El tiempo filmado no te pertenece
Tres videos, tres formas distintas de habitar la precariedad urbana argentina, y un mismo dispositivo que convierte esa habitación en contenido consumible. Muriel hace vlogs aspiracionales desde San Luis y edita videos ajenos para sobrevivir. Israel Urquizo parece más precario de lo que es: maneja más presupuesto del que muestra y filma la marginalidad como quien la administra. Gabino Silva llegó más lejos que los dos: fue absorbido por el mainstream. La pregunta no es si estos videos muestran algo real. Lo muestran. La pregunta es qué hace el formato con lo que captura, y a quién le pertenece ese tiempo después.
Tres videos, tres formas distintas de habitar la precariedad urbana argentina, y un mismo dispositivo que convierte esa habitación en contenido consumible. La pregunta no es si estos videos muestran algo real sino qué hace ese formato con lo que registra, y a quién le pertenece ese tiempo después.
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Lo que los tres registran, sin nombrarlo, es la convergencia de tres formas de dominación sobre los mismos cuerpos bajos o, por lo menos, análogos. La primera es temporal: la espera como método de dominación post-neoliberal, la vida suspendida en trámites sin cierre, en promesas sin fecha de cumplimiento, noches (muchas veces en la calle…homeless) sin garantía de mañana. La segunda es espacial: la informalidad urbana no es el exterior roto de la ciudad formal sino su (falta) de arquitectura silenciosa, la reserva de trabajo barato que sostiene la ciudad turística, gastronómica, inmobiliaria. O el descarte. La tercera es algorítmica: la plataforma convierte ese tiempo detenido en retención de audiencia, en contenido. Lo que para alguien es duración sin salida, para el algoritmo es contenido. Purgatorio versus story-telling.
Lo que Gabino Silva, Muriel y IsraelUrquizo registran, sin nombrarlo, es la convergencia de tres formas de dominación sobre los mismos cuerpos bajos o, por lo menos, análogos. Lo que para muchos es espera, para el algoritmo es contenido. Purgatorio versus story-telling.
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El vlog tiene una potencia documental real. Registra lo que el periodismo suele perder: el precio exacto de una cama, la negociación en la puerta, el miedo de una cuadra de noche, la manera en que se mueve un cuerpo que no tiene dónde estar. Pero ese archivo está gobernado por una economía de atención que exige que algo pase. El algoritmo no tolera la espera. Necesita evento, tensión, personaje, clímax, corte. Entonces el vlog convierte la repetición agotadora en episodio, el estancamiento en aventura, la nada que no termina en acontecimiento que sí cierra. Eso no es documentar la dominación. Es reproducirla con otra cámara.
Los tres casos no son equivalentes y esa no equivalencia es el punto de diferenciación. Muriel habita la promesa de movilidad por visibilidad, la esperanza de que el algoritmo la elija, mientras edita el contenido de otros para llegar a fin de mes. Su vlog es aspiracional al borde del cringe porque tiene que serlo: la alternativa es la changa invisible. Israel filma desde adentro de la esfera que describe, pero con más recursos de los que exhibe. Es una etnografía disfrazada de autoetnografía. Su posición no es la del precario sino la del que administra la imagen de la precariedad. Gabino es pornografía social y por eso llegó al mainstream, lo cual significa que el sistema encontró la manera de monetizar exactamente lo que él mostraba sin que cambiara nada de lo que mostraba. O, mucho peor, de naturalizarlo.
La romantización progresista de estos materiales no es la solución al miserabilismo de derecha: es su espejo sentimental. Decir que estos videos visibilizan a los invisibles puede terminar siendo exactamente lo que hace el turismo social de la miseria: usar la imagen de la precariedad sin preguntarse por el sistema que la perpetua. ¿Quién alquila esa pensión? ¿Quién cobra? ¿Qué hace la plataforma con ese tiempo filmado? La pregunta no es si mostrar o no mostrar. La pregunta es quién controla el sentido de lo que se muestra, y si la visibilidad que produce el algoritmo tiene alguna relación con el poder de cambiar algo, o si es simplemente otra forma de que ese tiempo no te pertenezca.
La romantización progresista de estos materiales no es la solución al miserabilismo de derecha: es su espejo sentimental. Decir que estos videos visibilizan a los invisibles puede terminar siendo exactamente lo que hace el turismo social de la miseria: usar la imagen de la precariedad sin preguntarse por el sistema que la perpetua.
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Those who Film the Time that Doesn’t Belong to their Subjects: Media in Times of Javier Milei’s Devastated Argentina
Three videos, three distinct ways of inhabiting Argentine urban precarity, and a single device that converts that inhabitation into consumable content. Muriel makes aspirational vlogs from San Luis and edits other people’s videos to get by. Israel Urquizo appears more precarious than he is: he manages more budget than he shows and films marginality like someone who administers it. Gabino Silva went further than both: he was absorbed by the mainstream. The question is not whether these videos show something real. They do. The question is what the format does with what it captures, and who owns that time afterward.

What all three record, without naming it, is the convergence of three forms of domination over the same bodies. The first is temporal: waiting as a mode of governance, life suspended in unresolved processes, undated promises, nights with no guarantee of tomorrow. The second is spatial: urban informality is not the broken exterior of the formal city but its silent infrastructure — the reserve of cheap labor that sustains the tourist, gastronomic, and real-estate city. The third is algorithmic: the platform converts that suspended time into audience retention. What for someone is duration without exit, for the algorithm is content.
The vlog has real documentary power. It records what journalism tends to lose: the exact price of a bed, the negotiation at the door, the fear of a block at night, the way a body moves when it has nowhere to be. But that archive is governed by an attention economy that demands something happen. The algorithm does not tolerate waiting. It needs event, tension, character, climax, cut. So the vlog converts exhausting repetition into episode, stagnation into adventure, the endless nothing into a closure the original situation never had. That is not documenting domination. It is reproducing it with a different camera.
The three cases are not equivalent, and that non-equivalence is the argument. Muriel inhabits the promise of upward mobility through visibility — the hope that the algorithm will choose her — while editing other people’s content to pay the month. Her vlog is aspirational because it has to be: the alternative is invisible piecework. Israel films from inside the sphere he describes, but with more resources than he displays. His position is not that of the precarious subject but of the one who manages the image of precarity. Gabino reached the mainstream, which means the system found a way to monetize exactly what he was showing without anything changing in what he was showing.

The progressive romanticization of these materials is not the solution to right-wing miserabilism: it is its sentimental mirror. Saying these videos make the invisible visible can end up doing exactly what poverty tourism does — using the image of precarity as an available symbol without asking about the system that organizes it. Who rents that boarding house? Who collects? What does the platform do with the filmed time? The question is not whether to show or not to show. The question is who controls the meaning of what gets shown, and whether the visibility the algorithm produces has any relationship to the power to change something — or whether it is simply another way for that time to not belong to you.
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