El episodio 20 del curso De Velázquez a El Greco (ya disponible para miembros a mi Canal de YouTube La Mala Educación) está dedicado al primer viaje de Velázquez a Roma entre 1629 y 1631. A partir del estudio crítico del académico español José Luis Colomer, la clase propone abandonar la idea de que Italia fue simplemente el lugar donde el pintor español perfeccionó su técnica y se volvió “un genio de la pintura”. Roma significó mucho más que eso. Fue el espacio donde Velázquez comprendió cómo funcionaba el prestigio artístico, la circulación internacional de las imágenes y la disputa por ingresar en el canon europeo.

El episodio 20 del curso De Velázquez a El Greco (ya disponible para miembros a mi Canal de YouTube La Mala Educación) está dedicado al primer viaje de Velázquez a Roma entre 1629 y 1631.

Roma significó mucho más que eso. Fue el espacio donde Velázquez comprendió cómo funcionaba el prestigio artístico, la circulación internacional de las imágenes y la disputa por ingresar en el canon europeo.

Ayer, en el streaming diario, también en mi canal de YouTube sobre María Becerra como alegoría del negacionismo argentino, en el que se discutió la supuesta campaña internacional contra nuestro país, sostuve que una parte importante del problema consiste en la estúpida incapacidad de aceptar la mirada extranjera cuando ésta deja de confirmar la imagen idealizada que el país quiere tener de sí mismo. El “excepcionalismo” argentino necesita que el Norte Global funcione como una autoridad que lo legitime; cuando esa misma autoridad lo critica, deja automáticamente de tener valor y se convierte en un complot. Esto puede ser rapidamente patologizado como psicosis narcisista. Lo interesante del viaje de Velázquez a Roma es que nos enseña como proceder de la manera contraria. 

Ayer, en el streaming diario, también en mi canal de YouTube sobre María Becerra como alegoría del negacionismo argentino, en el que se evidencia la estúpida incapacidad de aceptar la mirada extranjera cuando ésta deja de confirmar la imagen idealizada que el país quiere tener de sí mismo.

Velázquez llegó a la capital artística de Europa sin exigir reconocimiento previo ni refugiarse en una defensa identitaria de la pintura española. Comprendió que ingresar en una conversación internacional implicaba exponerse a reglas más complejas, aceptar la competencia con los mejores artistas de su tiempo y producir una respuesta propia frente a problemas que ya no eran exclusivamente nacionales. Esa respuesta no podía imponerse a las patadas, sino ser discreta. Roma no lo obligó a dejar de ser Velázquez; lo obligó a dejar de pensar desde una posición exclusivamente cortesana para comprender el funcionamiento de un sistema artístico donde el prestigio debía construirse y no simplemente reclamarse. En otras palabras, el poder no es algo que se posee sino algo que se construye relacionalmente. 

Eso es precisamente lo que reconstruye con rigor histórico José Luis Colomer. La ciudad del Papa Urbano VIII Barberini no aparece solamente como un museo donde se copiaban esculturas clásicas o frescos de Miguel Ángel y Rafael para aprender a pintar cuerpos con precision anatómica, sino como un inmenso laboratorio de producción de imágenes donde diplomáticos, coleccionistas, marchands, pintores, órdenes religiosas y mecenas discutían permanentemente qué significa decir que una tela pintada era una gran pintura. La cuestión ya no consistía únicamente en pintar bien sino en demostrar que una imagen podía organizar una historia, administrar emociones y ocupar un lugar dentro del lenguaje visual más sofisticado de Europa. Se debía convencer, enseñar y lograr que el espectador se identificara con aquello que se le ofrecía y que para colmo, era una imagen congelada. 

Desde esa perspectiva, La fragua de Vulcano y La túnica de José (en El Escorial) dejan de ser simples consecuencias estilísticas del viaje sino que demuestran que Velázquez comprendió que la pintura de historia era una forma de intervenir intelectualmente sobre el mundo. Sin abandonar el naturalismo sevillano; convirtió su reacción en una respuesta original a un debate internacional sobre el modo en el que una pintura puede apelar a los afectos. Solo asi, una imagen logra autoridad. 

Quizá ahí resida también una enseñanza inesperada para la Argentina contemporánea. Las culturas que logran ocupar un lugar duradero en la conversación internacional no son aquellas que reaccionan con paranoia cada vez que reciben una crítica, sino las que aceptan que ninguna tradición se fortalece protegiéndose de la mirada ajena. Velázquez salió de Roma siendo más español precisamente porque dejó de pintar para España solamente y un circulo endogamico (o, como se dice ahora, una ecochamber de redes sociales y streamings). En lugar de eso, decidió dialogar inteligentemente con el mundo. Esto parece ser lo que la Argentina se olvidó de hacer. 

este es el streaming de ayer sobre maría becerra y el simbolismo de su vestido tetudo de papel crepe

Una respuesta a «El Primer Viaje de Diego Velázquez a Roma Puede Ser Una Pedagogía Para Que la Argentina Saque la Cabeza de su Propio Ano»

  1. Agudísimo. Es una alegría leerte.

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