Por Dr. Rodrigo Cañete (University of Warwick). All Rights Reserved
Hay gente que se resiente y escribe una novela. Otros; generalmente, los pobres, cuando se resienten suelen quedarse en el molde. Pero, esta vez, en Francia, una tradición irrefrenable impulsó a la Gen Z a salir a la calle a reclamar. A pesar de estas dicotomías, Victoria Liendo parece tener bastante claro quién merece una entrevista y quién necesita una educación sentimental. Su propia bronca contra Francia adquiere espesor literario en su última y creo que, única, novela. Sin embargo, el resentimiento de los demás corre el riesgo de convertirse en ‘kirchnerismo’. Más allá del barrabravismo político de la ‘reconocida’ intelectual argentina, la necesidad de insertar ese apelativo en una discusión que nada tenía que ver con los lycéen, nos permite observar cómo una emoción cambia de categoría según el apellido de quien la experimenta. El resentimiento también ha sido secuestrado, en nuestra querida Argentina, por el privilegio.

«Francia te kirchneriza», dijo Liendo en su conversación con María O’Donnell y José Natanson en Cenital. La frase viajó con la velocidad que merece cualquier ocurrencia capaz de convertir dos sociedades complejas en una pelea de tetas en el barro. En su aclaración posterior a La Nación, explicó que hablaba de su propia experiencia. Supongo, tanto durante el kirchnerismo -que, dicho sea de paso, le dio a su familia la posibilidad de enriquecerse aún más de lo que se habia enriquecido en la Dictadura y el Menemismo pero, que, durante los 2000 ‘traicionó’ a la Patria. Su experiencia de resentimiento también se refiere a su estadía en Francia. la distancia que los franceses le marcaban había favorecido su identificación imaginaria con quienes quedaban afuera. Esto nos da una excelente oportunidad para preguntarnos y a ella, para preguntarse, qué significa, exactamente, estar afuera.
Porque sentirse menospreciada dentro de una sociedad a la que se aspiraba a pertenecer puede ser doloroso sin caer, necesariamente, en lo que podría llamarse ‘ desclasamiento’ El privilegio argentino no siempre se convierte, al cruzar el Atlántico, en reconocimiento francés. Mucho menos si se tiene un abuelo General de Videla o Ministro del Interior de Viola. Su educación cosmopolita, su apellido infame (salvo ciertos círculos vinculados con los intereses internacionales que usaron la debacle Argentina para lucrar y siguen gobernando el mundo) y su distante familiaridad con los códigos de la distinción pueden, rápidamente, perder eficacia frente a otra jerarquía. Lo que se hace evidente entonces es cierto provincialismo respecto de las ideaciones que el privilegio produce. París tiene sus propias reglas que difieren de las del neoliberalismo Cavallista, salvo en algunos casos, obviamente, vinculados a la banca internacional. Sin embargo, no debemos olvidarnos que las Dictaduras Latinoamericanas fueron un invento norteamericano para frenar el comunismo e imponer la globalización neoliberal. El lugar de Francia en este proceso es muy limitado y el apellido Liendo en la elite parisina no debe llevar a sus miembros demasiado lejos.
El Precio del Periodismo de Centro es un Martin Fierro de Oro?
En la entrevista con una paralizada María O’Donnell y tal vez, por eso, legal acreedora del Martin Fierro de Oro; Victoria Liendo no desconoció los problemas que la desventaja económica de los jóvenes franceses y el deterioro de sus expectativas provocan pero, es precisamente de ahi de donde proviene su perversa contradicción. La novelista puede identificar las condiciones materiales como justificativo del resentimiento en Saint Denis y, simultáneamente, ofrecer el resentimiento como atajo para creer comprender al adversario argentino de manera al punto de su demonización. Es difícil entender cómo alguien que se animó a escribir una novela, con las demandas de conocimiento de las profundidades de la naturaleza humana requeridas por ese género literario, conoce el diagnóstico antes de escuchar al paciente.
