs de Boeing, Goldman Sachs, BlackRock y Qualcomm. En la pista, Musk saludó al vicepresidente chino Han Zheng mientras Trump descendía del Air Force One. La imagen no es protocolar. La arquitectura material del poder norteamericano presentándose en persona ante su principal competidor y, en varios casos, ante su principal socio comercial. La agenda de la cumbre incluía Taiwan, los semiconductores, el Estrecho de Ormuz, la inteligencia artificial y el reordenamiento de las cadenas de suministro globales. Exactamente los mismos temas que organizan, de manera menos visible pero igualmente concreta, la disputa entre ambas potencias en América del Sur, en los Andes argentinos, en el cielo de San Juan.

Esa semana, el New York Times publicó US-China Rivalry Reaches South American Skies, firmado por Emma Bubola y Edward Wong. El artículo describe algo que el periodismo argentino no había conectado con la cumbre de Beijing: Washington presionó a Argentina y Chile para frenar proyectos astronómicos chinos en la cordillera, por temor a que la infraestructura instalada pudiera tener usos militares o de seguimiento satelital. Piezas de un telescopio chino quedaron detenidas en la Aduana argentina. Científicos esperando equipamiento. Cooperación congelada entre diplomacia, sospecha y presión geopolítica.
Esa semana, el New York Times publicó US-China Rivalry Reaches South American Skies. El artículo describe algo que el periodismo argentino no había conectado con la cumbre de Beijing: Washington presionó a Argentina y Chile para frenar proyectos astronómicos chinos en la cordillera, por temor al seguimiento satelital
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Las dos noticias —la cumbre de Beijing y el telescopio en los Andes— son expresiones del mismo fenómeno. Leerlas por separado es perder lo más importante. Diplomacia científica como herramienta de penetración estratégica Para entender lo que está ocurriendo hace falta un concepto que no aparece en el debate argentino sobre geopolítica. Ese concepto es el de diplomacia científica como herramienta de penetración estratégica.
La diplomacia científica no es simplemente la cooperación entre Estados en materia de investigación. En su versión contemporánea, es un instrumento mediante el cual una potencia establece presencia infraestructural, genera dependencia tecnológica, acumula datos y construye legitimidad en territorios que le interesan estratégicamente, todo bajo el paraguas semánticamente neutro de la ciencia. No hay ideología visible. Hay telescopios, acuerdos universitarios, becas, estaciones de monitoreo, redes de datos, satélites de observación. La cooperación es real. El interés estratégico también.
China ha desarrollado esta herramienta con una sofisticación que Estados Unidos tardó en reconocer y que América Latina todavía no sabe nombrar. El telescopio chino en los Andes no es simplemente un instrumento astronómico, ni tampoco una simple operación de espionaje, como quiere la lectura norteamericana más burda. Es una infraestructura de doble lectura. Para los científicos argentinos, es acceso a capacidad observacional que el Estado nacional ya no financia. Para China, es presencia territorial, datos astronómicos y atmosféricos, capacidad técnica instalada y un punto de contacto institucional con el sistema científico local. Para Estados Unidos, es una pieza dentro de una red de infraestructura china que se extiende desde los puertos hasta la órbita baja.
El telescopio chino en los Andes no es simplemente un instrumento astronómico, ni tampoco una simple operación de espionaje, como quiere la lectura norteamericana más burda
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Esa doble lectura no es una anomalía. Es el diseño. La diplomacia científica estratégica funciona precisamente porque produce beneficios reales para los receptores y simultáneamente construye posiciones de influencia que son muy difíciles de desmontar una vez instaladas, porque están integradas en la vida cotidiana de las instituciones que las reciben.
En las universidades argentinas existen convenios con instituciones chinas que incluyen transferencia tecnológica, formación de investigadores y proyectos conjuntos en áreas sensibles como la inteligencia artificial, la biotecnología y las telecomunicaciones. Ninguno de esos convenios es necesariamente ilegítimo. El problema es que ninguno fue evaluado con una doctrina que permita distinguir entre cooperación científica genuina, dependencia tecnológica progresiva y penetración estratégica deliberada.
