Universidad Enferma

La universidad no está atravesando una crisis profunda: está enferma, y la enfermedad no es una rotura del sistema sino su modo normal de funcionamiento. Todavía imaginamos la universidad como un espacio construido alrededor de la benevolencia del conocimiento: bibliotecas, seminarios, profesores que dedican años a resolver un problema, estudiantes que llegan a aprender algo que no saben. Esa imagen sólo sobrevive en las películas, en la publicidad institucional y en la memoria afectiva de quienes alguna vez entramos creyendo que habíamos encontrado un lugar distinto del resto de la sociedad. Esa universidad está en proceso de extinción

Palabras como “excelencia”, “comunidad” e “impacto” continúan circulando y hasta se han comodificado. Detrás de eso, sin embargo, la universidad se convirtió en una empresa burocrática que vende credenciales, administra deudas, explota vocaciones y traduce el conocimiento en resultados mensurables de acuerdo a criterios, altamente dudosos. Y produce, con una regularidad que ya no puede llamarse accidental, agotamiento, depresión, self-harm, ideaciones suicidas. La pregunta no es cómo salvarla sino: qué clase de organismo es éste, que enferma sistemáticamente a quienes lo habitan y después les ofrece talleres de Mindfulness.

Palabras como “excelencia”, “comunidad” e “impacto” continúan circulando y hasta se han comodificado. Detrás de eso, sin embargo, la universidad se convirtió en una empresa burocrática que vende credenciales, administra deudas, explota vocaciones y traduce el conocimiento en resultados mensurables de acuerdo a criterios, altamente dudosos.

No me interesa demasiado la fantasía melancólica hecha de Oxford, otoño, latín, sacos de tweed, etc. Esa estética importa y hace a la experiencia y a la mística, pero importa en tanto encubre otra serie de experiencias mas reales y libertarias: contratos temporarios, salarios preconizados, deuda estudiantil impagable, evaluación permanente, vigilancia administrativa, denuncias usadas como instancias de retaliación y una gerencia (en el peor sentido del management empresarial) que aprendió a hablar el idioma del cuidado mientras lo único que produce es daño. El síntoma central es la distancia entre la promesa y la experiencia. Cuanto más insiste la universidad en presentarse como una comunidad horizontal, progresista y dedicada al bienestar, más vertical, opaca y punitiva se vuelve por dentro. Por un lado, dice que escucha; mientras, por el otro, multiplica los procedimientos destinados a impedir que una voz altere algo. Celebra la diferencia siempre que pueda convertirse en fotografía promocional. Defiende la libertad académica siempre que esa libertad no incomode a un administrador ni amenace una alianza. En síntesis, habla de cuidado mientras descarga sobre cada individuo la responsabilidad de sobrevivir a las condiciones que ella misma ha venido creando. Ese desfasaje no es hipocresía moral: es la fisiología de la institución.

Cuanto más insiste la universidad en presentarse como una comunidad horizontal, progresista y dedicada al bienestar, más vertical, opaca y punitiva se vuelve por dentro. Por un lado, dice que escucha; mientras, por el otro, multiplica los procedimientos destinados a impedir que una voz altere algo.

UK 2018: Fin de las Fantasía de Huelgas

La huelga por las pensiones universitarias en el Reino Unido, en 2018, funcionó como el primer episodio agudo, el momento en que el cuerpo dejó de disimular. Miles de trabajadores salieron a la calle porque los empleadores querían desmantelar su sistema previsional, y las autoridades respondieron como cualquier corporación: amenazaron con descontar salarios, exigir la recuperación de las clases perdidas y disciplinar a quienes apoyaran la protesta. En Coventry, la universidad había bloqueado al sindicato nacional. En Liverpool se dijo a los docentes que debían dar recuperatorios sin pago alguno: primero se retira el salario, después se exige el trabajo gratis. A los estudiantes que no cruzaban los piquetes para asistir a clase también se los amenazó, y a los alumnos internacionales se les recordó que una ausencia podía afectar su registro de asistencia y, por lo tanto, su visa. La operación es terrible: los mismos cuerpos eran clientes perjudicados cuando convenía enfrentarlos con sus profesores, y cuerpos deportables cuando convenía obligarlos a asistir a clase. La institución cambiaba de lenguaje en minutos porque ninguno de esos lenguajes expresaba una convicción. Eran tecnologías de control.

