Madonna es muchas cosas y nos marcó la vida a minorías queers como pocos artistas. Pero hay un punto en el que deja de ser solamente una artista que administra su legado para convertirse en un aparato ideológico.

Madonna es muchas cosas y nos marcó la vida a minorías queers como pocos artistas. Pero hay un punto en el que deja de ser solamente una artista que administra su legado para convertirse en un aparato ideológico. En las dos primeras partes de mi streaming en mi canal de YouTube, leímos el disco como una maquinaria de elaboración privada: Madonna como santa laica del club, el dancefloor convertido en capilla queer, la muerte de Christopher Ciccone detrás de “Fragile”, la deuda con Lourdes Leon en “The Test”, la negativa a seguir funcionando como madre universal de los gays en “School” y una audiencia argentina que reconoce en estas canciones una memoria bastante más oscura que el relato feliz del Pride corporativo. Confessions II habla a una generación que aprendió a tramitar deseo, vergüenza, duelo y pertenencia a través de Madonna y que ahora envejece junto con ella. Mi hipótesis para esta tercera parte parte de esa misma gramática. Madonna traslada al conflicto entre Israel y Palestina el procedimiento que utiliza para narrar la muerte, la culpa y la traición en Confessions II: convierte una relación material de poder en una herida compartida que debería resolverse mediante conciencia, amor y elevación. Ese cambio de escala transforma una tecnología privada de supervivencia en una operación política que termina colaborando con el pinkwashing israelí.

Madonna traslada al conflicto entre Israel y Palestina el procedimiento que utiliza para narrar la muerte, la culpa y la traición en Confessions II: convierte una relación material de poder en una herida compartida que debería resolverse mediante conciencia, amor y elevación.

Sarah Schulman utilizó el concepto de pinkwashing para describir el modo en que Israel promociona internacionalmente su tolerancia hacia personas LGBTQ como evidencia de modernidad y como contrapeso moral frente a la ocupación palestina. Jasbir Puar amplió ese problema mediante la noción de homonacionalismo: ciertos sujetos queer entran en el relato nacional como prueba de civilización mientras otras poblaciones quedan racializadas como primitivas, religiosas, sexualmente represivas y, por extensión, políticamente menos llorables. La fuerza del mecanismo reside en que los derechos exhibidos pueden ser perfectamente reales. Tel Aviv posee vida queer, organizaciones, clubes, espacios de sociabilidad y décadas de activismo. El problema aparece cuando esas conquistas empiezan a cumplir una segunda función y se convierten en capital diplomático. La playa, el Pride, el cuerpo homosexual visible y la ciudad cosmopolita empiezan a producir una imagen de virtud estatal. El derecho deja entonces de funcionar solamente como derecho y empieza a funcionar como propaganda.

Sarah Schulman utilizó el concepto de pinkwashing para describir el modo en que Israel promociona internacionalmente su tolerancia hacia personas LGBTQ como evidencia de modernidad y como contrapeso moral frente a la ocupación palestina.

Confessions II ofrece una gramática extraordinariamente apta para esa operación porque Madonna convierte sistemáticamente el conflicto concreto en experiencia espiritual. “Good For The Soul” procesa el duelo mediante conciencia y elevación; “One Step Away” transforma la ruptura en condición de libertad; “Everything” responde a un mundo sellado mediante la búsqueda de una luz superior; “My Sins Are My Savior” convierte la transgresión en mecanismo de redención. El procedimiento organiza experiencias muy diferentes dentro de una misma secuencia: herida, aprendizaje, conciencia, trascendencia. Esa fórmula puede resultar incluso conmovedora cuando alguien narra la muerte de un hermano, una relación destruida o la culpa frente a una hija. Cada persona tiene cierto derecho sobre la forma simbólica que concede a su propio sufrimiento. Israel y Palestina pertenecen a otra escala. Un Estado, un ejército, una frontera administrada, un sistema de permisos, checkpoints, bloqueo, desplazamiento y vigilancia tecnológica constituyen relaciones materiales de poder. La luz puede producir una metáfora sobre esa estructura. La luz jamás puede reemplazarla.

