El conflicto entre Agus Cabaleiro, conocida como Online Mami, y Lu Debesa no debe leerse como una disputa trivial entre una mujer gorda y una mujer entrenada, ni como una oposición simple entre gordofobia y aceptación corporal. Lo que aparece en esa escena es una tecnología contemporánea de clasificación moral: el cuerpo femenino es tratado como evidencia visible de una verdad interior. La frase de Debesa —“como vos estás físicamente habla de cómo vos sos adentro”— formula sin mediaciones esa premisa. El cuerpo deja de ser una materialidad compleja, atravesada por historia, clase, deseo, salud y experiencia, y se convierte en expediente. La delgadez o el entrenamiento certifican disciplina, autocuidado y autoestima; la gordura, por el contrario, es leída como falta de voluntad, abandono y desorden. El núcleo ideológico del caso no reside, entonces, en que alguien declare no querer ser gorda, sino en que convierta esa preferencia en una antropología moral: ciertos cuerpos demostrarían una subjetividad correcta, mientras otros revelarían una falla íntima.

El conflicto entre Agus Cabaleiro, conocida como Online Mami, y Lu Debesa no debe leerse como una disputa trivial entre una mujer gorda y una mujer entrenada, ni como una oposición simple entre gordofobia y aceptación corporal. Lo que aparece en esa escena es una tecnología contemporánea de clasificación moral

Samantha Murray denomina “alfabetización corporal” al aprendizaje cultural mediante el cual creemos saber leer los cuerpos. En The “Fat” Female Body, la gordura femenina no aparece como un dato visual neutral, sino como una superficie sobre la que convergen discursos médicos, estéticos y morales. El cuerpo gordo es interpretado antes de hablar: se presume perezoso, excesivo, compulsivo, emocionalmente desregulado y sexualmente impropio. La operación resulta especialmente eficaz porque no se presenta como prejuicio, sino como percepción inmediata. No parece que estemos interpretando; parece que simplemente vemos. Murray, siguiendo a Linda Martín Alcoff, insiste en que la percepción está saturada de saberes tácitos: cuando miramos un cuerpo, no registramos únicamente volumen, forma o movimiento, sino una jerarquía social ya incorporada. Por eso Cabaleiro entra en la escena pública en una posición desigual. Debesa puede presentarse como individuo que expresa una preferencia; Cabaleiro aparece desde el comienzo como categoría, como problema obligado a explicar su existencia y defender su derecho a no ser reducida a una patología visible.

La oposición formulada por Lu Debesa entre una supuesta “gordura normal” —la de quien come sano, entrena y se cuida— y una gordura irresponsable expone con claridad el funcionamiento de lo que Michel Foucault llamó medicina disciplinaria. La norma no actúa únicamente mediante prohibiciones externas, sino a través de sujetos que aprenden a vigilarse, medirse y corregirse. Georges Canguilhem mostró que lo normal no es una descripción inocente de lo frecuente, sino una categoría que adquiere fuerza prescriptiva: define lo correcto al mismo tiempo que produce aquello que será considerado desviado. En este marco, la gordura puede ser parcialmente tolerada siempre que se presente como un cuerpo arrepentido, en proceso de corrección, sometido a dieta, ejercicio y supervisión. Debesa no rechaza necesariamente todo cuerpo gordo; rechaza el cuerpo que no hace visible su obediencia. El cuerpo aceptable es aquel que demuestra que trabaja para dejar de ser lo que es. La norma obtiene así su eficacia máxima: ya no necesita excluir de manera absoluta, porque puede admitir cuerpos diferentes siempre que estos acepten la obligación de justificarse.

La oposición formulada por Lu Debesa entre una supuesta “gordura normal” —la de quien come sano, entrena y se cuida— y una gordura irresponsable expone con claridad el funcionamiento de lo que Michel Foucault llamó medicina disciplinaria. La norma no actúa únicamente mediante prohibiciones externas, sino a través de sujetos que aprenden a vigilarse,

El vocabulario de la disciplina, el autocuidado y el empoderamiento constituye la forma específicamente neoliberal de esta normalización. Rosalind Gill y Catherine Rottenberg han mostrado que el postfeminismo y el feminismo neoliberal trasladan la emancipación al terreno de la gestión individual. La mujer liberada ya no es definida ante todo por su capacidad de transformar estructuras, sino por su competencia para administrarse: debe ser productiva, deseable, saludable, segura de sí misma y emocionalmente eficiente. El mandato patriarcal no desaparece; cambia de gramática. Ya no dice “adelgazá para gustarle a un hombre”, sino “entrená porque te elegís”, “cuidate porque te amás” o “convertite en tu mejor versión”. El control del cuerpo se presenta como autonomía, y la obediencia como autoestima. El gimnasio no es aquí el problema. El problema comienza cuando una práctica corporal se transforma en certificado moral y permite que quien entrena se atribuya una superioridad ética sobre quien no encarna el mismo régimen de autocontrol. La disciplina deja de ser una opción y se convierte en el criterio mediante el cual se distribuyen legitimidad, inteligencia, deseo y valor social.

El problema comienza cuando una práctica corporal se transforma en certificado moral. La disciplina se convierte en el criterio mediante el cual se distribuyen legitimidad, inteligencia, deseo y valor social.

La respuesta de Cabaleiro desmonta correctamente la equivalencia entre gordura, enfermedad y abandono al señalar que las personas gordas también entrenan, se cuidan, se desean y se gustan. Sin embargo, la disputa revela que tampoco existe un exterior puro a este régimen. El activismo gordo y el body positive pueden cuestionar la patologización del cuerpo, pero también pueden ser absorbidos por la economía de la visibilidad. El mercado admite cuerpos diversos con la condición de que sean bellos, seguros, estilizados, sexualmente legibles y capaces de producir engagement. La inclusión no destruye necesariamente la norma; puede ampliarla. La mujer gorda deja de ser expulsada, pero debe demostrar que es una gorda exitosa, deseable y comercializable. La propia escena se desarrolla dentro de una economía de plataformas donde Debesa reconoce haber buscado viralidad. La provocación gordofóbica no aparece únicamente como prejuicio, sino como estrategia de circulación social: la crueldad produce atención, la atención produce valor y el cuerpo ajeno se convierte en materia prima para la construcción de una marca personal.

La provocación gordofóbica no aparece únicamente como prejuicio, sino como estrategia de circulación social: la crueldad produce atención, la atención produce valor y el cuerpo ajeno se convierte en materia prima para la construcción de una marca personal.

Lo que este episodio muestra, en definitiva, es que la gordura femenina sigue funcionando como un límite político del feminismo neoliberal. La mujer gorda no amenaza solamente un ideal de belleza; amenaza la ficción de que toda mujer libre debe estar permanentemente trabajando sobre sí misma. Su cuerpo es leído como resistencia incluso cuando no pretende resistir, porque interrumpe la equivalencia entre salud, disciplina, belleza y valor. Por eso el debate no puede reducirse a la libertad individual de querer o no querer ser gorda. Esa formulación ya presupone que los cuerpos son elecciones privadas y que cada sujeto es plenamente responsable de su forma visible. La pregunta relevante es otra: quién tiene la autoridad para convertir un cuerpo en prueba moral y bajo qué condiciones esa violencia puede circular como sinceridad, preocupación, autocuidado o empoderamiento. La gordofobia contemporánea rara vez se presenta como odio abierto; se presenta como consejo, disciplina, salud y amor propio. Precisamente por eso resulta más difícil de identificar y más eficaz como forma de gobierno.

Ayer en La Mala Educación el tema fue COCAINA

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