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El peligro de definirse como ‘adicto’

Uno de los peligros más sutiles —y por eso más eficaces— del dispositivo llamado Narcóticos Anónimos es la imposición de una identidad negativa que, lejos de emancipar al sujeto, lo encierra en una narrativa de culpa, recaída y vigilancia. Identificarse como “adicto” no es un gesto neutro ni simplemente terapéutico. Es, más bien, la adopción de una posición existencial que convierte toda experiencia en síntoma y toda desviación en falta. Bajo la lógica de los doce pasos, el yo no se recupera: se somete. La voluntad no se fortalece: se entrega. El alma no se libera: se convierte en prueba permanente de un desvío que no se olvida.

Bajo la lógica de los doce pasos, el yo no se recupera: se somete. La voluntad no se fortalece: se entrega. El alma no se libera: se convierte en prueba permanente de un desvío que no se olvida.

Detrás de esta pedagogía del fracaso se esconde una matriz religiosa específica: el pentecostalismo evangélico norteamericano de comienzos del siglo XX. Su idea de redención no es emancipatoria sino binaria: uno es sano o uno está perdido. La lucha espiritual se transfiere al cuerpo, convertido en campo de batalla. Lo que fue un movimiento de éxtasis y sanación colectiva se transforma, en su transposición secular, en un régimen moral de confesión permanente. El grupo funciona como iglesia, y el relato de la recaída como sermón. El “adicto en recuperación” ya no es alguien que transita una dificultad, sino una figura ejemplar: portador de una verdad sobre el mal, la disciplina y la vigilancia de sí.

La lucha espiritual se transfiere al cuerpo, convertido en campo de batalla. Lo que fue un movimiento de éxtasis y sanación colectiva se transforma, en su transposición secular, en un régimen moral de confesión permanente.

Ese modelo se alinea con un nuevo orden de gubernamentalidad que desplaza el castigo hacia el autocontrol. Ya no hace falta vigilar desde fuera si el sujeto interioriza la consigna de su vigilancia. Así, el diagnóstico se convierte en identidad, y la vida en objeto de gestión. Lo que antes eran fluctuaciones normales —tristeza, exceso, desesperación, deseo— se patologiza como enfermedad crónica. Todo se convierte en materia médica, y lo que no se cura, se domestica.

El ‘Superadito’: La moralidad que la medicina, la religion y la política usan como arma

Ciertos jovenes de clase educada consideran “cool” asistir a grupos como NA o AA. En ellos no sólo se escenifica un pasado de excesos —que prueba que “vivieron la vida”—, sino haber tenido una epifanía que los autoriza a hablar desde un lugar de sabiduría impostada.

Este cruce entre medicina, religión y política produce una nueva moralidad: una subjetividad construida desde la deuda, el sacrificio y la auto-exposición constante. No hay espacio para el error ni para el silencio. Sólo la repetición del testimonio, la vigilancia mutua y la obediencia como forma de existencia. Esta dinámica encuentra hoy un terreno fértil en ciertos sectores juveniles de clase media y media alta, formados, hipereducados, que consideran “cool” asistir a grupos como Narcóticos Anónimos. En ellos no sólo se escenifica un pasado de excesos —que prueba que “vivieron la vida”—, sino también una suerte de epifanía que los autoriza a hablar desde un lugar de sabiduría impostada. La figura del adicto redimido, en estos casos, no expresa conocimiento sino un deseo de legitimación y pertenencia. Pero ese tipo de experiencia confesional, lejos de abrir caminos de maduración, obtura el crecimiento. Funciona como un culto emocionalmente fanatizado que se auto valida desde la productividad, la normalidad higienizada o incluso desde la justificación del fracaso como destino biográfico.

El problema se agrava cuando estas identidades artificiales —como la del “adicto en recuperación”— comienzan a ser medicalizadas y, en última instancia, criminalizadas. Cada vez más, vemos a jóvenes atrapados en diagnósticos sin base, convertidos en sujetos de control por el solo hecho de haber pedido ayuda tras un exceso puntual. En paralelo, la toxicidad que supuestamente se combate persiste, pero desplazada a las relaciones afectivas, al entorno social, al lenguaje mismo. En Argentina, por ejemplo, hay una nueva ola entre adultos de mediana edad que repite los clichés de los ochenta, entre Louise Hay, astrología new age y una especie de terraplanismo emocional basado en el amor, el bien y una trascendencia sospechosa. Ese revival espiritual, lejos de ser inofensivo, encubre formas insidiosas de negación, dogmatismo y clasismo: como si el amor y el caos neoliberal pudieran convivir sin contradicción. Pero sí la tienen —y es peligrosa.

Cada vez más, vemos a jóvenes atrapados en diagnósticos sin base, convertidos en sujetos de control por el solo hecho de haber pedido ayuda tras un exceso puntual.

