Cuando una sociedad se acerca a un momento de transformación real, la reacción conservadora no siempre aparece con represión directa ni con órdenes explícitas de silencio. Muchas veces aparece con modales. Con premios. Con ceremonias. Con palabras nobles: memoria, verdad, convivencia, lucha contra el odio. Y precisamente por eso hay que mirar estas escenas con más cuidado. La contrarrevolución contemporánea tiene una técnica más sofisticada que la que le conocíamos. No dice “prohibido hablar”. Dice algo más eficaz: “nosotros vamos a premiar a quienes hablan correctamente”.

La contrarrevolución contemporánea tiene una técnica más sofisticada que la que le conocíamos. No dice “prohibido hablar”. Dice algo más eficaz: “nosotros vamos a premiar a quienes hablan correctamente”.


Eso es lo que ocurrió cuando la DAIA entregó un reconocimiento a Luis Novaresio y otros comunicadores argentinos. El propio texto institucional es revelador: habla de periodistas reconocidos por su tarea de esclarecimiento y apoyo al Estado de Israel. Esa fórmula merece toda la atención. No dice solamente esclarecimiento. Dice esclarecimiento y apoyo. Y ahí la figura del periodista cambia de lugar: ya no aparece como alguien que interroga, contrasta e incomoda al poder, sino como alguien que acompaña una causa previamente definida como moralmente correcta.

La DAIA entregó un reconocimiento a Luis Novaresio por su tarea de apoyo al Estado de Israel.Al hablar de apoyo, la figura del periodista cambia de lugar: ya no aparece como alguien que interroga, contrasta e incomoda al poder, sino como alguien que acompaña una causa definida como moralmente correcta.


El premio deja de ser un reconocimiento y se convierte en una frontera. Traza una línea entre periodistas moralmente certificados y periodistas sospechosos. Decir que determinados comunicadores no confunden, no manipulan y no sesgan no es una descripción inocente: es una forma de decir que otros sí confunden, sí manipulan, sí sesgan. La ceremonia no solo premia a los incluidos. Produce, por contraste, una zona de sospecha para los excluidos. Ese es el mecanismo disciplinario: no hace falta censurar a la prensa crítica; basta con certificar a la prensa aceptable.
Para entender cómo llegamos hasta acá, hay que hablar de algo que lleva años en marcha: la conversión de la política en administración del lenguaje. El progresismo cultural instaló la idea de que el hablante correcto era más importante que la estructura material. Que la frase adecuada podía reemplazar la relación de fuerzas. Que el conflicto social podía resolverse mediante pedagogía moral. Esa operación tuvo una consecuencia que sus promotores no calcularon: creó una tecnología de control que podía ser apropiada por cualquiera. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.


La derecha, el liberalismo conservador y el establishment mediático aprendieron perfectamente la técnica. Ya no necesitan decir “no critiques al Estado de Israel”. Pueden decir “defendamos la memoria y la convivencia”. Ya no necesitan decir “la prensa debe alinearse”. Pueden decir “premiemos a los periodistas comprometidos”. La frase “¿condenás a Hamas?” se volvió menos una pregunta real que un control de acceso: un torniquete moral que el interlocutor debe atravesar antes de poder hablar de ocupación, bloqueo, bombardeos, muertos civiles o derecho internacional. La moralización no sirve para pensar mejor. Sirve para seleccionar hablantes.


Novaresio es útil como síntoma precisamente porque no es un propagandista brutal. Es el periodista liberal de sensibilidad progresista: moderado, razonable, civilizado, antidogmático. Esa figura es el problema más sofisticado, porque convierte la moderación en una forma de alineamiento. No necesita censurar porque ya sabe cuáles son las palabras que vuelven a alguien presentable y cuáles lo vuelven inadmisible. Cuando una institución premia esa figura, no premia una opinión: premia un modelo de prensa que sabe hablar de violencia, memoria y terrorismo sin incomodar demasiado a los poderes que definen esos términos.

Es el periodista liberal de sensibilidad progresista: moderado, razonable, civilizado, e inclusivo. Esa figura es el problema más sofisticado, porque convierte la moderación en una forma de alineamiento.


Todo esto ocurre en un momento preciso: cuando la posibilidad de transformación empieza a volverse real, o al menos a parecer real, en varios lugares del mundo. La contrarrevolución que estamos viendo no es la del autoritarismo clásico que encarcela y silencia. Es una alianza de centro-derecha, liberalismo conservador y establishment que entendió que el terreno decisivo es el discursivo. Que quien certifica qué periodismo es legítimo determina también qué preguntas pueden hacerse. Que la censura más eficaz no aparece como silencio impuesto sino como palabra premiada. No como prohibición, sino como certificación. No como garrote, sino como aplauso.


¿Qué queda del periodismo cuando una parte de la prensa empieza a ser premiada por apoyar moralmente a un Estado en guerra? Queda una prensa ceremonial: una prensa que ya no incomoda al poder sino que recibe de él la confirmación de que ha hablado correctamente. Cuando eso ocurre, la libertad de expresión no desaparece de golpe. Se vuelve decorado. Se vuelve protocolo. La memoria puede convertirse en administración del presente. La empatía puede convertirse en obediencia. La lucha contra el odio puede convertirse en censura indirecta. Y frente a eso, la única respuesta posible no es construir una contraceremonia ni otro sistema de certificaciones. Es mantener exactamente lo que el periodismo está obligado a mantener: la incomodidad, la distancia y la pregunta que nadie en el poder quiere que se haga.​​​​​​​​​​​​​​​​

Una respuesta a «DAIA, Novaresio y La Contrarrevolución Moral: La Censura Como Reconocimiento al Gay Asimilado»

  1. Interesante ese foco en los dispositivos discursivos de esta derecha proteica, camaleónica y siempre briosa en su perversidad. Lo que no termino de ver es qué indicios de transformación real estás encontrando en argentina actualmente.

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