Lo que se quebró fue la fantasía de la colegialidad, y con ella la idea de que quien dirige la universidad pertenece al mismo cuerpo que la habita. Muchos profesores habían supuesto que las autoridades eran una versión jerarquizada de sí mismos: colegas que ocupaban un cargo temporalmente y volvían después a enseñar. La universidad contemporánea está dirigida por una clase gerencial totalmente separada, integrada por personas que circulan de una institución a otra y cuya identidad profesional ya no depende del conocimiento de una disciplina sino de la eficacia de controlar al sector académico dentro de la institución. Un vicerrector no necesita ser quien mejor comprende la historia o las necesidades académicas de su universidad; necesita mostrarse capaz de maximizar ingresos, reorganizar departamentos, atraer estudiantes internacionales, reducir costos y proteger la marca. Definida así, como problema técnico, la universidad convierte a quienes realizan su actividad central en obstáculos emocionales, resistentes al cambio, apegados a formas anticuadas de autonomía. Es un organismo que empezó a tratar a sus propios órganos vitales como tejido sospechoso. La docencia, la investigación y el tiempo largo del pensamiento pasaron a ser lo primero que se ataca cuando hay que ajustar, mientras la burocracia que administra el ajuste nunca aparece como gasto.

La universidad contemporánea está dirigida por una clase gerencial totalmente separada, integrada por personas que circulan de una institución a otra y cuya identidad profesional ya no depende del conocimiento de una disciplina sino de la eficacia de controlar al sector académico dentro de la institución.

La Universidad Managerial Preocupada en Debates Semánticos

La contradicción es profunda porque nadie conoce mejor una investigación que quien la hace, y porque el trabajo intelectual no funciona como una línea de montaje. Una idea puede aparecer después de meses de aparente improductividad. Una investigación puede cambiar de rumbo porque el material obliga a formular otra pregunta. Una clase puede transformarse por una intervención inesperada. Todo eso requiere tiempo, incertidumbre, conversación y autonomía, es decir, exactamente lo que el gerencialismo necesita eliminar. Como no puede controlar el conocimiento, controla sus sustitutos: cuántos artículos, en qué revistas, con qué índice de impacto, cuántos estudiantes completan el curso, qué puntaje dan en los formularios que luego se reparten entre los alumnos, cuántos grants genera cada investigador. Y la métrica no describe el trabajo: lo altera. Cuando tu carrera depende de publicar cierta cantidad de papers en determinadas revistas, la pregunta deja de ser qué merece ser investigado y pasa a ser qué puede publicarse rápido, qué tema está de moda, qué lenguaje reconocerán los evaluadores. Todo se reduce a una cuestión semántica. El sistema no recompensa la inteligencia ni la verdad. Recompensa la adaptación a sus propios instrumentos de medición. La fiebre reemplazó al diagnóstico y todos aprendimos a mirar el termómetro.

Es como si lo que le ocurre a la Universidad contemporánea fuera una enfermedad autoimmune ya que no se sostiene solamente por la fuerza de sus administradores; se reproduce a través de los deseos, los miedos y las pequeñas complicidades de quienes trabajan en ella. El académico protesta contra el dispositivo que lo explota mientras desea ser premiado por ese mismo dispositivo. Denuncia los rankings y necesita ascender en ellos. Critica la celebridad intelectual y sueña con integrarla. Condena la precarización mientras delega tareas en doctorandos y profesores temporarios. No estoy repartiendo culpas por igual: un docente precario y un vicerrector que gana cientos de miles de libras no tienen el mismo poder ni deciden en las mismas condiciones. Pero presentar al conjunto como víctimas pasivas impide entender por qué el sistema es tan estable. Consigue estabilidad porque logra que cada persona ate su supervivencia a los mecanismos que producen la destrucción colectiva. Cuando alguien propone abandonar las jerarquías de revistas, aparece de inmediato la objeción razonable: necesitamos alguna medida de calidad. Esa frase es una rendición. Significa que aceptamos delegar la calidad intelectual a una tipificación comercial, en la que importa más dónde aparece un texto que el texto mismo, y que una industria editorial decide qué cuenta como conocimiento.

