Por el Dr Rodrigo Cañete (University of Warwick). All Rights Reserved.
Salvavidas de Plomo
Hay una forma de solidaridad dañina que empieza con adultos, generalmente de mi generación (la X), indignándose por los golpes de un estado paramilitar que reciben los adolescentes que protestan porque sienten que el futuro les fue arrebatado pero que termina aleccionándolos sobre cómo tienen que llevar adelante la protesta para ser merecedores de nuestra indignación. Es un círculo vicioso que, sospecho, está basado en la ambivalencia de una generación que deja un mundo destrozado pero que, al mismo tiempo, cree que sabe. En otras palabras, el adulto llega dispuesto a ayudar y de pronto, comienza a debatir sobre qué deberían esos jovenes mejorar en sus formas de protesta. De pronto: una consigna, una piedra, un contenedor incendiado son excusas para una suerte de posicionamiento narcisista y hasta, racista. A partir de ese momento, el joven tiene que rendir cuentas también ante quien vino a protegerlo. El paternalismo se transfigura y el efecto puede ser el contrario al buscado por la Generación X, generando aún más confusión. Este post se ocupa de este desplazamiento porque permite entender cómo una protesta puede quedar bajo vigilancia incluso cuando está rodeada de gente que dice apoyarla.

Para discutir las movilizaciones de los estudiantes secundarios franceses hay que empezar por las condiciones materiales en los que esas subjetividades padecen los mecanismos dispuestos por la ley para que ellos se transformen en ciudadanos y mejoren sus vidas: es decir, los colegios. Edificios deteriorados, aulas desbordadas, ratas, profesores que faltan y no son reemplazados, calefacción insuficiente o un calor que vuelve imposible concentrarse durante exámenes que definen sus vidas. Los adolescentes franceses pasan buena parte de su vida en esas condiciones. Saben qué están reclamando porque lo padecen todos los días. Pero cuando la conversación en los medios pone el foco en el desorden en la calle y el daño a la propiedad privada, todo ese conocimiento que la movilización (incluso, violenta) genera, desaparece en manos del debate entre ‘expertos’ y ‘profesionales’ y la protesta queda convertida en un problema disciplinario que demanda corrección. Este tipo de infantilización disciplinante puede funcionar en algunos países, como la Argentina o Chile pero no en Francia o Albania.
Asimetrías Pos-Coloniales
La comparación entre un colegio hacinado de Mayotte y el liceo Henri-IV de París alcanza para desarmar el relato del mérito. A ambos alumnos se les promete que el esfuerzo abre las mismas puertas. Después, a uno se le exige aprender entre ratas que el otro no tiene que enfrentar. Si el primero fracasa, la explicación que el sistema provée automáticamente es que ese alumno no estudió lo suficiente. El problema que la legitimidad del Estado está enfrentando es tener que justificar cómo tras proveer condiciones desiguales, se presenta a evaluar la voluntad de quienes quedaron peor ubicados en la escala del mérito. Una meritocracia en un sistema materialmente desigual no está basado en el merito. Punto y aparte.

La protesta irrumpió con tanta energía (hormonas jovenes) que la promesa de igualdad ante la ley como explicación tout court quedó ya obsoleta y esto, de por sí, plantea una revolución, al menos, epistemológica, desde el punto de vista politico. El alumno al que se le pide que resuelva su destino individualmente empieza a darse cuenta de que no está sólo y que comparte sus dificultades con los demás pero este ‘demás’ no son sólo los Franceses sino otros alumnos de otros lugares de Europa y el mundo. Así, todo lo que que debía, hasta este momento, padecer como culpa, por ser, supuestamente, el resultado de su propia insuficiencia aparece como una situación generada por un sistema que los afecta colectivamente. El resultado de esto es psicológico y condiciona su autopercepcion como ciudadano en el mejor de los sentidos ya que, en lugar de avergonzarse por no estar a la altura, reclama que las condiciones estén a la altura de lo que le prometieron. Ese cambio resulta mucho más disruptivo que la depresión que sucede a la obtención de malas notas. Un alumno frustrado puede ser culpado; un grupo organizado puede pedir responsabilidades. Este es el gran cambio que el caso francés aporta.
También hay que discutir dónde empieza esta historia de luchas estudiantiles a tener este tipo de relevancia. Las protestas en Mayotte y otros territorios colonizados no adquieren automáticamente la misma importancia que una movilización en la Francia metropolitana. La atención nacional por parte de los medios y las autoridades depende del diseño urbano y tienen sus propios mecanismos de funcionamiento. Lo que se hace evidente es que el sufrimiento de ciertas poblaciones (racializadas y empobrecidas) necesita estar cerca de Paris para volverse un asunto de te interés publico. Y, esto, teniendo en cuenta las reservas, antes estipuladas. Hasta tanto, el problema colonial no se presente en Place de la République, el problema es tratado como una dificultad local, lejana, casi incorporada al paisaje. Lo colonial aparece en el reparto de las condiciones materiales y en la desigual disposición a escuchar a quienes las sufren.