El pinkwashing trabaja justamente sobre esa sustitución. Tel Aviv circula por el mundo como ciudad joven, sexy, tecnológica, cosmopolita, liberal y orgullosamente gay, mientras Palestina queda construida como su negativo civilizatorio. El Pride participa de una economía visual que distribuye modernidad y atraso: de un lado aparecen cuerpos que bailan, se besan, consumen y exhiben su sexualidad; del otro aparece una población árabe reducida a religión, represión y homofobia. El queer palestino destruye inmediatamente esa composición porque reúne aquello que el relato necesita mantener separado. Esa persona puede sufrir homofobia dentro de su propia sociedad y simultáneamente padecer ocupación, controles de movilidad, expulsión, bombardeos o violencia estatal israelí. Su existencia obliga a pensar dos estructuras de poder al mismo tiempo y desmonta la fantasía según la cual la libertad sexual israelí cancela políticamente la dominación ejercida sobre los palestinos. Una bomba tampoco pregunta por la orientación sexual de los cuerpos sobre los que cae. Entre los muertos palestinos hay gays, lesbianas, personas trans, niños, médicos, periodistas, artistas, creyentes y ateos. El misil resuelve con bastante brutalidad la discusión sobre quién entra o no entra en la civilización queer.

Entre los muertos palestinos hay gays, lesbianas, personas trans, niños, médicos, periodistas, artistas, creyentes y ateos. El misil resuelve con bastante brutalidad la discusión sobre quién entra o no entra en la civilización queer.

La idea de Tel Aviv como “refugio gay” exige por eso una pregunta bastante elemental: quién puede llegar a ese refugio. La libertad urbana depende de ciudadanía, documentación, movilidad, seguridad y acceso al territorio. Un turista europeo puede consumir Tel Aviv como escenario internacional de emancipación sexual mientras un palestino situado a pocos kilómetros encuentra su desplazamiento sometido a un régimen jurídico completamente diferente. La distancia física puede ser mínima y la distancia política gigantesca. El Pride adquiere en ese contexto una ambivalencia que su publicidad internacional necesita borrar: celebra libertades conquistadas por personas queer israelíes y simultáneamente puede funcionar como escaparate de un Estado que controla la circulación de otra población. El cuerpo queer palestino devuelve frontera, ciudadanía y territorio a una imagen diseñada para hablar solamente de libertad. Ahí aparece la obscenidad del dispositivo: la fiesta necesita olvidar quién puede atravesar la puerta.

La actuación de Madonna en Eurovisión 2019 condensó el problema en una sola imagen. Durante “Future”, dos bailarines aparecieron con las banderas israelí y palestina sobre sus espaldas y caminaron juntos mientras “Wake Up” dominaba la pantalla. Esa simetría es wishfull thinking oportunista.

La actuación de Madonna en Eurovisión 2019 condensó el problema en una sola imagen. Durante “Future”, dos bailarines aparecieron con las banderas israelí y palestina sobre sus espaldas y caminaron juntos mientras “Wake Up” dominaba la pantalla. El gesto tenía intención política, quebraba el protocolo del espectáculo y buscaba producir incomodidad dentro de un evento obsesionado con presentarse como neutral. También convertía dos posiciones históricamente desiguales en dos cuerpos equivalentes. Madonna, que entiende como pocos artistas contemporáneos la eficacia política del símbolo, eligió representar el conflicto mediante reconocimiento mutuo, contacto corporal y despertar de conciencia. La coreografía producía una solución afectiva: dos cuerpos avanzan juntos porque han conseguido superar aquello que los enfrentaba. Sin embargo, una bandera representaba a un Estado con ejército, fronteras, aparato diplomático y capacidad tecnológica para decidir sobre el territorio; la otra representaba a una población sometida a ocupación, fragmentación territorial y soberanía restringida. La simetría visual convertía esa diferencia en un problema emocional entre dos partes que deberían aprender a quererse mejor.

La erotización del poder militar completa esta economía. Una parte de la promoción queer de Israel ha hecho convivir sin dificultad la figura del soldado con la del objeto de deseo: uniforme, musculatura, masculinidad armada y liberalismo sexual aparecen reunidos dentro de una misma fantasía de modernidad. Esa asociación importa porque convierte la disponibilidad erótica en indicador político. El cuerpo militar israelí puede aparecer simultáneamente como armado, deseable y tolerante, mientras el varón árabe queda asociado a represión, religión, atraso y amenaza. La fórmula pertenece a una tradición colonial bastante más antigua que Instagram. El poder imperial se adjudica disciplina, racionalidad y una sexualidad legítima mientras transforma al otro en sujeto incapaz de administrar correctamente su propio cuerpo. La homofobia existente dentro de sociedades palestinas tampoco proporciona una coartada para esta operación. Ninguna vulneración de derechos sexuales transforma el bombardeo, la ocupación o el desplazamiento forzado en políticas de liberación queer. Cuando la libertad homosexual funciona como criterio moral solamente allí donde conviene al poder militar, esa libertad ya ha sido convertida en instrumento geopolítico.