Musk, Starlink y la soberanía delegada
La figura de Elon Musk en Beijing el 13 de mayo condensa el problema porque controla Starlink, la mayor constelación de satélites de comunicaciones del mundo, con más de 7.000 unidades en órbita baja. Esa infraestructura demostró su relevancia militar en Ucrania, donde se volvió indispensable para las comunicaciones del ejército ucraniano. Lo que también demostró es su vulnerabilidad política: cuando Musk desplegó Starlink en Ucrania en 2022, China puso en pausa los planes de expansión de la Gigafactory Shanghai de Tesla. Musk confirmó públicamente que estuvo bajo presión de Beijing respecto de esa provisión y que el gobierno chino le pidió garantías de que no proveería el servicio en China ni en Taiwan. Un empresario privado, dueño de la infraestructura satelital más importante del mundo, negociando con una potencia extranjera los límites operativos de esa infraestructura en función de sus intereses comerciales en ese país. Taiwan lo sabe. El gobierno taiwanés ha expresado desconfianza explícita hacia Starlink precisamente por las profundas conexiones comerciales de Musk con Beijing, y ha buscado alternativas en Eutelsat y en el desarrollo de capacidad satelital propia. El problema es de escala: los 650 satélites LEO de Eutelsat no pueden equipararse a los más de 7.000 de Starlink. La dependencia infraestructural está instalada y es difícil de revertir.
El gobierno taiwanés ha expresado desconfianza explícita hacia Starlink precisamente por las profundas conexiones comerciales de Musk con Beijing, y ha buscado alternativas en Eutelsat y en el desarrollo de capacidad satelital propia
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Taiwan, además, no es solo un conflicto territorial o un problema de relaciones entre China y Estados Unidos. Es el lugar donde se fabrica entre el 85 y el 90 por ciento de los semiconductores más avanzados del mundo. TSMC, Taiwan Semiconductor Manufacturing Company, es la infraestructura sobre la que descansa la economía digital global: sin esos chips no hay inteligencia artificial, no hay armamento de precisión, no hay red satelital, no hay economía moderna en el sentido en que la conocemos. Jensen Huang de Nvidia, cuya empresa recibió autorización para vender chips H200 de inteligencia artificial a China con condiciones, estaba en ese avión. La simultaneidad no es casual: las mismas empresas cuya supervivencia comercial depende en parte de China son las que definen la política tecnológica de Estados Unidos respecto de China. El país que fabrica los chips sobre los que descansa todo este sistema es el objeto de disputa que ninguno de los presentes en Beijing puede resolver sin destruir el sistema que los sostiene.

El cielo de San Juan
Yo estuve en El Leoncito en 2000. Un observatorio en el desierto sanjuanino, bajo uno de los cielos más limpios del planeta. Esa visita dejó una imagen difícil de olvidar: la sensación de que el Estado argentino, cuando decidía invertir en ciencia, era capaz de poner a alguien delante de ese cielo y decirle: mirá. Una capacidad modesta pero real de producir conocimiento sobre el universo desde un territorio propio.
Yo estuve en El Leoncito en 2000. Un observatorio en el desierto sanjuanino, bajo uno de los cielos más limpios del planeta. Esa visita dejó una imagen difícil de olvidar: la sensación de que el Estado argentino, cuando decidía invertir en ciencia, era capaz de poner a alguien delante de ese cielo y decirle: mirá. Una capacidad modesta pero real.
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Lo que el artículo del New York Times muestra es que ese mismo cielo es ahora objeto de disputa estratégica. La transparencia atmosférica que lo hace excepcional para la astronomía también lo hace valioso para el monitoreo de objetos en órbita baja, para el seguimiento de satélites y para la instalación de infraestructura de observación espacial con posibles usos militares. La misma condición que define el skyscape de los Andes como uno de los más extraordinarios del mundo es la condición que lo convierte en recurso estratégico en disputa.
