El 14 de junio de 2026, alrededor de las nueve de la mañana, dos helicópteros chocaron en el aire sobre Recreio dos Bandeirantes, en Río de Janeiro. Murieron seis personas: Gaspar Prim Díaz, de 23 años, conocido como Gaspi; Lucas Vignale, director audiovisual argentino; Oliver Tree Nickell, músico estadounidense; Lucas Brito Chaves, productor musical brasileño; Alexandre Souza, piloto de uno de los helicópteros; y Charles Marsillac, piloto del segundo. Seis cadáveres. Seis muertes simultáneas.

Sin embargo, la maquinaria argentina del duelo digital —streamers, plataformas, medios, celebridades y operadores políticos— decidió casi de inmediato que allí había muerto, ante todo, un artista. Luego agregó a Lucas Vignale, cuando la industria recordó que su nombre podía ser asociado al BAFICI, a Berlinale y a una biografía culturalmente legible. Los pilotos y el productor brasileño quedaron, en cambio, como parte de la infraestructura del viaje. Eran los cuerpos que hacían materialmente posible la escena, pero no recibieron narrativa. No hubo infancia reconstruida, promesa interrumpida, complejidad póstuma ni hermenéutica reparadora. Fueron nombres añadidos al accidente. No vidas elevadas al mito.

Ese reparto desigual del duelo es el punto de partida. La pregunta no es si la muerte de Gaspi fue triste. Toda muerte joven lo es. La pregunta es otra: ¿por qué algunas muertes reciben inmediatamente una biografía completa, mientras otras quedan reducidas a función técnica, contexto o daño colateral? ¿Por qué algunos muertos son convertidos en artistas, mártires y leyendas en cuarenta y ocho horas, mientras otros ni siquiera son separados del helicóptero en el que murieron?

La pregunta no es si la muerte de Gaspi fue triste. Toda muerte joven lo es. La pregunta es otra: ¿por qué algunas muertes reciben inmediatamente una biografía completa, mientras otras quedan reducidas a función técnica, contexto o daño colateral?

La escena argentina lo mostró con brutal claridad. A Gaspi se lo nombró como artista, comediante gigante, promesa generacional, buen pibe, leyenda, talento interrumpido. Nati Jota lo definió como “el primero de la nueva generación de artistas que se va”. Luquitas Rodríguez lo recordó como un comediante que tenía muchísimo más para dar. Pablo Carrozza lo colocó en el futuro del humor argentino. Pergolini y Migue Granados certificaron su bondad privada. Tinelli lo vinculó con el linaje de Videomatch. El Gordo Dan, con una precisión ideológica que habría que agradecerle, lo presentó como el pibe que había revolucionado el humor en una época oscura del genero. Ahí se cerraba el arco político: la escena streamer lo convertía en amigo; los viejos medios lo insertaban en la historia nacional del entretenimiento; la derecha libertaria explicaba su función histórica: liberar el humor de los límites impuestos por la sensibilidad democrática.

Pergolini y Migue Granados certificaron su bondad privada. Tinelli lo vinculó con el linaje de Videomatch. El Gordo Dan, con una precisión ideológica que habría que agradecerle, lo presentó como el pibe que había revolucionado el humor en una época oscura del genero.

No estamos, entonces, simplemente ante una cultura del duelo. Estamos ante una política del duelo. Y esa política dice algo mucho más profundo sobre la Argentina que sobre Gaspi.

Derrida escribe, en torno a la amistad y el duelo, que hablar del muerto implica siempre una forma de traición. No porque todo homenaje sea falso, sino porque el muerto ya no puede corregir la versión que los vivos producen de él. Cuando hablamos por el muerto, editamos. Elegimos qué conservar, qué silenciar, qué volver central y qué volver secundario. El panegírico no reproduce al muerto: produce una figura útil para los vivos. Y esa figura suele decir más sobre la comunidad que necesita recomponerse que sobre la persona que acaba de desaparecer.

Derrida escribe, en torno a la amistad y el duelo, que hablar del muerto implica siempre una forma de traición. No porque todo homenaje sea falso, sino porque el muerto ya no puede corregir la versión que los vivos producen de él.