Es urgente repensar estas nuevas formas de identidad y control que, bajo la apariencia de cuidado, espiritualidad o recuperación, reproducen lógicas de vigilancia, estigmatización y normalización. El lenguaje del trauma, la etiqueta del adicto, la épica de la recaída superada: todos estos elementos que circulan con facilidad entre los jóvenes educados y los adultos progresistas disfrazan el hecho de que lo que se patologiza no es la enfermedad sino la vida misma. En lugar de acompañar la complejidad, se busca ordenar la experiencia bajo mandatos que refuerzan la culpa, la sumisión y el control afectivo. Lo peligroso de esta moral del testimonio no es sólo su poder de captura, sino su pretensión de verdad: una verdad sin matices, sin política, sin historia. Y frente a eso, lo políticamente más radical es recuperar el derecho a no saber, a no curarse, a no explicarse. A vivir, incluso pudiendo disfrutar, aunque sea, de vez en cuando, el estar fuera de sí: el exceso.

Hoy, lo políticamente radical debería ser recuperar el derecho a no saber, a no curarse, a no explicarse. A vivir, incluso pudiendo disfrutar, aunque sea, de vez en cuando, el estar fuera de sí: el exceso.

The Sanitized Soul: Class-Based Narco-Spirituality and Emotional Obedience

One of the subtlest—and therefore most effective—dangers of the Narcotics Anonymous apparatus lies in its imposition of a negative identity that, far from emancipating the subject, traps them in a narrative of guilt, relapse, and surveillance. Identifying as an “addict” is neither a neutral nor merely therapeutic gesture. It is, rather, the adoption of an existential position that turns every experience into a symptom and every deviation into a fault. Under the logic of the twelve steps, the self is not recovered: it is submitted. Willpower is not strengthened: it is surrendered. The soul is not liberated: it becomes permanent evidence of an unforgotten deviation.

One of the subtlest—and therefore most effective—dangers of the Narcotics Anonymous apparatus lies in its imposition of a negative identity that, far from emancipating the subject, traps them in a narrative of guilt, relapse, and surveillance.

The “recovering addict” is no longer someone going through a rough patch, but an exemplary figure: bearer of a truth about evil, discipline, and self-surveillance.

Behind this pedagogy of failure hides a specific religious matrix: early 20th-century North American evangelical Pentecostalism. Its idea of redemption is not emancipatory but binary: one is either saved or lost. The spiritual struggle is transferred to the body, turned into a battlefield. What was once a movement of ecstasy and collective healing becomes, in its secular translation, a moral regime of permanent confession. The group functions as a church, and the narrative of relapse as a sermon. The “recovering addict” is no longer someone going through a rough patch, but an exemplary figure: bearer of a truth about evil, discipline, and self-surveillance.

There is no need to police from the outside when the subject internalizes the command of their own surveillance.

This model aligns with a new order of governmentality that displaces punishment toward self-control. There is no need to police from the outside when the subject internalizes the command of their own surveillance. Thus, diagnosis becomes identity, and life itself becomes a matter to be managed. What used to be normal fluctuations—sadness, excess, despair, desire—are pathologized as chronic illness. Everything becomes medicalized, and what cannot be cured is domesticated.

This intersection of medicine, religion, and politics produces a new morality: a subjectivity built on debt, sacrifice, and constant self-exposure. There is no room for error or for silence. Only the repetition of testimony, mutual surveillance, and obedience as a way of being. Today, this dynamic finds fertile ground among certain sectors of middle and upper-middle-class youth—educated, overqualified—who find it “cool” to attend groups like Narcotics Anonymous. These groups allow them not only to stage a past of excess—proof that they “really lived”—but also to display a kind of epiphany that allegedly gives them the authority to speak from a place of borrowed wisdom. In these cases, the figure of the redeemed addict doesn’t embody knowledge but a craving for legitimacy and belonging. Yet this confessional experience, far from opening paths for growth, actually blocks it. It functions as an emotionally fanatical cult, self-validated through productivity, sanitized normalcy, or even through the justification of biographical failure.

Middle class youngsters find it “cool” to attend groups like Narcotics Anonymous that allow them not only to stage a past of excess—proof that they “really lived”—but also to display a borrowed wisdom.

The problem deepens when these artificial identities—such as the “recovering addict”—begin to be medicalized and, ultimately, criminalized. Increasingly, we see young people trapped in baseless diagnoses, turned into subjects of control for the mere act of having sought help after a single episode of excess. Meanwhile, the toxicity they supposedly aim to eliminate persists—only displaced into relationships, social environments, and even language itself. In Argentina, for example, a new wave is emerging among middle-aged adults, echoing the clichés of the 1980s: Louise Hay, New Age astrology, and a kind of emotional flat-earthism based on love, goodness, and a suspicious transcendence. This spiritual revival, far from harmless, masks insidious forms of denial, dogmatism, and classism—as if love and neoliberal chaos could coexist without contradiction. But they do contradict each other—and dangerously so.

It is urgent that we rethink these new forms of identity and control that, under the guise of care, spirituality, or recovery, reproduce logics of surveillance, stigmatization, and normalization. The language of trauma, the label of the addict, the epic of the overcome relapse: all of these elements—so easily circulated among educated youth and progressive adults—conceal the fact that what is being pathologized is not illness but life itself. Rather than accompanying complexity, the goal is to organize experience through mandates that reinforce guilt, submission, and affective control. The danger of this testimonial morality lies not only in its power to capture but in its claim to truth: a truth without nuance, without politics, without history. In the face of that, the most radical act is to reclaim the right not to know, not to be cured, not to explain oneself. To live—even to enjoy, now and then, being out of one’s mind: excess.

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