
La explicación que Juan Grabois ofreció sobre su reunión con Peter Thiel no constituye, a mi juicio, un acto de responsabilidad política sino por el contrario su renuncia a ella. No porque un dirigente no pueda reunirse con uno de los hombres más influyentes del capitalismo tecnológico transhumano contemporáneo sino por su soberbia al explicar el no tener que explicar. Un dirigente político tiene la obligación de explicar en nombre de quién habla, qué objetivos persigue y qué resultados obtuvo. En lugar de responder esas preguntas, Grabois eligió una estrategia completamente distinta: infantilizar el episodio hasta convertirlo en una excursión en su proceso de aprendizaje. “Fui a conocer al enemigo”, dijo. Como si la política fuera una aventura de aprendizaje Flaubertiano y no un ejercicio de representación.
La explicación que Juan Grabois ofreció sobre su reunión con Peter Thiel no constituye, a mi juicio, un acto de responsabilidad política sino por el contrario su renuncia a ella.
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Lo peor de la respuesta radica en su autoinfantilización. Grabois deja de presentarse como alguien que asume responsabilidades públicas para convertirse en un estudiante curioso que visita un laboratorio de ideas. Ya no representa intereses colectivos sino su propia inquietud intelectual. La política como experiencia formativa, iniciática, donde el conocimiento adquirido parece justificar retrospectivamente cualquier decisión. Es posible que Grabois se vea como un adolescente genial pero la representación democrática no funciona de ese modo. Un dirigente electo no puede desplazarse para aprender. Un politico electo negocia o conversa porque representa a otros, y precisamente por eso debe rendir cuentas de aquello que hace en su nombre. Eso se llama accountability.
Lo peor de la respuesta radica en su autoinfantilización. Grabois deja de presentarse como alguien que asume responsabilidades públicas para convertirse en un estudiante curioso que visita un laboratorio de ideas. La política como experiencia formativa, iniciática, donde el conocimiento adquirido parece justificar retrospectivamente cualquier decisión.
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La infantilización alcanza también a quienes lo siguen. La explicación supone un público dispuesto a aceptar que la curiosidad sustituye a la responsabilidad. Se les pide confiar en la pureza moral del dirigente antes que evaluar la consistencia política de sus actos. El vínculo deja entonces de ser político para convertirse en una relación de tutela. Los seguidores son invitados a creer y crecer con él. La autoridad ya no proviene de la calidad de las respuestas sino de la presunción de inocencia permanente que rodea al supuesto líder. Todo pasa a ser un acto de inocente fe.
La infantilización alcanza también a quienes lo siguen. La explicación supone un público dispuesto a aceptar que la curiosidad sustituye a la responsabilidad. Se les pide confiar en la pureza moral del dirigente antes que evaluar la consistencia política de sus actos.
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La entrevista que le hizo Tenembaum, que se deshacía en elogios en terminos de los sentimientos que tenia para con él (a los que calificó de ‘inexplicables’) contribuye a esa operación. En lugar de insistir sobre la representación política del encuentro, Tenembaum dejó que Grabois se escapara rápidamente hacia una serie de reflexiones muy superficiales sobre la inteligencia artificial, el transhumanismo, el Vaticano, la crisis civilizatoria y el futuro del trabajo. Todos esos problemas son reales y merecen ser discutidos. Pero aquí funcionan también como una forma de sustitución y el conocimiento de ellos de Grabois sorprendió por lo desorganizado y, de a momentos, desorientado. La pregunta concreta que, para peor, fue enunciada, quedó absorbida por un horizonte filosófico tan amplio que hacía que insistir en las razones de un encuentro inexplicable pareciera mezquina. Cuanto más grande la escala del debate, menos necesaria parece dar una explicación del episodio que le dio origen.
La entrevista que le hizo Tenembaum, que se deshacía en elogios en terminos de los sentimientos que tenia para con él (a los que calificó de ‘inexplicables’) contribuye a esa operación. En lugar de insistir sobre la representación política del encuentro, Tenembaum dejó que Grabois se escapara rápidamente hacia una serie de reflexiones superficiales y desinformadas.
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Pero, durante la entrevista, Grabois se tropezaba solo. Estaba nervioso. Ese encuentro existió? Fue con Thiel? Digo esto porque, de una forma casi naif, Grabois intentó presentar el encuentro como pactado por el Vaticano en el contexto de la Encíclica del Papa Leo XIV. Sin embargo, al verse frente a la insinuación que ni siquiera fue transformada en pregunta por un obsecuente Tenembaum, tuvo que recular. El resultado fue un adolescente en formación, subvencionado por los contribuyentes que siente que no tiene que dar explicaciones a sus representados y que, para colmo, se tropieza cuando apela al name dropping para construir poder.
Pero, durante la entrevista, Grabois se tropezaba solo. Estaba nervioso. Ese encuentro existió? Fue con Thiel? Digo esto porque, de una forma casi naif, Grabois intentó presentar el encuentro como pactado por el Vaticano en el contexto de la Encíclica del Papa Leo XIV. Sin embargo, al verse frente a la insinuación que ni siquiera fue transformada en pregunta por un obsecuente Tenembaum, tuvo que recular.
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Quizá esa sea la verdadera paradoja de este episodio. Quien pretende denunciar a las élites tecnológicas termina adoptando una posición profundamente elitista respecto de la política sin ninguna sustancia que lo sostenga en posición para poder hacer eso. Se reserva para sí el derecho de comprender procesos históricos que el resto apenas alcanzaría a intuir, mientras pide a sus seguidores un acto de confianza antes que un juicio crítico. Pero la responsabilidad histórica de un dirigente consiste precisamente en lo contrario: no pedir fe, sino ofrecer razones; no reclamar inocencia, sino asumir plenamente las consecuencias políticas de sus decisiones.





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