Por eso las huelgas pueden ser intensas y fracasar en la construcción de algo duradero. Durante unas semanas los trabajadores descubren que comparten un problema; la administración retrocede, promete reconsiderar y espera. Cuando todos vuelven, el calendario, los correos acumulados, las evaluaciones y el miedo individual vuelven a fragmentar la comunidad. La institución sabe que el tiempo juega a su favor porque el trabajo académico está organizado para impedir una resistencia prolongada. La pandemia expuso el mecanismo con una claridad brutal. En días, universidades enteras trasladaron sus cursos a internet, y la operación se presentó como eficiencia y adaptación tecnológica. Para la institución, significó retener matrículas. Para los docentes, significó rediseñar cursos, aprender plataformas, grabar materiales, responder mensajes a toda hora y convertir el hogar en estudio de transmisión. La universidad se apropió del tiempo, los dispositivos, la electricidad, la conexión y el espacio doméstico de sus trabajadores. Cuando algo fallaba, el problema era individual: si se cortaba internet, si había que cuidar a un hijo, si alguien se enfermaba, el servicio debía continuar igual. La institución parecía funcionar porque el agotamiento quedaba escondido dentro de miles de casas.

Eficiencia

Detengámonos en la palabra “eficiencia”, que opera como un valor neutral e incuestionable. Siempre que se hable de eficiencia, uno debe preguntarse eficiente para quién y para qué. Un aula llena por encima de su capacidad es eficiente para aumentar ingresos y destruye la posibilidad de enseñar. Un sistema automatizado es eficiente para procesar formularios y obliga a profesores y estudiantes a pasar horas corrigiendo sus errores. Un mecanismo de reembolso facilita la auditoría financiera y convierte una compra mínima en un ejercicio burocrático absurdo. La administración mide la eficiencia desde arriba; el trabajador la experimenta como tiempo perdido, confusión y trabajo gratis. Existe una división radical entre quienes administran la universidad y quienes hacen su trabajo intelectual: dos mundos con lenguajes distintos e intereses cada vez más separados. Unos hablan de estrategia, desempeño, experiencia del consumidor, empleabilidad, reputación y gestión del riesgo. Los otros hablan, o deberían hablar, de enseñanza, investigación. El primer lenguaje está colonizando al segundo, y no lo hace mediante una prohibición explícita sino mediante amenazas veladas. Nadie ordena abandonar el pensamiento crítico. Alcanza con llenarte de tareas, exigir resultados constantes, volver inseguro tu contrato y recordarte que cualquier conflicto puede costarte la carrera. El control más eficaz conserva la palabra libertad y destruye las condiciones materiales para ejercerla.

La explotación del doctorando

La institución además explota aquello mismo que promete: el amor por el trabajo aparece como recurso gratuito. Si enseñar importa, preparás la clase el fin de semana. Si los estudiantes importan, respondés mensajes de noche. Si la investigación importa, seguís escribiendo aunque el contrato haya terminado. La universidad usa la ética profesional de sus trabajadores en contra de ellos porque sabe que quienes aman su trabajo van a tolerar condiciones que rechazarían en cualquier otra actividad. Y conviene resistir acá la tentación nostálgica. La universidad pública ideal tampoco fue tan democrática como se la recuerda: la institución humboldtiana estaba dominada por hombres blancos y por jerarquías de clase, género y procedencia. Pero reconocer ese elitismo no obliga a celebrar su conversión en empresa. Es una trampa frecuente: como la universidad antigua era excluyente, cualquier expansión de matrículas se presenta como democratización. Permitir que entren más personas mientras se las endeuda, se precariza a quienes enseñan y se degrada la educación no es un avance democrático. Puede ser una expansión del mercado disfrazada de inclusión.

