Hay un Nuevo Episodio del Curso del Arte del Paisaje (Número 15) titulado “El Locus Amoenus y la Villeggiatura” listo para ser visto por los miembros de mi canal de YouTube.
Popurrí, diseño y la política sin antagonismo
Popurrí.org.ar no compite principalmente contra Milei. Esa es la competencia visible, el antagonista retórico útil: la derecha brutal que hace que cualquier política amable parezca una alternativa moral. La competencia real de Popurrí es otra. Es contra la política popular confrontacionista: contra los movimientos, organizaciones y barrios que podrían disputar los mismos territorios, pero desde una posición de antagonismo real contra las estructuras que producen desigualdad. La diferencia entre las dos disputas no es cosmética. Es estructural. Lo que Popurrí desplaza —silenciosamente, con buenas fotos— no es la brutalidad de la derecha. Es la posibilidad de una política popular que no pida permiso.
En Popurrí, el startup politico conducido por la filo peronista Larretista Migliore, el conflicto no desaparece. Entra al jardín. Y dentro del jardín, se llama comunidad.
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En la tradición clásica, el locus amoenus era un lugar agradable porque había sido depurado. Fuentes, sombra, naturaleza seleccionada para producir bienestar en quien podía contemplarla. Lo que quedaba afuera no era casualidad: la intemperie, el barro, el conflicto del campo. Popurrí opera con la misma lógica sobre el conflicto social argentino. Toma la fractura territorial, la desigualdad, el malestar juvenil, y los reorganiza dentro de una escena administrable: comunidad, escucha, regeneración, diseño, participación. Donde podría haber antagonismo, aparece encuentro. Donde podría haber lucha, aparece gestión. El conflicto no desaparece. Entra al jardín. Y dentro del jardín, se llama comunidad.
Una startup política como Potpurrí no tiene pueblo sino usuarios. No tiene militantes sino equipos técnicos (con faltas de ortografía, by the way)
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La genealogía del proyecto importa porque la estética nunca puede separarse de la trayectoria. María Migliore fue ministra de Desarrollo Humano y Hábitat de la Ciudad de Buenos Aires. Juan Maquieyra presidió el Instituto de Vivienda de la Ciudad. No vienen de organizar a los pobres contra el sistema. Vienen de administrar las condiciones de vida de los sectores populares dentro del sistema. El capital político que Popurrí hereda es el de la gestión del territorio: programas, redes, dependencias institucionales, circuitos de urbanización, dispositivos sociales. Ese saber es real. Pero no es inocente. Administrar el territorio popular desde el Estado no es lo mismo que construir poder popular desde el territorio. La diferencia no es moral. Es estructural. Y define qué tipo de representación puede producirse desde esa base.
Administrar el territorio popular desde el Estado no es lo mismo que construir poder popular desde el territorio.
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Llamarse “startup política para regenerar la Argentina” no es una fórmula inocente. Traslada al campo político el imaginario del capitalismo de innovación: fundadores, escalabilidad, impacto, comunidad de usuarios. Una startup no tiene pueblo: tiene usuarios. No tiene militantes: tiene equipos. El verbo “regenerar” completa la operación: supone un cuerpo social dañado que necesita sanación, pero desplaza la pregunta política central: ¿quién produjo ese daño? ¿Qué intereses se beneficiaron? ¿Qué formas de acumulación y extractivismo organizaron esa crisis? La metáfora biológica convierte una relación de poder en un problema de salud colectiva. El conflicto se vuelve patología. La política se vuelve terapia. Y la terapia, como se sabe, no cambia las condiciones que producen la enfermedad.

Cuando el conflicto social se vuelve “comunidad”, conviene sospechar. Tal vez no haya desaparecido. Tal vez haya sido podado.
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La estética de Popurrí no es accidental. Blanco, celeste, crema. Personas conversando en ronda. Cuerpos sentados, no marchando. El territorio popular aparece despojado de su potencia perturbadora y reintroducido como escena de sensibilidad: se puede mirar sin miedo, acompañar sin riesgo, estar cerca sin quedar comprometido por un antagonismo. La juventud cumple ahí una función específica: no es una posición política, sino un certificado de inocencia. En un campo político atravesado por corrupción y desgaste, el joven no firmó contratos, no gobernó, no reprimió. Pero esa inocencia visible puede cubrir estructuras que sí tienen historia, gestión y responsabilidad. Y tiene un efecto secundario: deslegitima la experiencia acumulada de los movimientos populares. Lo viejo no es solo la casta. Lo viejo pasa a ser también el sindicato que para, la organización que corta, el barrio que no se deja traducir a una mesa de diálogo.