El duelo colectivo por Gaspi produjo una figura muy precisa: Gaspar Prim Díaz, el muchacho sensible y brillante que había quedado atrapado en Gaspi y estaba a punto de liberarse de él. El artista potencial, el comediante futuro, el joven que estaba mejorando, cuidándose, pidiendo perdón, transformándose. La muerte habría llegado justo antes de que su verdadera sustancia se revelara. Esta operación es políticamente legible porque silencia aquello que la nueva figura no puede incorporar: a las personas que Gaspi convirtió en material durante años.

Esto no exige decir que todos los homenajes fueron hipócritas. Probablemente muchos de sus colegas dijeron la verdad sobre su experiencia privada con él. Tal vez Gaspar era amable con productores, streamers, conductores y gente de la industria. El problema no es que esa memoria privada sea falsa. El problema es que está siendo usada para cancelar el archivo público. Y esas dos cosas no son la misma cosa. Cómo alguien se comporta con quienes tienen cámara, plataforma y capital social no anula lo que hizo con quienes no tenían nada de eso.

El dispositivo Gaspi era claro. Un joven alto, rubio, físicamente imponente, vestido con traje, entraba en espacios donde circulaban personas viejas, pobres, discapacitadas, racializadas o materialmente vulnerables. Las abordaba con preguntas absurdas o situaciones que ellas no siempre podían comprender. Filmaba la reacción: desconcierto, torpeza, miedo, irritación, confusión. Luego editaba. Elegía los segundos más degradantes. Convertía esa reacción en chiste. Y ese chiste circulaba ante millones de personas.

Esto no era simplemente “humor negro”. Tenía una estructura específica. Patrick Giamario, en su trabajo sobre gelopolítica, propone pensar la risa no como un comentario exterior sobre la política, sino como una práctica que produce comunidad política. La risa decide quién puede hablar, quién puede ser ridiculizado, qué jerarquías se reproducen y dónde reside la soberanía. En los videos de Gaspi, esa soberanía estaba del lado del cuerpo que filmaba, editaba y distribuía. Del otro lado quedaba el cuerpo disponible: el viejo, el pobre, el discapacitado, el que pedía plata, el que no entendía la situación, el que no podía reencuadrar la escena después.

La asimetría era total. Gaspi conservaba el logos: intención artística, personaje, ironía, performance, explicación posterior. Las personas abordadas quedaban reducidas a phoné: reacción corporal, ruido, gesto, confusión. Aunque hablaran, el montaje no recibía sus palabras como discurso equivalente. Las convertía en materia sonora del gag. Allí estaba la política del dispositivo: un sujeto soberano con cámara frente a cuerpos convertidos en material.

La defensa habitual dice que el traje era una ironía, que Gaspi se burlaba del periodista, del ejecutivo o del funcionario. No. Ese argumento no funciona en la Argentina libertaria. El traje no desacraliza necesariamente el poder. En el repertorio visual de la ultraderecha joven, el traje es uniforme de distinción: el atuendo del varón que se imagina fuera de la masa empobrecida, que se adjudica derecho de inspección, que cree haber demostrado mérito antes de haber demostrado nada. Gaspi no llegaba a esos espacios populares como un payaso sin poder. Llegaba como una autoridad privada: con cámara, edición, audiencia y posibilidad de retirada. Tenía la investidura del examinador sin ninguna de sus responsabilidades. Autoridad en el cuerpo, irresponsabilidad en el personaje.

El traje de Gaspi no desacraliza necesariamente el poder. En el repertorio visual de la ultraderecha joven, el traje es uniforme de distinción: el atuendo del varón que se imagina fuera de la masa empobrecida.