Su formación doctoral en Paris 8 nos da una clave de lectura. Su tesis es inverosímil por lo unidimensional de su aproximación a la relacion entre clase y arte. Durante sus estudios en Paris, Liendo se focalizó en estudiar cómo el privilegio definió la literatura de Victoria Ocampo y Witold Gombrowicz. El vínculo entre procedencia social y construcción (supongo, ‘performatica’) de la figura de escritor de alta literatura la toca muy de cerca. Al menos, en apariencia y por la atención que recibe de los medios y la benevolencia con la que es tratada por progresistas como Berkovich o O’Donnell, incluso por Yagüe en su entrevista para la Revista Panamá; su ‘performance’ tiene banca política. Por eso resulta pertinente devolverle la pregunta. ¿Qué hace una autora con lo que hereda? ¿Lo interroga, lo administra, lo usa como disfraz o como cortina de humo? El origen genético del autor no escribe libros por sí sólo, pero proporciona recursos y establece familiaridades que después pueden presentarse como dones espontáneos. La non challance de clase también tiene condiciones de producción que abren puertas pero también limitan su artisticidad. Pero en ella, esto parece altamente problemático.

Ocampo convierte su posición social en intervención cultural: un lugar de privilegio en una revista cultural, contactos, instituciones. Gombrowicz, en cambio, como figura queer pero acomodada, incomoda las formas de autoridad mediante la burla, la supuesta inmadurez y una relación mucho menos respetuosa con la dignidad del escritor. Pero el aristócrata que se mezcla con aquellos que su mundo considera inferiores puede obtener de esa mezcla una distinción adicional. Se vuelve el aristócrata suficientemente excepcional como para despreciar a los aristócratas. La transgresión, en esas condiciones, tiene un rendimiento social que conviene examinar antes de celebrar su carácter emancipador.
Acá aparece lo que llamo abajismo: la fascinación por los de abajo cuando esa cercanía permite enriquecer el personaje de quien desciende en la escala social para ver que hay y volver a subir. En esa operación, el subordinado le aporta vitalidad, insolencia, deseo o autenticidad; el protagonista, por su parte, conserva la capacidad de contar la experiencia y decidir su sentido. Ojo! Puede existir afecto verdadero. El problema comienza cuando ese afecto se ofrece como certificado de igualdad mientras el reparto de posiciones permanece intacto. Para uno, el encuentro es una aventura transformadora. Para el otro, su vida cotidiana. Después hay alguien que vuelve al salón, firma el libro y participa del debate cultural y politico.
Conviene cuidar lo que hacemos con Gombrowicz y rescatarlo de las garras académicas de Victoria Liendo. Reducir su deseo a una rebelión contra la clase de origen termina domesticando aquello que vuelve incómoda su escritura. La sexualidad, la extranjería, la precariedad y la relación con las formas no son simples accesorios de una identidad aristocrática. Se cruzan y se hibridizan. Si toda búsqueda del otro acaba interpretada como excursión del privilegiado, dejamos de ver los momentos en que el encuentro desarma al que creía dirigirlo. Esa posibilidad de transformación es justamente lo que una performance de rebeldía controlada evita poner en juego. El personaje puede sumar experiencias intensas y seguir siendo siempre el mismo. La pregunta es cuánto de la propia autoridad se arriesga en ese contacto, qué puede responder y se deja responder al otro y quién conserva, al final, el poder de contar qué ocurrió. Ahí se distingue una relación de su explotación como anécdota. Ese es el momento en el que el abajismo se vuelve extractivismo o turismo social testimonial.

En Panamá Revista, Liendo vinculó su identificación con la inferioridad en Francia con el carácter peronista de su novela. La formulación importa por el vocabulario que elige: la palabra ‘inferioridad’. La jerarquía sigue organizando el mapa incluso cuando la narradora cambia imaginariamente de bando. En esa entrevista con Pedro Yagüe, tambien criticó la incultura de las clases altas argentinas y reclamó una élite capaz de financiar cultura. Su desacuerdo apunta, por lo tanto, a cómo se ejerce una posición superior. Le molesta que quienes tienen los medios carezcan de la formación necesaria para merecerlos.
