El cubismo no rompe una imagen para volverla irreconocible. Rompe la ilusión de que un objeto puede entregarse entero desde un solo lugar. Ningún rostro, ninguna familia, ningún país se ofrece completo desde una sola posición: hace falta construir esa totalidad, y esa construcción es siempre una operación, nunca un hallazgo. Esta semana el Megacurso de Teoría del Arte del Siglo XX vuelve sobre esa premisa leyendo la serie de documentos primarios que formuló esto con más precisión —Du Cubisme, de Jean Metzinger y Albert Gleizes, junto con las Méditations esthétiques de Guillaume Apollinaire— y el nuevo video del canal la lleva a un lugar mucho menos elegante: la pelea televisada entre Tomás y Fernando Dente.

El cubismo no rompe una imagen para volverla irreconocible. Rompe la ilusión de que un objeto puede entregarse entero desde un solo lugar. Ningún rostro, ninguna familia, ningún país se ofrece completo desde una sola posición: hace falta construir esa totalidad,

Durante semanas, un panel de espectáculos produjo un hermano que nunca terminó de aparecer entero. Tomás Dente lo llamó hermano, medio hermano, extraño, competidor, acusador involuntario. Fernando respondió con una sola frase —*es mi hermano*— que no confirmó nada y no negó nada. El programa multiplicó los ángulos como si multiplicarlos fuera lo mismo que completar la figura. Ese es el error que el cubismo nunca cometió: la superficie pictórica no promete una verdad final detrás de la última perspectiva. La pantalla, sí. Esa promesa es su motor y su mentira.

Tomás Dente lo llamó hermano, medio hermano, extraño, competidor, acusador involuntario. Fernando respondió con una sola frase —*es mi hermano*— que no negó nada. El programa multiplicó los ángulos como si multiplicarlos completara la figura. Ese es el error que el cubismo nunca cometió.

La sangre no alcanzó para trazar la línea entre hermano y extraño, porque la filiación estaba dividida. El apellido no alcanzó, porque ocultaba tanto como mostraba. La Iglesia no alcanzó, porque uno de sus hombres apareció en el origen mismo del secreto. Cuando ninguna institución puede sostener la frontera que separa lo familiar de lo ajeno, otra institución ocupa ese lugar vacío. Esta vez fue la televisión, y la televisión no descubre esa frontera: la fabrica en vivo, cada noche, con el material que sea.

El hermano que nunca llega a encontrarse con su hermano es el único personaje que el programa no puede perder. Fernando se retira antes de que Tomás salga al aire. Tomás llama cuando Fernando ya no puede responder. Cada episodio agrega una perspectiva que no completa a las anteriores: las vuelve insuficientes. La verdad se muda al programa siguiente, y al siguiente, indefinidamente. No es que el formato no pueda resolver la pregunta. Es que la necesita irresuelta. 

Tomás y Fernando compiten, además, por el mismo lugar dentro del mismo canal. La familia provee el material; el campo televisivo decide qué se vuelve rentable. Nadie necesita ser cínico para entender esto: el sistema no premia a quien cierra una pregunta, premia a quien logra que siga la expectativa hasta el siguiente capitulo del quilombo.  El hermano se convierte en competidor, y el competidor necesita seguir pareciendo hermano, porque sin ese parentesco el escándalo pierde su tabú y sin el tabú pierde su audiencia.

El cubismo sacrificó la imagen unificada del objeto para liberar a la pintura de una ilusión. La televisión sacrifica la posibilidad de un vínculo fraterno inteligible para no dejar nunca de emitir. Ahí está la diferencia entre las dos fragmentaciones, y ahí está lo que el Megacurso de esta semana permite pensar con más rigor que cualquier resumen periodístico: multiplicar perspectivas no es, por sí solo, un gesto crítico. Puede ser exactamente lo contrario.

El cubismo sacrificó la imagen unificada del objeto para liberar a la pintura de una ilusión. La televisión sacrifica la posibilidad de un vínculo fraterno inteligible para no dejar nunca de emitir. Ahí está la diferencia entre las dos fragmentaciones, y ahí está lo que el Megacurso de esta semana permite pensar con más rigor.

La pregunta que importa no es si Tomás miente o si Fernando calla por prudencia o por cálculo. La pregunta es qué queda cuando las instituciones que antes trazaban la línea entre lo propio y lo ajeno —la sangre, el nombre, la Iglesia— se vacían, y nada ocupa ese lugar salvo un formato que necesita la línea indefinida para seguir vendiendo. No hace falta imaginar una vuelta a esas instituciones ni resignarse a que la pantalla administre el parentesco para siempre. Hace falta preguntar, cada vez que esto se repita, quién se beneficia de que la frontera nunca cierre —y qué otra cosa, si es que existe todavía, podría cerrarla sin convertir el cierre en un producto más.

La pregunta que importa no es si Tomás miente o si Fernando calla por prudencia o por cálculo. La pregunta es qué queda cuando las instituciones que antes trazaban la línea entre lo propio y lo ajeno —la sangre, el nombre, la Iglesia— se vacían, y nada ocupa ese lugar salvo un formato que necesita la línea indefinida para seguir vendiendo

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