Argentina tiene litio, tiene cielo limpio sobre la cordillera y tiene una capacidad científica que, aunque debilitada por décadas de desinversión, sigue siendo real. Ninguna de esas tres cosas existe en el vacío geopolítico. Todas son piezas en el tablero que China y Estados Unidos están jugando con una doctrina sofisticada, mientras Argentina debate si prefiere a uno o al otro como referencia emocional.
Las dos posiciones incorrectas
El debate argentino sobre la relación con China y Estados Unidos tiende a organizarse en dos posiciones que comparten una misma pobreza estratégica de fondo. La primera es el progresismo que piensa la geopolítica como adhesión moral: si Estados Unidos presiona para que Argentina frene el telescopio chino, entonces China debe ser la alternativa emancipadora. Ese razonamiento no tiene ningún fundamento estratégico. China no invierte en telescopios, puertos, energía, minería y convenios universitarios en América Latina porque comparte un proyecto político con los países receptores. Actúa como potencia, con doctrina, plazos e intereses concretos. Tratarla como contrapeso moral de Estados Unidos obliga a ignorar exactamente lo que la diplomacia científica estratégica hace visible: que la cooperación científica no es ideológicamente neutral, que el acceso a datos es una forma de poder y que la dependencia tecnológica, una vez instalada, es muy difícil de revertir sin costo. Denunciar la presión norteamericana sobre el telescopio en San Juan es correcto. Concluir de ahí que la presencia científica china en los Andes es automáticamente soberana es un error de análisis que produce exactamente la dependencia que dice combatir, solo que bajo otra bandera.
Denunciar la presión norteamericana sobre el telescopio en San Juan es correcto. Concluir de ahí que la presencia científica china en los Andes es automáticamente soberana es un error de análisis que produce exactamente la dependencia que dice combatir, solo que bajo otra bandera.
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La segunda posición es el alineamiento automático con Washington, que en el contexto argentino actual se presenta como elección de libertad y modernidad. El problema es que ese alineamiento ocurre en el peor momento posible: cuando Estados Unidos es más errático, más transaccional y más dependiente de China de lo que ha sido en décadas. Las piezas del telescopio chino detenidas en la Aduana argentina no son una demostración de soberanía. Son el resultado de que Argentina ejecutó presión norteamericana sobre su propio sistema científico sin ningún beneficio estratégico a cambio y sin ningún acuerdo que protegiera la capacidad científica nacional. Los investigadores argentinos que esperaban ese equipamiento pagaron el costo de una disputa entre dos potencias que no les consultaron nada y que simultáneamente se sentaron a negociar entre ellas en Beijing.
Doctrina o superficie
Lo que Argentina necesita no es elegir entre China y Estados Unidos. Es construir una doctrina de soberanía infraestructural: la capacidad estatal de preguntar, caso por caso, qué se instala en su territorio, quién lo financia, quién opera, quién retiene los datos que produce, qué usos duales existen, qué capacidad científica nacional se fortalece y qué dependencia se genera en cada acuerdo.
Esa doctrina no es neutralismo. No es antiimperialismo sentimental ni occidentalismo de shopping. Es lo que diferencia a un Estado con política exterior de un Estado con opiniones sobre política exterior. Es la capacidad de leer la propia posición en un sistema de fuerzas y actuar con criterio propio, en lugar de ejecutar instrucciones de la potencia que en cada momento tiene más acceso al gobierno de turno.
El título del artículo del New York Times lo dice de manera más que clara: la rivalidad entre China y USA llega a los cielos sudamericanos. Llega. Desde afuera. Sobre un territorio que no tiene doctrina para recibirla, evaluarla ni negociarla en términos propios. El cielo de San Juan sigue siendo uno de los más limpios del mundo. Esa condición es simultáneamente un recurso científico, un recurso estético y un recurso estratégico. La pregunta es si Argentina va a tener alguna vez la capacidad institucional de gestionarlo como las tres cosas al mismo tiempo, o si va a seguir siendo, como en tantos otros dominios, una superficie que otros atraviesan y administran mientras sus propios actores debaten a qué hinchada pertenecer.




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