La diferencia política es considerable. Una crítica de la desigualdad pregunta cómo se distribuyen los recursos y quién puede decidir sobre ellos. Una crítica aristocrática pregunta si quienes mandan están a la altura. Ambas pueden compartir un insulto contra un rico ignorante, pero desembocan en proyectos distintos. El segundo tolera perfectamente la concentración del poder si viene acompañada de una biblioteca aceptable. Incluso puede encontrar encantador al pobre mientras siga aportando gracia, energía o espontaneidad. El conflicto empieza cuando ese pobre pretende discutir la distribución del presupuesto o los términos de su participación en la historia colectiva. Esta cuestión en el caso de Liendo es triplemente problemática al punto de su inhabilitación salvo que realice un descargo previo en el que sitúe la opacidad de su privilegio.
Algo semejante ocurre con la figura de la escritora independiente que pretende performar. La irreverencia, la incorrección y el desprecio por los grupos pueden ser elecciones productivas. También pueden ser atributos profesionales reconocibles, en términos, de branding. Una autora suficientemente instalada puede obtener prestigio declarando que no le interesa instalarse. Su rechazo de la solemnidad termina funcionando como una solemnidad alternativa, reservada para quienes comprenden el gesto. Ser la que no pertenece pasa a ser una manera especialmente rentable de pertenecer, sobre todo cuando hay micrófonos disponibles para anunciarlo. Y, en su caso particular, con tres generaciones de imposición extranjera sobre los intereses argentinos, ese rol es necesariamente un acto supremo de hipocresía y, en términos políticos, de traición.,
Conviene, entonces, devolverle historia a esa independencia. El apellido Liendo tiene una relación concreta con el Estado argentino. El general Horacio Tomás Liendo, abuelo de Victoria, fue ministro de Trabajo durante la dictadura de Videla, ministro del Interior durante la de Viola y presidente de facto interino en 1981. Su padre, también Horacio Tomás, desarrolló una trayectoria central en el equipo económico de Domingo Cavallo. Hay una continuidad de acceso a lugares donde se toman decisiones que afectan a millones de personas.

Esa continuidad merece análisis porque ayuda a describir un medio social. Convertirla en una culpa transmitida por la sangre sería una estupidez: las responsabilidades políticas no se heredan como el color de ojos. Lo que sí puede transmitirse es una familiaridad con el poder, sus lenguajes y sus posibilidades. Es mucho más interesante seguir esas transformaciones que imaginar un ADN maligno. Una familia puede conservar recursos atravesando cambios de régimen, de profesión y de vocabulario. La reproducción social suele ser más eficaz cuando aprende a cambiar de ropa.
La biografía profesional del padre registra su paso por el directorio del Banco Central en 1991, la Subsecretaría de Financiamiento y las negociaciones del Plan Brady y el Club de París, además de la Secretaría de Coordinación de Economía entre 1992 y 1996. Posteriormente continuó su actividad en estudios privados. Se trata de una especialización construida cerca del núcleo de las decisiones económicas. Conocer las reglas del endeudamiento, su negociación y sus mecanismos jurídicos constituye un recurso profesional de enorme valor.
El expediente parlamentario 4177-D-2010 menciona a Liendo & Castiñeyras y Hughes Hubbard & Reed al solicitar información sobre participantes y beneficiarios del canje de deuda. Sus fundamentos plantean sospechas acerca de conexiones entre fondos y asesores.
