Escrito por el Dr. Rodrigo Cañete. All Rights Reserved.
El Loop
Hay una manera de seguir atrapado en lo que nos pasó (o, tal vez, creemos que nos pasó) que consiste en demostrar, todo el tiempo, que ya lo superamos. La herida original, en la cultura contemporánea, se ha venido convirtiendo en el punto de fuga que, como en un cuadro renacentista, organiza la perspectiva… en este caso, la historia que nos contamos a nosotros mismos y que, de manera incremental, justifica nuestras decisiones y explica nuestro lugar en una sociedad cuyos vínculos han sido moralizados hasta el paroxismo. Desde el feminismo de los sesenta hasta la criminalización ultraderechista de los 2020s : donde antes había una víctima, ahora emerge la figura del ‘sobreviviente ejemplar’. Pero la herida originaria sigue tragandose todo el espacio. Dos videos de Tom Hardy, a quien conocí bastante en mis años de NA en London, me hicieron pensar en esa progresión y esto impone una pregunta: cuánto espacio deja la cultura de la superación para vivir una vida que ya no tenga que rendir examen frente a su propio pasado.

En el primero, Hardy recuerda una conversación con Charles Bronson, el mass murderer sobre quien hizo una película. En el video cuenta que lo había llamado a Bronson y estaba en un proceso de separación. Todo eso sigue con una suerte de explicación de las razones de sus dificultades amorosas: su relación con su madre, las mujeres que elige, y los triángulos que resultan de esa confusión. Se refiere, por supuesto, a los patrones de conducta en los que queda atrapado. Lo interesante del caso es que parece tener el vocabulario y el conocimiento para comprender todo esto. Puede identificar el problema y describir su funcionamiento a la perfección aunque conociéndolo, yo diria que su lectura Freudiana es un tanto limitada porque deja de lado un aspecto clave de su imposibilidad de estar y no estar con sus parejas. Lo que todavía no consigue es salir de esos círculos.
Bronson le responde de una manera un tanto previsible: violenta. La violencia toma la forma de una anécdota. Un chico queda atrapado mientras el agua del río Avon subía en las catastroficas inundaciones del 2014. Intentan rescatarlo, pero termina ahogándose porque no se toman medidas extremas (cortar un brazo) que lo hubieran salvado. Por eso Bronson dice, en forma de alegoria respecto del loop traumático en el que Hardy parece vivir: «Cut it off». A veces, dice, hay que perder un pedazo de uno mismo para seguir adelante. La primera vez que lo escuché, pensé: ‘Qué capo!’. But…
‘Esa respuesta debe contextualizarse. Esa violencia afectiva entre hombres es una forma manosférica de cariño por rechazo. Un rechazo justificado por el narcisismo que el look traumático genera en la victima que no para de contar lo terrible que es su vida y cuando el mundo debe apiadarse de sus desgracias. Ademas, entender cómo funciona una repetición puede convivir perfectamente con seguir repitiéndola. El conocimiento de uno mismo también puede ser una forma de justificar la permanencia en ese estado, repito, narcisista de inmovilidad. La pregunta pasa a ser por qué alguien querría quedar identificado con el rol de la víctima y esto va cambiando las coordenadas.

Lo que introduce Bronson, sin embargo, es el costo de salir de un loop traumático. Terminar una relación puede exigir despedirse del futuro que habíamos imaginado no solo con la persona sino para nosotros mismos. Alejarse de un ambiente implica, a veces, perder el afecto y la confirmación de nuestra identidad de aquellos ‘amigos’ que funcionaban como un espejo que apuntalaba la idea que teníamos de nosotros mismos. Hay vínculos que sostenemos porque seguimos esperando que alguien finalmente nos dé lo que nunca pudo darnos. Renunciar a esa expectativa duele aunque sepamos que tenemos que hacerlo. Es ahi donde pasamos a la cuestión del duelo. Y esto es algo que Charlie Bronson comprime demasiado en su vocación de dar vuelta la pagina como por arte de magia. Ese instante es un instante pero, para volver a la alegoria de la subida del río, el niño debe vivir una vida sin un brazo y quien corta ese brazo debe vivir toda su vida con esa decisión. A veces, ese tipo de violencias sólo ocurren en cierto tipo de psicologías. Además, su consejo presupone un lugar de superioridad. Charlie, aparece como un sensei. Alguien que superó algo. Por esto, yo insertaría este dialogo en un dialogo entre adictos en recuperación o algo por el estilo en donde uno es el que tiene mas tiempo limpio o algo por el estilo. El problema con esta delegación de autoridades morales es que su automatismo hace que el que está atrapado en el loop traumático aparezca como alguien que carece de la fuerza de voluntad de salir de ella. La vida es mucho más compleja que eso. El miedo, la dependencia y la posibilidad de que la ayuda necesaria no llegue cuando debe llegar (casi siempre de la mano de familia o amigos que, muchas veces, empeoran las cosas) pasan a ser responsabilidad del que está atrapado en sus propios problemas.
Perder el tren?
Yo reconozco algo de esto en mi propia historia. Durante mucho tiempo interpreté ciertas pérdidas como la prueba de que había perdido cierto tren. La pregunta que surge de esa hipótesis es sobre el origen y el destino de ese tren y sobre la significancia de sus estaciones. En cierto sentido, mi blog nació del despecho y de la necesidad de ser escuchado. Después se profesionalizó y con eso, la narrativa de la propia tragedia pasa a transformarse en un producto semi-ficcional. La cuestion es si uno es consciente o no de la diferencia entre lo que se cuenta y lo que cuenta a los otros para posicionarse. En mi caso, fueron ambos. Contra lo que se cree, más lo segundo que lo primero. Pero es cierto que hubo una transformación, pero también hubo años de duelo. Pero ojo… que algo valioso haya aparecido después de las dificultades no demuestra que todo el dolor hubiera sido necesario.
Es aquí donde podemos considerar el segundo video de Tom Hardy. Más Hollywoodense y en tono (y música insoportable) de discurso motivacional. Este es el momento el que Tom Hardy abraza la identidad del sobreviviente tout court. Habla de su incomodidad consigo mismo, del arte como compañía en la vida y de la posibilidad de seguir trabajando incluso cuando nadie te contrata. Esa parte me importa. Estudiar, escribir o mirar una obra pueden darnos una continuidad cuando otros vínculos se desarman. Hay deseo, algo cuya existencia exige nuestra atención y queremos dársela..
La Vida como Tetris
Sin embargo, a medida que avanza el discurso, el arte empieza a servir para demasiadas cosas: refugio, profesión, vocación, tratamiento, promesa de reconciliación con la vida. Hardy, en una charla en el Speakers’ Union de LSE recuerda el consejo de su padre: hacer bien lo que uno ama y confiar en que todo, como en el Tetris, encajara perfectamente donde deba encajar. La ternura del consejo paterno es efectiva y emocionalista pero no lo convierte en una explicación del mundo. De hecho, la vida no funciona asi. Hay personas que aman su trabajo, lo hacen extraordinariamente bien y no pueden llegar a fin de mes.
Es en este punto en el que Tom Hardy usa al éxito del sobreviviente como una vara neoliberal para medir la capacidad de tolerancia al sufrimiento y la humillación que cada uno deberíamos tener. Está vez, él es el ejemplo. Los tropiezos son transubstanciados en escalones hacia el exito porque conocemos la llegada. Fuera del cuadro quedan quienes perseveraron sin conseguir reconocimiento, quienes tuvieron que cuidar a alguien y quienes abandonaron el intento por falta de dinero o por pertenecer a la raza no aceptada. La biografía del ganador empieza a funcionar como una teoría general de las oportunidades. Es ahí donde el relato motivacional se vuelve políticamente pernicioso.