Phronesis Como Excel Sheet
El problema de Popurrí no es que sea moderado. La moderación es la superficie. El problema es que ocupa un espacio: tapa la posibilidad de que sectores medios y populares, decepcionados tanto del kirchnerismo como del libertarismo, construyan una representación con capacidad de nombrar enemigos, intereses y formas de acumulación. Milei brutaliza el conflicto social. Popurrí lo contiene. No son equivalentes, pero pueden ser funcionales dentro de un mismo campo histórico: uno destruye las formas anteriores de representación; el otro intenta ocupar el vacío con una política sin antagonismo. La pregunta que queda no es si sus dirigentes son sinceros. La pregunta es a quién le sirve ese jardín. Porque cuando el conflicto social se vuelve demasiado agradable, conviene sospechar. Tal vez no haya desaparecido. Tal vez haya sido podado.
How social conflict is pruned in the post libertarian garden of Maria migliore
Popurrí, design, and politics without antagonism
Popurrí’s primary competition is not Javier Milei. That is the visible contest — the useful rhetorical antagonist, the brutal right that makes any gentle politics look like a moral alternative. The real competition is elsewhere: against confrontational popular politics, against the movements, organizations, and neighborhoods that might dispute the same territories but from a position of genuine antagonism toward the structures that produce inequality. The difference between these two contests is not cosmetic. It is structural. What Popurrí quietly displaces — with clean design and good photography — is not right-wing brutality. It is the possibility of a popular politics that doesn’t ask for permission.

In the classical tradition, the locus amoenus was a pleasant place because it had been purged. Fountains, shade, nature carefully selected to produce wellbeing in those who could contemplate it. What was left outside was not incidental: the rough weather, the mud, the conflict of the field. Popurrí applies the same logic to Argentine social conflict. It takes territorial fracture, inequality, environmental crisis, and youth frustration, and reorganizes them into a manageable scene: community, listening, regeneration, design, participation. Where there might be antagonism, there is encounter. Where there might be struggle, there is management. The conflict doesn’t disappear. It enters the garden. And inside the garden, it is called community.
The project’s genealogy matters because aesthetics cannot be separated from trajectory. María Migliore served as Minister of Human Development and Habitat for the City of Buenos Aires. Juan Maquieyra led the City’s Housing Institute. They did not come from organizing the poor against the system. They came from administering the living conditions of popular sectors within the system. The political capital Popurrí inherits is the capital of territorial management: programs, networks, institutional circuits, urbanization mechanisms, social policy devices. That knowledge is real. But it is not innocent. Administering popular territory from the state is not the same as building popular power from the territory. The difference is not moral. It is structural — and it defines what kind of representation can be produced from that foundation.
Calling itself “a political startup to regenerate Argentina” is not an innocent phrase. It imports the vocabulary of innovation capitalism into the political field: founders, scalability, impact, user communities. A startup has no people: it has users. No militants: it has teams. The verb “regenerate” completes the operation: it presupposes a damaged social body in need of healing, but sidesteps the central political question — who produced that damage? What interests benefited? What forms of accumulation, debt, and extraction organized that crisis? The biological metaphor converts a power relation into a collective health problem. Conflict becomes pathology. Politics becomes therapy. And therapy, as is well known, does not change the conditions that produce illness.

Popurrí’s aesthetic is not accidental. White, sky blue, cream. People talking in circles. Seated bodies, not marching ones. Popular territory appears stripped of its disruptive potential and reintroduced as a scene of sensitivity — visible without fear, accompanible without risk, proximate without the commitment that antagonism demands. Youth serves a specific function here: not a political position, but a certificate of innocence. In a political field saturated with corruption and institutional exhaustion, the young person didn’t sign contracts, didn’t govern, didn’t repress. But that visible innocence can cover structures that do have history, management, budgets, and accountability. And it has a secondary effect: it delegitimizes the accumulated experience of popular movements. The old is not just the political establishment. The old becomes the union that strikes, the organization that blocks roads, the neighborhood that refuses to be translated into a dialogue table.
Popurrí’s problem is not that it is moderate. Moderation is the surface. The problem is that it occupies a space — blocking the possibility that middle and working-class sectors, disillusioned by both Kirchnerism and libertarianism, might build a representation capable of naming enemies, interests, and forms of accumulation. Milei brutalizes social conflict. Popurrí contains it. They are not equivalent — but they can be functional within the same historical field: one destroys previous forms of representation; the other attempts to occupy the vacuum with a politics without antagonism. The question that remains is not whether its leaders are sincere. The question is whose garden this is. Because when social conflict becomes too pleasant, suspicion is warranted. Perhaps it hasn’t disappeared. Perhaps it has simply been pruned.
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