La audiencia ocupaba un lugar decisivo. No miraba desde el lugar de la anciana, del pobre o del discapacitado. Miraba desde el lugar de la cámara. Durante esos minutos, se ubicaba junto al cuerpo que humillaba. En un país donde la pobreza infantil sigue afectando a millones de chicos y donde siete de cada diez hogares con niñas, niños y adolescentes debieron recurrir a alguna forma de ayuda, endeudamiento o venta de pertenencias para afrontar gastos cotidianos, la fantasía de no ser el cuerpo inspeccionado sino el que inspecciona es políticamente potentísima. Gaspi ofrecía, en formato breve, una forma de turismo social pornográfico: mirar la precariedad desde el lado del que la domina.

Por eso el problema no es sólo Gaspi. El problema es la gramática que lo volvió posible. La Argentina tiene una historia larga de clasificación corporal: proyectos de blanqueamiento, discursos eugénicos, pedagogías de la respetabilidad, distinciones entre cuerpos productivos y cuerpos deficitarios, vidas capaces de futuro y vidas tratadas como carga. La cultura MAGA-libertaria no inventó esa gramática. Le quitó el pudor. La convirtió en meme, incorrección política, manósfera, cultura del gimnasio, desprecio por la dependencia y celebración del fuerte. La crueldad dejó de ser algo que debía disimularse y pasó a funcionar como prueba de autenticidad.

Adorno y Horkheimer ya habían señalado que la industria cultural podía organizar la risa como disfrute de la adaptación y de la derrota ajena. La persona humillada produce el afecto. El performer conserva el capital. El espectador recibe la fantasía momentánea de estar del lado del poder. La plataforma convierte todo eso en publicidad, datos, visibilidad y dinero. Nadie necesita declarar explícitamente la operación para que funcione. Basta con que el algoritmo premie conflicto inmediato, descarga emocional, humillación y reacción corporal visible.

La pregunta por el nazismo banalizado entra aquí. No se trata de afirmar que Gaspi fuera doctrinariamente nazi, porque eso sería darle una coherencia que quizás no tenía. La pregunta más seria es otra: ¿por qué los signos del nazismo se volvieron, para ciertas masculinidades digitales, una reserva disponible de transgresión? ¿Por qué Hitler, el saludo, la iconografía del exterminio o el vocabulario de la aniquilación funcionan como prueba de que alguien “se anima” a decir lo que otros no dirían? Martha Nussbaum, retomada por Giamario, permite pensar el chiste como doble enunciación: digo algo, pero si me responsabilizan digo que no lo decía. Esa oscilación entre afirmación y retirada no oculta la posición. Es la posición.

La pregunta por el nazismo banalizado entra aquí. No se trata de afirmar que Gaspi fuera doctrinariamente nazi, porque eso sería darle una coherencia que quizás no tenía. La pregunta más seria es otra: ¿por qué los signos del nazismo se volvieron, para ciertas masculinidades digitales, una reserva disponible de transgresión?

Así llegamos a la transubstanciación. Porque lo que ocurrió después de la muerte de Gaspi no fue sólo duelo. Fue un cambio de sustancia. Gaspi se convirtió en Gaspar. Gaspar se convirtió en artista. El artista se convirtió en mártir generacional. El mártir se convirtió en leyenda. Y la leyenda empezó a funcionar como borrador de atrocidades reales.

La palabra transubstanciación importa porque no es lo mismo que redención. La redención presupone una falta, una reparación, un trabajo sobre lo dañado. La transubstanciación borra el problema de otro modo: afirma que la sustancia anterior no era la verdadera. El personaje era máscara; la persona era esencia. El archivo pertenece a una entidad que ya no existe. Así, la violencia queda depositada en Gaspi, mientras la sensibilidad es devuelta a Gaspar. La industria puede llorar al hombre sin mirar la maquinaria que lo hizo rentable.

Esta transubstanciación no está disponible para todos. No estuvo disponible para los pilotos, que quedaron como infraestructura. No estuvo disponible para el productor brasileño. Y, sobre todo, no está disponible para las personas que aparecían en sus videos. La anciana sigue siendo “la vieja”. El pobre sigue siendo “el que pide monedas”. La persona con discapacidad sigue siendo su reacción corporal. Ellos no reciben separación entre personaje y persona. No reciben narrativa de recuperación. No reciben complejidad póstuma. No reciben el derecho a haber sido algo más que el fragmento que el montaje eligió mostrar.