La otra idea a la que me resisto es que la humillación sea nuestra amiga, como dice al final de su soliloquio. Equivocarse, errar, y demás; puede enseñarnos algo. Recibir un trato degradante es otra cosa y cual es el limite entre uno y otro. Haber aprendido a defendernos no transforma retrospectivamente ese trato en una pedagogía admirable como si la vida fuera una Educación Sentimental con trompadas en la cara justificadas cuando no deberían serlo. Pareciera que la obligación de salir fortalecidos le agrega una tarea al dolor: ahora también tiene que producir resultados visibles y reconocibles por la institución hegemónica. Hoy por hoy, hasta el daño debe justificar su productividad.
El Daño como Virtud?
Puedo estar agradecido por lo que construí sin agradecer cada golpe que recibí. Esa distinción conserva algo fundamental: la posibilidad de señalar responsabilidades. Cuando todo tenía que pasar para que llegáramos a ser quienes somos, las decisiones evitables de otras personas quedan absorbidas por nuestro destino. La gratitud termina haciendo un trabajo de absolución que nadie le había pedido.
Catherine Liu permite evaluar la forma cultural que adoptan este tipo de relatos. En ellos, el sufrimiento suele adoptar una estructura reconocible: evento traumático, descubrimiento de la herida, trabajo sobre uno mismo y transformación superadora. La experiencia traumática encuentra su audiencia cuando aprende a contarse de esa manera. La variedad de anécdotas que uno escucha en los medios con sus historias de superación o, como dice el anglicismo, de ‘resiliencia’ suele comunicar siempre una enseñanza parecida: lo ocurrido debe ser convertido por nosotros en una versión mejorada de nosotros mismos.
Ser una celebrity ayuda y mucho porque su triunfo es palpable. Escuchamos a Hardy precisamente por eso; su vulnerabilidad vuelve ese triunfo más cercano, más profundo y creíble.. No digo que no sea sincero, sino que lo introduce en una construcción de una subjetividad comercializada que transforma el dolor en valor. Ahí aparece la trampa que nos tiende el sobreviviente ejemplar. Una necesita que la herida sea reconocida; el otro, demostrar que la venció. Ambos pueden quedar obligados a regresar al mismo episodio para explicar quiénes son. Incluso un público cariñoso puede reclamar esa repetición. Se acostumbró a una historia y espera que volvamos a contarla.
Como alguien que hace streaming, esto me concierne. Compartir una experiencia abre una conversacion con una audiencia y produce expectativas que despues encierra al streamer/blogger que no es cuidadoso en mantener la distancia entre esa audiencia y su propia subjetividad. Uno, de pronto se encuentra, en la situación de querer reseñar un libro pero el público espera sufrimiento. La crítica de Liu nos obliga a preguntarnos qué queda afuera de esa escena. Una dificultad material (querer escribir para sacarse el tema de adentro sin ir a terapia, usar el blog como vehículo artístico para sublimar sus bajones emocionales o puede estar buscando una carrera como escritor) de pronto reaparece como insuficiencia emocional. Si sigue sin poder, todavía le falta aprender autodisciplina.
Me interesa más el escepticismo empático que escucha el sufrimiento de alguien y conserva la posibilidad de discutir la interpretación que hace esa persona de ese padecimiento pero eso se hace en privado. Un amigo puede tomarnos en serio y pensar que nos equivocamos. Esa diferencia abre una conversación que la admiración permanente que viene con el fan o el follower, termina eliminando. La amistad necesita poder hacer algo más, incluso cuando esa libertad se vuelva, muchas veces, problemática por la naturaleza, practicamente imposible de la amistad. .




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