El Estado que tarda en resolver esas carencias demuestra otra velocidad cuando debe contener a los que se organizan para protestar. Aparecen agentes policiales, militares y paramilitares, equipamiento con nuevas tecnologías de surveillance, armas y operativos que derrochan fortunas en lo que podría solucionar los problemas planteados por los estudiantes. Me interesa esa diferencia porque obliga a discutir prioridades. ¿Qué parte de los recursos destinados a reprimir podría emplearse en atender los reclamos? La escasez presupuestaria deja de ser una explicación suficiente cuando ciertas necesidades pueden postergarse indefinidamente y el mantenimiento del orden consigue movilizar recursos con semejante rapidez. Dicho de otro modo, el conflicto real pone en evidencia que el problema no es presupuestario sino ideológico.
Las lesiones de los manifestantes muestran hasta dónde puede llegar el sistema para evitar mirar este problema de frente. Un joven que pierde un ojo o sufre una lesión grave carga con las consecuencias mucho después de que termina el operativo y las cámaras se retiran. Esto tiene un efecto retaliativo sobre la posibilidad de colectivización de la protesta y produce un efecto que puede ser la radicalización. Hablar de un enfrentamiento entre dos partes como si tuvieran la misma capacidad de hacer daño borra la diferencia entre adolescentes y agentes entrenados, protegidos y armados. La palabra «enfrentamiento» es siempre hegemónica cuando evita describir quién está en condiciones de hacer qué y quien tiene las armas.
Mediósfera, Fuego y Marie Le Pen
En ese punto entran los medios y la televisión muestra los autos en llamas… ardiendo. Todo esto tiene una ventaja narrativa: se ve, impacta de manera sincrónica, no require demasiada interpretación por parte del espectador pequeño burgués y puede transmitirse en loop. Las condiciones escolares, en cambio, exigen otro tipo atención. Hay que escuchar, reconstruir demandas, preguntarse cuánto tiempo llevan esos alumnos sin respuesta. La repetición de la generación de las condiciones que generan la violencia y los saqueos le ahorra ese trabajo a la derecha y plantea un tipo distinto de pregunta: cómo hacer para restaurar el orden. Ya sabemos la respuesta cuando esta pregunta es la que guía la acción del Estado. Por lo tanto, el reclamo queda reducido a aquello que interrumpe la libre circulación en un diseño urbano que, por otra parte, perjudica a los desfavorecidos y que, al mismo tiempo, amenaza la ‘tranquilidad’ de quienes están mirando y perciben esto como un peligro para propiedad individuada.
Con las cifras de heridos ocurre algo parecido cuando se las presenta sin distinguir gravedad ni circunstancias. Una suma puede producir una apariencia de equivalencia que la descripción de las lesiones desmentiría. Por eso importa que existan medios capaces de interrogar la comunicación oficial. Si la información se limita a reproducir el lenguaje de la autoridad, la discusión ya llega organizada según las necesidades de quien tiene que justificar el operativo de represión. Recién después nos invitan a opinar sobre esa versión como si el trabajo previo de seleccionar lo que se hizo visible frente a nuestros ojos fuera neutral.

Y a esto se agrega otro elemento infantilizante que es el argumento de que los estudiantes están manipulados. Esto completa el cuadro. Si representantes políticos se acercan a una fábrica en conflicto o a una protesta de agricultores, su presencia suele formar parte de lo esperable. Sin embargo, cuando acompañan a estudiantes, aparece enseguida la acusación de instrumentalización. El caso de La Francia Insumisa, el partido politico de ultraizquierda que mejor ha venido representante a los estudiantes, es un ejemplo perfecto. Los jóvenes conocen sus colegios, sus carencias y lo que reclaman, pero se les atribuye una voluntad ideada por ‘adultos’ como Melenchon que luego se sientan a negociar en el Elysée. La sospecha de que alguien debe estar detrás previene al establishment de aceptar que los estudiantes. actúan por cuenta propia obligaría a discutir con ellos.
Hasta ahí, la crítica parece relativamente cómoda para cualquiera que se considere del lado de los estudiantes. Podemos señalar a la policía, al gobierno, a los medios. El problema se vuelve bastante menos confortable cuando miramos nuestra propia intervención. Porque un adulto puede acercarse sinceramente conmovido por la violencia y empezar, casi sin advertirlo, a hacer de supervisor. Su ayuda adquiere una condición implícita: te voy a defender mientras aceptes que yo establezca qué formas de protesta son defendibles.




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