Cómo se llegó a esto?

La historia de cómo llegamos hasta acá puede contarse en cuatro movimientos: la universidad moderna ligada al ideal de razón crítica; la expansión de mediados del siglo XX; la contrarrevolución neoliberal desde los años ochenta; y la crisis posterior a la pandemia, todavía en curso. La expansión de posguerra tuvo un potencial emancipador real. El informe Robbins de 1963 sostuvo que la educación superior debía estar disponible para todas las personas calificadas por su capacidad y sus logros, y las matrículas crecieron en el Reino Unido, Estados Unidos y Europa. Pero esa expansión contenía una bifurcación: la universidad podía ampliar la ciudadanía crítica o convertirse en una maquinaria para producir trabajadores calificados. El neoliberalismo resolvió la ambigüedad. Desde mediados de los ochenta, los gobiernos no se limitaron a recortar presupuestos: diseñaron activamente mercados artificiales, competencia y evaluación. El informe Jarratt de 1985 impulsó la sustitución del gobierno colegiado por una autoridad ejecutiva vertical acompañada de mediciones de desempeño, y reformas semejantes se aplicaron en Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos. La autonomía académica empezó a parecer una anomalía. Los profesores fueron redefinidos como proveedores de cursos, los estudiantes como futuros empleados que compran capacitación, los títulos como productos con precio de mercado.

La historia de cómo llegamos hasta acá puede contarse en cuatro movimientos: la universidad moderna ligada al ideal de razón crítica; la expansión de mediados del siglo XX; la contrarrevolución neoliberal desde los años ochenta; y la crisis posterior a la pandemia, todavía en curso.

La Deuda Estudiantil como Estocada Final

La deuda fue el mecanismo decisivo. En lugar de sostener la educación superior como bien público, el Estado transfirió el costo al individuo: el informe Dearing de 1997 y la Browne Review de 2010 profundizaron el proceso hasta convertir subsidios en préstamos con interés. El estudiante dejó de ser miembro de una comunidad intelectual para ser simultáneamente cliente, inversor y deudor. Se prometía que la competencia mejoraría el servicio; lo que produjo fueron instituciones desesperadas por dinero, con departamentos de marketing ampliados, edificios espectaculares, consultores de marca y persecución de estudiantes internacionales capaces de pagar más. La deuda no financió la enseñanza: financió la burocracia encargada de gestionar la competencia. Aparecieron más decanos, decanos asociados, asistentes de decanos asociados, directores de estrategia, responsables de experiencia estudiantil. Mientras tanto, la docencia quedó en manos de trabajadores cada vez más precarizados: los adjuntos del mundo anglo enseñan enormes cantidades de cursos sin estabilidad, los contratos temporarios y de cero horas son el tipo normal de trabajo académico en el Reino Unido por el que, ademas, uno supone estar agradecido. El sistema concentra hacia arriba la seguridad, el salario y la autoridad, y distribuye hacia abajo la enseñanza y el riesgo. Un investigador debe justificar cada gasto mínimo mientras la institución destina fortunas a publicidad, consultorías y salarios ejecutivos.

Esta mercantilización no eliminó las viejas desigualdades: las reorganizó. Las familias ricas siguen financiando tutores, actividades extracurriculares, contactos y pasantías no remuneradas; los demás reciben la promesa abstracta de que la educación les permitirá superar su origen, y para cumplirla deben endeudarse y competir en un sistema que ya repartió sus ventajas antes del ingreso. El escándalo de admisiones de 2019 en Estados Unidos mostró todo esto en versión casi cómica: familias ricas pagaron a advisors para truchar los resultados de sus hijos, inventar capacidades deportivas que no tenían y hasta para coimear a funcionarios universitarios. Los medios y esas instituciones, presentaron esos casos como excepcionales, pero la operación clandestina imitaba los mecanismos legítimos por los cuales la riqueza compra acceso. El fraude no contradijo la meritocracia: reveló su funcionamiento.

