Cada vez que alguien intenta criticarlo, tiene una respuesta que convierte el ataque en confirmación de su propia madurez. Estamos hablando de Ernesto Tenembaum.

Hay una figura dominante en el periodismo político argentino que no se identifica como ideológica porque su ideología es, precisamente, creer que está por encima de la ideología. No es el periodista militante, que al menos declara su posición. No es el operador mediático, cuya función es reconocible. Es una figura más sofisticada: el periodista razonable. Aquel que construyó una personalidad tan psicológicamente elaborada, tan biográficamente sufrida, tan técnicamente solvente, que sus lecturas políticas aparecen como lucidez y no como posición. Aquel que, cada vez que alguien intenta criticarlo, tiene una respuesta que convierte el ataque en confirmación de su propia madurez. Esa figura tiene hoy un nombre paradigmático: Ernesto Tenembaum.


Lo que resulta analíticamente interesante de Tenembaum no es si tiene razón sobre Milei, sobre Cristina o sobre Cuba. Eso sería demasiado fácil y demasiado poco productivo. Lo que resulta interesante es la operación: cómo se construye un periodista que se vuelve inmune a la crítica ideológica porque su propia personalidad funciona como escudo. El dispositivo es preciso. Si alguien lo critica desde la derecha, ahí está la historia familiar —hijo de comunistas desencantados— que prueba que no es un militante kirchnerista. Si alguien lo critica desde la izquierda, ahí están su crítica a Cuba, su distancia del dogma progresista, su negativa a usar camiseta. Si alguien lo critica por moderado, ahí está el miedo lúcido a “no verla”, la neurosis autoconsciente, la vulnerabilidad profesional declarada. Cada ataque rebota. Eso no es objetividad. Es un sistema inmune ideológico.

Lo que resulta analíticamente interesante de Tenembaum no es si tiene razón sobre Milei, sobre Cristina o sobre Cuba sino cómo se construye un periodista que se vuelve inmune a la crítica ideológica porque su propia personalidad funciona como escudo.


Tenembaum critica con frecuencia lo que llama las religiones políticas. Dice que dentro de cualquier marco ideológico hay cosas que se pueden decir y cosas que no, y que a él le gusta decir las que no se pueden. La posición parece valiente. El problema es que esa posición también es una religión. Tiene sus santos —el oficio, la consistencia, la técnica, la experiencia, la moderación— y sus demonios —el dogma, el kirchnerismo, Cuba, Venezuela, la incoherencia económica. Tiene su figura central: el adulto razonable que está por encima de las tribus. La diferencia con las religiones que critica es que la suya no se llama religión. Se llama periodismo.


El sociólogo John Henningham identificó que el periodismo convoca un tipo humano específico: el extrovertido estable, alguien capaz de exponerse, narrar y persuadir sin desbordarse. Tenembaum es una versión argentina densificada de esa figura. A la capacidad de exposición le suma historia política, sufrimiento familiar, formación en psicología, crítica biográfica al dogma. El resultado es un tipo humano que no solo habla bien: parece tener derecho epistémico a hablar. Pero el filósofo Joseph Spino, trabajando sobre ética periodística y virtud, introduce una advertencia precisa: los rasgos morales no se mantienen estables bajo presión situacional. Una persona puede creerse honesta e imparcial y actuar de otro modo según el contexto. La pregunta no es entonces si Tenembaum es virtuoso. La pregunta es cómo se comportan sus virtudes cuando la crueldad viene envuelta en técnica.


El momento más revelador de la entrevista no es político. Es familiar. Tenembaum habla de su padre y diagnostica con claridad clínica que el viejo, después de abandonar el Partido Comunista, acumulaba recortes no para buscar la verdad sino para justificar la verdad que ya tenía. Yo llamo esto sesgo de confirmación. El archivo político es resentimiento organizado. Pero en el mismo bloque, Tenembaum cuenta que ese mismo padre, semanas antes de morir, llegó caminando por el pasillo con cuatro cajas de cartones. Dentro estaban todos los trabajos, notas y entrevistas del hijo. El mismo gesto —acumular recortes para confirmar una verdad previa— es patológico cuando la verdad previa es política y sagrado cuando la verdad previa es su hijo. La contradicción no es una falla del argumento. Es el argumento. Tenembaum le diagnostica al padre la operación que él mismo realiza, solo que su archivo no es un partido político. Su archivo es su propia biografía.

