Escrito por el Dr.Rodrigo Cañete (University of Warwick)
Paliza y de las Productivas
Las elecciones de mitad de mandato de ayer no fueron un simple corrector de mayorías parlamentarias, sino un quiebre de un relato: la violenta fantasía MAGA. Ese fue el relato con el que Donald Trump había regresado a la Casa Blanca y había decidido intentar implementar una autocracia con todos los elementos de la idiocracia que se venia preparando, no solo en Estados Unidos, sino desde hace tiempo. Fue una avalancha. Los demócratas recuperaron tanto la Cámara de Representantes como el Senado e irrumpieron en territorios que parecían imposibles para un republicano: James Talarico ganó en Texas, Adam Hamilton en Kansas, Annie Andrews en Carolina del Sur; Sherrod Brown volvió a imponerse en Ohio y Troy Jackson derrotó a Susan Collins en Maine. Pero ojo… sería un grave error interpretar el nuevo escenario politico como una conversión repentina de Estados Unidos al progresismo. La guerra con Irán, los aranceles, el encarecimiento de la vida y la percepción generalizada por parte de los norteamericanos de una administración fuera de control erosionaron la promesa trumpista de prosperidad y orden con la que había llegado al poder. En su lugar, se puso en evidencia una crisis de legitimidad que atraviesa, como decíamos ayer mirando los resultados en vivo, las divisiones convencionales entre conservadores y progresistas. El trumpismo había prometido rescatar a los estadounidenses de las consecuencias de la globalización, pero terminó enfrentándose a un electorado que vuelve a experimentar, de una manera muy parecida a la de Castilla en épocas de Felipe IV de España, entre las promesas de grandeza nacional y las terribles condiciones de vida en las que los americanos han sido forzados a vivir durante los últimos años.

Sería un grave error interpretar el nuevo escenario politico como una conversión repentina de Estados Unidos al progresismo.
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En Michigan, sin embargo, esta transformación adquirió una densidad histórica particular que trascendió barreras culturales que se creían infranqueables. Abdul El-Sayed, médico, hijo de inmigrantes egipcios y formado en Columbia y Oxford, se convirtió en el primer musulmán elegido al Senado de Estados Unidos, derrotando al republicano Mike Rogers con más del 52 % de los votos. Esto lo logró a pesar de la tradición de parte de su partido, menos de dos días antes. El-Sayed no llegó a ser Senador exclusivamente mediante una política de reconocimiento identitario, y en esto estoy totalmente en desacuerdo con Hasan Piker que hoy anunciaba que ‘woke’ is back. Su popularidad tuvo que ver con su experiencia como medico en el sector publico y con propuestas concretas de provision de salud universal, justicia social y cuestionamiento del poder de los grandes financiadores electorales. Durante las primarias había derrotado a Haley Stevens a pesar de los aproximadamente treinta millones de dólares puestos por el aparato electoral vinculado a AIPAC contra su candidatura. Como se sabe, el dinero de AIPAC está vinculado a Israel y el lobby de Netanyahu. Despechada tras su derrota, la respuesta de Stevens fue increible, incluso para los Republicanos: el 1 de noviembre, apenas dos días antes de las elecciones, respaldó públicamente al republicano Rogers dejando desnuda la anatomía del financiamiento de los dos partidos y cómo respondían servilmente a sus jefes. Pero más específicamente, la escena condensaba la gran contradicción del establishment demócrata: una dirigente derrotada por los votantes de su propio partido prefería apoyar al adversario en el estado en donde ICE habia asesinado de un tiro en la cara a uno de sus ciudadanos, antes que aceptar la variante política de quien había ganado y que el electorado de su propio partido prefería. Y todo esto ocurría mientras Trump intentaba convertir el origen musulmán de El-Sayed en sospecha sobre su pertenencia a la nación, recurriendo a insinuaciones extremistas de terrorismo. El resultado electoral desautorizó esa operación racista, pero también mostró hasta qué punto Israel, Palestina y la financiación política atraviesan las fronteras internas del Partido Demócrata.
Abdul El-Sayed, médico, hijo de inmigrantes egipcios y formado en Columbia y Oxford, se convirtió en el primer musulmán elegido al Senado de Estados Unidos
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Cambio de Interlocutores y Nuevos Modos de Generar Opinión Pública
Hay otro desplazamiento que ayuda a comprender esta victoria. El-Sayed construyó parte de su visibilidad junto a comunicadores como Hasan Piker, cuya audiencia se organiza fuera de los circuitos tradicionales de legitimación periodística. La ironía es que la derecha trumpista comprendió antes que buena parte de los demócratas la capacidad de los podcasts y streamings para producir comunidad, confianza y movilización política. Ahora esa infraestructura comunicacional también contribuye a disputar candidaturas dentro de la izquierda y permite que nuevas figuras con ideales socialistas lleguen al Senado aun con nombres musulmanes. No se puede estar mas lejos del ethos de MAGA que lo que ocurrió El-Sayed ayer. Lo decisivo de esto es que la autoridad política ya no circula exclusivamente desde las instituciones hacia las audiencias; las audiencias también pueden contribuir a reorganizar las instituciones. La experiencia de Zohran Mamdani en Nueva York y la victoria de El-Sayed en Michigan muestran posibilidades diferentes de esa transformación. A diferencia del streamer, el dirigente político debe convertir la visibilidad en coaliciones, políticas públicas y responsabilidades de gobierno. Que Stevens utilizara su rechazo a Piker para cuestionar a El-Sayed revela precisamente la resistencia a aceptar esas nuevas mediaciones de la representación política y no solo eso, demuestra que Stevens era un mero títere de operadores en las sombras dentro del partido Demócrata que habían mantenido a ese partido atado de pies y manos para que avancen proyectos como el de Donald Trump.