El discurso de Madonna durante el Celebration Tour muestra hasta qué punto esta estructura pertenece también a su propia visión del mundo. Madonna habla de Israel y Palestina mediante niños, ancianos, corazones rotos, oscuridad, luz, amor, acciones individuales y conciencia colectiva. Su lenguaje reconoce sufrimiento y produce comunión, dos operaciones que explican buena parte de su enorme eficacia como figura pública. También coloca sufrimientos históricamente diferentes dentro de una humanidad afectivamente equivalente. Hamas, los civiles israelíes y la población palestina ingresan así en un relato cuya unidad fundamental es el dolor. El análisis histórico exige otra operación: distinguir ataques contra civiles, responsabilidad estatal, ocupación, bloqueo, radicalización, resistencia, terrorismo y capacidad militar sin convertir ninguna de esas categorías en absolución de las demás. Comprender las condiciones históricas que producen a Hamas jamás exige idealizar a la organización ni justificar ataques contra civiles. Exige simplemente preservar una distinción entre explicación y aprobación. Esa distinción se evapora cuando la política entra como violencia concreta y sale convertida en una enseñanza general sobre el amor.

Madonna habla de Israel y Palestina mediante niños, ancianos, corazones rotos, oscuridad, luz, amor, acciones individuales y conciencia colectiva. Coloca sufrimientos históricamente diferentes dentro de una humanidad afectivamente equivalente.

Ahí aparece mi límite con Madonna. Su extraordinario talento consiste en transformar pérdida en rito y rito en comunidad. Esa capacidad explica tanto el llanto de una audiencia gay frente a Confessions II como la eficacia de su gesto en Tel Aviv. La misma maquinaria litúrgica cambia de función cuando cambia de escala. El duelo por Christopher Ciccone pertenece a una historia sobre la cual Madonna puede construir una cosmología de luz, energía y supervivencia. La ocupación de un territorio pertenece a una historia en la que existen instituciones, ejércitos, leyes, fronteras, responsables y víctimas cuyas experiencias Madonna carece de autoridad para redistribuir dentro de su propia espiritualidad. Cuando todas esas posiciones quedan convertidas en oscuridad que deberíamos superar colectivamente, la estructura desaparece detrás del sentimiento. El Estado se vuelve un participante más de una tragedia humana y la población sometida queda convertida en su contraparte afectiva. La universalización del dolor produce entonces una universalización de la responsabilidad que beneficia precisamente a quien posee más poder.

Confessions II permite comprender por qué este problema excede una actuación de Eurovisión, un Pride o una declaración puntual. La filosofía espiritual de Madonna organiza desde hace décadas la vida como aprendizaje, transmutación del trauma y búsqueda de luz frente al caos, una arquitectura vinculada también a su larga relación con la Kabbalah. Esa concepción posee una enorme potencia autobiográfica porque permite convertir muerte, culpa, enfermedad, deseo y fracaso en formas compartibles de supervivencia. Su límite aparece cuando confunde intensidad espiritual con lucidez política. Madonna sabe convertir una multitud en congregación y una canción en rito porque posee una capacidad excepcional para hacer que una experiencia individual parezca universal. El pinkwashing comienza precisamente allí donde esa universalidad tapa las condiciones materiales que permiten a unos cuerpos bailar mientras otros ni siquiera pueden circular. La santa laica del club puede enseñarnos algo sobre cómo atravesar nuestro propio duelo. Frente a Palestina, su luz ilumina el sentimiento y deja el poder deliberadamente fuera de cuadro.

MADONNA AND ISRAELI PINKWASHING: Confessions II, Kabbalistic Light and the Asymmetry That That Light Cannot or Refuses to See

Madonna is many things, and few artists have shaped the lives of queer minorities as profoundly as she has. But there comes a point when she stops being merely an artist managing her legacy and becomes an ideological apparatus. In the first two parts of my stream in my YouTube Channel, I read the album as a machinery for processing private experience: Madonna as the secular saint of the club, the dancefloor turned into a queer chapel, Christopher Ciccone’s death behind “Fragile”, the debt towards Lourdes Leon in “The Test”, the refusal to continue functioning as the universal mother of gay men in “School”, and an Argentine audience that recognises in these songs a memory far darker than the cheerful narrative of corporate Pride. Confessions II speaks to a generation that learned to process desire, shame, grief and belonging through Madonna and that is now ageing alongside her. My hypothesis for this third part begins with that same grammar. Madonna transfers to the conflict between Israel and Palestine the procedure she uses to narrate death, guilt and betrayal: she turns a material relationship of power into a shared wound supposedly resolvable through consciousness, love and spiritual elevation. That shift in scale transforms a private technology of survival into a political operation that ultimately collaborates with Israeli pinkwashing.