En 2014, dos generaciones de abogados Liendo firmaron Diálogo sobre deuda pública, un análisis del litigio con los acreedores que no habían ingresado a los canjes. El trabajo examina decisiones judiciales y alternativas jurídicas. Esto no demuestra que NML Capital fuera cliente suyo ni que ellos hubieran producido las sentencias del Juez Griesa que evitaron el canje de deuda y el hacer mas liviano el peso de la deuda sobre los argentinos. Sí permite observar una continuidad temática: el conocimiento sobre las obligaciones estatales convertido en expertise familiar. Desde este punto de vista, su irreverencia y humor político dejan de causar gracia.
El arbitraje Webuild contra Argentina ata a su familia de manera mucho más especifica a lo que podría considerarse como ‘traición financiera a la Patria’. Horacio Liendo intervino como experto jurídico de la empresa demandante. El laudo registra honorarios y gastos de ese experto por 62.309,95 dólares pero es difícil creer que ese sea el monto que, realmente, cobró. La controversia estaba vinculada con la concesión Rosario-Victoria y produjo una indemnización que, tras la rectificación de septiembre de 2025, ascendió a 117,6 millones de dólares, incluidos intereses hasta la fecha del laudo.
Lo políticamente relevante es el desplazamiento entre funciones y, sobretodo, bandos. Quien había ocupado cargos económicos argentinos aparece después aportando conocimiento especializado a una empresa que reclama contra Argentina. Eso permite discutir las relaciones entre experiencia estatal y mercado profesional sin inventar un delito ni atribuirle la autoría del resultado judicial. El Estado forma, concentra y permite adquirir determinados saberes; esos saberes pueden luego convertirse en activos privados. Para algunos, la relación con lo público consiste en exigir una prestación. Para otros, también puede convertirse en una trayectoria profesional que produce ingresos. Para Victoria Liendo es una plataforma de lanzamiento que le da margen cultural para la desfachatez en todas las direcciones.
Por eso me interesa poner esta historia junto al discurso de la gratitud y por esto me refiero al momento (ver video) en el que le agradece al Estado Social Frances. Cuando se pide a quienes reciben educación o protección social que agradezcan antes de protestar, convendría ampliar el universo de los beneficiarios. También se obtiene valor del Estado al negociar sus contratos, diseñar sus instituciones, ocupar sus cargos o conocer sus procedimientos desde adentro. Sin embargo, esas ventajas suelen describirse mediante el vocabulario del talento y la experiencia. La obligación moral de agradecer se reserva con extraordinaria facilidad para quienes tienen menos capacidad de negociación.
Hay un enlace todavía más concreto con las jubilaciones. La presentación profesional de Liendo en el Centro Argentino de Ingenieros incluye su participación, como redactor, corredactor o supervisor, en reformas entre las que figura la Ley de Solidaridad Previsional. La ley 24.463 de 1995 remitió la movilidad de las prestaciones a la determinación anual de la ley de presupuesto y excluyó una proporción predeterminada entre haberes y remuneraciones de los activos. Las condiciones materiales de la vejez también se escriben en ese lenguaje técnico que rara vez entra en la conversación cultural.
No hace falta adjudicarle a un solo funcionario el deterioro del sistema previsional para advertir la relevancia del asunto. Hay decisiones sobre qué obligaciones se reconocen, cómo se calculan y bajo qué restricciones se pagan. Después, quienes sufren sus consecuencias pueden aparecer en el debate como personas incapaces de aceptar la realidad. La operación es cómoda para la familia Liendo: primero organiza institucionalmente la escasez; después examina la calidad emocional de quienes la padecen. La familia Liendo es un monstruo de dos cabezas. El experto administra las condiciones. El ciudadano debe administrar su bronca y luego viene la hija a hacer ‘arte’ de su resentimiento y a apuntar su dedo acusador contra el resentimiento ajeno.
La admiración por el bienestar francés tendría que comenzar por reconocer que sus instituciones son conquistas políticas sostenidas mediante recursos colectivos. La escuela no es un regalo personal de Francia a un alumno agradecido. Tampoco la jubilación convierte al beneficiario en huésped de una nación generosa. Quien reclama que una institución cumpla su función está participando de la vida pública. Puede equivocarse en el diagnóstico o en los medios, pero su derecho a reclamar no depende de demostrar previamente una actitud simpática frente a quien administra.