La experiencia de Zohran Mamdani en Nueva York y la victoria de El-Sayed en Michigan muestran posibilidades diferentes de esa transformación. A diferencia del streamer, el dirigente político debe convertir la visibilidad en coaliciones, políticas públicas y responsabilidades de gobierno.
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Y así, llegamos al verdadero problema que enfrenta el Partido Demócrata y que comienza, paradójicamente, con su contundente triunfo. Talarico, Hamilton, Brown y El-Sayed no representan una corriente ideológica homogénea, sino una coalición de sensibilidades religiosas, sindicales, profesionales, generacionales y culturales que han encontrado motivos diferentes para rechazar al trumpismo. Esa diversidad permitió recuperar el Congreso, pero no constituye todavía un programa de gobierno. La dirección demócrata tendrá que decidir si reconstruye un consenso alrededor de los mismos intereses financieros e institucionales del pasado que hizo, por ejemplo, que Obama se arrodillara ante Wall Street teniendo una oportunidad histórica de redistribuir el capital social mediante un New Deal y convertirse en el mejor Presidente de la historia, posiblemente, junto a Roosevelt. La otra opción que enfrentan los Estados Unidos es aceptar que la política económica, la provision de salud, los sindicatos y la posición estadounidense frente a Israel deben ser objeto de una negociación mucho más profunda. La victoria de El-Sayed es significativa porque demuestra que una candidatura progresista puede ganar en un estado industrial decisivo sin diluir completamente sus posiciones para satisfacer al establishment. Pero también abre una exigencia: convertir la movilización electoral en una transformación material que alcance a ciudadanos que no comparten necesariamente sus convicciones ideológicas. La renovación de las élites políticas, sus nuevas imágenes y las masculinidades que comienzan a encarnar merecen un análisis específico que abordaré hoy en el stream dedicado a esto y al increible ataque a las trabajadoras sexuales ayer en Palermo.

Desafíos Demócratas frente a un Trump Herido
Por último, sería un error confundir la derrota de Trump con su neutralización. El presidente entra en una nueva etapa como lame duck, un mandatario políticamente debilitado que, sin embargo, conserva hasta enero de 2029 las facultades constitucionales del Ejecutivo. Cuando los nuevos legisladores asuman en enero de 2027, el Congreso podrá investigar su administración, bloquear parte de su programa y someterlo a controles que hasta ahora fueron considerablemente más débiles. Pero Trump seguirá disponiendo del veto presidencial, de importantes facultades administrativas y de una capacidad de iniciativa internacional que el Congreso no puede sustituir automáticamente. El peligro reside precisamente en esa asimetría: un presidente que pierde autoridad electoral sin perder sus instrumentos de poder puede encontrar incentivos para reemplazar la negociación por la confrontación institucional, el unilateralismo ejecutivo o nuevas escaladas en política exterior. No son consecuencias inevitables, sino riesgos que deberán ser contenidos políticamente. Precisamente para eso está la política. El resultado de Michigan introduce, en ese contexto, una imagen histórica difícil de ignorar: el primer musulmán elegido como Senador emerge de una campaña atravesada por la islamofobia presidencial y lo hace en el mismo momento en que el país le retira al presidente el control de su Congreso. La oscuridad que Trump contribuyó a producir no desaparece con una elección. Pero ya no puede presentarse, sin oposición, como el horizonte inevitable de Estados Unidos.




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