Madonna is many things, and few artists have shaped the lives of queer minorities as profoundly as she has. But there comes a point when she stops being merely an artist managing her legacy and becomes an ideological apparatus.

Sarah Schulman used the concept of pinkwashing to describe the way Israel internationally promotes its tolerance towards LGBTQ people as evidence of modernity and as a moral counterweight to the occupation of Palestine. Jasbir Puar expanded the problem through the concept of homonationalism: certain queer subjects enter the national narrative as proof of civilisation while other populations are racialised as primitive, religious, sexually repressive and, by extension, politically less grievable. The power of the mechanism lies precisely in the fact that the rights being displayed can be perfectly real. Tel Aviv has a queer life, organisations, clubs, spaces of sociability and decades of activism. The problem begins when those achievements start performing a second function and are turned into diplomatic capital. The beach, Pride, the visible homosexual body and the cosmopolitan city begin to manufacture an image of state virtue. Rights then cease to function only as rights and begin to function as propaganda.

Sarah Schulman used the concept of pinkwashing to describe the way Israel internationally promotes its tolerance towards LGBTQ people as evidence of modernity and as a moral counterweight to the occupation of Palestine.

Confessions II offers a grammar remarkably suited to that dematerialising operation because Madonna systematically converts concrete conflict into spiritual experience. “Good For The Soul” processes grief through consciousness and elevation; “One Step Away” turns rupture into a condition of freedom; “Everything” responds to a sealed world through the search for a higher light; “My Sins Are My Savior” turns transgression into a mechanism of redemption. The procedure organises very different experiences within the same sequence: wound, learning, consciousness, transcendence. That formula can even be moving when someone is narrating the death of a brother, a destroyed relationship or guilt towards a daughter. Each person has a certain right to the symbolic form they give to their own suffering. Israel and Palestine belong to another scale. A state, an army, an administered border, a system of permits, checkpoints, blockade, displacement and technological surveillance constitute material relations of power. Light can produce a metaphor for that structure. Light can never replace it.

Confessions II offers a grammar remarkably suited to that dematerialising operation because Madonna systematically converts concrete conflict into spiritual experience. “Good For The Soul” processes grief through consciousness and elevation; “One Step Away” turns rupture into a condition of freedom; “Everything” responds to a sealed world through the search for a higher light….

Pinkwashing works precisely through that substitution. Tel Aviv circulates globally as a young, sexy, technological, cosmopolitan, liberal and proudly gay city, while Palestine is constructed as its civilisational negative. Pride participates in a visual economy that distributes modernity and backwardness: on one side there are bodies dancing, kissing, consuming and displaying their sexuality; on the other, an Arab population reduced to religion, repression and homophobia. The queer Palestinian immediately destroys that composition because this figure brings together what the narrative needs to keep apart. That person can suffer homophobia within their own society while simultaneously experiencing occupation, restrictions on movement, expulsion, bombing or Israeli state violence. Their existence forces us to think two structures of power at once and dismantles the fantasy that Israeli sexual freedom politically cancels out domination over Palestinians. A bomb does not ask about the sexual orientation of the bodies it falls upon either. Among dead Palestinians there are gay men, lesbians, trans people, children, doctors, journalists, artists, believers and atheists. The missile settles with considerable brutality the debate over who is or is not admitted into queer civilisation.

The idea of Tel Aviv as a “gay refuge” therefore requires a fairly elementary question: who can actually reach that refuge? Urban freedom depends on citizenship, documentation, mobility, security and access to territory. A European tourist can consume Tel Aviv as an international stage of sexual emancipation while a Palestinian living only a few kilometres away finds their movement subject to a completely different legal regime. The physical distance may be minimal while the political distance is enormous. Pride acquires, in this context, an ambiguity that its international promotion needs to erase: it celebrates freedoms won by queer Israelis while simultaneously functioning as the showcase of a state that controls the circulation of another population. The queer Palestinian body restores border, citizenship and territory to an image designed to speak only about freedom. That is where the obscenity of the device becomes visible: the party needs to forget who is allowed through the door.

