Escrito por el Dr. Rodrigo Cañete (University of Warwick). All Rights Reserved.

Salò de Pasolini

En Salò o los 120 días de Sodoma (1975), Pier Paolo Pasolini filma uno de los banquetes más insoportables de la historia del cine. Unos jóvenes, secuestrados por cuatro jerarcas fascistas, son obligados a comer mierda. Literalmente. Sus verdugos convierten el suplicio en una ceremonia de gusto, jerarquización social y refinamiento. No hay nada espontáneo, la ceremonia: cada gesto está cuidadosamente reglamentado. La degradación del cuerpo aparece como un acto de compostura burguesa. Los comensales no son bárbaros; sino sus más distinguidos representantes.

Pasolini trasladó al Marqués de Sade a la República de Salò, un eco (leído como el canto del cisne) del fascismo de Mussolini. Sin embargo, la película no se agota en una denuncia retrospectiva de la violencia de Estado, dejada atrás. En una conversación de 1975 con Gideon Bachmann, Pasolini explicó que precisamente de eso se trataba el consumismo capitalista. El banquete de mierda fascista era una alegoría del mercado: una maquinaria capaz de fabricar lo que debemos desear, ingerir y celebrar. El cuerpo, en el nuevo orden que describía quedaba reducido a pura mercancía, al punto, como se jactó Milei, de dejar de pertenecerse sino de pertenecer al sujeto consumidor que puede ponerlo, incluso, en venta para poder seguir ‘comiendo mierda’.

Pero Pasolini dice algo incluso más heavy: el consumismo necesita producir violencia. El viejo campesino podía resignarse a la posicion que le habia tocado ocupar en la jerarquía social mientras que el consumidor de la década del 1960 tenia que pelear contra sus propias limitaciones para subir en la escala social. La condición sine qua non del mercado es que aceptar los propios limites es fracasar. De ahi Pasolini planteo su teoría de la homogeneización cultural —la omologazione— que no consiste en volvernos dóciles sino, todo lo contrario, hacer que todos deseemos lo mismo y casi, de la misma manera. Esto, cuando solo unos pocos pueden pagarlo.

El banquete de mierda fascista era una alegoría del mercado: una maquinaria capaz de fabricar lo que debemos desear, ingerir y celebrar. El cuerpo, en el nuevo orden que describía quedaba reducido a pura mercancía.

Dos Tipos de Violencia se Espejan en Milan

Los acontecimientos italianos de la semana que pasó (octubre de 2026) son la materialización de los temores de Pasolini. El 17 y 18 de octubre, movilizaciones contra el costo de vida terminaron en enfrentamientos, destrozos y saqueos en el centro de Milán, especialmente alrededor de la Piazza Duomo. Hubo incidentes también en Turín, Bolonia, Vicenza, Roma y Bérgamo, con la participación de numerosos adolescentes, como documentó ANSA. Pero volvamos a Milán, donde la violencia está inserta en el escenario donde ocurrieron los hechos. Digo esto porque Milan es una ciudad que exhibe el lujo como promesas de pertenencia no solo a los italianos sino al mundo. Son distintos tipos de violencia pero el enfrentamiento era de esperarse.

El 30 de octubre, una huelga general convocada por USB llevó a las calles de numerosas ciudades a trabajadores, estudiantes, portuarios y movimientos por la vivienda. En Roma hubo choques cerca del Coliseo y; en Milán los manifestantes interrumpieron la circulación en la circunvalación que es el autopista que conecta la ciudad mas económicamente pujante de Italia con el resto de Europa. La mayoría de las manifestaciones fue pacífica esta vez fue pacifica y en muchos casos torpe. Confundir el reclamo sindical por salarios y servicios con los saqueos juveniles sería tan absurdo como suponer que ambos fenómenos carecen de un trasfondo común. Pero también hubieron manifestaciones en Roma en donde no se entendía si los manifestantes estan disrumpiendo o limpiando las calles.

Pero quiero volver a la vidriera de Gucci, Chanel y la Vía Monte Napoleone en Milan y poner el foco en el escaparate lleno de mierda, como analogía con Salò de Pasolini. Desde la perspectiva del precarizado sin futuro, romper una vidriera no significa, necesariamente, odiar lo que hay detrás de ella. Y como escena cultural revela algo: el lujo funciona simultáneamente como horizonte de identificación y como frontera material. La exclusión no ocurre fuera del capitalismo, sino en el interior de las aspiraciones que el propio capitalismo naturalizó.

El Lujo Como Motor Revolucionario

En 1968, Pasolini escandalizó a la izquierda al observar que muchos estudiantes enfrentados con la policía eran de origen burgués, mientras que numerosos policías tenían origen trabajador. La paradoja era evidente y preocupante. Hoy la comparación no resiste porque las categorías de clase se desintegraron: buena parte de los jóvenes de Milán vienen de la periferia y son víctimas de un proceso de precarización total. Ya no son los hijos de la burguesía blanca posando como revolución, aunque aun haya algunos que actúan como tales sino algo mucho mas incategorizable porque son sujetos excluidos que quieren pertenecer pero ya reconocen que aquello a lo que quieren pertenecer no tiene nada para darles. Pueden ser los hijos de una sociedad que les enseñó a reconocerse como consumidores antes de proporcionarles condiciones para construir una vida autónoma.

Desde la perspectiva del precarizado sin futuro, romper una vidriera no significa, necesariamente, odiar lo que hay detrás de ella. Y como escena cultural revela algo: el lujo funciona simultáneamente como horizonte de identificación y como frontera material.

Aquí la vieja contradicción empieza a desbordarse. Durante mucho tiempo se preguntó si estos jóvenes estaban contra el orden burgués o querían ingresar en él. Pero, si el poder ha conseguido organizar el deseo de quienes excluye, la alternativa se vuelve falsa. La agresividad no contradice necesariamente la integración cultural: puede ser su consecuencia. El sistema consigue formar subjetividades burguesas allí donde no logra garantizar la existencia material que esas subjetividades esperan.

La respuesta de Giorgia Meloni ante los disturbios se concentró en la condena de la violencia y la protección del orden público. Los saqueos, desde luego, tienen víctimas y no se transforman mágicamente en emancipación por el solo hecho de estar protagonizados por jóvenes. Pero responder solamente con más represión deja intacta la pregunta planteada por Pasolini: ¿qué clase de sociedad necesita producir deseos que luego convierte en mecanismos de humillación? Y, sobre todo, ¿qué ocurre cuando esa humillación deja de sutil?

En Salò, los fascistas obligaban a sus víctimas a hacer lo intolerable. En la cultura contemporánea, el poder es más eficaz cuando logra que lo intolerable sea naturalizado como libertad de consumir. Lo, claramente, Salò y los levantamiento Gen Z de Italia comparten es una lógica de dominación que usa al cuerpo y al deseo pero, de pronto, esta logica de dominación no parece estar tan organizada como en la película de Pasolini sino que se mezcla como paradoja que no permite acusar a los Gen Z de burgueses sino que hace estallar en mil pedazos nociones de clase que, consecuentemente, deben ser rápidamente reconfiguradas, si queremos entender qué es lo que pasa. RC

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