La Privatización del Daño

Y así llegamos al núcleo clínico del asunto: la privatización del daño. En la Universidad anglo contemporánea, un problema colectivo se entiende como diagnóstico individual patológizante. El estudiante supone necesitar terapia. El profesor desbordado necesita aprender a organizar mejor su tiempo. La persona discriminada necesita un procedimiento de queja. Quien protesta necesita moderar el tono. La institución conserva su inocencia porque cada consecuencia de su funcionamiento fue separada de las demás y asignada a quien la padece. El estudiante de Lyon que se prendió fuego frente a un edificio público en 2019 había perdido su ayuda económica, vivía en condiciones miserables y denunció la precariedad que destruía su futuro; su gesto fue tratado como tragedia individual cuando señalaba una realidad compartida por miles. Recientemente se hicieron públicos los casos de los estudiantes internacionales literalmente traficado como trabajo esclavo precarizado. Las cifras de depresión, y agotamiento entre estudiantes y trabajadores académicos no son una epidemia inexplicable sino que la universidad produce sujetos dañados mediante la inseguridad económica, la competencia permanente, la falta de control sobre el propio trabajo y la distancia entre lo que promete y lo que entrega. Irónicamente, tambien ofrece servicios de well being para administrar los síntomas de esas condiciones estructurales que ella misma genera.

En la Universidad anglo contemporánea, un problema colectivo se entiende como diagnóstico individual patológizante. El estudiante supone necesitar terapia. El profesor desbordado necesita aprender a organizar mejor su tiempo.

Progresismo Hiper-Conservador

El contenido progresista de un programa curricular o de un departamento no garantiza una institución progresista. Una universidad puede contratar especialistas en desigualdad, financiar congresos sobre precarización y exhibir campañas contra la discriminación mientras precariza, discrimina y silencia. El vocabulario crítico se vuelve parte de la marca y a veces provee nuevos instrumentos de control, cuando la administración usa el idioma del cuidado, la seguridad y la inclusión para regular conflictos. Los gerentes pueden mostrarse personalmente progresistas, decir que a ellos tampoco les gustan las medidas que aplican, que no hay alternativa; esa distancia subjetiva respecto de las propias decisiones facilita la violencia institucional, porque permite ejecutar despidos, cierres y sanciones sin dejar de considerarse una buena persona. La derecha neoconservadora denuncia adoctrinamiento, inutilidad y gasto público, y encuentra audiencia porque identifica contradicciones reales, aunque las use para justificar más mercado y más control político. La izquierda suele defender la institución como si todavía fuera lo que dice ser, celebrando su agenda progresista sin preguntar quién controla el presupuesto, quién decide, quién puede despedir y quién queda expuesto cuando la reputación se ve amenazada. Ninguna institución se vuelve democrática por las palabras que usa. Una universidad donde se puede hablar de todo excepto de cómo se gobierna la propia universidad no es un espacio crítico: es una empresa que convirtió la crítica en contenido curricular.

La universidad contemporánea no está simplemente enferma: aprendió a usar la enfermedad como forma de gobierno. La emergencia presupuestaria justifica el cierre de departamentos. La crisis reputacional justifica el secreto. La crisis de salud mental justifica la vigilancia y los protocolos. La crisis de empleabilidad justifica convertir la enseñanza en capacitación profesional. La crisis de confianza justifica nuevas métricas. Cada remedio fortalece la patología que produjo el problema, y cuanto más fracasa la institución, más poder reciben quienes administraron ese fracaso.

Esto forma parte de la serie de videos sobre la Crisis de la Academia que son accesibles para Miembros Pagos a mi Canal de YouTube: La Mala Educación.

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