Madonna’s 2019 Eurovision performance condensed the entire problem into a single image. During “Future”, two dancers appeared with Israeli and Palestinian flags on their backs and walked together. This produced an affective solution: two bodies move forward together because they have managed to overcome whatever separated them. Yeah, right!

Madonna’s 2019 Eurovision performance condensed the entire problem into a single image. During “Future”, two dancers appeared with Israeli and Palestinian flags on their backs and walked together as “Wake Up” dominated the screen. The gesture had an obvious political intention, broke the protocol of the spectacle and sought to create discomfort within an event obsessed with presenting itself as neutral. It also turned two historically unequal positions into two equivalent bodies. Madonna, who understands the political efficacy of the symbol better than almost any contemporary artist, chose to represent the conflict through mutual recognition, bodily contact and an awakening of consciousness. The choreography produced an affective solution: two bodies move forward together because they have managed to overcome whatever separated them. Yet one flag represented a state with an army, borders, a diplomatic apparatus and the technological capacity to determine what happens on the territory; the other represented a population subjected to occupation, territorial fragmentation and restricted sovereignty. Visual symmetry turned that difference into an emotional problem between two sides that supposedly need to learn how to love each other better.

The eroticisation of military power completes this economy. Part of Israel’s queer promotion has comfortably allowed the figure of the soldier to coexist with that of the object of desire: uniform, musculature, armed masculinity and sexual liberalism appear together within the same fantasy of modernity. That association matters because it turns erotic availability into a political indicator. The Israeli military body can appear simultaneously armed, desirable and tolerant, while the Arab male body becomes associated with repression, religion, backwardness and threat. The formula belongs to a colonial tradition far older than Instagram. Imperial power awards itself discipline, rationality and legitimate sexuality while transforming the other into a subject supposedly incapable of governing its own body correctly. Homophobia within Palestinian societies does not provide an alibi for this operation either. No violation of sexual rights turns bombing, occupation or forced displacement into policies of queer liberation. When homosexual freedom becomes a moral criterion only where it is useful to military power, that freedom has already been converted into a geopolitical instrument.

Madonna’s discourse during the Celebration Tour shows how deeply this structure also belongs to her own worldview. She speaks about Israel and Palestine through children, old people, broken hearts, darkness, light, love, individual actions and collective consciousness. Her language acknowledges suffering and produces communion, two operations that explain much of her extraordinary effectiveness as a public figure. It also places historically different forms of suffering within an affectively equivalent humanity. Hamas, Israeli civilians and the Palestinian population all enter a narrative whose fundamental unit is pain. Historical analysis requires another operation: distinguishing attacks on civilians, state responsibility, occupation, blockade, radicalisation, resistance, terrorism and military capacity without turning any of those categories into an automatic absolution of the others. Understanding the historical conditions that produce Hamas never requires idealising the organisation or justifying attacks on civilians. It simply requires preserving the distinction between explanation and approval. That distinction evaporates when politics enters as concrete violence and leaves as a general lesson about love.

This is where I reach my limit with Madonna. Her extraordinary talent lies in turning loss into ritual and ritual into community. That ability explains both the tears of a gay audience confronted with Confessions II and the effectiveness of her gesture in Tel Aviv. The same liturgical machinery changes function when the scale changes. The grief over Christopher Ciccone belongs to a history over which Madonna can construct a cosmology of light, energy and survival. The occupation of a territory belongs to a history in which institutions, armies, laws, borders, perpetrators and victims exist, and whose experiences Madonna has no authority to redistribute within her own spirituality. When all those positions are turned into a darkness that we should collectively overcome, the structure disappears behind feeling. The state becomes just another participant in a human tragedy and the subjected population becomes its affective counterpart. The universalisation of pain then produces a universalisation of responsibility that benefits precisely the party with the most power.

Confessions II ultimately shows why this problem exceeds a Eurovision performance, a Pride parade or a single unfortunate statement. Madonna’s spiritual philosophy has organised life for decades as learning, transmutation of trauma and the search for light against chaos, an architecture also connected to her long relationship with Kabbalah. That worldview has enormous autobiographical power because it allows death, guilt, illness, desire and failure to be converted into shareable forms of survival. Its limit appears when spiritual intensity is confused with political lucidity. Madonna knows how to turn a crowd into a congregation and a song into ritual because she has an exceptional capacity to make an individual experience seem universal. Pinkwashing begins precisely where that universality conceals the material conditions that allow some bodies to dance while others cannot even move freely. The secular saint of the club may be able to teach us something about surviving our own grief. When it comes to Palestine, her light illuminates feeling and leaves power deliberately outside the frame. 

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