Tenembaum habla de su padre y diagnostica con claridad clínica que el viejo, después de abandonar el Partido Comunista, acumulaba recortes no para buscar la verdad sino para justificar la verdad que ya tenía. Yo llamo esto sesgo de confirmación

La asimetría política de Tenembaum no es una hipótesis: está textualmente en la entrevista. Cuando habla de Cristina dice que su agresividad con la disidencia era “un elemento muy distorsivo” para su objetividad, y vincula esa distorsión con la historia familiar —el padre perseguido por sus creencias. Cuando habla de Milei dice que “hay un plan económico muy bien tramado” y que en eso tiene “cierta comprensión”. La mecánica merece ser nombrada con precisión. La violencia política de Cristina activó en él un afecto personal —la memoria de la disidencia perseguida— y ese afecto se convirtió en un principio metodológico: era distorsivo para mi objetividad. La devaluación, el ajuste sobre salarios, la destrucción de poder adquisitivo popular bajo Milei no produce el mismo efecto personal. Entonces puede analizarlo técnicamente. Lo que le duele lo llama distorsión. Lo que no le duele lo llama análisis.


La frase que condensa toda la operación es esta, dicha en la entrevista con una contundencia que el propio entrevistador celebra: la consistencia está antes que la ideología. Prefiere un gobierno de derecha consistente a un gobierno de izquierda inconsistente. La frase parece madura, técnica, adulta. Pero hay que detenerse en el ejemplo que ofrece para ilustrarla: prefiere un gobierno que diga voy a bajar salarios para atraer inversión a un gobierno que diga voy a distribuir y produzca caos. En ese ejemplo, el gobierno de derecha es evaluado por la coherencia interna de su plan. El gobierno de izquierda es evaluado por si cumple su promesa moral. No es el mismo estándar. La reducción salarial aparece como técnica legítima si forma parte de un plan consistente. La redistribución fallida aparece como fracaso moral. Esa asimetría en los criterios de evaluación tiene una dirección política muy concreta, aunque se presente como neutralidad técnica.


Cuando le preguntan directamente qué es, Tenembaum responde: quiero ser un periodista. Y para ilustrar qué significa eso, evoca una película de Tom Hanks donde un hombre recorre pueblos leyendo noticias, cobra unas monedas, convoca audiencia, genera silencio e interés. La imagen parece humilde, casi artesanal. Pero ese hombre no transmite información: administra atención colectiva en un territorio, selecciona qué es noticia, elige cómo contarla, organiza el sentido de lo que ocurre. El propio Tenembaum lo reconoce un instante después, casi como concesión: no me estoy haciendo el boludo del efecto de que esa forma de contarlo no estás tomando posición. Pero si contar implica tomar posición, entonces decir quiero ser periodista no es salir de la política. Es ocupar la posición política más poderosa de todas: la del observador que se coloca por encima del mapa como el punto desde el cual se juzgan los demás.


En Argentina, a diferencia de otros contextos mediáticos, el periodista político prestigioso no se presenta como una figura abiertamente ideológica. Se presenta como maestro artesanal de una práctica noble. No como operador, sino como alguien que la ve. No como militante, sino como narrador autorizado de la polis. Esa auto-presentación no es hipocresía necesariamente. Puede ser absolutamente sincera. El punto de Spino es exactamente ese: la virtud puede ser genuina y al mismo tiempo situacionalmente selectiva. Uno puede creerse imparcial y ser sistemáticamente asimétrico. La diferencia entre virtud periodística y performance de virtud periodística no se prueba en las declaraciones de principios. Se prueba en qué se narra, cómo se narra, qué se perdona, qué se dramatiza y qué economía de la atención se pone en marcha.


Tenembaum no está por encima de la ideología. Su ideología es creer que la técnica, la consistencia y la razonabilidad están por encima de la ideología. Y esa es, quizás, la forma más eficaz de ideología que existe: la que no necesita declararse porque ya convenció a todos, empezando por quien la practica, de que es simplemente sentido común. Lo que hace de Tenembaum un caso paradigmático no es que sea un mal periodista ni que actúe de mala fe. Es que encarna con máxima sofisticación el mecanismo por el cual el periodismo argentino produce una figura de autoridad que neutraliza su propia ideología convirtiéndola en carácter, en oficio, en experiencia, en lucidez. El problema no es Tenembaum. El problema es el régimen de credibilidad que lo produce y que él, a su vez, reproduce.​​​​​​​​​​​​​​​​

En Argentina, a diferencia de otros contextos mediáticos, el periodista político prestigioso no se presenta como una figura abiertamente ideológica. Se presenta como maestro artesanal de una práctica noble. No como operador, sino como alguien que la ve.

Una respuesta a «HermafroTenembaum es un Mix entre Gabino Silva y Rodolfo Terragno: Vuelta y Vuelta»

  1. A mí me sorprende que sea considerado un periodista prestigioso. Incluso me sorprende que tenga laburo. Es totalmente inconsistente lo que dice. Pavadas. Y, Rodrigo, lo que decís de su posicionamiento por sobre las ideologías, en este momento es asi. Pero en la época del kirchnerismo era un soldado del Grupo Clarín, super aguerrido. Ahí tenía una posición clarísima, y para nada imparcial.
    Me encantn tus transmisiones desde Londres.

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