El Racismo
En la discusión sobre Francia, además, las categorías religiosas permiten correr el eje con demasiada facilidad. Aparecen el islam, la izquierda y la integración, y el conflicto material se vuelve una prueba de pertenencia cultural. Si a un estudiante se lo escucha primero como representante de una religión, su demanda educativa queda bajo sospecha antes de ser analizada. La pregunta deja de ser qué ocurre en su institución y pasa a ser qué tipo de amenaza podría esconderse detrás de la subjetividad que esa misma institución supone proteger y permitir florecer. La persona se convierte en indicio o incluso, en síntoma. Pero estos no son problemas que padezcan gente como Victoria Liendo sino… sus pobres alumnos. Y, digo, pobres, en al menos, tres sentidos.
Pero cuando Victoria Liendo confunde, frente a una estatuaria O’Donnell al musulmán con el negro y el blanco con el francés la discusión se densifica. Una palabra designa una pertenencia religiosa; otra, una clasificación racial; la tercera, una nacionalidad. Pueden coincidir en la misma persona. Organizarlas como casilleros excluyentes hace que la blancura funcione silenciosamente como garantía de pertenencia. Ahí sitúo el problema racista de ese modo de mirar: la ciudadanía de unos se presume mientras la de otros necesita una explicación. La nacionalidad deja de ser un derecho compartido y empieza a parecer una acreditación que algunos deben renovar.
Fanon permite pensar esa diferencia entre incorporarse a una cultura y ser reconocido por ella. Aprender la lengua, estudiar y trabajar no garantiza que desaparezca la mirada que devuelve al sujeto a un origen supuesto. Por eso preguntar si alguien se siente francés requiere escuchar también si los demás le permiten serlo. Lo que para Liendo es una mera performance, para un joven racializado de la banlieu parisina es un acto de supervivencia. Una respuesta distante puede expresar rechazo, pertenencia múltiple o cansancio frente a una exclusión de siglos. Elegir de antemano la explicación más amenazante dice mucho sobre quien pregunta y bastante menos sobre el interrogado.
La Historia Colonial
Cuando Victoria Liendo hace referencia a la posibilidad de catarsis que le ofrece la escritura, al destruir la casa de una francesa mediante un grupo de ‘mis’ musulmanes, la historia colonial francesa debe ser incorporada en la discusión. Las relaciones con el norte de África anteceden a la llegada de cualquier estudiante a un aula y no pueden reducirse a la hospitalidad de la sociedad receptora, otrora opresora colonial. Hay vínculos históricos atravesados por dominación, trabajo, violencia y disputas de ciudadanía. Borrar esa trama permite presentar a poblaciones enteras como recién llegadas al banquete europeo. Una vez organizada así la escena, cualquier exigencia de igualdad parece un exceso de confianza del invitado. El dueño de casa siempre conserva la última palabra.
Esto tampoco obliga a suspender la crítica del islamismo, del antisemitismo o de cualquier proyecto autoritario. Exige identificar conductas, organizaciones y posiciones concretas. Defender derechos de ciudadanos musulmanes no demuestra subordinación al islamismo, del mismo modo que defender a los palestinos no equivale a respaldar a Hamás. La asociación automática que realiza Victoria Liendo cancela justamente el trabajo intelectual que una intervención pública debería realizar y nos obliga a preguntarnos sobre su verdadera función en este entramado mediático argentino. Cuando la explicación consiste en acumular identidades sospechosas, la complejidad se transforma en una decoración del prejuicio. Un doctorado no vuelve rigurosa una asociación por osmosis o herencia.