Judith Butler formuló una pregunta decisiva: no todas las vidas son igualmente llorables. Para que una vida sea llorada, tiene que haber sido previamente reconocida como vida completa, narrable y valiosa. Otras vidas aparecen ya como perdidas, intercambiables o socialmente disponibles. Lo que el duelo por Gaspi revela no es solamente el afecto que sus colegas le tenían. Revela qué cuerpos pueden volverse hiperduelables —con infancia, interioridad, contradicción, promesa y futuro— y qué cuerpos sólo pueden aparecer como material, reacción o paisaje.

En la Argentina, algunos cuerpos poseen capacidad de transubstanciación. Generalmente son blancos, rubios, jóvenes, masculinos o hijos de alguna forma de capital. Pueden abandonar retrospectivamente sus actos y reaparecer como sensibilidad, promesa y complejidad. Otros permanecen fijados para siempre al atributo corporal con el que fueron capturados. Esta no es una metáfora sobre la injusticia universal. Es el funcionamiento concreto de una distribución racializada del valor humano.

Por eso la máxima de mortuis nil nisi bonum —de los muertos no se habla sino bien— no puede gobernar la crítica cultural. Puede servir para la etiqueta funeraria. No sirve para la historiografía, ni para la teoría política, ni para el análisis de los medios. Si se aplicara seriamente, sería imposible examinar a cualquier artista, dirigente, celebridad o perpetrador después de su muerte. El pasado quedaría administrado por panegíricos.

La crítica no politiza la muerte de Gaspi. La canonización ya la politizó. Cuando un medio lo convierte en primera estrella mártir de YouTube, cuando la escena streamer lo eleva a artista rebelde, cuando los viejos medios lo insertan en la genealogía del humor argentino y cuando la derecha lo declara libertador del humor contra la corrección política, ya no estamos ante una despedida íntima. Estamos ante la producción acelerada de historia cultural.

Joseph Roach llama surrogation al modo en que las comunidades producen sustitutos para llenar las vacantes que deja la muerte. Ese sustituto nunca coincide del todo con quien murió, pero permite restaurar una continuidad colectiva. El sustituto producido por la comunidad streamer no es el Gaspi del archivo. Es Gaspar: artista sensible, joven en transformación, creador interrumpido justo antes de volverse el verdadero creador que estaba destinado a ser. Esa figura permite que la industria se reúna alrededor de la pérdida sin preguntarse por la economía de contenidos que la sostuvo.

La tarea crítica consiste en interrumpir esa operación. No para negar el dolor de quienes lo conocieron, sino para impedir que el duelo borre a los vivos que fueron degradados para construir su celebridad. Consiste en devolver historicidad a los cuerpos convertidos en gag. En hacer visible la asimetría del dispositivo. En volver ridícula —analíticamente, no sádicamente— la imagen del gigante rubio en traje que necesitaba ancianas, pobres y discapacitados para parecer transgresor. En mostrar que tres millones de suscriptores no son una prueba de genio, sino el resultado de una interacción entre gusto social, desigualdad cultural, diseño algorítmico y una gramática eugenésica que la Argentina lleva dos siglos produciendo.

La tesis es ésta: Gaspi importa no porque podamos demostrar que era doctrinariamente nazi, sino porque muestra cómo una sociedad que declara al Holocausto como mal único e irrepetible puede seguir monetizando, bajo la forma del chiste, la partición eugenésica de los cuerpos: fuertes y débiles, soberanos y disponibles, llorables e invisibles. No Auschwitz repetido en YouTube. Algo más cotidiano y por eso más difícil de nombrar: la reiteración cómica, algorítmica y monetizada de una clasificación corporal que el discurso de la singularidad absoluta del Holocausto a veces nos impide reconocer fuera de su forma terminal. La pregunta final, entonces, no es si los muertos deben ser respetados. La pregunta es otra: ¿Por qué algunos muertos reciben una vida completa después de muertos, mientras otros nunca la tuvieron estando vivos?

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