La literatura, en cambio, admite contradicciones, fantasías hostiles y personajes cuya conducta sería insoportable fuera del libro. Escribir una venganza no equivale a ejecutarla. Precisamente por eso, mi objeción no consiste en exigirle a Liendo una novela moralmente ejemplar. Me interesa la desigual distribución de los medios para transformar una humillación en algo reconocido. Una escritora puede narrarla, publicarla y discutirla durante una entrevista. Otra persona apenas consigue que su reclamo sea escuchado. Esa diferencia precede a cualquier evaluación sobre la elegancia con que cada una expresa su malestar.
La cultura ofrece procedimientos para volver productiva la herida. Pero esos procedimientos requieren tiempo, formación, interlocutores y canales de circulación. Cuando se presentan como una demostración puramente individual de inteligencia, desaparece la infraestructura que permite utilizarlos. Entonces el enojo de la escritora con la elite francesa adquiere prestigio y el enojo menos traducible del ciudadano de a pie aparece como una falla de carácter. La distinción estética termina haciendo un trabajo muy político: decide qué sufrimiento merece interpretación y cuál simplemente alcanza con clasificar. Algunos tienen una voz singular; los otros, para citar a Jacques Ranciere, hacen ruido.
Además, en qué consiste la operación de Victoria Liendo en el programa de O’Donnell? Una injusticia no deja de existir porque quien la denuncia esté furioso. Tampoco una argumentación se vuelve verdadera porque se tenga un doctorado. Es posible estar resentido y tener razón, del mismo modo que se puede defender una crueldad con modales impecables. La política exige examinar hechos, relaciones y consecuencias. Reducirla al temperamento del adversario (kirchnerismo = resentimiento) ahorra ese examen y permite conservar superioridad moral cuando es eso lo que precisamente le falta.
La Apoteosis y el Ridículo
La circulación del fragmento entre cuentas oficialistas y su amplificación por Javier Milei muestran qué parte de esa intervención resultó politicamente redituable o, por lo menos, conveniente. Desaparecieron las ambivalencias de la experiencia francesa y quedó una caracterización moral del enemigo interno. El resentimiento ofrecía una palabra suficientemente amplia para reunir kirchnerismo, socialismo, zurdos y deshonestidad bajo el mismo manto de sospecha. Esto viniendo de alguien con linaje de traición a la patria. No hace falta imaginar una operación coordinada ni una orden recibida por la escritora.
También hay una ironía brutal en que un espacio político como el Mileista que hace de la confrontación discursiva violenta un recurso cotidiano celebre la definición de Liendo en torno de la palabra ‘resentimiento’. Si es, precisamente, ese el motor del voto Mileista. Pero desde el privilegio, la bronca adquiere rango de coraje; mientras que la del Otro es tipificada como inferioridad moral. Liendo resulta útil dentro de esa distribución porque puede ofrecerle vocabulario a un sector politico que se está quedando sin palabras y ademas, agrega un nivel de desfachatez disfrazado de ‘forma estética’ y no solo de plantillas de Excell. La referencia literaria, la experiencia europea y el gesto independiente hacen más presentable una operación bastante conocida: convertir un conflicto sobre el poder en una evaluación de los defectos del otro.
Por eso su figura debe interesar como síntoma de una decadencia cultural ya que condensa, como pocos, la posibilidad persistente de las élites de experimentar la exclusión como descubrimiento personal y regresar de ella con una autoridad moral que les permite lavar su corrupción y su culpa. Este tipo de abajismo permite hacer ese recorrido conservando el control del relato y esto no puede ser calificado de otro modo que no sea el de perversión o, tal vez, sadismo. Los de abajo aportan el sufrimiento; la escritora lo traduce de acuerdo a su propia experiencia y le da significado digerible por la elite de centro y centro derecha y despues, el debate cultural se da en torno al concepto del resentimiento. De esa manera, en una sociedad, cada vez mas enferma, cada cual encuentra su lugar. El de ella tiene editorial, entrevistas y un público dispuesto a escuchar mientras los empobrecidos por su propia familia todavía debe justificar su existencia.




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